martes, 11 de julio de 2017

Historia autobiografica de Antonio J. Manzo Nunez



PARA VER EL C.V. DE A.J.MANZO NUNEZ MARQUE EL SIGUIENTE ENLACE:



CAPÍTULO I


El escritor italiano Giovanni Papini opinaba que la biografía de un hombre famoso debía comenzar desde el día de su muerte, o desde el momento de hacerse célebre y seguir la narración hacia atrás, hasta meterlo en el vientre de la madre; esto para poder interesar al lector, ya que si empieza por el nacimiento, en la niñez y primera juventud raras veces se trata de algo transcendente.  Yo como en los setenta (70) años cumplidos no he podido hacer algo que pueda clasificarse de extraordinario, al intentar escribir mis memorias, comenzaré, como ordinariamente se estila, por el nacimiento.




A.J. bebe


Nací en Montalbán, Estado Carabobo, República de Venezuela, el 17 de agosto de 1911; hijo de Julio Torcuato Manzo Pérez y de Natividad Núñez Tortolero; me bautizaron en la Iglesia Católica y conservo aún la tarjeta que contiene una orla y un motivo floral, además de la siguiente inscripción: “Recuerdo del bautizo de Antonio Julio del Carmen.  Padrinos: Miguel María Manzo y Carmen Pérez de Manzo (mis abuelos paternos).  Montalbán, Diciembre 11 de 1911”

En el zodíaco me correspondió el signo de LEO, pero seguramente fue porque JEBE no tiene señalada casa en este territorio del sol, ni he hallado esta acepción al vocablo en el diccionario de la Lengua Española.  Pero estoy seguro que este signo rige el destino de aquellas personas que, desde muy temprana edad, somos llamados a luchar, afrontando responsabilidades, logrando con mucho esfuerzo lo que a otros llega con facilidad, y siempre encorvados  sobre el yunque, predestinación que el pueblo, en algunos lugares lo llama “llevar jebe”.  Este ha sido mi signo!



Montalban, Estado Carabobo


Soy el primogénito de una familia que trajo al mundo once (11) hijos, vivos todos hasta la edad adulta y ninguno de nosotros se presentó con la arepa bajo el brazo, como se suele decir en criollo a los que se aventuran a cometer excesos en la procreación y la verdad es que a mis padres les tocó enfrentar una dura lucha por la subsistencia de tantas bocas.



Tarjeta del ano en que nació A.J.



Durante los primeros catorce años me tocó vivir en aquel Montalbán rodeado de cafetales y un tanto deprimido en lo social y económico, por efecto de calamidades que, según decían los de mayor edad, comenzaron con una epidemia de fiebre amarilla que azotó a la población a fines del siglo pasado e hizo que la gente emigrara a los pueblos vecinos; se abandonaron los fundos, muchas casas se convirtieron en ruinas y disminuyó notablemente la producción.  Las guerras primero y luego la dictadura fueron también causa de esa depresión.  Sin embargo, hubo hombres que regresaron con deseos de trabajar, después de aquel éxodo que motivó la epidemia; restauraron sus propios fundos y algunos adquirieron otros que habían pasado a manos del alto comercio de Valencia y de Puerto Cabello en pago de deudas y que se iban acumulando cuando la producción no era suficiente para cancelar los “suministros” de víveres y de otras mercancías que recibían los agricultores para su propia subsistencia y para el pago de jornales a los peones que se empleaban en la limpia de los plantíos y en la recolección y beneficio de las cosechas.



Padres de A.J.

Natividad Nunez Tortolero
Julio Torcuato Manzo Perez


Josefina Manzo Perez
Hermana de Julio T. Manzo Perez
Miguel, Justina, Valle y Lourdes Manzo Nunez

Mi padre fue uno de esos entusiastas restauradores y no sólo se dedicó a reponer la hacienda que era de sus padres, sino que también adquirió otros fundos, a los cuales distinguía con un nombre referencial al apellido de sus antiguos dueños (costumbre muy practicada también en los llanos y otras regiones de Venezuela) y por eso la finca donde nací se componía del fundo de los abuelos, denominado Aragüita, y además de “El Pintero”, fundo que perteneció a una familia de apellido Pinto, y por el mismo motivo, otros fundos se denominaron “Los Bacalao”, “La Morenera”, “La Vega de Blohm” y otros nombres con los cuales se distinguían las diferentes secciones del cafetal que rodeaba la casa donde transcurrían los primeros años de mi vida, felices como los de todo niño, pero en especial porque allí éramos una comunidad donde no existían recelos ni envidia, ni menosprecio por nadie, porque así se comportaban mis padres y lo exigían de caporales u otras personas con autoridad, en el frecuente trato de los peones.  Íbamos con los hijos de éstos a la escuela, a menudo jugábamos en su compañía y no existía gran diferencia en lo que comíamos.  Yo, particularmente, muchas veces dejé mi desayuno en la casa: pan, huevos y mantequilla, para ir a comer una gran arepa, que se abría por el borde y rociaban de ají picante, agregando (a veces) carne mechada.  Éste era el desayuno que daban a los hijos de Luis Jiménez, el mayordomo o encargado, como se le decía y de allí me iba con ellos a la escuela.


Cuando digo que mi niñez fue feliz en aquel medio, no es que pienso en un paraíso perdido.  El estado de abandono y de atraso en que se hallaba el país se hacía más acentuado, como siempre, en el medio rural, donde la población y en especial la infantil, estaba permanentemente atacada por parásitos como: lombrices, anquilóstomos, piojos y niguas, además de las cángulas o chinches que se alojaban en las camas y en los techos de las casas.  Recuerdo compadecido a mi madre, por su constante preocupación en librarnos de estas plagas; ella nos sentaba sobre una mesa de planchar para sacarnos, con su aguja de coser, las niguas que se nos alojaban en los pies; nos pasaba el peine sacapiojos (de ranuras muy finas) y disponía, frecuentemente, sacar al patio las camas, para bañarlas de agua hirviendo, con la cual se matan los chinches y sus huevos, alojados en largueros, copetes y jergones.




Iglesia de la Inmaculada Concepción al fondo

La falta de médico, frecuente en el pueblo, generalizaba el uso de plantas y proporcionaba al boticario la oportunidad de recetar sus propios preparados.  En mi casa había un libro donde se copiaban las recetas que dejaban los médicos, cuando ocasionalmente nos visitaban y las que nos proporcionaban familiares y amigos.

También era de consulta el libro del botánico Luis Pompar, en el cual se especifican las plantas medicinales de Venezuela, su aplicación y dosificación.  Además había en casa un botiquín con tinturas, ungüento, sativa que sustancias purgantes, bermifugos y algunas medicinas de las que llamaban patentados, o sea productos de laboratorios, casi siempre franceses, los cuales en aquel tiempo traían, dentro de su envoltorio, un folleto u hoja ilustrativa que explicaba: los ensayos previos, la composición, experiencia, males a los que combatía, contraindicaciones y posología.  Todo esto ahora ha sido sustituido por la siguiente y breve leyenda: “Producto de uso delicado que sólo debe ser administrado bajo prescripción facultativa”.

Este botiquín, al cual me he referido, no sólo satisfacía las necesidades de la familia, porque era frecuente la llegada de una persona que solicitaba a mi madre para pedirle desde “un poquito de aceite alcanforado pa’ Rosita que le duele la barriga” (o para otra que “no pudo dormir con la tos”) hasta reconstituyentes como la Emulsión de Scott o las gotas Cinco Fluidos.

Mi padre era muy dado a recetar  a auto medicarse, costumbre que lo puso al borde de la muerte por los años 30, cuando vivíamos en Caracas: sintió un dolor abdominal y supuso que era indigestión, por lo que resolvió tomar una sustancia laxante.  Horas después se retorcía con fuertes dolores y cuando llegó el médico nos dijo que a este paciente se le había estrangulado una hernia inglinal y que era necesario operar inmediatamente.  La operación tuvo un resultado positivo, pero el estado de gravedad se prolongó por varios días, debido a las complicaciones intestinales que se derivaron de aquella medicación que él se hizo.



Julio Torcuato Manzo Perez

Debo aclarar que mi padre era un hombre con mediana ilustración, dedicado en aquel tiempo a la agricultura, pero sin perder de vista la ciudad; asiduo lector de buenos libros y recibía constantemente prensa de la Capital, donde también conservaba buenas amistades y relación comercial con firmas como Arvelo y Phelps, del Bazar Americano, quienes traían productos novedosos y fue mi padre quien llevó a Montalbán: el primer fonógrafo, la primera pluma fuente y la primera linterna de pilas; por citar sólo tres cosas que hasta entonces no se conocían en el pueblo.  Mi madre y mis tías le encargaban también, cada vez que viajaba, las tarjetas postales que eran igualmente una novedad.


Vivíamos aún en la casa de campo cuando entré a la escuela, a los siete años de edad y también ingresaron, en la misma oportunidad, mis hermanos Sergio y Torcuato, quienes sólo tenían seis y cinco años (no cumplidos éste último), edades en las que no se enviaban niños a la escuela  en ese tiempo; pero mediaba la circunstancia de que el maestro era tío nuestro, esposo de una hermana de mi padre.  Esta escuela se hallaba en el centro del pueblo, en la propia esquina de la torre o campanario del Templo Parroquial, a una distancia de un kilómetro y medio aproximadamente de nuestra casa y hacíamos este recorrido diariamente a pie.



Sergio y A.J.
Francisco Narváez Correa era el nombre del tío Pancho, como nosotros lo llamábamos; el maestro de escuela que, por muchos años sirvió de faro y quía a la juventud montalbanera y en honor a él lleva su nombre el grupo escolar edificado por el Ministerio de Educación en aquella localidad.  Este era un hombre de aspecto imponente; fuerte, erguido, con grandes y retorcidos bigotes y semblante duro, como en realidad era su carácter, muy de su época.  Durante las horas de clase no aflojaba un reloj de cuero crudo y abierto en cuatro tiras, el cual atravesaba sobre sus muslos, mientras permanecía en una silleta de cuero de chivo, recostada de la pared, a la puerta del salón de clases.  Desde allí él iba llamando a cada alumno para que,colocado de pie, a su derecha, leyera la lección; mostrara la plana de escritura o respondiera las preguntas que acostumbraba formular o para calibrar el aprovechamiento del alumno; también solía hacer recorridos por los escaños, para ver quien agarraba mal la pluma o el lápiz, estaba pintando muñecos, etc., faltas que eran inmediatamente corregidas.


Casa de los Manzo Perez (blanca)

En esta escuela no había distinción de grado y a cada quien se le seguía el progreso, operándose una especie de promoción individual, que arrancaba con los “palotes” y el alfabeto, culminando con algunos ejercicios sobre materias que hoy mismo se ven en secundaria.

La instrucción que se recibía en aquel tiempo, en la provincia al menos, que fue donde yo la recibí, estaba circunscrita a pocas materias, pero se aprendían realmente; el maestro se cercioraba muy bien de que el niño estaba aprendiendo, que comprendía  bien la lección en lo cual era insistente, así fuese con la rudeza de un correazo o un tirón de oreja, acogiéndose al supuesto o tal vez axioma de que la “letra con sangre entra”.  Esto era realmente cruel, pero me consta que tales procedimientos eran utilizados en esta escuela cuando el maestro observaba distracción voluntaria o rebeldía en el alumno, pues por la incomprensión solamente, había la paciencia necesaria para explicar, una y otra vez, para que el niño entendiera.  Recuerdo el caso de un pequeño que estaba aprendiendo a deletrear (cosa que ahora no se usa) y como el libro contenía además de la escritura –con la palabra descompuesta en sílabas- una lámina o dibujo por objeto.  En este caso causó risa a los que estábamos cerca y el tío Pancho nos miró con severidad, haciéndonos callar y luego siguió, con gran paciencia, tratando de sacar de su confusión al alumno.
Soy un lego en pedagogía, pero considero que los métodos de enseñanza actuales, especialmente los aplicados al ciclo de primaria, me parecen impropios y su resultado deficiente; pero cuando un padre o representante se queja del rendimiento de su pupilo, el director del plantel le recuerda que “es obligación suya ayudar al alumno porque lo que imparte actualmente en los colegios es una instrucción de masasEsto quiere decir que el maestro sólo dicta cátedra verbalmente o desde el pizarrón, para que los alumnos traten de copiar lo que puedan y vayan a preguntarle a sus padres o representantes lo que deben entender de aquello.  En muchos casos han copiado sólo parte del dictado, o lo hacen en forma tan confusa que es necesario adivinar; pero no me pregunte alguien cual será el rendimiento, el aprovechamiento o aprendizaje de aquellos niños cuyos padres son analfabetas o que, sencillamente, no se preocupan por ayudar en las tareas escolares a sus hijos.

En la realidad vemos frecuentemente, alumnos de sexto grado y  hasta profesionales universitarios que no saben leer ni escribir “esto es conforme al buen uso, que es de la gente educada”, como define Don Andrés Bello la lengua o lenguaje gramatical; cosa que, por lo demás, no parece muy importante hoy día.  La instrucción primaria que se impartió en mi tiempo de escolar la considero mucho más formativa, o sea que era una verdadera base para proseguir, a paso firme, hacia el bachillerato y los estudios superiores; con la salvedad de que era poco lo que se veía de algunas materias como biología y otras que no se consideraban cultura en el común de las gentes, sino ciencias cuyo conocimiento era reservado a los que se adentraban a ellas.  Pero sin duda que en el silabario estaban los primeros ejercicios de prosodia y de ortografía, para referirme nuevamente a la gramática y en la misma forma progresiva, didáctica, se enseñaba también aritmética, geografía e Historia de Venezuela y recuerdo que en nuestro plantel fue texto de uso obligatorio también un libro llamado “Lecciones de cosas”, el cual daba explicación escrita y contenía grabados o láminas en colores, sobre: mineralogía, biología, física y otras ciencias; algo muy rudimentario y que se tenía como una distracción, comparado con el rigor con que se estudiaban las cuatro materias a que ya me referí.
Para cerrar este comentario en torno a la educación, o a la instrucción propiamente dicho, voy a referir la siguiente anécdota: recientemente decía yo en una reunión de familia que ahora era casi seguro que un estudiante de bachillerato no sabría responder la pregunta de primer o segundo grado:  De cuántas partes se compone la gramática?.  Entonces dijo un sobrino que estudiaba tercer año de ingeniería y ha sido estudiante sobresaliente: “Yo tampoco lo sé, tío!”

No quisiera que se interprete o dicho como que estoy afirmando algo así como que el conocimiento del hombre está en retroceso, pero si da la impresión de que el individuo culto le está cediendo el paso, por efectos de la masificación, a un autómata, con el cerebro alambrado para ejecutar lo que dicta la moderna tecnología.

Dejo lo escrito sobre el tema y vuelvo a los días de mi infancia, el año 1918, el año de mi ingreso a mi escuela y memorable mundialmente por haberle correspondido al final de la gran guerra, iniciada en 1914 y para entonces la más cruenta y terrible en los tiempos modernos.  Venezuela, además de los efectos negativos de esa conflagración, se vio azotada por una epidemia de influenza denominada Gripe Española, la cual causó millares de muertos.  A Montalbán llegó esta enfermedad cuando ya era conocida y había sido tratada en otros lugares de la República, especialmente en la Capital y aunque afectó a casi toda la población, se conocían métodos y medicamentos para combatirla.  Uno de ellos era el aceite de Tártago, empleado en tal cantidad que se había agotado en la farmacia; pero en nuestro lar nativo abundaba mucho esta planta  algunas mujeres industriosas producían el aceite, tostando y exprimiendo las semillas.  El producto era en extremo desagradable, por la manera tan burda como se producía, sin ningún grado de refinación, pero muy eficaz y allí no fueron muchos los muertos.  Recuerdo que una de las fabricantes del aceite era Severiana Rodríguez, una mujer trabajadora y fuerte que tenía muchos hijos y a todos les dio la gripe, pero sanaron; ella cogía con una mano la cuchara, llena del líquido negro, espeso, nauseabundo que ella fabricaba y con la otra mano enarbolaba una astilla de leña de las que utilizaba para el fogón y le decía al muchacho: “o te tragas el remedio o te rajo la cabeza” y como los hijos sabían lo ruda que era, tragaban rápidamente.


En mi casa también afectó a todos la epidemia, sin embargo, el único caso fatal fue el de mi abuelo paterno, ya nonagenario y ciego, aunque se mantenía por lo demás sano, con la mente lúcida y estoy seguro de que habría podido llegar al siglo de existencia, si no lo hubiese aquejado aquel mal; él tenía una memoria muy buena y gustaba de la anécdota, de la conversación amena, cuando atendía la visita de amigos y familiares o parientes a quienes les gustaba oírlo y, además solían consultarle asuntos de negocios o de política, dado que él tuvo una larga actuación en la época guzmancista y en negocios a que se dedicó posteriormente, en el gobierno del Gral. Guzmán Blanco, mi abuelo, cuyo nombre era Miguel María Manzo Ortega, fue senador de la República y miembro del Consejo de Estado.

En este mismo año de 1918 nació la mayor de mis hermanas, Carmen Justina, precedida de cinco varones: el que esto escribe, Sergio, Torcuato, Rosario Augusto y Santiago; quienes nos llevamos un año y piquito uno del otro, así que la búsqueda de esa niña era a marcha forzada y da la impresión de que mis padres se acostumbraron a correr, porque después vinieron cinco hijos más: Miguel María (para reponer el nombre del abuelo), María del Valle, Jesús María, María de Lourdes, siendo el último hermano Óscar, de quien soy 19 años mayor, al par que soy 17 años menor que mi madre, la cual se casó de 16 años apenas.


Iglesia de la Inmaculada Concepción actualmene
Mi padre dispuso que fuera yo el padrino de bautismo de Carmen Justina, haciéndose previamente la consulta del caso al cura Párroco, por cuanto mi edad era de sólo 7 años cumplidos; el sacerdote no puso inconveniente y entonces mi madre quiso que la madrina fuera también una contemporánea mía y escogió a María Bellera, de una familia muy amiga nuestra.  Este bautizo causó sensación en el pueblo, puesto que los padrinos habían sido siempre personas adultas.


Interior Iglesia de la Inmaculada Concepcion 
Lo del padrinazgo fue la primera manifestación de un propósito que tenía mi padre, de crearme responsabilidades y vínculos casi paternalistas con mis hermanos, aún cuando la diferencia de edad era tan corta entre nosotros.  Yo debía estar siempre preocupado por ellos y tratando de hacerme obedecer, lo cual era notado y como los cinco primeros éramos varones, o sea, en número igual a un pelotón de soldados, me llamaban el sargento y este cognomento me lo aplican, hasta el día de hoy, mis hermanos.


Miguel Maria Manzo Ortega
Tras la muerte de mi abuelo habían quedado solas en la casa él mis tías Heriberta y Carmelita, hermanas mayores de mi padre y solteras.Esto, junto con la incomodidad que resultaba para nosotrosla asistencia a la escuela, motivó que nos mudáramos para una casa que alquiló mi padre, situada al lado de la que ocupaban las tías.  Habíamos dejado el campo y entrábamos a vivir en el vecindario que se habría podido denominar de la fecundidad, porque había allí una concentración de muchachos increíble: los Silva Vidarte, eran: Ramón, Andrés Luis, José María y dos niñas; los Núñez Guinand: Carlos, Roberto, Leopoldo y José y unas cinco mujeres (Herminia, Carmen, Eva, Helena); los Latouche Pinto: Napoleón, Celina, Miguel Ángel; los Ortega Pinto: Felipe, y Luis.  Alejandro, José, Raúl y Abraham Silva Bacalao y… pare de contar, porque faltan: los Pinto de Don Sixto; los Correa Ávila; los Rodríguez Guinand y otros.

Para el año 1920, la edad de todos estos muchachos varones oscilaba entre los 7 y los 14 años, asistíamos a la misma escuela, participábamos en los mismos juegos, nos bañábamos en los pozos que, como piscinas naturales, se formaban en el río, al pié del cerro, en especial dentro de las haciendas “El recreo” y “Las Maticas”; cazábamos pájaros, correteábamos burros realengos y, había dos más espigados se iniciaban en prácticas que, a decir verdad, no formaban parte de La Doctrina de Ripalda, el texto de catecismo que debíamos aprender.  Era una consustancialidad del medio en que nos estábamos criando, es hallarse en permanente contacto con la naturaleza y ver, a cada instante, el comportamiento de las especies; pero nos rodeaba también una recta conducta social, vigilados y con el ejemplo, no sólo de nuestros padres, sino que cualquiera de aquellos cabeza de familia se sentía con derecho y obligación de corregirlos si nos veían haciendo algo impropio y no se diga el maestro de escuela, cuya autoridad era plena, no sólo en el plantel sino en cualquier lugar y circunstancia.  A esto se agregaba que la Policía Municipal allí estaba casi siempre encabezada por Rafael o Isaac Álvarez, dos hermanos descendientes de canarios, cuya corpulencia y severidad de rostro los hacían temibles y no estaban en nuestra capacidad de entender la bondad que se ocultaba bajo esa apariencia; la cuestión estaba en que, para aquel tiempo era malo jugar trompo, o cualquier pasatiempo que mantuviera distraídos a los muchachos en la calle y a veces caía Don Isaac sobre las “pichas, el trompo o las chapas y nos hacía correr amenazando con el calabozo, el cual jamás conoció muchacho alguno.

Rafael Álvarez se ocupaba también de hacer extracciones dentales, era un saca muelas y lo hacía de manera brutal; guardaba la dentuza en una bolsa de fibras (morral) y antes de cada extracción la pasaba por la llama de una vela –decía que para desinfectarlo-; aquel instrumento estaba negro, terrorífico al ser empuñado por la manaza de Rafael y aún caliente lo introducía en la boca, apretaba la pieza y daba el tirón.

Los hijos de este hombre: Francisco y Modesto, estaban con nosotros en la escuela y de este último no he podido olvidar un gesto que tuvo con nosotros años después, cuando estábamos recién llegados a la Parroquia El Valle, de Caracas, por el año 1932 aproximadamente.  Allí se celebraban con entusiasmo los carnavales y el martes era un frenesí, embadurnándose de azulillo, negrohumo y toda clase de materias colorantes, así como abundaban las serpentinas y el papelillo; pero fue el domingo en la mañana cuando mi hermano Torcuato y yo paseábamos por la plaza en compañía de unas muchachas muy bonitas –tanto que una de ellas fue Miss Venezuela y, por desgracias, tuvo un trágico fin-; estas muchachas vivían frente a la plaza y eran blanco de todas las miradas, así que nosotros estábamos en el ojo de la tormenta y pronto comenzaron las manifestaciones de hostilidad contra nosotros los recién llegados, especialmente de parte de un grupo de Valleros que también pasaban por allí; hasta que un tropiezo intencionalmente a mi hermano y seguidamente le pegó un puñetazo por el ojo.  Ahí se armó la tángana y tuvimos que defendernos a puñetazos, puntapiés y cabezazos, con marcada desventaja para nosotros porque eran unos seis, por lo menos los que nos golpeaban.  De pronto apareció Modesto Álvarez en el campo de batalla, quien tenía –o tiene, porque creo que esté vivo- la misma estatura y fortaleza de su padre y empezó a largar manotadas, arrollando a los agresores, hasta que llegaron agentes de policía y los llevaron arrestados hasta la Jefatura.

El Jefe Civil de El Valle, en aquel tiempo era Don Esteban Ramón París, hombre de porte muy arrogante, a quien se le veía por las noches con una capa negra, sombrero de alas anchas y bastón con empuñadura de plata, su autoridad era la misma que tenían los agentes de la dictadura gomecista, pero este señor no era un esbirro; era una persona que no empleaba procedimientos tiránicos, aunque tenía sus modos de manifestar la admiración y lo adicto que era a la causa del Benemérito, como le decían al General Gómez.  Recuerdo que en el sitio denominado “La bandera”, pordonde iba la carretera y la línea de los tranvías que comunicaban a El Valle conCaracas; en una verbera que allí había, estaba colocado un gran cartel donde aparecía escrito lo siguiente:

“El General Gómez dice:
La tierra llora
Cuando no se le trabaja
Y devuelve generosa
El sudor de tu frente
Con abundantes frutos"

Esteban Ramón París

Aquella tarde, cuando llegamos a su presencia, vio que mi hermano tenía un ojo totalmente cerrado por la hinchazón, yo con un chichón en la frente y otros aporreos, mientras que en el otro bando se veían algunas narices sangrando, etc.; y nos dijo o menos, que al Gobierno no le gustaban los revoltosos, sino que hubiera paz y trabajo (este era el lema gomecista) y que ese trabajo bien podría ser con una escoba en la mano, porque las calles de El Valle iban a quedar muy sucias cuando pasara el carnaval.  Luego le indicó al sargento de policía, allí presente, que nos encerrara separados para impedir que continuara nuestra libertad y la de Modesto, quien nos había informado que trabajaba allí en una línea de autobuses y que, por casualidad paseaba por la plaza y se acercó al zaperoco, habiéndose reconocido de inmediato.

Intercalada esta anécdota, vuelvo con mis recuerdos de la infancia a Montalbán, donde me faltan algunas cosas que anotar, para hacer algo de menuda historia, la cual me ocuparé de narrar también, vivida en muchos lugares de Venezuela por donde he pasado en mi ya larga vida.

Al comenzar la década de los años 20, Montalbán no tenía alumbrado público, ni pavimento en las calles, ni acueductos; los burros y el ganado vacuno deambulaban por las calles más céntricas y muchas veces dormían en la plaza.  Las familias llevaban a sus hogares el agua, para beber y hacer los oficios más domésticos, en barriles que llamaban “cuarentones” –su capacidad era de 40 botellas-; montaban dos barriles en un burro ensillado, o a tracción humana, en latas keroseneras, lo cual era un comercio que hacían mujeres (y unos pocos del sexo masculino), llevando esa lata en la cabeza, desde el río hasta el lugar de habitación del comprador y su precio era de un cuartillo (Bs. 0,12 y ½) por lata.  Circulaba para la época una moneda de níquel de este valor que desapareció de la circulación hace pocos años.

Por las noches el poblado estaba en tinieblas, salvo aquellas en que las alumbraba la luna y eran muy animadas, no sólo por los enamorados, sino también con el retozar de los muchachos en las esquinas.  Algunas familias acostumbraban colocar una lámpara o farol en forma que alumbrara el frente de la casa.

Por aquel tiempo llegó de cura párroco a Montalbán, el padre Benito Cordón, español; hombre entusiasta y progresista, preocupado por sus feligreses no solo en cuestiones de culto, sino también por su bienestar corporal y social.  Pronto comenzó a promover reuniones y a predicar sobre la necesidad de una reconstrucción del templo, como es natural, pero también puso empeño por la compra de una planta eléctrica para la iluminación del pueblo –cosa que aún era novedosa- y en la casa parroquial hubo veladas culturales llegándose, en algunas de ellas, a usar proyector y pantalla, para exhibir aquellas primitivas películas del cine como Quo Vadis y La Destrucción de Pompeya.
Tras algunas reuniones entre los señores del pueblo, se suscribió una colecta, para emprender las obras de reconstrucción del templo parroquial y la instalación de una planta eléctrica; fue elegida una Junta Administradora, de la cual resultó electo Presidente mi padre y Tesorero Don Rafael Correa Marvez.  La junta se movilizó y poco tiempo después llegaba el ingeniero Leopoldo Sabater (de lo mejor reputado y más representativo del gremio, a nivel nacional), para ocuparse en lo relativo a la reconstrucción del templo, al par que aparecía por allá un hombre de barba muy poblada y convincente al hablar, cuyo nombre era Joaquín Avellán, invitado para hablar de la instalación de la planta eléctrica y de inmediato se reunió con mi padre y los señores: Rafael Rodríguez, Tulio Salvatierra, el cura Cordón y otros interesados en conocer el costo y demás pormenores, para la instalación de la planta.

Las dos obras se llevaron a cabo en un tiempo relativamente corto, a pesar de la crisis Económica que se vivía.  No comprendo cómo ni de donde salieron estos que la dineros, pero lo cierto es que a nuestras infantiles manos no llegaba otra moneda que la “chiva”, nombre que se le da en nuestra región al centavo y a veces nos encontrábamos con liberalidades como la del tío Pancho, quien esperaba hallarnos en pareja para sacar del portamonedas la chiva y nos decía: “una para los dos”.  Por supuesto que con un centavo podíamos comprar ocho caramelos de papelón, o bien un aguacate y una lanza de casabe (así se le decía a una quinta parte de una torta que medía algunos setenta centímetros de diámetro) y en determinadas ocasiones hacíamos grupo de cinco o seis, para llegar a la pulpería de Felipe Páez, quien acostumbraba llenar una galería (que le servía de trastienda) de racimos de cambur, colgados de varas que tendía de un extremo a otro y cuando se maduraban muchos racimos a la vez, dificultándose la venta, nos decía: “a chiva el remenión muchachos”.  Esto significaba que podíamos darle un centavo y agarrar un racimo por el tallo, sacudirlo y llevarnos todos los cambures que se desprendieran; por supuesto que uno le ponía el ojo a racimos grandes y que estuvieran en plena madurez, para que el remenión provocara la caída total y así nos llenábamos las manos todos los presentes, Felipe se reía a carcajadas de vernos aprovechar hábilmente su oferta.

La verdad es que la gran falta de dinero que había en el país, allí se compensaba con la abundancia de productos agrícolas, fenómeno de la economía inverso al que estamos viviendo actualmente.  Así se explica que en aquel tiempo el diario de una casa de familia numerosa, no pasara de cinco bolívares (por lo general estaba fijado en Bs. 3), porque el kilogramo de carne, o un pollo que pasaba de ese peso, valía solamente real y medio (Bs. 0,75); los granos tales como caraotas, frijoles, arroz, etc., no valían más de medio (Bs. 0,25) el kilogramo e igual valor tenía un papelón, productos que pocas veces se vendía la unidad completa, los pulperos lo fraccionaban en cinco partes: el cucurucho y cuatro rajas, como se decía; cada pieza o parte valía un centavo y era suficiente para endulzar el café del día.  La manteca de cerdo y el queso blanco se vendían en porciones de a locha (Bs. 12 y ½ cts.)

En cuanto al servicio doméstico, los empleados y empleadas bien pagados, ganaban cada uno diez bolívares (Bs. 10,00) mensuales, pero la mayoría (mujeres principalmente), se empleaban por menos.  Al empleador muchas veces se le oía decir: “a esta muchacha la tenemos para ayudar a fulana (la madre), ella sabe que aquí la consideramos mucho”.  A veces esta consideración y ayuda llegaba hasta proporcionarle un nieto a esa considerada madre.

Así era la Venezuela interiorana de los años veinte, en su apogeo la dictadura de Juan Vicente Gómez, no sólo reprimiendo las libertades públicas sino oprimiendo, además, de un modo inicuo la libertad económica más importante de aquel tiempo era la agricultura: la recluta retiraba, cada año, un contingente formado por los mejores trabajadores del campo, so pretexto de que hicieran el servicio militar, pero en realidad a lo que iban estos hombres era a trabajar en las haciendas del dictador y, además de eso, existía una especie de impuesto que denominaban tareas, bajo la suposición de que se trataba de una contribución que debían hacer los hacendados para reparar los caminos y otras obras públicas de carácter local, decían que se podía satisfacer la cantidad asignada a cada hacendado enviando sus propios peones a trabajar en esas obras (de aquí el nombre de “tareas”), sin embargo, la verdad es que tales obras nunca se hacían de esa manera y las tareas las recolectaba el Jefe Civil del Distrito en efectivo y nada más.

Los caminos vecinales y las propias calles del pueblo eran barrizales en la estación de las lluvias y terroneras polvorientas en el verano.  A los vecinos, por humildes que fuesen, se les obligaba a podar las empalizadas y a mantener los desagües; no había dispensario médico ni auxilio alguno a los menesterosos.  La única cosa que recuerdo, macabra, por cierto, era un ataúd que llamaban “el vaya y vuelva”, porque en esta urna llevaban al cementerio los muertos cuyos pariente no tenían recursos para comprar el ataúd; a éstos los enterraban con su simple mortaja (si es que la tenían) y regresaban al vaya y vuelva a su sitio, en el propio cementerio, hasta que se presentara otro muerto en iguales condiciones.

Deporte y recreación eran términos desconocidos en el léxico de nuestro tiempo, en el medio donde transcurrió mi infancia, en los mayores no existía preocupación ni interés por buscar entretenimiento al niño, todo era malo menos estudiar y trabajar.  Sin embargo, la energía infantil y juvenil buscan siempre una espita (medida de longitud) y, en aquellos tiempos en que se hablaba tanto de guerra, las playas del río, donde abundaban las guayabas silvestres y las piñoneras que servían de cercas divisorias en los solares y frentes de las casas de las orillas del pueblo, servían de material inagotable de parque, para las guerrillas o avances cuyas municiones eran guayabas verdes y semillas de piñón, también verdes y duras.  Así medían sus fuerzas los bandos de Punta Brava, Pueblo Nuevo y del Centro; propinándose frutazos que a veces iban al rostro y partes más sensibles, además de las manchas de piñón con que se cubría la ropa –orígenes de reprimendas y hasta cuerizas de las madres, al descubrir el deterioro al lavar la ropa-.  Estas escaramuzas llegaban a veces al cuerpo a cuerpo y se empleaban varas de “pasta de ratón” (árbol al cual le dicen “rabo de ratón”), el cual abundaba también en las empalizadas.  Para este tipo de combate me aleccionó un poco Circo, un viejo cuyo verdadero nombre era Circuncisión (no recuerdo como era el apellido)  y sirvió mucho tiempo con mi abuelo Miguel, llegando a ser, por último, su lazarillo, cuando quedó ciego.  Circo era oriundo del Estado Lara y parece que por los lados de donde él nació se practicaba mucho la pelea al garrote y aunque yo estaba en los siete para ocho años cuando él murió, me gustaba mucho oírle y poner cuidado a lo que él narraba o explicaba; en la pelea al garrote, explicaba, con su forma de hablar, cómo disponerse y actuar en estos lances: “Cuando usté se encuentre frente al enemigo, toma el garrote con las dos manos, a distancia que se calcula que quede una punta como de a cuarta pa’ un lao  pal’ otro; entonces avanza, con los ojos fijos en los del contrario, siendo muy bueno el golpe de la pata a la oreja; pero si no logra pegarle al cuerpo y se siente cansao, vuelve ligero a agarrá su garrote con lsa dos manos, como antes y espera el ataque, siempre mirándolo a los ojos.  Pendiente de podele pegá, con una de las puntas del palo debajo de la quijá; por la boca del estómago, o más abajo y cuando el hombre se frunza hacia adelante, le acomoda usté la vara entre cacho y quijá y allí se acaba la fiesta, porque el cristiano debe quedá largo a largo en el suelo”.  Esto lo explicaba Circo armándolo a uno de un buen palo y él tomaba el otro, haciéndose tirar golpes que jamás llegaban a su cuerpo, viejo como estaba tenía la agilidad y a su vez lo tocaba a uno, mara marcarle los golpes solamente y repetía, riéndose: “Coma avispa muchachito, porque yo ya lo tendría majao a golpes”.

Tales enseñanzas y la práctica frecuente de nuestras escaramuzas infantiles, me sirvieron, años más tarde, cuando vivía en Valencia y era un mocetón de pantalones largos.  Allí me vi en apuros algunas veces, porque en aquel tiempo se usó el bastón entre los jóvenes –como toque de elegancia- se veía mucha “Caña de la India” y otros tipos de bastones finos; pero también hubo quienes, a guisa de bastón, empleaban una vara o un araguaney, garrotes éstos de maderas muy duras y pesadas, los cuales no eran, propiamente un adorno y salían a relucir en cualquier patio de bolas criollas, gallera, toros o bailes –especialmente los que nuestras familias llamaban de orilla- hoy se llamaría “arroz” o fiesta de barrio), y aún en las propia calles de la ciudad.  Yo no era un guapo de barrio ni cosa parecida, pero la verdad es que algunas veces me vi en trance de tener que aplicar tales enseñanzas del viejo Circo.

La ocasión que mejor recuerdo fue una vez que salimos juntos un vecino mío de nombre Carlos Figuera y yo, para el circo de toros “Arenas de Valencia”, donde se iba a celebrar una corrida muy esperada por la afición, él llevaba su vara, de la cual no se separaba nunca, cuidándose de portarla legalizada, o sea que resistía la prueba a las que las autoridades policiales sometían este garrote, para permitir su porte.  Dicha prueba consistía en pasar la vara por un aro, para así impedir el uso de las de mayor grosor.

A estas corridas de tronío asistían muchos gomeros (así se les llamaba a los acólitos del dictador y a los choferes y guardaespaldas que los acompañaban), venidos, en su mayoría, desde Maracay y a estos personajes se les reconocía por ciertos detalles de su vestimenta:  la chaqueta del cuello volteado –híbrido de guerrera con liqui-liqui-; la protuberancia que hacía el revólver en el costado y el chucho, como era llamada una fusta grande, hecha de nervio viril del toro, cuero de Manatí u otro material duro el cual podía ser hasta una varilla de hierro forrada en cuero.

Aquella tarde, a la altura del cuarto toro, estaba el negro Julio Mendoza (diestro venezolano que para el momento se hallaba en el apogeo de su gloria taurina), adornándose con los mejores pases del toreo y detrás de mi amigo Carlos Figueroa estaba un esbirro gomero desgañitándose y gesticulando como un loco, hasta que perdió el equilibrio sobre la grada y cayó sobre mi acompañante, quien alzó el brazo amenazando con la vara; pero el gomero fue más rápido y con un chuchazo en la muñeca desarmó a Carlos y comenzó a darle golpes.  Recogí del piso la vara y el agresor y de inmediato se volvió hacia mí, descargando también una andanada de chuchazos que cayeron todos sobre el garrote que sostenía yo con ambas manos, haciéndolo girar por donde quiera que venían los golpes, hasta que llegó el momento en que pude hundirle una punta de la vara debajo del esternón y cuando se encorvó le asesté el garrotazo por la mandíbula, desplomándose el esbirro, ante la mirada satisfecha de los pocos espectadores que habían seguido el curso de la riña, porque la mayoría estaba atenta a lo que ocurría en el ruedo.  Así Carlos y yo pudimos salir, inadvertidamente, del circo y ganar la calle, lamentando tener que perdernos el resto de la corrida; pero era demasiado peligroso exponerse a una represalia gomera.

Una vez más voy a regresar a Montalbán, con mi memoria, situándome en el año 1925, después de haber pasado un tiempo en el Seminario Diocesano de Valencia, donde me llevó mi padre con la esperanza de que podría hacerme sacerdote –aspiración de su gran fe católica, apostólica y romana= a pesar de algunas muestras que había dado ojo de no tener vocación para ser eso; sin embargo, el Obispo Granadillo le decía que las vocaciones también se hacen y bajo esa premisa ingresé al Seminario en la oportunidad en que también iniciaban sus estudios algunos que han llegado a ser prelados de la iglesia:  Monseñor Luis Eduardo Enríquez, Arzobispo de Valencia, Monseñor Bernardo Heredia, Dignatario de la Curia Metropolitana de Caracas y lo fue también el fallecido Presbiterio Simón Salvatierra, muy conocido por su afición al deporte y porque, en una ocasión fue Capellán General del Ejército Nacional.  Yo apenas llegue a declinaciones latinas, pero en ese tiempo el Seminario tenía muy buenos profesores, como los doctores Alvarado Escorihuela, Sandoval, Caballero y otros, que nos daban diversas materias.  Así que en ningún sentido perdí el tiempo allí.

Quiero acotar que antes de mi salida para el Seminario me tocó ser padrino de bautizo de mi hermano Jesús, siendo éste mi segundo ahijado entre mis hermanos: de regreso volví a la escuela de mi tío Pancho y como había yo adelantado lo suficiente, según él, en las materias de primaria, me puso unos ejercicios de aritmética comercial, historia y geografía universales y otras enseñanzas más avanzadas siempre de lo que para aquel tiempo se consideraban conocimientos útiles.
Para 1925 tenía yo 14 años de edad y la situación económica iba de mal en peor por la sostenida baja en los precios del café, principalmente, y debido a ello los agricultores se inclinaron hacia fórmulas de medianería en la explotación de los fundos; habían hombres que se hacían cargo de la siembra y el cuido de un determinado “tablón” (superficie que contenía unos mil cafetos) y el dueño de la finca ayudaba con el 50% para los gastos de recolección, beneficio y transporte del fruto.  Esto reducía el número de asalariados porque los medianeros y hasta los propios dueños se ocupaban, directamente, de las labores que correspondían a caporales, listeros, etc.  Deducidos los gastos, la ganancia se repartía por igual entre el dueño de la tierra y el medianero.

Esto ocurrió en mi casa y así fue como me correspondió ejercer el primer empleo, desempeñándome como listero en la hacienda de mi padre, durante la recolección y beneficio del café; esto significaba hacer la lista de trabajadores, anotar el tipo de jornal y si se trataba de recolectores, colocarse junto a la romana (báscula), para recibir el fruto recolectado por cada trabajador; anotar a cada quien por unidad de capacidad –que era allí la canasta (cesta) y pero en kilogramos.  La canasta usada allí es un recipiente de amplia boca que se teje con raíces de una planta parásita que en la región es denominada “Piragua” y se utilizaba esta cesta como medida convencional para re numerar la colecta de granos, especialmente el café.  Al final de cada semana se sumaban las unidades recolectadas por cada persona y se pagaban el precio convenido.

Este trabajo de recolección lo hacían principalmente mujeres, y por aquellos días se presentó entre las recolectoras una muchacha buenamoza y sonriente, la cual puso a ladrar los canes de mi adolescencia y a la tercera semana ella había estado entre las que recogieron el grano en el fundo medianero que atendía Pascual Henríquez, quien personalmente ejercía las funciones de caporal.  El sábado, cuando ya estaban presentes las mujeres que habían participado en la recolección, Pascual me dijo que leyera la lista, indicando: el nombre de la recolectora, la cantidad de canastas recolectadas y la paga que a cada una correspondía (este hombre era –aunque no sé con seguridad si vive, lo vi por última vez hace apenas dos o tres años- analfabeta), sin embargo, con mucha inteligencia natural.  Fui nombrando a cada persona, con los demás detalles solicitados y cuando a la bella Eulalia, que así se llamaba la joven a la que antes me referí, y dije la cantidad de canastas recolectadas por ella, Pascual me miró severamente, diciéndome: “Mira niño, ni una de las recolectoras más prácticas puede regogé esa candidá de café, contimás esa muchachita”; además, el café no se recoge en los mogotes del río, que es aunde los he mirao pasá buena parte del tiempo con usté y ella”.  Eulalia se tapó el rostro con las manos y emprendió veloz carrera por el callejón, mientras que yo no hallaba palabra que decir; las mujeres me miraban con picardía y algunas murmuraban por lo bajo.  Repuesto de la sorpresa, nombré a la trabajadora que seguía en la lista, hasta terminar y una vez aprobado por Pascual, procedí a llamar de nuevo, como era costumbre, para que se acercaran a recibir el pago, omitiendo en su turno a Eulalia, por supuesto y, cuando se habían ido todas, Pascual volvió a la carga: “Antonio Julio, cuando se tiene juventú, esos favores no se pagan, porque hasta pierden su sabor… y, además, a don Julio no le va a gustá, si lo llega a sabé, que su hijo no es tan correcto como él pa’ las cuentas de sus medianeros” y después de un escupitajo de tabaco en rama –como se le dice por allá al de masticar- agregó: “por mí no lo va a sabé y no creo que las mujeres estas se atrevan a decírselo” y me miró de soslayo, casi sonriente.

Aquello me turbó muchísimo, recogí el libro y me fui sin pronunciar palabra, pensando cómo iba a remediar el capote con la fulana muchacha y también rumiaba la condición de tramposo que me había enrostrado Pascual.

En aquellos días recibió mi padre un telegrama del Presidente del Estado, informándole que había resultado electo Diputado a la Legislatura, su representación del Distrito Montalbán y que el período de sesiones se iniciaba el día dos de enero; yo estaba acostado leyendo en la habitación vecina cuando mis padres comentaban el texto del telegrama; mi padre expresó que nada le gustaba verse participando en un cuerpo deliberante mediante una elección que todo el mundo sabía que era una farsa, pero mi madre le hizo ver que renunciar era como declararse enemigo del gobierno e ir a la cárcel. “Y qué habría hecho yo con esta muchachera, en la situación económica por la cual estamos atravesando?”.  Mi padre admitió y dijo que aprovecharía la estada en Valencia para acercarse a la casa Blohm e ir a Puerto Cabello para hablarcon don Ricardo Kolster, con el objeto de ver qué arreglo se podía hacer con las deudas que habían contraído y tomado en consideración que ya el señor Ramón Hidalgo había manifestado su deseo de adquirir la finca, tomando en cuenta las deudas que pesaban sobre ella.  Mi madre asintió y le dijo que hablara con el antiguo Mayordomo, Luis Jiménez, para que volviera a ocuparse de la hacienda mientras durara su ausencia, o al menos hasta que terminara de beneficiar el café y era transportado a Puerto Cabello.

Mi padre le respondió que ya yo era un hombrecito y los trabajadores eran de confiar, en su mayoría; que yo podía tomar su lugar y hacer que las cosas salieran bien.  Luego agregó ”Severiano León (un comerciante de la localidad) suplirá el dinero y los víveres necesarios para los gastos de la casa y el apunte –se le daba ese nombre a la relación de Jornales y otros gastos de cada semana en la administración de un fondo- y si necesitas algo extra, puedes pedírselo también”.

Horas más tarde, mi padre me daba también la noticia o novedad del telegrama y la recomendación de actuar en su lugar, esta vez en el transcurso de una ausencia que iba a ser más larga que la de sus viajes anteriores, a que estábamos acostumbrados; repasó los detalles de lo que faltaba por hacer para beneficiar el café y transportarlo a Puerto Cabello:  Había que terminar de secar el café en los patios, trillarlo y escogerlo; luego se ensacaría y sería transportado al puerto.  De voltear el café en el patio y trillarlo estaba encargado Chicote Henríquez (su nombre era Francisco pero el remoquete cariñoso le venía por su elevada estatura  y tamaño de sus pies y manos), Agapito Padrón manejaba la venteadora y ya estaban habladas las escogedoras de siempre, para la limpieza y selección del grano.  “Barretico vendrá por aquí dentro de unos días, para saber la fecha en que vendrá a ensacar y cargar el primer arreo”.  Se refería a un señor de apellido Barreto al cual, a la inversa de Chicote, lo nombraban en diminutivo por su baja estatura y era dueño de varios arreos de burros que transportaban el café a través de las serranías de Carabobo. Urama, hasta Puerto Cabello.  “Esta es gente buena y de confianza, pero hay que vigilarlos y facilitarles el cumplimiento de su deber”, me recalcó mi padre, agregando: “confío mucho en ti también y por eso me voy tranquilo.  Haz que Sergio te ayude porque ya él está grandecito también y en la casa mucho respeto a tu mamá y te haces obedecer y respetar por tus hermanos, porque para eso eres el mayor”.

De todo este discurso lo que más me preocupó fue lo último, porque  Sergio era apenas un año y dos meses menor que yo, y el que le seguía: Torcuato, estaba en el seminario (como segundo intento, también fallido, que hizo mi padre para que un hijo suyo fuera sacerdote); el cuarto en la familia, Rosario Augusto era, como se dice, el pasmo de los claveles.  Mi padre le puso ese nombre porque nació el siete de octubre, día del calendario en que también había nacido Sergio y como los nombres del Santoral eran: San Sergio y la Virgen del Rosario, el propósito paterno de bautizar a los hijos con el nombre del santo que aparecía en la fecha de su nacimiento, no quedó alternativa; sin embargo, los muchachos y hasta algunos adultos le decían a este hermano mío “Rosario sin Cruz”.  Porque opinaban que parecía más bien un diablo.  Era de contextura fuerte y más lo era de carácter, si bien demostró también ser bondadoso y afectivo, en circunstancias para demostrarlo realmente.  Desde muy pequeño, mi madre tenía que hacerlo sujetar con un peón para poderle dar un castigo y varios de estos hombres habían recibido tremendos mordiscos, mientras lo sostenían.  A la sazón tenía nueve años y tanto mi madre como las tías paternas, de las cuales Carmelita era su madrina, vivían quejándose de sus maldades –o digamos más bien travesuras-; en más de una ocasión se le ocurrían cosas como ésta: las tías eran muy escrupulosas en su aseo, especialmente Heriberta (asía la falda par tomar cualquier cosa, como un vuelto en monedas de cobre o níquel, etc.); Rosario Augusto vigilaba el momento en el que terminaban una torta, por ejemplo, y esperaba la ocasión para colocarle encima un ala de cucaracha, para provocar el asco y el propósito de botarla.  Allí él aparecía pidiéndola y corría a repartirla entre los que le seguían.  Una de las que hizo en aquellos días fue obligar a un hombre –el cual sería tal vez, de algún retraso mental- que era empleado de la casa, para cargar el agua y el pasto, bañar las bestias, etc., a que se pusiera en cuclillas y él le iba montando encima canastas de recolectar café “a ver cuántas aguantaba” y lo que pasó fue que el hombre no resistió el peso, cayó y se quedó allí aprisionado y gritando, hasta que fue auxiliado.  El pobre hombre se fue para su casa y quedamos sin quien hiciera los trabajos que él hacía; cuando lo supe, agarré un chaparro, grande y nudoso, de los llamados “manteco”, el cual había sido dejado allí por un arriero y me enfrenté a Rosario diciéndole que por su culpa se había ido el sirviente y que él iba a buscar el agua, de inmediato y que haría también los demás oficios, o le daría yo una paliza.  Parece que vio la resolución en mis ojos, porque bajó los suyos y me dijo: “yo no puedo con un barril cuarentón”, lo cual era cierto, pero le expliqué como colocando los barriles vacíos sobre el burro, podía luego, con el apoyo de una horqueta, llenar primero uno y luego el otro, utilizando también una jarra u otra vasija adecuada y así lo hizo.  El anecdotario de este Rosario tiene cosas divertidas y espero narrar otras de sus travesuras en paginas siguientes de este libro.

Todo me salió de maravilla en mi caracterización de hacendado y de jefe de familia; los trabajadores respondieron con gran facilidad y los muchachos se portaron relativamente bien.  Así lo informaba mi madre en las cartas para mi padre y él me escribió, haciéndomelo saber.

En los primeros días de marzo de 1926, recibió mi madre una carta en la que su esposo le decía que había podido arreglar, satisfactoriamente, las cosas para que el señor Hidalgo recibiera la finca, en los límites que a él le pertenecía y que había quedado libe de gravamen lo que era propiedad de sus hermanas; a quienes había que hacerles entrega, porque nosotros nos mudaríamos a Valencia, ya que don Enrique Pérz Vera, un amigo suyo, lo había asociado para que se hiciera cargo de uno de sus negocios.  Este don Enrique era el hijo mayor del escritor costumbrista Francisco de Sales Pérez, también industrial y fundador de Telares de Caracas y Valencia, una empresa muy importante para la época.

Se cerraba un capítulo originado en los efectos que había dejado la guerra mundial 1914-1918 y la débil estructura económica que se había perpetuado en la agricultura venezolana; mi padre estaba ahora entre los agricultores que volvieron a hipotecarse y a deber grandes sumas al comercio, víctimas de la escasa o ninguna rentabilidad de la tierra, pasando los fundos, de nuevo en menos de dos décadas, a manos de los comerciantes, para ser posteriormente vendidos a aquellos que, como el señor Hidalgo, se prestaran a nuevas aventuras, en una economía agrícola siempre dependiente de la explotación comercial y teniendo, cada vez más, hacia el latifundismo y así como mis padres no pudieron mantenerse con lo que, en otro tiempo, vivían: los Pinto, los Bacalao, los Marvez y otras familias; tras de ellos sucumbieron otros, hasta que en el pueblo quedaron cuatro o cinco hacendados en poder de quienes se concentró toda la tierra.




CAPÍTULO II


Para 1926 habíamos perdido los bienes y abandonado el lar nativo, estábamos en Valencia, bien situados en una casa cómoda y con un estupendo vecindario: los Jiménez Torres y Jiménez Fumero; los Quintero Uzcátegui, los Acevedo, los Zagargaza, la familia Berti –cuya casa era llamada el jardín porque la habitaban bellas muchachas con nombres de flores; el Dr. Diego B. Ortega, un médico paisano nuestro, digno émulo del Dr. José Gregorio Hernández; el Colegio de los Hermanos Cristianos nos quedaba en frente de la casa y algunos otros que dejo de nombrar, para no hacer muy larga la lista.


El esfuerzo era grande, el sueldo que ganaba mi padre no era malo para la época, pero el tamaño de la familia (éramos nueve hijos para ese entonces) lo hacía casi insignificante y con frecuencia lo vi recabar préstamos de agiotistas, para satisfacer los gastos; habíamos cinco que necesitábamos colegio y la forma de vestir era más exigente en la ciudad.  Yo había planteado el deseo de echarme los pantalones largos, lo cual era, para aquel tiempo, el ritual con que se pasaba de niño a hombre y oí cuando mi padre se lo decía a mi madre, planteándole la dificultad en que estaba de hacer más gastos, ya que lo de la mudanza e instalación en la nueva casa lo había dejado como dios quiere a sus almas, limpio; recordó que en u ropero estaban dos fluxes “casi nuevos”, que le quedaban estrechos y tal vez una buena costurera, como una que conocía mi madre, podría adaptarlos a mi cuerpo y, así fue; esos fueron mis primeros pantalones largos  los reestrené con los bolsillos vacíos…

La situación para mí en la ciudad era penosa, conociendo jóvenes, gente que le hacía a uno invitaciones que no se podían retribuir, etc., y un día dije a mi padre que yo quería trabajar; discutimos largamente el asunto, porque él prefería que estudiara. Hasta que lo convencí y la primera gestión que hice fue con don Feliciano Pacannis, vecino nuestro, y que en ese tiempo era Subgerente – Cajero de la sucursal del Banco de Venezuela en Valencia y quien llegara a ser más tarde Presidente de ese Banco, a nivel nacional y tuvo también una destacada figuración en las directivas de gremios patronales y en asociaciones benéficas de Caracas, porque él era también un altruista.  Don Feliciano me dio una cita para que asistiera a una prueba que me harían, para ver si podía desempeñar un cargo que estaba vacante en el departamento de cobranzas; los resultados de la prueba fueron satisfactorios, pues en lo único que fallé fue en la fórmula que se aplicaba para convertir libras esterlinas a bolívares, pero con la explicación que me dieron la entendí y allí mismo hice varios ejercicios, sin equivocarme.  Así pues que entré en el Banco de Venezuela ganando sesenta bolívares (Bs. 60) mensuales y mi principal labor era convertir a bolívares las divisas extranjeras que llegaban al cobro y hacer la gestión de cobranza en el domicilio de los clientes, cuando fuese necesario.

Mis amistades en aquel tiempo eran pocas y el natural retraimiento en la persona que llega del campo a la ciudad, hacían que buscase el pasatiempo en la lectura, pero a decir verdad, no era muy provechoso el género de lecturas que prefería; me aficioné a esos folletines como Búfalo Bill, los cuales se adquirían por entregas y, el dueño de

una pequeña librería que había cerca de mi casa, cambiaba el que uno había leído por el siguiente, pagando una pequeña cantidad, que creo era una locha.  En repetidas ocasiones se me recriminó por estas lecturas, aconsejándome una mejor manera de emplear ese tiempo y así lo hice.  Me inscribí en el horario nocturno de una escuela donde se enseñaba contabilidad, regentada por un doctor (creo que era abogado sin reválida) de apellido Cuevas Báez, quien por cierto tenía dos hijas muy bellas y a una, de nombre Clorinda, la miraba yo con ojos de cordero degollado; pero ella parece que había puesto los suyos en alguien de más edad y más evolucionado que yo, por lo cual, claro, no me hacía el menor caso.

Mis hermanos habían sido inscritos en el Colegio de los Hermanos Cristianos, para asistir apenas cruzaban la calle y estaban recibiendo una buena enseñanza; sin embargo, no tardó mucho en presentarse un problema que dificultaba las cosas: un condiscípulo le preguntó en clase a mi hermano Rosario Augusto si era una mujercita, porque el nombre Rosario es de mujer e inmediatamente recibió el preguntón una bofetada tremenda.  Acto seguido el Hermano que dictaba la clase hizo que mi hermano se arrodillara frente a él, con los brazos en cruz y le montó dos libros en cada mano, para luego sentarse y continuar la clase; así permaneció Rosario breve tiempo para luego lanzarle los libros a la cara al Hermano y levantarse para huir.  El maestro corrió hacia la puerta, para impedir esa escapada y agarró a Rosario, pero éste estaba enfurecido y se le colgó de la pechera, arrancándole el distintivo de la Congregación y propinándole también un puntapié, con lo cual se liberó y fue a parar a la casa, llevando aun en la mano la pechera del Hermano Cristiano.  Por supuesto, aquel suceso provocó la expulsión de Rosario Augusto del colegio, pero también dio lugar a que, en nuestra casa, todos estuvimos de acuerdo en no llamarle más Rosario, sino Augusto solamente y así fue en lo adelante.

Valencia no me entraba, la gente me parecía presuntuosa; frecuentemente e sentía despreciado y esta lana que tardé un tiempo en botar, me limitaba la actividad social, me hacía huraño.  Entre los primeros amigos con quienes cordialicé y me reunía con alguna frecuencia estaban: Francisco Bolaños y a veces su hermano Pablo; José Antonio Delgado; José Domingo Nieves –oriundo de Barinas- y algunos montalbaneros residentes en la ciudad, como Ángel D. Varela y Rafael Manuel Ortega.  

Los hermanos Bolaños eran muy aficionados a la cacería y pertenecían a un grupo donde estaban sus primos, los hermanos Groscors, Bernardo López ros más y otros más que organizaban partidas de caza en los montes del sur de Valencia y en los llanos de Cojedes.  Comencé a participar en esas excursiones, no como un cazador más, propiamente, puesto que no poseía escopeta ni pertrecho y carecía de práctica para participar en los lances; no obstante, lo hacía para pasar el fin de semana en el campo, participar de la camaradería con que me trataba esta gente y poco a poco fui teniendo oportunidad de probar puntería y participar en algunos lances, con armas prestadas.  Recuerdo que en una ocasión me prestó Francisco Bolaños una escopeta y en el sitio que me la entregó me dijo que esperara, alerta, porque estaba perreando a un venado y era posible que saliera por donde yo estaba.  Dicho esto se fue y me quedé yo solo en un paraje muy soleado, estaba haciendo mucho calor y como tenía rato esperando, resolví tirarme al fondo de un zanjón que servía de desagüe a la Hacienda Palma Sola, propiedad del Dr. Luis Felipe López y caminé unos pasos, hacia la sombra del árbol que estaba a la orilla opuesta de esta hendidura.  De pronto oí el ladrido de unos perros y quise subir de nuevo a mi puesto, pero con gran sorpresa vi que a unos cien metros de distancia de donde yo estaba, caía al zanjón un venado, seguido de un perro y avanzaba velozmente hacia mí, por lo que apenas tuve tiempo de ponerme en disposición de tiro y dispararle cuando ya estaba a escasos veinte metros de mí.  La emoción fue muy grande cuando vi, con estertores de muerte, a un hermoso animal con carama de siete puntas y muy buenas carnes; pero mi orgullo se iba a desinflar un poco después, cuando llegaron los demás cazadores y viendo las características del tiro me dijeron: “Muchacho, tú mataste a este venado en defensa propia!”  Esta fue la comidilla durante varias excursiones y la verdad es que nunca llegué a incorporarme al gremio como un profesional.

Con el tiempo, el círculo de mis amistades creció, con la ilusión de algunos intelectuales que se iniciaban en la poesía, como José Ramón Heredia, Otto De Sola, Felipe Herrera Vidal y viejos como el poeta Manuel Alcázar y don Pedro Lizardo; no era una peña literaria ni cosa parecida, sino tertulias las cuales yo frecuentaba en compañía de amigos comunes y los sitios de reunión eran: la plaza Bolívar y sus alrededores; la cervecería de Kipper; bar el Águila o la confitería de Villariño.  Felipe Herrera y yo estábamos fuera de grupo por nuestra corta edad y yo el menos asimilado, por falta de dedicación a la actividad literaria.  Pero este roce despertó en mí un gran deseo de culturizarme y volví a tener, como el mejor pasatiempo, la lectura; no obstante, esta vez tenía ya capacidad para elegir mejor los libros, porque había oído hablar y comentar la obra de famosos autores, algunos de ellos con un estilo que hace vibrar la sensibilidad del joven por lo heroico, por lo romántico y por todos esos sentimientos que conforman la espiritualidad.  Buscaba y leía todo lo que oía nombrar o que figurara entre lo famoso; así fue como cayeron en mis manos el Ariel, de José Enrique Rodó y Hombres de América, de el mismo autor; poemarios de Rubén Darío, Amado Nervo y otros.  De autores nacionales: obras costumbristas, cuentos y novelas.  Leí también Don quijote de la Mancha, La Ilíada; Vidas Paralelas de Plutarco, y otros.

Algunas de estas lecturas me impresionaron tanto que a veces llegué a creerme con madera de escritor, de poeta; al estilo de quienes me inspiraban, y así llegué a escribir algunos poemas, tratando de imitar, algunas veces, a Rubén Darío, y en otras, al que de igual manera me tuviese impresionado para aquel momento.  Mi hermano Jesús me sorprendió recientemente al recitar el siguiente de esos poemas, el cual había encontrado en viejos papeles y se lo sabía de memoria:



Las Garzas
Las garzas han vuelto,
el árbol garcero
de punto al estero
se mira cubierto
y siguen llegando
en enormes bandadas
que sobre la pampa
se ciernen serenas;

descuelgan sus patas bronceadas
y caen a centenas,
cual si sobre la verde llanura
estuvieran lloviendo azucenas
vivientes y aladas
 a veces enfilan el vuelo
y su blanco plumaje
parece un encaje
prendido en el cielo.

Las garzas son nómadas,
son tribus errantes
de mansos beduinos
que no hacen maldades
ni asaltan caminos.

Huyendo al verano
Se fueron del llano
y han vuelto del Meta,
trayendo al llanero
su traje de armiño,
que vale un tesoro
y da sin fatiga
sustento al anciano
que sin fuerzas ya
para ser ganadero
colecta su pluma,

más cara que el oro
y las lluvias, las flores
y todas las galas
de la Primavera
a la que de nuevo
traen prisionera.



Entre estas imitaciones que creía yo hacer, está otro poema que conservo copiado en una libreta contentivo de mi escasa e inédita producción de este género literario.  En esta otra ocasión me sentía del numen que inspiró también nada menos que a don Luis de Góngora y Argote y escribí el siguiente:



Nocturnal

Grávida la noche
en el silencio y la soledad reposa,
el Sol ausente la fecunda en el Ocaso
y destellos de púrpura
pregonaron su doncellez vencida.

Luego la vio el Crepúsculo
subir las montañas
e irse a pastorear luceros;
vagó por los mares
y se desmayó en el lago,
hastiada de plenitud.

Rumores de frívola algazara
parecen disipar su sueño
solloza y tiembla, conturbada
por pesadillas de luz
que salpican su ropaje
con fanales incandescentes.

Trémula hubo de escapar
Hacia lo profundo del silencio
y esperó embozada

hasta que sintió venir
de su propia entraña
un nuevo sol.

Confió a la Aurora
el recién nacido
y se alejó, plácidamente.
Apenas si pudo oír
el canto de los pájaros
que se traducía en adiós…


La verdad es que siempre me ha gustado ejercitar el intelecto, y si hubiese nacido siquiera medio siglo atrás es muy probable que me hubiera dedicado a la producción literaria; pero me ha parecido que llegué atrasado y a medida que me he interesado por comprender los valores del arte y de la literatura que se encuentran hoy en día favorecidos por la crítica y preferidos en los cenáculos de intelectuales consagrados, me doy cuenta de que carezco de inteligencia para comprender las formas y expresiones de la cultura moderna.  Por otra parte, meterse uno en los moldes antiguos, me parece que es como ir por la calle vestido de casaca y chistera.

Alguna vez pregunté a un crítico de literatura, de esos que ensalzan y glorifican las extravagancias que se escriben hoy día; cuál es el mérito intrínseco de esta producción y con aire magistral me respondió: “La originalidad!”  Agregando más o menos lo siguiente: “Qué ganas tú con estar repitiendo metáforas y frases gastadas, tan abundantes en la literatura clásica?  De eso está harto el mundo”.  Al respecto me dio su parecer también un gran escritor carabobeño, ya desaparecido. Según decía él, el mundo actual está padeciendo un estragamiento en arte y en literatura, lo cual debía tomarse como un signo de decadencia.  Lamentablemente y que tenía que ser pasajero, como ocurrió en el pasado con otras culturas.  Esto tiene que ser así, no puede ser perdurable lo deformado, lo repugnante, lo grosero; como expresiones de la intelectualidad, así veamos laureados hoy a escritores que han destinado un sitio de honor a la palabra mierda.

En fin, mi vida ha discurrido más bien en menesteres que me dieron una formación de hombre de trabajo, en cuyo campo se puede buscar también la superación y hasta algunas satisfacciones, por logros del intelecto; como espero poder referir algunos, a lo largo de estas memorias.

Me agradaba mi trabajo en el Banco de Venezuela, sin embargo, no así el sueldo, el cual, en más de un año allí seguía siendo el mismo.  Un día vi que en la cuadra siguiente a la del Banco aparecía un nuevo establecimiento comercial con el nombre “Tienda La Fortuna” –por la magnitud del local y otros detalles, parecía un negocio importante- de Hermanos Muci Abraham- así se podía leer en el gran letrero, adosado a la fachada del local, y me acerqué por allí a ver si habría oportunidad de empleo (ya podía ofrecerme como tenedor de libros o auxiliar de contabilidad, dados los conocimientos que había adquirido en la escuela del Dr. Cuevas Báez).  Los dueños de La Fortuna eran José y Salomón Muci Abraham, unos libaneses que venían del estado Apure, donde se establecieron años antes y habían hecho bastante dinero; logré entrevistarme con ellos y me ofrecieron el cargo de vendedor y auxiliar de Contabilidad, con un sueldo de ciento veinte bolívares (Bs. 120,00) mensuales, o sea que iba a ganar el doble de lo que me estaba pagando el Banco.  Acepté y tengo que agradecer a estos señores sus manifestaciones de aprecio y el estímulo que recibí de ellos mientras fui su empleado y la amistad con que siempre me distinguieron.  Este José Muci Abraham era el padre del abogado del mismo nombre que fue hace pocos años, Contralor de la República y es una cifra de mucha valía en el Foro venezolano, así como columnista de fuste en la prensa de Caracas.

La vida social en la Valencia de aquellos tiempos discurría entre exclusivismo de la gente adinerada, la cual, a su vez, se dividía en castas o grupos, con clubes separados y círculos de amistad en los que sólo participaban aquellas familias que estaban identificadas con el respectivo clan.  El Club Centro de Amigos era el de las familias más rancias, ubicado frente a la Plaza Bolívar y a pocos metros de la Catedral; ese club parecía más bien un salón de lectura y tertulias en voz baja, o un claustro conventual.  Muy raras veces se oía allí música bulliciosa o se celebraban fiestas de gran animación.

En otro frente de la misa plaza estaba el Club Carabobo, más frecuentado por los hombres que les gustaba el juego y por comerciantes que aún no habían calado el pergamino de la mejor sociedad.  Los demás, principalmente los jóvenes, teníamos nuestra diversión en organizar fiestas familiares, paseos; ir en el Ferrocarril Inglés al balneario El Palito, cerca de Puerto Cabello y algunos nos aventurábamos a participar también en fiestas de barrio, las cuales eran más frecuentes, pero no estaban bien vistas por nuestros padres y se corría el riesgo de verse envuelto en alguna riña, o mal enredado socialmente.

Siempre me ha gustado mucho bailar y cuando joven sentía pasión por disfrutarlo, por lo que, naturalmente, me reunía con amigos a quienes les gustaba la fiesta y nos la pasábamos buscando oportunidades, sin importarnos mucho el nivel social; formose así un grupo que inicialmente fue de siete: José Antonio Delgado, Ángel D. Varela, Francisco Bolaños, José Domingo Nieves, Rafael Mendoza R., Rubén Darío Ramírez, y quien estas líneas escribe.  Se nos veía siempre juntos, haciendo diligencias para organizar las fiestas y comenzaron a llamarnos el “Club de los Siete”, cuyo nombre adoptamos e hicimos confeccionar un botón o distintivo, para llevarlo en la solapa; pero este nombre nos trajo problemas a veces, porque algún tiempo antes existió en Valencia un grupo de pendencieros y guapetones que se hacían llamar “Los siete niños”, seguramente que tratando de emular a los legendarios Siete Niños de Ecila, aunque sin llegar a la categoría de bandidos los valencianos.



A.J. a los 16
El único del grupo de nosotros que se daba el lujo de tener automóvil era José Antonio Delgado y en ese vehículo nos movilizábamos a todas partes, en el maletero del carro teníamos, entre otras cosas, un rollo de coleta que, en el momento necesario era una pista de baile.  Prensábamos esta coleta sobre un patio de tierra de esos bien barridos, y se le raspaba esperma encima, para poder deslizarse con facilidad.  Recuerdo una ocasión en que habíamos encoletado el patio de una casa en el barrio El Matadero, era un lugar escueto, separado de unos matorrales por una cerca de apenas dos pelos de alambre de púas; sin embargo, se trataba de familia de buen vivir y el dueño de la casa era respetado por allí, así que se esperaba orden y as parejas habían sido escogidas por la misma gente de la casa.  Habíamos bailado unas cuatro piezas cuando, en el receso, hablaba yo en medio del patio con la muchacha que e tocó de pareja, cuando veo que pasa la cerca un mozo y avanza rápidamente hacia nosotros, hala por el antebrazo a mi pareja y le asesta dos cachetadas que la hacen tambalear, pero reacciona y emprende veloz carrera, pasando por debajo de la cerca y lo mismo hace su agresor; perdiéndose ambos en la oscuridad.  Todo esto ocurrió sin mediar una palabra y yo estaba paralizado por la sorpresa, cuando se me acercó una de las muchachas de la casa y me dijo que el intruso era un hermano de la niña, muy celoso y no le gustaba que ella asistiera sola a fiestas, y menos si habían patiquines (nombre que se le daba –y aún se le da- a los mocitos de sociedad).  Pasado el incidente y mientras afinaban sus instrumentos los señores del conjunto que habíamos contratado, yo recorría con la vista la concurrencia y me estaba dando cuenta que cada oveja tenía su pareja y temí verme en la necesidad de sacar a una gorda que era la hija mayor del dueño de la casa y había permanecido sentada; pero ella misma rehusó mi invitación, diciéndome que no sabía bailar y quedé pidiendo palomitas –como se dice cuando pedimos a un pareja que nos ceda el turno para terminar la pieza-.  Así, unas veces viendo y en otras bailando, disfrutaba de nuestra fiesta hasta pasada la media noche,  cuando ante la alambrada se para un grupo de seis u ocho hombres y uno pregunta: estentóreamente: “Dónde están los siete guapos, amos de esta fiesta?” Y comienzan a pasar la cerca; vi para todos los lados en busca de algo con que defenderme y sólo había una escoba de fabricación casera –de esas que hacían con ramas de monte y un cabo de madera, algo más grueso de los que comúnmente se emplean –di un salto y agarré la escoba, cuando ya tenía frente a mí uno de los hombres, armado de garrote, pero antes de que me agrediera le di un par de escobazos –o de trancazos- sobre las clavículas, con tal fuerza que le hicieron doblar las rodillas y soltar el garrote.  Yo había reconocido a este hombre, porque era un chofer de automóvil de alquiler, bastante conocido y a quien llamaban por el diminutivo de su apellido y parece que se volvía pendenciero cuando ingería licor; al punto de que un tiempo después de este suceso, ultimó a un hombre, golpeándolo con una llave de las que se usan para cambiar neumáticos y como consecuencia del hecho sufrió varios años de presidio.

Parece que aquella noche ese grupo había estado libando y se aparecieron encamburados a terminar con nuestra fiesta, pero les fue mal, porque entre otros castigos, el dueño de la casa se había armado con un machete de los que llaman cola e’ gallo –que se utilizan para rozar- y repartió planazos hasta que los intrusos pasaron la alambrada con más prisa de la que pusieron para entrar; sin embargo, nosotros también abordamos el carro de José Antonio casi inmediatamente y dejamos a coleta prensada en el patio y cuenta pendiente con los músicos (lo cual no nos preocupaba porque éramos conocidos) y durante el recorrido a nuestras casas, reflexionábamos y nos hicimos el propósito de suprimir este tipo de fiestas, tan poco edificantes y muy peligrosas.  Promesas que no llegaron a cumplirse cabalmente, pero sí fuimos más cautos de allí en adelante.

Vale hacer notar que en aquel tiempo era muy bajo el índice de criminalidad y seguramente motivado, entre otras cosas, a que todos estábamos desarmados – recuerdo a una tía mía, muy pacífica, quien solía decir: “Las alas que van a llevar al General Gómez hasta el cielo (¡) serán la paz y el desarme  (ella había presenciado, cuando joven, una época de inseguridad y miseria, a causa de las guerras).

El grupo de los siete se amplió después con otros amigos entre los que recuerdo a Paco Machado, Horacio y Tobías Guédes Balda, guanareños; Ricardo Iturriza y otros más.
El año 1928 había estado convulsionado por los sucesos de la Semana del Estudiante.  En Caracas y si en alguna porción de la República se dejó sentir la represión desatada por la dictadura, fue en Carabobo.  La Presidencia del Estado, que hasta aquel momento era ejercida por un hombre moderado y con vínculos familiares y afectivos en Valencia, pasó a ser desempeñada por un general tachirense y con fama de duro; rodeado por un equipo represivo, entre los que destacaba un señor de nombre Víctor Romero, a quien apodaban “cara de Ángel”, por lo feo y mal encarado.  Este era el Jefe de Policía en Valencia y pronto empezó a sentir la ciudadanía el flagelo de un régimen aún más tiránico del que por si era el gomecismo y así continuó, de mal en peor, porque a este general lo sustituyó Santos Mature Gómez, de proceder amoral y ruin.  Y permaneció en la Presidencia del Estado hasta la muerte del dictador, Juan Vicente Gómez, su allegado pariente (unos decían que era hermano del padre y otros que primo, lo cierto es que parece haber sido fruto de esa promiscuidad en que vivía el gamonal de La Mulera.

Por el centro de la ciudad y a pleno día vimos pasar a los estudiantes montados en camiones y encadenados, rumbo al Castillo de Puerto Cabello.  Me repugnaban sobre manera aquellos atropellos, pero debo confesar que yo era un analfabeta en política, sin capacidad para comprender la magnitud del sacrificio que estaban haciendo aquellos estudiantes y menos aún la responsabilidad que todos teníamos en que se mantuviera ese régimen de oprobio; pero la verdad es también que, al parecer, éramos la inmensa mayoría de los venezolanos los que nos hallábamos en esa misma situación, a juzgar por el comportamiento de entonces y la evolución posterior de algunas personas con más edad y mayor preparación que la mía.  Como ejemplo podría referir que en aquellos días desempeñaba la jefatura civil del Distrito Valencia un joven andino, de pobladas patillas, el cual portaba chucho y se hacía llamar coronel, sin poseer este título y no obstante ser abogado; en una ocasión nos amenazó, mostrando el chucho, porque no disolvíamos, con la celeridad que él ordenaba, un grupo que estaba reunido en la Plaza Bolívar y en esos días no se permitían los grupos de más de tres en público.  Este señor, gran escritor, fue después político destacado por sus convicciones democráticas y así mismo me refirió un testigo presencial el gesto de un militar que, años después en Caracas, reunido con amigos en un casino, se desbotonaba la guerrera para mostrarles que debajo llevaba una camisa negra y así demostrarles sus simpatías fascistas.  Este mismo hombre, encumbrado por la política, conquistó fama de gran demócrata y dejó demostraciones de serlo.  Podría citar muchos ejemplos del confucionismo y la ignorancia en política que padecíamos los venezolanos, a la muerte del dictador Gómez,  yo particularmente  por mi corta edad y por la falta de adoctrinamiento, nada sabía de ideologías políticas modernas y actuantes.  Para mí, la palabra “revolución” tenía un solo significado: la guerrilla que se alzaba contra el Gobierno, con el ideal de “comer donde ellos comen”; esa era la historia que nos contaban nuestros mayores y por lo general un juicio era unánime: “ésta ha sido la causa de nuestra ruina”, decían recordando el pasado.

En lo doméstico, mis recuerdos son de que en nuestra casa las cosas no estaban muy bien; mi padre no había logrado utilidades en el negocio y el sueldo no era suficiente para vivir, por lo que resolvió retirarse de aquello y aceptar un cargo que le ofrecían en Caracas e irse solo, mientras le buscaba acomodo a la familia.  Mi hermano Sergio se había regresado a Montalbán, para dedicarse a la agricultura, Torcuato permanecía en el Seminario y los pequeños habían quedado con mi madre y conmigo en Valencia; entre esos pequeños estaba Augusto, quien ya tenía trece años de edad, pero representando dieciséis, corporal o físicamente, y poco evolucionado en cuando a conducta, si bien se mantenía asistiendo al 4º colegio donde había sido admitido, desde que llegamos a Valencia. Por esa época, llegué un medio día a la casa y encontré que todos estaban en el segundo patio, donde se hallaban las dependencias de servicio y estaba Augusto armado con un  listón de madera, conminando a salir del cuarto a la mujer que nos cocinaba, mientras mi madre le recriminaba aquella actitud.  Augusto, al verme avanzar hacia él se puso en actitud de amago en contra mía y le dije que soltara inmediatamente ese palo, pero se negó y tuve que forcejear con él, recibiendo uno o dos puntapiés, mientras le quitaba el madero y logrado esto –ya enardecido- le di unos cuantos toletazos y huyó a la calle.
La empleada salió del cuarto con las pertenencias en la mano y seguida de un hijo que estaba con ella, diciéndole a mi madre que ella se iba de inmediato.

El origen de lo que estaba ocurriendo fue que mi hermano Santiago había golpeado al hijo de la mujer y ella hizo un amago de defender al hijo, en momentos en que entraba Augusto  éste se armó del listón, mientras que la mujer corrió y se encerró en su cuarto.

Ese mismo día, cuando llegué del trabajo, ya de noche, hallé consternada a mi madre, porque Augusto había regresado en la tarde, hizo una maleta y le dijo a ella que se iba para el Dique Astillero de Puerto Cabello, donde recibían jóvenes voluntarios que quisieran aprender oficios relacionados con el astillero y que él no me aguantaba más.  Mi madre quería que le avisara inmediatamente a mi padre, porque le preocupaba mucho la determinación de ese muchacho; traté de calmarla y le dije que era mejor esperar a que yo hiciera algunas averiguaciones, porque no creía mucho en lo del Dique y, en efecto, fui a la oficina del teléfono de doña Ana de Paredes, la dueña de una empresa que prestaba este servicio entre Valencia y las poblaciones del occidente de Carabobo y le pedí que me comunicara cuanto antes con una de mis tías, preferiblemente con Carmelita Manzo, en Montalbán.  Esperé un poco y atendió mi tía, antes de que le preguntara me dijo: “Hace poco llegó Rosario –ella lo seguía llamando así- en un automóvil de alquiler, con maleta y todo, diciéndome al bajarse: “Page ese carro” y tuve que darle sesenta bolívares (Bs. 60) al chofer (eso era para ella una fortuna) Qué pasa?  Qué vamos a hacer ahora?” terminó preguntándome y yo le pedí que lo dejara allí hasta que mi padre lo llamara, cosa que le iba a pedir yo de inmediato.

Volví a la casa y le di la buena noticia a mi madre, luego me puse a escribirle a mi padre, recomendándole que se llevara a Augusto –después de contarle lo sucedido- y lo pusiera a trabajar, ya que los intentos de hacerlo estudiar habían sido bastantes, así lo hizo y el muchacho sentó cabeza, pues en lo adelante fue muy formal, buen hijo y buen hermano.
En mi trabajo no tenía dificultades, pro ya abrigaba el propósito de trasladarme a la capital de la república y logré empleo en un establecimiento que era sucursal de una firma en Caracas y al poco tiempo obtuve el traslado a la casa principal.  Me trasladé a Caracas en el año 1930 y mis nuevos patrones eran hebreos, los cuales me hacían trabajar muy duro –en aquel tiempo no había Ley del Trabajo, ni otra protección para el trabajador- no obstante, debo reconocer que apreciaban mis aptitudes y logré algunos progresos.  Allí hice gran amistad con Samuel Salama, cuñado del socio principal de la Firma y hombre que de su raza tenía (o tiene, porque lo creo vivo) el nombre y el rasgo de su nariz ganchuda; era en aquel tiempo fiestero, amante del teatro, de los toros, en fin, un buen camarada y juntos disfrutábamos con frecuencia los espectáculos que entonces se veían en caracas: La compañía de zarzuelas Santacruz (por cierto que con esa compañía vino a Venezuela la actriz española Adelaida Torrentes, madre de la celebrada luminaria de la televisión Carmen Julia Álvarez); el teatro de Antonio Saavedra y de Rafael Guinand, -los famosos actores venezolanos cuya jocosidad era inigualable-; los toros, cuando el apogeo de El Nuevo Circo, cuyos carteles estaban siempre prestigiados por figuras de primera magnitud, tales como Belmonte, El Gallo, Bienvenida, y otros tantos; también el boxeo, con la actuación de Armando Best, los Hermanos Chafardet –Enri     que y Héctor- y otros campeones locales que atraían figuras del exterior, montándose buenos combates en el Circo Metropolitano, el viejo coso que estaba entre las esquinas de Miranda y Puerto Escondido, de la Parroquia San Juan.  Recuerdo en especial dos sucesos, uno relacionado con el boxeo, propiamente y el otro estaba también asociado a este deporte: una noche figuraba como semifinal del programa el combate entre Chucho Arriaga –boxeador zuliano; peleador que nunca llegó a las estelares- y un norteamericano de nombre Stanley Shepard, más mediocre aún y el combate estaba 

Fastidioso; de pronto Arriaga golpea la mandíbula de su contendor, de abajo hacia arriba (lo que en el lenguaje boxístico se llama upper) y Shepard se eleva, creo que más de un metro y cae desmayado en la lona, allí se supone que oyó la cuenta reglamentaria, pero al cabo de ésta no se levantó, por lo que subieron al cuadrilátero médico y masajista, para reanimarlo y ya la gente se inquietaba creyéndolo muerto; hasta que, al fin, reaccionó y bajó del ensogado, ayudado por sus asistentes.

El otro suceso consistió en que, asociado a un programa de boxeo, en el mismo Metropolitano, hubo la representación de dos japoneses que hicieron una exhibición de lucha, al estilo de su país, de la cual apareció como vencedor el más pequeño, a quien el animador del evento dio por nombre Beijiro Yasawa (para alguno de mis lectores, si es que los hubiere, resultará conocido este nombre, porque se trata de un importante hombre de negocios que desde esa vez, se quedó en Caracas y se hizo millonario con representaciones de mercancías japonesas).  Este hombre que lucía tan pequeño, se paró en el centro del cuadrilátero y el anunciador dijo que si alguien del público quería medir sus fuerzas con él, lo manifestara; se puso de pie un muchacho gigantesco, a quien yo conocía –de apellido Pazzanaro, hijo del dueño de un restaurante muy conocido- que estaba en la esquina de Camejo.  El invitado subió al ring, quitándose la camisa y comenzó a girar despacio en torno al japonés y de pronto saltó para abrazarlo, pero éste que parecía un ratón acosado por el gato, se escurría y estuvo ridiculizando a Pazzanaro, hasta que le metió una llave que lo hizo saltar en vilo, para luego caer pesadamente a la lona, sin señales de vida.  Allí se armó un gran escándalo, rompieron sillas y querían linchar al japonés, pero poco a poco el grandulón recuperó el sentido, comenzó a moverse y luego, ayudado por los asistentes o personas que estaban sobre el ring pudo sentarse y la gente se fue calmando y luego, al verlo de pie, lo que hubo fue risas y pitos para el joven Pazzarano.

Anita y Mercedes eran compañeras de trabajo con quienes salíamos a menudo Samuel y yo, frecuentemente asistíamos a fiestas bailables que organizaban estas muchachas ente sus amistades, o éramos invitados, y en los carnavales –con sus disfraces de negrita- nos aventurábamos a bailar en el “Bar Fabarán” y en “El Atlánticso”, salones concurridos y alborotosos que estaban ubicados al Oeste de la ciudad, en la gran barriada de Catia.

En aquella época no siempre empleaba yo el tiempo libre en divertirme, lo más frecuente era la atención a un curso de contabilidad que siguiendo por correspondencia (lo más difícil de seguir que hay) de la Universidad Las Salle, de Buenos Aires; y clases de inglés que recibía del profesor Federico Franklin, un bohemio de vida extraña que un buen día desapareció de la buhardilla en la cual vivía, en los altos de un edificio situado entre las esquinas de Principal y El Conde.  No quiero detenerme en relatar la vida miserable de este hombre, en la época que lo conocí sólo tristeza me da recordar que una persona que hablaba cinco idiomas y enseñaba admirablemente, estuviese alcoholizado, casi andrajoso, pobrísimo.


Tampoco voy a extenderme en relatos de esta época en la cual la mayor parte del tiempo la consumí en la rutina de un trabajo sin relevancia.



CAPÍTULO III


A la muerte del General Juan Vicente Gómez, ocurrida en diciembre de 1935, llegaba a sus postrimerías el único régimen de gobierno que yo había conocido y por el cual no sentí simpatías ni deseos de colaborar, pero tampoco me inspiró el odio y repudio que llevó a muchos al sacrificio, a sufrir torturas y vejámenes; simplemente, yo ignoraba lo que se suele llamar política y lo que eran cierta funciones de la Administración Pública.  En aquellos días, era tema obligado, en todas partes, la necesidad de una renovación del personal del gobierno y cambios profundos que significaran la iniciación de un nuevo régimen; así fue como una noche oí en mi casa la conversación que sostenían algunos amigos con mi padre y le hablaban de su amistad con el nuevo ministro de Hacienda y de la oportunidad que se estaba presentando para el desempeño de ciertos cargos, entre los cuales se daba mucha importancia a los relativos a las aduanas.

Hoy no sé si para mi mal, o si fue lo mejor que podría haber hecho en mi vida, decirle a mi padre que estaba cansado de la rutina de los empleos de comercio y que me gustaría ensayar algo distinto, como eso de los empleos de aduana; a él le pareció bien y tras una breve gestión, fui nombrado Guarda Almacén de la Aduana de Pampatar, en la Isla de Margarita.  Esta era una de las aduanas más pobres, no obstante, para mí, una manera de comenzar.  Y el 30 de diciembre embarcamos 


por la Guajira en vapor holandés que creo recordar se llamaba Van Rinsseler, el cual haría toques en Guanta y Cumaná.  Allí se embarcaron también: el designado para Administrador de la mencionada Aduana: el que iba a ser jefe de resguardo y otros que ocuparían cargos menos importantes.  A ninguno de ellos conocía yo y era la primera vez en mi vida que me embarcaba, sin embargo, no sentí mareo y pronto me relacioné y pude cordializar con los que íbamos a ser compañeros de trabajo y a veces de aventuras.

A poco de llegar al puerto de Guanta, nos dijeron que el Administrador quería vernos reunidos sobre cubierta, de inmediato, acudimos allí y se presentó este señor, ceñudo, nervioso, y nos preguntó si todos íbamos armados; fui uno de los que respondimos negativamente.  Dijo entonces que buscaría la manera de proporcionarnos revólver, antes del desembarco de Pampatar, porque parecía que el recibimiento que nos esperaba no iba a ser con flores, según sus palabras; dijo que acababa de recibir un aviso según el cual se preparaba una manifestación popular cuyo propósito era no dejarnos desembarcar.  Todos nos vimos las caras, sorprendidos, llenos de preocupación y cuando este señor se retiró, le comenté a un joven llamado Manuel Pérez (quien también había respondido no llevar armas) que me parecía extraño aquello, porque la tal manifestación tendría que ser combatida por la fuerza pública y no por nosotros, en lo que estuvo de acuerdo y resolvimos hablar con el que iba a desempeñarse como Jefe de Resguardo, para conocer su opinión.  Le planteamos nuestro parecer y nos dijo que estábamos en lo cierto y que él tenía el propósito de evitar ese enfrentamiento; que confiaba en poder disuadir al jefe de esa idea.  Supimos, por sus allegados, que el administrador designado y al cual acompañábamos, había sido funcionario de Hacienda en el régimen de Gómez, con actuación en el Estado Nueva Esparta y que el repudio estaba dirigido a su persona, exclusivamente.
La noche del 31 fondeó el buque frente a las costas de Araya, para celebrar la entrada del nuevo año.  Lo hicieron a lo que supongo es la manera holandesa de esta celebración: la tripulación estaba alborozada, colgando bambalinas de colores por todas partes, calando vistosos gorros y tocaban música muy alegre, algunos cantaban también.  Lo curioso para mí fue que a la media noche nos sirvieron vasos de vino caliente, lo que resulta extraño en un clima tórrido como es el de esas costas.

La llegada a Pampatar fue tranquila.  Se oyeron algunos gritos de protesta, pero del barco a la Aduana pasamos entre la fila de celadores y dentro del edificio aduanal ocupamos las dependencias que nos servían de alojamiento; nos recibió el interventor, cuya conducta y honorabilidad hacían que conservara su cargo, en tan difíciles momentos.

Al día siguiente, cuando se celebraba el acto de toma de posesión de las nuevas autoridades aduanales, al cual concurrieron altos funcionarios del Gobierno del Estado, se presentó un grupo grande de manifestantes a la plaza que estaba frente a la Aduana, profiriendo gritos de protesta contra el Administrador y algunos de ellos, que decíanse representantes de la Cámara de Comercio de Porlamar y acompañados del Presbítero Manuel Montaner, se presentaron a la Jefatura del Resguardo para manifestar deseos de estar presentes en el acto que se estaba celebrando y consultado el caso, se les permitió entrar.  Allí uno de ellos, comerciante de la mencionada localidad pronunció unas palabras, diciendo al Administrador que era persona no grata en la Isla y que debía renunciar e irse, porque de lo contrario sería el pueblo quien lo obligaría a hacerlo.  La respuesta del Administrador no fue muy diplomática y los hombres se fueron, dejando en boca de él la explicación de que había hablado un resentido, víctima de una multa justificada y que la cosa no revestía mayor importancia.

Llevaba yo varios días desempeñándome como guarda Almacén, conforme a mi nombramiento y con escaso trabajo porque para la época se importaba muy poco por ese puerto; el movimiento marítimo era de cabotaje, principalmente, por el Puerto de Porlamar, la ciudad conde había más comercio.

Pampatar fue escogido para la Aduana por las superiores condiciones con relación a las demás costas de la Isla y no he podido explicarme porque la población y el comercio se incrementó más en Porlamar que en Pampatar, además de las ventajas portuarias, tiene mejor clima y más cercana comunicación con La Asunción, Capital del Estado.

Una mañana el administrador me llamó para informarme que había resuelto nombrarme Jefe del Destacamento de Resguardo de Boca del Río, un pequeño puerto pesquero situado al extremo opuesto de la Isla, en la Península de Macanaos y que debía llevarme conmigo a los celadores que estaban muy mal vistos en Pampatar, por lo que él quería transferirlos, para evitarles inconvenientes que podrían ser fatales; la resolución me pareció rara e inconveniente para mí, pero es posible que un poquitín de espíritu aventurero me inclinó a aceptarla.  Los mencionados celadores eran: uno de nombre Gregorio Pardo, oriundo del Estado Falcón y más conocido como “Goyo” que por su verdadero nombre y el otro era un margariteño llamado Pragedes; averigüé cuales serían los motivos de esa repulsa de que se me había hablado, coincidiendo los informantes en que ellos eran muy estrictos en el cumplimiento de la ley y en ocasiones fueron muy rudos, al punto de que Goyo, estando de guardia como celador de “Portalón”, alguien insistía en penetrar a bordo sin la debida autorización o “pase” y al forcejear con él, lo lanzó escaleras abajo.  Y Pragedes se había quitado gente de encima a culatazos de carabina, durante algunos disturbios que se habían producido recientemente.  Alguien que conocía hacía tiempo a estos hombres me dijo: “ese Goyo es un criminal; en una ocasión en que le sacaba de los bolsillos a un hombre pastillas de cocaína y éste le agredió a bofetadas, Goyo le mando a guardar una daga en el intercostado izquierdo.  En mi propia farmacia expiró, cuando le prestaban auxilios”.




Así pues que, al día siguiente, me tocó embarcar en un bote Guarda Costas de los llamados “Tres puños”, con este par de ángeles custodios –Goyo y Pragedes- quienes me debían acompañar, para no ser linchado en Pampatar.  Durante el viaje estuve conversando con ellos para conocerlos mejor y pude apreciar el alto grado en que apreciaban el cumplimiento del deber y la lealtad, confirmando, además, los medios persuasivos que eran capaces de emplear “para conservar el respeto al hombre”, según ellos mismos decían.  A Goyo le pedí que me mostrara su revólver y luego como le observara que era vieja el arma y tenía desajuste suficiente en la masa como para que, en un momento dado pudiera no quemar el fulminante y verse él en apuros; pero me respondió: “Hasta ahora no ha sucedido y por si acaso, aquí llevo también a la madrina” y me enseñó una daga de más de treinta centímetros de largo.
  
En aquella época, Boca del Río era un pequeño poblado donde funcionaban los llamados “trenes de pesquería”, o sea, empresas de pesca que operan con grandes mallas o chinchorros, los cuales requieren de cuarenta o más hombres para recogerlos, cuando aprisionan grandes cardúmenes de carite –el pez que más abunda en aquellos mares= el cual era y creo que sigue siendo utilizado para la industria de salazón y secado de pescado, de gran consumo en el país.

La principal actividad del Destacamento de Resguardo marítimo de Boca del Río era, precisamente, recibir y controlar, mediante el repeso, los cargamentos de sal, procedentes de las Salinas de Araya y evitar que por allí entrara contrabando de este mineral y de otros productos que, frecuentemente trataban de introducir por esas costas, de muchas ensenadas y que estaban deshabitadas en su mayor extensión.

La Oficina del Resguardo daba frente a la única calle que tenía el poblado, la cual bordea la orilla del mar en forma de castillo y en la misma casa estuve alojado durante el corto tiempo que permanecí allí; sencilla y amablemente atendido por una muer a la que le decían Marenga y su hija Sabás, cuyos rasgos corporales eran de india Guaiquirí, favorecida con un mestizaje que se asomaba por sus grandes ojos negros de tipo árabe.

La actividad del Puerto era muy escasa, pero en los días que pasé allí se sucedieron hechos que se podían considerar como un buen compendio de lo que era la vida en aquel lugar.  Una de las cosas curiosas que allí se observaban era que casi todos los quehaceres, fuera de la navegación y la pesca los desempeñaban las mujeres, incluyendo la caleta, o sea el transporte de los productos que embarcaban de el lugar de su origen hasta embarcación y como lo que salía de ese puerto con más frecuencia era: pescado salado y estiércol de chivo que se exportaba para Aruba, Bonaire y otras Antillas –es de imaginarse el aroma que despedían estas mujeres cuando, finalizando el trabajo, se acercaban al resguardo, para que les confirmaran lo transportado-.

El arribo al puerto no podía efectuarse sino de día, hasta las seis de la tarde, como es usual y no existía muelle o atracadero artificial, sino un fondeadero natural y de allí a la costa se transportaban las personas y la carga en pequeños lotes.  En el poblado tampoco había alumbrado público y las noches las pasaba cada quien en su casa.  La presencia de una embarcación nocturna era motivo de alarma y los celadores del Resguardo estaban provistos de linternas, para iluminar, en lo posible, el fondeadero al oír el peculiar ruido que se escucha cuando están riando una vela.  En aquellos días se recibían frecuentes avisos de barcos que zarpaban de la Isla de Trinidad hacia costa venezolana, con mercancías de contrabando; pero el más alarmante que nos tenía su matrícula en Boca de Río y había salido de Trinidad con diez mil (10.000) cápsulas de revolver camufladas en cajas de remaches de cobre.  Esto nos puso alerta, y los cuatro celadores con que contaba el Resguardo se mantuvieron en guardia, provistos de máuser y sus linternas.  A la noche siguiente al aviso, aproximadamente a las diez, oímos el ruido que hace una vela grande cuando la bate el viento en el momento de ser riada y salimos a la playa, en medio de la oscuridad; cuando estábamos ya parapeteados detrás de unas pequeña embarcaciones allí varadas, encendimos las linternas y pudimos apreciar –con alivio- al costado de la embarcación el No. 25 con el cual se identificaba el Guardacostas adscrito a la Aduana.  También se asomó a la borda el Cpitán, con la bandera de la falúa en la mano.

A poco vinieron a tierra los tripulantes y me dijo el Capitán que el jefe del resguardo le había ordenado patullar aquella costa, en atención al denuncio de un contrabando de armas.  En verdad, el buque denunciado no llegó a recalar por esos lados.

Los días se me hacían tediosos, la mayoría de las veces, sentado en la oficina del Resguardo atendiendo pequeñas cosas de rutina y como la distracción más frecuente debía oír los relatos o anécdotas del viejo Pragedes, cuando me tocaba hacer la guardia, sabía mil cosas de Margarita; sus costumbres, sus creencias religiosas, el comportamiento o la trayectoria de muchas personas; las triquiñuelas que se hacían en el servicio aduanero, para burlar al Fisco y ayudarse sin ser descubierto.  En este último particular se mostraba insinuante, pero siempre terminaba diciéndome:  “Yo le cuento esto, pero se que usté es incapaz de hacerlo.

Las creencias religiosas es algo muy curioso en el pueblo margariteño y especialmente entre los pescadores; este mismo Pragedes me decía que casi toda embarcación pesquera lleva a bordo una estampa de la virgen del Valle –máxima representante del poder divino entre ellos- y que ésta debía protegerlos contra el mal tiempo y para que la pesca sea abundante.  Así que si durante la navegación se pone un chubasco, una tempestad, el navegante le pide a su virgen que la aleje y le hace la promesa de darle parte del producto de la pesca, especialmente cuando era de perlas, o contribuir con limosnas a la Iglesia.  Si el chubasco no cae, si la tempestad se aleja, esta gente cumple fielmente lo prometido –y se sabe cuántas veces fue para la virgen la mejor perla –pero si el aguacero cae y el mar se pica, voltean la estampa de la virgen contra el fondo de la embarcación, la pisotean, escupen y profieren contra ella verdaderos improperios.  Una tarde contaba Pragedes estas cosas y entre ellas me dijo que al santo que él le tenía más miedo  es el Cristo del buen viaje, que está en el templo de Pampatar; porque lo había visto hacer cosas como para que lo respeten.  Refirió que en una ocasión en que se celebraba la fiesta que anualmene le hacían, con disparos de salva, utilizando un viejo cañón del Castillo de San Carlos Borromeo; un borracho impertinente se burlaba  de los fieles que estaban pagando promesas y rezando.  El hombre les decía tontos y les preguntaba para que le pedían a un hombre que apenas tenía un guayuco con que taparse y mire –decía Pragedes- en ese momento salió un disparo de cañón que había sido rellenado con trapos y estopa “y al borracho le cayó un trapo prendío, quemándole la ropa y lo dejó en carzoncillo, pa decí, con un guayuco como el que tiene el Cristo”.

Esta manera de profesar la fe católica aquella gente pude comprobarlo en el mismo pueblo de Boca del Río, porque, estando yo allá llegó el cura de Pampatar, a quien también le correspondía atender las poblaciones de Punta de Piedras, Boca del Río y Boca del Pozo; se presentó acompañado de un señor de nacionalidad española y fueron a recibirlo vecinos del pueblo, pensando que llegaba a celebrar algunos bautizos y a decir misa en la capilla –que la mayor parte del tiempo permanecía cerrada-.  Sin embargo, no era así, el cura manifestó que llegaba en busca de la imagen de la Virgen del Carmen (única y solitaria en el templo); porque dicha imagen no había sido pagada por el donante, a la casa de Barcelona, en España, de donde se había importado y su acompañante era quien representaba a esa casa en Venezuela.  Esto fue como acercar fuego a un reguero de pólvora, porque los que oyeron se dispersaron por el pueblo gritando que el cura se llevaba a la Virgen y pronto se aglomeró todo el pueblo frente a la capilla, diciéndole toda clase de epítetos poco afables al sacerdote.  Un hombre a quien apodaban “El morocho” tenía un machete en la mano y le dijo al cura y a su acompañante que si bajaban a la Virgen de su trono “la parto en tres rolos”, agregando que la echaría al mar.  En este pueblo había solo dos autoridades:  el jefe del Destacamento Resguardo Marítimo, a quien llamaban “El Cabo” (tal vez en el pasado desempeñaba este cargo un militar con ese rango) y el Comisario, como era denominada la autoridad civil; pero la gente recurría más a El Cabo, porque lo suponían con más autoridad, ya que tenía en los celadores cuatro subalternos, mientras que el Comisario era solo.  Así que el padre Chiconardi –que así se llamaba el cura de Pampatar- recurrió a mí para que lo apoyara, pero aquello a lo que él venía no me pareció justo, ni su actitud prudente, puesto que los vecinos alegaban que habían contribuido con su dinero para que “montaran esa Virgen donde está”, y aunque el cura explicaba que esa contribución fue para la entronización, los vecinos se consideraban con derecho a conservar la imagen y así fue, porque el padre Chiconardi y el comerciante que lo acompañaba tuvieron que regresar sin la compañía de la Virgen del Carmen.

El 15 de febrero de aquel año, llegó a mi oficina un emisario del Administrador de la Aduana, con un mensaje donde se me ordenaba dejar a un celador encargado del Destacamento y me trasladara de inmediato a Pampatar, llevándome mis efectos personales: el emisario me explicó que podía irme con él, en bote, hasta Chacachare, donde me esperaba un automóvil.  Dejé al viejo Pragedes encargado de la Jefatura del Destacamento y apresuradamente entré al interior de la casa a recoger la ropa, el chinchorro, etc., y a despedirme de Marenga y Sabás, de quien recibí una efusiva despedida, aun cuando les había dicho que posiblemente regresaba.  Zarpamos en el bote y por el trayecto me informó mi compañero de viaje que las noticias eran que en Caracas había rebulicio, y que el gobierno estaba casi caído y que quien estaba mandando era Jovitico (así lo nombraban en Pampatar, de donde es oriundo, al entonces bachiller Jóvito Villalba, a la sazón presidente de la Federación de Estudiantes).  Al llegar a Porlamar encontré mucha agitación y supe que se estaba concentrado una manifestación que saldría para Pampatar con el objeto de manifestar al Administrador de la Aduana; le dije al chofer que buscara una vía despejada para llegar cuanto antes a Pampatar; antes de que llegara la manifestación y así fue.

Al llegar me encontré con el Comandante del Resguardo, quien agarrándome por un brazo, me llevó al interior de su despacho, para contarme lo ocurrido en Caracas el día anterior; lo que deparaba a la isla y, confidencialmente, la participación que, esa misma mañana le había hecho el Comandante de la Guarnición Militar de Nueva Esparta al administrador de la Aduana; en el sentido de que no podía prestarle protección, si las hostilidades contra él llegaban a ser violentas.  Luego me comentó que todo el problema estaba en que el Administrador se negaba a renunciar y el pueblo lo repudiaba, por haber sido funcionario del régimen gomecista en aquella misma entidad, atribuyéndole, además, mal comportamiento; razón por la cual, mi interlocutor era de opinión que el personal de la Aduana hiciéramos de inmediato una reunión con el Administrador, para hablarle claro y hacer que renunciara, antes de que se hiciera violenta la manifestación que venía de Porlamar.  Así ocurrió, renunciando también el interventor y antes del anochecer ambos salieron, a bordo de una balandra con rumbo al Puerto de Guanta, en el Estado Anzoátegui y se encargó de la Administración de la aduana el Comandante del Resguardo.  Esto hizo que se aplacaran los ánimos y se disolviera la manifestación, pudiendo regresar, al día siguiente, los que vinimos de los destacamentos.   A mí me notificó el encargado de la Administración que pensaba promoverme a otro cargo, pero que regresara a Boca del Río y esperara allí al que habría de reemplazarme.

El primero de marzo llegó a Boca del Río el Guarda Costas del Servicio de Salinas, trayendo a bordo al hombre que me iba a reemplazar, el cual me entregó dos oficios: uno en que se me notificaba la designación de este señor para Jefe del Destacamento de Boca del Río y el otro con el cual se me designaba Inspector de Salinas, en jurisdicción de la Aduana de Pampatar, poniendo a mi disposición el Guarda Costas (embarcación de velas tipo trespuños), con su tripulación y dos caladores que llegaron también en ese barco; ordenándome hacer, de inmediato, un recorrido por las Salinas incluyendo La Blanquilla, isla bastante distante; porque se tenía noticias de muchos robos de sal.

Mi sustituto me preguntó si yo tenía inconveniente para que se quedaran en Boca del Río los dos celadores que llegaron con él y me llevará a Gregorio Pardo y a Pragedes Salazar, porque aquellos eran de más confianza para él.  Se veía a las claras que la gente que conocía o había oído hablar de estos subalternos míos no les agradaba mucho su compañía; pero  yo en cambio, estaba satisfecho de su comportamiento y acepté el trueque, zarpando esa misma tarde.  Íbamos a bordo:  El capitán, dos marineros, el cocinero, dos celadores (Goyo y Pragedes) y yo.

En ese recorrido por las salinas experimenté la rudeza e incomodidad de navegar en un barco de velas pequeño y de equipamiento completamente rudimentario, al punto de que en el viaje a La Blanquilla me costó trabajo dormir, por la incomodidad del camarote y peor fue satisfacer otras necesidades del cuerpo, las cuales había que hacerlas montado sobre la borda, agarrándose de las jarcias o cordeles que sujetaban el mástil y con el trasero colgando hacia el vacío; aquello, con el vaivén de las olas y la impericia mía era casi imposible.

También pude darme cuenta de lo que frecuentemente era llamado robo de sal y la represión que se empleaba para impedirlo, en estas salinas.  En Juan Griego conocí a un hombre inútil, el cual recibió un tiro de máuser en una pierna porque robaba una mara de sal; o sea, una cesta con capacidad para diez kilogramos, pero en este caso son diez kilogramos de un barro negro que no contenía más de un diez porciento del mineral, lo demás era arena e impurezas.  Así que este hombre perdió una pierna porque se robaba, si acaso, un kilogramo de sal!  Fue alborozo en los diferentes lugares el saber que di instrucciones a los celadores que vigilaban para que no actuaran en forma represiva con las personas del lugar que recogieran esas pequeñas cantidades de sal, para su propio consumo.

En La Blanquilla si me encontré con algo que se podía calificar de intento de contrabando de sal.  Allí habían llegado once botes cuyos tripulantes desarmaron al celador que había allí, que se ocupaba de la vigilancia, quebraron su carabina y con el cañón de la misma pusieron al propio celador (un trujillano de apellido Viloria) a escarbar y a llenar con sus manos maras de sal que trasbordaban a sus botes, además de la que ellos mismos echaban; pero a Viloria le obligaron  a hacer esto, sin descanso, por más de veinticuatro horas y este hombre había perdido casi toda la piel de las plantas de sus manos y dedos.  Cuando nos vio llegar corrió hacia nosotros como enloquecido, llorando y las manos le sangraban.  El cocinero del Guarda Costas se lo llevó a bordo para darle agua y prestarle algún otro auxilio.  Los demás llegamos con las armas en las manos y le dije a los contrabandistas que devolvieran de inmediato al mar la sal que tenían en los botes, porque lo que habían estado haciendo estaba prohibido.  Uno me respondió que “Gómez se murió” y le repliqué que era cierto, pero que no se había llevado la ley en su urna y agregué que esperaría tres minutos para que comenzaran a vaciar los botes.  Me puse a ver mi reloj y ordené a mis acompañantes que pusieran el máuser o la carabina en posición de tiro a cada bote, por debajo de la línea de flotación y si no se hundían rápido, siguieran disparando hasta lograr ese propósito.  Goyo Pardo ripostó: “Y porqué más bien no le damos un tiro abajito del ombligo a cada carajo de estos pa’ que paguen lo que le hicieron al negro Viloria?” Continué callado, mirando el reloj y pude notar que los boteros caminaban en dirección a sus embarcaciones y una vez a bordo, comenzaron a botar sal.
Concluida la operación le pedí a cada uno la papelera de su barco –un estuche burdo donde cargan la matrícula y demás papeles del barco= y navegáramos rumbo a Pampatar.

Cuando llegamos a la Aduana, encontré que había llegado un nuevo Administrador, el Capitán retirado, Alejandro Fernández, un militar que había sufrido prisión y torturas, por su rebeldía contra la dictadura del Gral. Juan Vicente Gómez y supe también que el nuevo Presidente del Estado Nueva Esparta era el Dr.  Luis Felipe Hernández, un abogado margariteño muy querido por su pueblo y ese día le preparaban un recibimiento.

Me presenté a la Jefatura del Resguardo y di el parte de lo actuado, especialmente sobre el caso de La Blanquilla; deposité las papeleras y dije que los botes estaban fondeados frente a la Aduana.  Dado el júbilo que reinaba en aquellos momentos, a los boteros contrabandistas les dieron una breve reprimenda, devolviéndole luego las papeleras.  A Viloria lo llevaron a una farmacia que había cerca de allí y le curaron y vendaron las manos.

Días después fue renovado casi todo el personal de la Aduana, con el ingreso de gente nueva en funciones de Gobierno; el Administrador me llamó para saber cómo había ingresado yo y demás pormenores, oportunidad que aproveché para significarle mi inconformidad con los constantes cambios a que había estado sometido y en las labores para las cuales no estaba acostumbrado.  El pudo notar que la cara y brazos míos eran unos tizones, por el sol que había soportado y accedió a mi solicitud de que me reintegrara al cargo para el cual había sido designado por el Ministro de Hacienda, o sea, como Guarda Almacén y allí permanecí, hasta mi regreso.

Cuando acepté este cargo lo hice pensando que se trataba de una labor de oficina, como cualquiera otra de esta naturaleza y en efecto lo es; pero nunca me imaginé, ni remotamente, los azares y peripecias a que me condujo este inicio en la carrera administrativa.

A mi regreso, al volver a mi casa, a dormir de nuevo en una cama (allá en Margarita dormía en chinchorro y a veces en el camarote de un barco) y a sentirme confiado de todo lo que me rodeaba, la estada en Nueva Esparta me parecía una pesadilla o el haber estado en una guerrilla.  La alegría del retorno se ensombreció tan solo por hallar que dos de mis hermanos se habían visto afectados por serios quebrantos de salud, a consecuencia de lo cual guardaban aún reposo y mis padres lucían preocupados, pero nada me habían escrito sobre esto y me sentía culpable de haberles acrecentado esa preocupación con mi ausencia y la poca comunicación que tuve con ellos, precisamente por el trajín en que anduve entre lugares prácticamente incomunicados.



CAPÍTULO IV

Pasados los primeros días de mi retorno al hogar paterno, en los cuales estuve como embriagado con el regreso y todas las emociones que eso conlleva, comencé a solicitar trabajo: pero ya el morbo de la función pública. del servicio al Estado. se me habla inoculado y como. por otra parte. en aquellos momentos era difícil hallar empleo en la actividad privada. cuya remuneración pudiera acercarse a la que yo podía estar en capacidad de obtener en cargo público. hizo que de nuevo enganchara en esta última actividad. cuando me encontré un día en la calle con don Pedro Bacalao Silva. quien para ese entonces era presidente del Estado Carabobo, mi tierra natal y al decirle yo que estaba cesante, me expreso que le gustaría mucho contarme entre sus colaboradores y de inmediato puso a escoger entre los cargos de Inspector de Vehículos o inspector de Escuelas del Estado. Yo le dije que prefería el de inspector de Escuelas del Estado, porque en ese momento ignoraba que tal destino era una canonjía con la cual se favorecía a algún estudiante de enseñanza medía o superior, o bien viejos educadores. reiterados de las funciones docentes.

Cuando llegué a Valencia, a tomar posesión del cargo, me encontré que el titular a quien iba a reemplazar era el Bachiller Emilio Azumes y se habla venido a Caracas. para seguir estudios y que. por otra parte. allí no había nada que entregar. Esto me sorprendió y me apresure a comunicarlo a don Pedro Bacalao Y decirle que no quería desempeñar cargos donde no hubiese una labor que cumplir: el me ratifico que en realidad ese cargo había sido hasta el presente una, pero que, precisamente él me había designado porque estaba próximo a implementarse un plan de comedores escolares y se haría también una reorganización de los planteles educativos estatales en general; me autorizo para buscar un local, muebles y útiles para instalar debidamente la inspectoría y me puso en contacto con el Secretario de Gobierno, para el cumplimiento de lo que me había prometido y para que me enterara. con más detalles de todo lo relacionado con el 

funcionamiento de las escuelas. Supe que existía también el cargo de Segundo Inspector y que estaba servido por un señor ya anciano que muy poco era lo que hacía.

Entre las cosas de que primero me ocupe fue de instalar la inspectoría en un pequeño local del Edificio de Gobierno que en Valencia se le llama El Capitolio, el cual es asiento de los poderes del Estado. En este local guardaban trastos viejos y ofrecía muy mal aspecto. pero logre que fuera arreglado y me suplieran los muebles necesarios. Mantuvo conversaciones con el Segundo Inspector y me entere de que había sido Maestro de primaria y conocía las funciones y deberes del Magisterio, en esa rama de la educación; admitió que la Inspectoría nada estaba haciendo, salvo presenciar los exámenes en algunos planteles. oír quejas de que se quedaban "in pectore“. según sus palabras. porque a él no le hacían caso Y alguna otra cosa sin importancia: pero me advirtió que se consideraba apto para ocuparse de algunas cosas y, de común acuerdo. resolvimos que el llevaría la estadística, a cuyo efecto haríamos imprimir algunas planillas e hicimos una lista de cosas que hacían falta, así como una especie de cronograma de trabajo, para poner en marcha el nuevo concepto de nuestras funciones.

Estaba yo en Valencia. después de seis años de ausencia: allí habría de encontrar de nuevo a mis amigos, aunque no a todos. porque J.D. Nieves había muerto y otros a la alegre pandilla de adolescentes. casi en hombres con distintas responsabilidades. He hospede en el hotel de una prima hermana mía y dispuesto a trabajar con gran entusiasmo en las funciones del cargo para el cual había sido designado y el cual lo consideraba yo de gran importancia. aunque no la hubiese tenido antes.
Me dedique. antes a otra cosa. a visitar, uno por uno, a todos los planteles Que figuraban en el presupuesto de gastos del Estado Y fui tomando nota de las deficiencias y anormalidades que observaba. las cuales eran muchas y difícil de arreglar o corregir, en su mayoría. porque el problema principal consistía en que la instrucción pública allí habla sido confundida con la beneficencia, como capítulo presupuestario. Muchas de las escuelas que figuraban en el presupuesto no existían como tales y entre los maestros titulares encontré: ciegos, analfabetas, tuberculosos y también personas que podían tener aptitudes. pero habían sido designados para regentar planteles que en la realidad no existían. La situación de locales y mobiliario era critica. muchas escuelas funcionaban en algún cuarto o corredor de la casa de habitación del maestro. aun cuando. en muchos casos. el alquiler de esa casa era pagado por el gobierno del Estado: a cada alumno se le exigía llevar a su casa la silla y escribían sobre sus rodillas.

Dos casos me causaron estupor e hicieron que los patentizara de tal modo ante el Presidente del Estado, que conseguí su apoyo para que todos los maestros y alumnos de las Escuelas del Estado pasaran por un examen médico que incluía radiografía de pulmones y prueba psiquiátrica; uno fue el de un maestro. visiblemente afectado de tuberculosis, que daba las clases en su propio cuarto de enfermo, tosiendo encima de los alumnos y con voz afónica: el otro caso fue en una escuela rural del Distrito Guacara, la cual funcionaba debajo de un viaducto, cercano al cementerio de allí, bajo ese mismo viaducto estaba la urna donde llevaban al Campo Santo los muertos pobres de solemnidad y sobre esta urna ponían sus sombreros el maestro y los alumnos de dicha escuela. Apenas platique, brevemente con ese maestro. me di cuenta de su debilidad mental. 

Este concepto de beneficencia para promover los cargos destinados a la instrucción pública. iba desde estos infelices a que me he referido, hasta las canonjías de que disfrutaban personas y hasta familias de buena posición social.

Cuando comenzó a funcionar la estadística. tuve base para que se fueran poniendo en evidencia los planteles que no presentaban inscripción, ni asistencia y los que se valían de argucias para justificar el mínimo requerido para que la escuela pudiera seguir funcionando. El caso de la Escuela de Arte y Oficios de Valencia fue motivo aspaviento y quejas en mi contra, porque esta escuela parece que había sido creada por iniciativa de una familia. a la cual correspondieron los cargos de Directora y una o dos maestras más, para las asignaturas de: piano, canto y declamación. No recuerdo si había alguna otra materia que se enseñaba allí y en la estadística se totalizaba el número de alumnos inscritos y asistentes, repitiendo los mismos nombres en las tres asignaturas. Creo recordar que eran quince niñas que totalizaban cuarenta y cinco alumnos.

Todas estas fallas y severas críticas contra ellas las consigne en un informe (que lamento no poder transcribir) el cual fue incluido por el Presidente del Estado en su Memoria y Cuenta, para la Legislatura y le sirvió de apoyo para obtener mayores recursos para el capítulo de instrucción pública, en el presupuesto del año siguiente.

La reorganización fue completa. El Segundo Inspector fue sustituido por Julio Castillo Moreno. un joven muy competente que entro a desempeñarse como Secretario y se hiso cargo de todo lo concerniente a correspondencia, estadística; atendía solicitudes y toda la rutina de la oficina. mientras yo me ocupaba, principalmente. de la instalación y selección de personal para las escuelas-comedor. recientemente creadas y de reemplazar al personal que carecía de aptitudes, a cuyo cargo, como antes dije, estaban muchas escuelas.

La escuela-comedor era una innovación que introducía el Gobierno del General López Contreras. iniciativa muy plausible, por cierto, ya que le aseguraba los niños de los barrios e hijos de campesinos una comida diaria (el almuerzo) abundante y nutritiva, dietéticamente balanceada. ya que el menú para la semana era confeccionado por personas que conocían la materia y yo me ocupaba de visitar y hasta do almorzar. con frecuencia y de improviso en una escuela cualquiera. mobiliario La consecución de locales apropiados, de y de enseres: de personal docente; de ecónomas y de proveedores para estas escuelas fue algo verdaderamente afanoso. No me quedaba tiempo para otra cosa, porque a toda hora me estaba solicitando alguien para un detalle relacionado con las escuelas; el Presidente del Estado, cada vez que alguien iba a plantearle asunto que tuviera algo que ver con este aspecto de su gestión le decía: "eso lo tengo yo confiado al Inspector, hable con él".

No obstante, mi juventud y mi escasa preparación en letras. Había logrado el aprecio y respeto del Magisterio, del personal al servicio de las escuelas estadales; los maestros y maestras me visitaban frecuentemente y planteaban sus necesidades y consultas, manteniéndome a la vez informado de cualquier novedad que se presentara. Recuerdo que Concha Nieto, una educadora de muchos años y altamente apreciada regentaba en una escuela estadal, cargo que venía desempeñando después de haber sido' jubilada por el Ministerio que hoy se llama de Educación y como ella se estaba dando cuenta de que se venían revisando las credenciales de los maestros Y de que la inspectoría estaba haciéndose sentir, vino a confesarme que estaba jubilada, pero que necesitaba del 

sueldo que le estaba pagando el Estado y que ella me podía traer una recomendación del Doctor Enrique Tejera (Ministro en aquel tiempo), quien era muy allegado a la familia de ella -cosa que se podía tomar como cierta- le dije a Concha que no era necesaria tal recomendación. porque yo habría de encontrar otras Jubiladas que tuvieran la lucidez y fortaleza de ella. para confiarles más escuelas.

Estuve en el desempeño de este cargo de inspector de Escuelas del Estado Carabobo hasta que mi paisano y amigo don Pedro Bacalao Silva dejo la Presidencia del Estado y dicha estada me sirvió para conocer. tanto físicamente. como un lo intelectual a mi Estado nativo ya que, en el ejercicio del cargo, recorrí todo su territorio y tuve ocasión de tratar mucha gente, de participar activamente en la vida social y también me brindo la satisfacción de fraternizar de nuevo con mis amigos, de entre los cuales Ángel Delfín Barela me demostró particular afecto, y nos hicimos compadres, porque me designo padrino de bautizo de una de sus hijas  Por sobre todo esto, fue también que cayó en mi corazón la simiente de un gran amor, el cual, a su vez, me haría sentir en temprana fecha, el suplicio de perder al ser amado. El tiempo había convertido en mujer a una niñita rubia. de ojos verdes, que unos siete u ocho años antes veía entrar yo en la escuela de la señorita Isabel María Ortega, en Montalbán y que ahora se asomaba, furtivamente a la ventana de celosía, porque le dijeron que yo había ponderado su belleza y me interesaba por ella. Poco después se había casado mi hermano Torcuato con Carmen Filomena Henríquez, y ocupaba la casa que estaba diagonal con la que celosamente guardaba a Emma Evelia Sánchez Barela. nombre de mi admirada joven, pero familiarmente le decían Bebella y así preferí llamarla yo siempre. Pronto habría yo traspasado el muro de su esquivo comportamiento, para declararle el propósito de casarme con ella y no desperdiciar ocasión para demostrarle mi afecto; nos reuníamos en su casa o en la de mi hermano y en toda ocasión que me lo permitiera el recato y las limitaciones que se imponían a los novios en aquella época. La casa de Margarita Castro una descendiente directa del General Julián Castro y fina relacionista de la juventud, montalbanera que flirteaba con buenos propósitos. era otro lugar donde nos veíamos Bebella y yo por aquel tiempo.

El destino, lisonjero me halaba hacía el querido terruño, pero comprendía que no estaba allí mi porvenir, como hombre que me había interesado por actuar en un medio más evolucionado y, tome la resolución de regresar a Caracas, sin romper los ligamentos afectivos que me embargaban. La Víspera de venirme, encontré de paso por allí, a un paisano y amigo que se desempeñaba como Perito en el Banco Agrícola y Pecuario, el cual me recordó que el Director-Gerente de ese instituto era nuestro común amigo Leopoldo Baptista y me animo a buscar un cargo por allí. Así lo hice y la menguada oferta que recibí no podía hacerme pensar en que era el inicio de una dedicación al Instituto donde pase el ciclo vital en que, generalmente, los hombres deciden sus destinos y el mío ha sido de servir a los intereses de la Nación, sin buscar prebendas Y beneficios que no fueran la remuneración que habría de percibir por mi trabajo. Esto me enorgullece y es bueno dejarlo escrito para que lo sepa la gente y lo recuerden mis hijos, porque sobran dedos de las manos para contar a los que. habiendo desempeñado los cargos y ocupando las posiciones que ocupe, no solo en el Banco Agrícola y Pecuario, sino en todo el ámbito de la Administración Pública: los escasos bienes de fortuna que poseo soportan el más severo análisis en cuanto a su presencia.

Decía pues que fue tan angosta la puerta que me abrió Leopoldo Baptista al decirme que en el momento no habla cargo vacante que ofrecerme; pero que la situación económica mía era muy apretada, lo que podía ofrecerme era una pasantía como auxiliar de contabilidad, en el respectivo Departamento. cuya remuneración era de trescientos bolívares mensuales. Acepté esta oferta, en la cual yo veía un buen deseo de mantenerme cerca, en espera de una mejor oportunidad y confiado en que podría demostrar competencia y lograr el ascenso a mejores posiciones, como en efecto ocurrió. Durante once años consecutivos fui escalando posiciones. Hasta llegar a ser Jefe de Operaciones, en 1947, cargo que fue creado para unificar el mando y coordinar la acción de los diferentes Departamentos en que se distribuía la gestión de Banco; su autoridad dependía, directamente. de la Junta Administradora y tenía la responsabilidad de: dictar normas y vigilar su cumplimiento; dirigir la auditoria interna y controlar la utilización de los recursos financieros destinados a cada programa.




CAPÍTULO V

El primer nombramiento que se me expidió en el Banco Agrícola y Pecuario fue con fecha 20 de diciembre de 1940, "para desempeñar, con carácter provisional, el cargo de Empleado Especial, en el Departamento de Contabilidad. con la asignación de Bs. 500.00 mensuales".

Fdo. Leopoldo Baptista
Director-Gerente

El Jefe del Departamento de Contabilidad era el señor Martín Feo Calcuño, quien había desempeñado cargos relacionados con el ejercicio de la contabilidad en bancos de los Estados Unidos de América y esta experiencia le había permitido estructurar un sistema de registros contables similar a los que se había acostumbrado a manejar bajo aquella avanzada técnica. Yo tuve ocasión de ver y manejar, por primera vez, libros de hojas intercambiables, denominados en inglés Binder; hojas volantes para redactar asientos de contabilidad hechos con varias copias al carbón. para que varios tenedores de libros pudieran asentar, simultáneamente, y con la misma redacción cada uno de esos asientos. en los diferentes libros: el libro Diario Columnar y otras innovaciones de las cuales apenas si tenía yo conocimiento por algunos modelos y referencias que me llegaron entre el material que recibía durante el curso de contabilidad de la Universidad La Salle. al cual estuve inscrito años antes.

En el B.A.P. encontré, así mismo, la buena orientación y el aprecio de don Pedro Agustín Dupouy, un señor de vasta cultura, educado en Alemania y quien tenía contabilidad también injerencia en la contabilidad y las finanzas, como asesor que era del Director- Gerente, en estas materias.

La Junta administradora del Banco la formaban tres miembros que a su vez desempeñaban los cargos ejecutivos de Director-Gerente, Sub-Director y Secretario. En aquella oportunidad el Director- Gerente era el señor Leopoldo Baptista. hombre criado viajando por las grandes capitales del mundo, ya que era hijo del General Leopoldo Baptista. uno de los caudillos de principios del siglo en la agitada vida política de este país y que tuvo que mantenerse exiliado por muchos años. durante la dictadura de Gómez; el Sub- director era el Dr. Cesar Espino. un abogado de aporte distinguido y el cargo de secretario estaba desempeñado por otro abogado. El Dr. Horacio Rosales, muy meticuloso en los asuntos que le concernían.

Llegaba yo al B.A.P. en momentos en que se estaba esperando una transformación de sus viejas estructuras y el Gobierno Nacional mismo hacía los primeros y tímidos ensayos de administración descentralizada: se diversificaban los préstamos; se adquirían frutos y ganados, para garantizar precios mínimos remuneradores a los productores y se disponía de estos productos, en cumplimiento de una política que se anunciaba como de fomento a la producción y protección al consumidor. propósitos que. dicho sea de 

paso, parecen aun inalcanzables en una medida que sea realmente satisfactoria. En el aspecto funcional. existían ya decenas de agencias en las ciudades y poblaciones más, importantes del interior de la República y se daban también los primeros pasos para transformar algunas de esas anuncian en sucursales que iban a tener mayor autonomía para el manejo de los préstamos, cobranzas y demás operaciones que realizaba el Banco en las respectivas jurisdicciones.

Esta expansión daba lugar a que se utilizara personal experimentado del Departamento de Contabilidad en las labores de inspección, auditoria interna u organización en las agencias y sucursales en formación y también para cargos administrativos en esas dependencias. Así salieron, a poco de estar allí como "empleado especial"; Manuel Emilio González y Oscar Torres, con cargos de Inspector y correspondieron los ascensos, para reemplazarlos, Horacio Núñez García y a mí, correspondiéndome las siguientes funciones: redactar los asientos de contabilidad, hacer su distribución por cuentas y postear ese movimiento en el Libro Mayor, así como resolver las consultas que formulaban los empleados auxiliares y cuando le participe esto a mi padre, a él le pareció una audacia de mi parte; pero yo, aparte de que aprendí alguna teoría, siempre me ha guiado un sexto sentido para comprender y aplicar los principios y la técnica de la contabilidad. Con este nuevo cargo, aprobado y ya con ochocientos bolívares de sueldo. resolví casarme y así fue que unimos nuestros destinos Emma Evelia Sánchez y yo en febrero de 1942, habiendo sido celebrado el matrimonio eclesiástico en Valencia y dado que la contrayente era sobrina-nieta del Monseñor Francisco Antonio Granadillo, primer obispo de aquella diócesis y nexos de amistad que nos unían a Monseñor Gregorio Adam, tuvimos el privilegio de que se nos casara, durante la misa celebrada al efecto y con una bella platica respecto a la santidad del matrimonio y a los deberes de los conyugues; cosas estas que pareciera han perdido un poco su vigencia en el mundo de hoy.

Para nuestra residencia en Caracas, había tomado yo en alquiler la parte alta de una casa que habitaba Micaela y María Teresa Toro. situada entre las esquinas de Guanábano y Amadores, en la parroquia La Pastora. Las Toro eran dos ancianitas muy distinguidas -tanto que descendían del Márquez del Toro, del cual conservaban un retrato grande en la sala, pudiéndose apreciar, a simple vista, el gran parecido que tenía con el María Teresa, lo cual debe haber contribuido a su soltería, carentes de fortuna, pero conservaban esa casa y con su edad les impedía estar subiendo y bajando las escaleras, además de que la planta baja era suficiente para ellas vivir; resolvieron alquilar la parte alta y llegué en ese preciso momento, recomendado por el médico que las asistía.

Bebella considero que no había podido escoger yo algo mejor para nuestra vivienda, 'porque su independencia en los altos era absoluta, pero se sentía acompañada. sabiendo que en la parte baja de la casa estaban dos personas que casi nunca salían de allí y que habían puesto tanto cariño en ella que si guardaba silencio por un espacio prolongado (a ella le gustaba cantar), una de las Toro preguntaba: “Bebella, estás bien?".

En el banco me desempeñaba satisfactoriamente y había cultivado muy buena amistad con mis compañeros de trabajo, no eran notorias intrigas, ni rivalidades que no fueran las de esforzarse por hacer bien las cosas: sin embargo, recuerdo un hecho que, aparentemente, se originó un día cuando entro al Departamento de Contabilidad el Señor Hermann Nass, Jefe del Departamento de Créditos, con un papel en la mano y dijo a Martin Feo, nuestro Jefe, que se estaba tramitando una transacción importante. 

con esa firma empresarial domiciliada en Cumaná, cuyo balance tenía el en la mano. y era necesario que alguien interpretara ese balance, para saber el grado de solvencia que podía tener aquella empresa. Esto resulto sorpresivo. porque no era usual esta clase de estudio para acordar préstamos Agrícolas: así que Martin le dijo al Sr. Nass que dejara por ahí el papel y más tarde me pregunto si yo podía ocuparme de esta interpretación del balance, lo cual respondí afirmativamente. Presentado el trabajo volvió Nass por el Departamento, días después, y le pregunto a Martin que quien había hecho el estudio e interpretación del referido balance y al decirle que yo, se acercó por mi escritorio y me felicito, porque le pareció muy técnica Y atinada mi opinión, haciéndome saber que él había tenido buena experiencia como investigador de créditos en el Banco de Venezuela y que no lo habría hecho mejor.

Cierta mañana, después de lo que he relatado, se acercó a mi Simón Clavo, un joven de Valencia que tenía poco tiempo en el B.A.F., pero que habíamos hecho buena amistad, me dijo: No te conviene exhibir muchos conocimientos de contabilidad aquí. Le respondí que yo no los tenía y no podría hacerlo. pues no le pregunte el motivo de su recomendación y aun hoy no sabría explicármelo, dado el buen concepto en que siempre he tenido a los presuntos rivales o recelosos que pudieran existir; pero lo extraño fue que poco tiempo después y tras unos cambios que sucedieron en la Junta Administradora, el nuevo Director-Gerente, Dr. Ángel Biaggini, me pregunto si aceptaría mi traslado para San Cristóbal, Estado Táchira, con el cargo de Contador de la Sucursal del Banco que se iba a inaugurar ahí y me advirtió que yo tendría cargo de Sub- Gerente. El sueldo era de Bs. 1200 y me pagarían los gastos de traslado, así que el cambio parecía favorable, porque me estaban aumentado en un 50% el sueldo y adquiría mayor rango en el escalafón; pero de verdad era también que me estaban alejando del Departamento de Contabilidad y de Caracas. Nada quiero agregar, ni nada más quise averiguar de esto. `

El 12 de agosto de 1942 me fue expedido el nombramiento de Contador de la Sucursal y me entregaron una cantidad que creo eran Bs. 600,oo para viáticos, debiendo salir al día siguiente. Yo tenía todo preparado, porque se había convenido la fecha con antelación y mi esposa y yo estábamos en la casa de mis padres, de donde saldríamos a tempranas horas de la mañana. acompañados de mis hermanos Justina Y Jesús, quienes se habían ofrecido para acompañarnos y aprovechar de conocer Los Andes. El viaje lo haríamos en el automóvil de Jesús y teniéndolo a el como chofer.

Al amanecer del día siguiente en que salíamos, al despertar me di cuenta que pasaba hacía el zaguán de la casa una muchacha de servicio, muy mañaneadora y luego la oí que dijo: "Aquí como que se volvieron locos anoche". ¿Por qué dices eso?  le pregunte y ella me respondió: "Todos los pantalones y ropa de ustedes están aquí en el suelo". Corrí hacía el zaguán y pude darme cuenta de que nos habían robado, incluyendo el dinero para los gastos del viaje. Así pues, que surgía un inconveniente para nuestra partida, pero mi padre tenía un dinerito mejor guardado que el nuestro y me lo dio, recomendándonos conformarnos con lo que había y que nos limitáramos a lo más necesario y económico en el viaje.

La primera jornada fue hasta Barquisimeto, por la única vía que había, o sea la carretera Valencia-Puerto Cabello- San Felipe, la cual se hallaba con largos tramos sin pavimentar y llegamos bastante retrasados y cansados, por lo que no podíamos apreciar mucho la calidad ni la comodidad del alojamiento y recordando las recomendaciones del viejo, pasamos la noche en un pequeño hotel y hospedaje que se veía limpio y decente. La segunda jornada fue Valera, donde nos conformamos también con lo que podíamos pagar para alojarnos y al tercer día. por la tarde, llegamos a Mérida: allí se me ocurrió acercarme a la agencia del Banco, la cual iba a depender de la Sucursal de San Cristóbal y me identifique con el Agente, quien inmediatamente me dijo que había recibido un telegrama para mí y me lo trajo. en seguida. Era mi padre que me avisaba la captura de los ladrones y de la recuperación de nuestro dinero. Le mostré el telegrama al Agente y le propuse que me adelantara la suma correspondiente a mis viáticos, con cargo a la Sucursal, donde yo lo reintegraría. De la Agencia salimos para el Hotel La Sierra, uno de los mejores hoteles que tenía Herida y de allí en adelante proseguimos el viaje disfrutando de lo mejor que encontrábamos.

Ya muy cerca de San Cristóbal nos encontramos con las ferias y fiestas de Táriba, el pueblo estaba alborozado, pasamos frente a la Plaza, en cuyo centro lucía un corpulento Samán y estaba llena de ventorrillos, juegos, jinetes en vistosos caballos de paso, la mayoría venidos de Colombia, para negociar sus bestias.

En San Cristóbal llegamos al Hotel Gómez Cisneros, la dueña era doña Cándida Bezara de Gómez, una señora a la que tuvimos gran estimación y aprecio mi esposa y yo, después de haber permanecido allí varios meses y poder darnos cuenta de su bondad y gentileza.

El trabajo que me esperaba en la Sucursal era múltiple y arduo, mi cargo era el segundo en importancia allí y como el Gerente era una persona sin experiencia en el B.A.P., muchas cosas las dejaba a mi cargo, sin que con esto quiera decir que Luis Eloy Sansón. que así se llamaba. estuviera evadiendo trabajo y responsabilidades; este era un hombre competente y amplio, pero confiaba mucho en mí y en la experiencia que había adquirido en el instituto. Sansón fue mi relacionista en los medios sociales y gubernamentales de San Cristóbal.

En estos años de 1942 y 43, el B.A.P., desplegaba una gran actividad. no solo como órgano del Ejecutivo Nacional para cumplir políticas relacionadas con la importación de productos que escaseaban, por efectos de la guerra europea y con la exportación de frutos como el café y el cacao, cuya falta de demanda y de medios exportados, como consecuencia de la misma guerra hizo que el B.A.P., fuese el importador y distribuidor de las llantas y tripas para automóviles, azúcar, granos, aceites y grasas, vehículos, etc., y que se convirtiera también en el único comprador, prácticamente, de toda la cosecha de café de los Andes en estos dos años y teníamos grandes depósitos, arrendados, precisamente a las firmas comerciales más importantes de la región andina y de Maracaibo.

Todo esto se hacía en una etapa en que la Sucursal de San Cristóbal, no había salido aun de la etapa de su instalación y organización, los registros de contabilidad de numerosos préstamos que nos fueron traspasados de la Central presentaban diferencias en las cifras que componían el balance y había que cuadrarlas, como se dice en el argot de contabilidad y, por otra parte, no se podía detener la cobranza; en fin, la cosa era, como se suele decir un paquete.

El Presidente del estado Táchira era el Mayor Francisco Angarita Arvelo, primo hermano del General Isaías Medina Angarita, Presidente de la República: el Secretario de Gobierno era el Abogado Francisco Manuel Mármol y la Dirección de Política estaba a Cargo de don Aurelio Ferrero, padre de una distinguida familia a la cual pertenecen destacados profesionales. Con estas personas experimente el orgullo de que me dispensaran distinción y aprecio. El Mayor Angarita me incluyó entre los miembros del Consejo de Economía del Estado (aún conservo el Oficio en el cual fue expedido este nombramiento), organismo que representaba corporaciones o entidades representativas de la actividad económica, tales como: el Presidente de la Cámara de Comercio. el Gerente de la Sucursal del Banco de Venezuela, etc., y se reunían en el Palacio de Gobierno, con los funcionarios antes nombrados, para intercambiar opiniones respecto a los asuntos que le eran sometidos a consideración, por disposición del Presidente del Estado.



Mi permanencia en San Cristóbal fue un continuo trabajar y no podría referirme a otra cosa, salvo la muy importante de que allí nació mi primer hijo. Para residencia había alquilado una casa en la Parroquia San Sebastián, a una cuadra escasa de la Catedral. situación que, al principio agrado mucho a Bebella. por la cercanía para oír misa y más adelante lo protestaba por la frecuencia con que se quemaban fuegos artificiales ensordecedores. Con nosotros se fue a vivir Carmen Barela, una tía de mi esposa que ayudó a criarla, porque ella quedo huérfana de padres estando pequeña aun y esta abnegada mujer cuando supo que Bebella estaba grávida, se fue desde Montalbán a acompañarla.

El 2 de junio de 1943 nació mi hijo Ricardo, fecha que sería fácil de recordar por cualquiera que hubiese vivido en San Cristóbal para ese entonces, porque al día siguiente llovió de tal forma que el rio Torbes y la quebrada Machirí se desbordaron, arrollando el gran puente ornamental que une a Táriba con San Cristóbal, el cual fue posteriormente reconstruido y quedó tal como era y como lo vemos hoy.

Ricardo con el tio Miguel
Es de imaginarse la satisfacción y complacencia que me causo el nacimiento de mi primer hijo, lleno de gozo se lo comunique por teléfono a mis padres y ellos me dieron también la buena nueva de que mi hermano Miquel acababa de graduarse de Doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas (título que daban entonces a los Ingenieros) en la Universidad Central.

Ricardo con su abuela, Natividad Nunez de Manzo
Al recién nacido lo presente en la Jefatura Civil de la Parroquia, llevando como testigos a Luis Eloy Sansón y a Marco Tulio Villamizar, otro compañero de trabajo. El Jefe Civil, cuando me entrego la boleta me dijo, con ese acento típico de la región: Alas señor Manzo, no estaría en sus planes llevarse al regreso a un hijo chácharo! (así le decían aquí en Caracas a los andinos que llegaron en las tropas de Castro y Gómez y que luego Pelearon en cuerpos represivos de gran ferocidad, como "La Sagrada“).

Al año siguiente a fines de abril, se le presentaron complicaciones a mi esposa, con un nuevo embarazo y tuvimos que viajar a Caracas, con el propósito de consultar a un médico de vasta experiencia, como era el doctor Leopoldo Aquerrevere y bajo sus cuidados quedo Bebella, pero, fatalmente, no se pudo impedir el aborto y el día en que se presentó, no estaba en la ciudad este médico y para desgracia nuestra fue atendida por otro cuyo nombre no recuerdo, ni quiero recordar. Vi expirar junto a mí. a poco más de dos años de casado, a la mujer que tanto ame y que se me iba dejando un hijo de apenas once meses de edad. Aquel día fue el 17 de mayo de 1944, creí enloquecer y tal vez no cometí un desatino porque entre las cosas que hizo ese médico, fue extraerme creo que medio litro de sangre para una transfusión apresurada con que creyó contrarrestar los efectos de la hemorragia interna que le diagnostico a mi esposa.

El mundo se me vino abajo, no puedo describir lo que sentí y salí a buscar el refugio que me dictó el subconsciente: renuncié a mi cargo en el B.A.P., y me fui a Montalbán. con mi hijo y con Carmen Barela, mujer ésta a quien creo que nunca supe retribuir, el comportamiento que tuvo conmigo y con mi hijo.

Yo había comprado a mis tías Heriberta y Carmelita el fundo Araguita, heredado de sus padres y el cual había formado parte de la hacienda que administró mi padre y, justamente. en esta parte se hallaba la casa donde nací. La adquirí en completo estado de abandono, pagando cuotas mensuales de Bs. 200,00 que era el precio convenido: era administrada por mi hermano Sergio, a quien admití como socio, en partes iguales, aprovechando así su dedicación a las labores Agrícolas y el, a su vez, encontró como trabajar en algo propio, dejando así una condición que era de jornalero.

Como Sergio ocupaba con su familia la casa de campo, alquile otra en el pueblo, para dormir y pasaba todo el día junto a mi hermano, dejando que el pensara por mí, buscando quehaceres físicos que no me dejaran recordar mi tragedia y no quería ver llegar la noche, porque además de los pensamientos. estaba mi hijo pequeño que llamaba a su madre y a veces se resistía a dormir. No sé cómo pude resistir esta angustia y sobrevivir, seguramente la formación cristiana que me dieron me impidió tomar una decisión desesperada.

Transcurridos los primeros meses fui serenándome y comencé a buscarle ocupación a mi mente en lo que tenía más inmediato, que era la Administración del fundo; este permanecía con sus plantaciones de café, bastante viejas y la producción era escasa, pero en Montalbán existía aun el mito del café y apenas uno o dos hacendados habían tenido el coraje de talar el cafetal y dedicar la tierra a otros cultivos. Yo quise que fuéramos los terceros Y le propuse a Sergio cambiarnos al cultivo de azúcar y de acuerdo ambos, lo primero que hice fue negociar con comerciante en madera las especies que servían de sombra al cafetal; allí había algunos árboles de caoba. cedro y algunas otras de las llamadas maderas finas que se vendían a altos precios, pero eran pocos y la mayoría no eran de esa calidad. Me enteré de que el comprador tenía entre sus negocios una empresa funeraria y le hice ver la posibilidad de utilizar con gran provecho para él, las otras maderas escogidas a Bs. l.600.oo el metro cúbico, finalmente le pusimos precio al camión de madera, cortado y carreado por el (en aquel tiempo solo había camiones pequeños con no más de tres toneladas de capacidad). El precio por camión fue fijado en Bs. 20,oo y se había cambiado un poco más de 600 camiones cuando nuestro cliente abandono la explotación. quedando algunos árboles de poco grosor, los cuales se derribaron por nuestra cuenta y junto con el ramaje que había quedado sobre el terreno, se convirtieron en astillas que se vendían para combustible y otros usos.

Así fue como tuvimos los primeros dineros para preparar las tierras y me fui al Ministerio de Agricultura y Cría para hablar con el Ministro, don Rodolfo Rojas, quien me distinguió con su amistad y le pedí que me ayudara con alguna cantidad de semillas de caña, dado que mis recursos eran escasos y el Ministerio facilitaba la propagación de buenas variedades que se cultivaban 'en la Hacienda La Provincia, donde funcionaba la Escuela Practica de Agricultura, en Maracay. Don Rodolfo mando a preparar un oficio, para el Director de la Escuela, ordenándole entregarme 20 toneladas de semilla de una variedad que, si mal no recuerdo, se denominaba P.O.J.2878.

Alquile un camión y me presente a la Escuela en Maracay, para retirar la primera porción de esta semilla, con la desagradable sorpresa de que el Director, al leer el oficio, se empino (porque era de más baja estatura que la mía) y acercó la cara, casi hasta mi nariz, para decirme que allí no se regalaba semilla. Sentí deseos de ponerlo sobre sus talones con un buen coscorrón, pero me contuve. le dije, simplemente, que eso tenía que decírselo al Ministro y que yo había llevado un camión. para comenzar a transportar la semilla. Dijo otras cosas más y finalmente se acercó a unos hombres que estaban por allí. les dijo algo y se alejó sin hablarme; dos de esos hombres me indicaron hacía donde debíamos dirigir el camión y que ellos tenían orden de cortar las cañas. La descortesía y la maldad de aquel Director llego a disponer que llenaran el camión de caña vieja, casi totalmente inservible para semilla y tuvimos que botar más del 50%. Así que en el segundo viaje volví a hablar con él, le reclamé lo del viaje anterior, advirtiéndole que, en esta ocasión, si me daba la misma basura, me iría con el camión para el Ministerio y pondría la queja a mi amigo el Ministro y al fin accedió a suplirme la semilla como era debido.

He sido prolijo en la narración de este incidente, porque quiero referir también lo que ocurrió entre este tantas veces nombrado Director y yo, años después.

En 1950 era yo Gerente de la Corporación Venezolana de Fomento y un día me anunció el portero el nombre de aquel señor como el de una persona que quería verme; también el Jefe del Departamento de Cobranzas lo vio sentado en la sala de espera y vino a ponerme alerta, respecto a la morosidad de este señor, como prestatario del organismo y me dejo en un papel el respectivo estado de cuenta. Con estas armas en las manos, lo mandé a pasar y cuando me tendió la mano y pronunció su nombre, le dije: si doctor, ya nos conocemos, recordándole como y donde. Se turbo mucho y, desde luego, manifestó no recordar el incidente, pero al preguntarle yo el motivo de su visita, no hallaba por dónde empezar, hasta que dijo, más o menos. lo siguiente: "Yo pensé que usted podría ayudarme a salir de una situación difícil en que estoy, como consecuencia de las malas cosechas de arroz en los últimos años, cuyo producto no alcanzaba para solventarme sin suministro". Esta explicación me pareció inverosímil, pero ratificada su condición de moroso, con el agravante de haber dispuesto de los frutos, los cuales, según el contrato de préstamo, constituían garantía de Prenda Agraria a favor de la C.V.F., y él no podía disponer de ellos: así se lo hice ver y asintió con la cabeza, mirando el piso. Finalmente, le dije que nuevas prorrogas para cancelar el préstamo era algo que solo podría acordarlo el Directorio. Pero que como debía también unas letras que le había descontado la Gerencia yo le prometía que si entregaba el arroz que en ese momento estaba cosechando y era suficiente para cancelar las letras, le volvería aceptar las letras por el mismo monto, para que pudiera atender los gastos de la nueva siembra y que fuera buscando un fiador. para que yo pudiera apoyar su solicitud de prórroga ante el Directorio.

De allí se fue muy satisfecho mi entrevistante y como las cosas se le resolvieron mejor de lo que él esperaba, parece haber quedado agradecido, porque, como es absolutamente cierto que el mundo da muchas vueltas, transcurrido cierto tiempo más. este mismo hombre fue designado Director de Agricultura del H.A.C. Y lo era para la fecha en que recibí telegrama de un sobrino. hijo de Sergio, en el cual me participaba que su papa había sido detenido por la Guardia Nacional, acusado de haber represado el rio Araguita, para regar un tabaco (esta era una práctica frecuente entre los ribereños del rio, durante el verano: pero dejaba secos a los demás y la Guardia lo reprimía. en caso de denuncias). Así que no hallando a quién recurrir, me fui al M.A.C., para establecer un nuevo eslabón en esta cadena de obligaciones pruebas entre aquel señor y yo. Me atendió inmediatamente y tras advertirme, como yo sabía, que el asunto no era de su competencia, se levantó del asiento y me invito a ir al despacho del Director de Bosques y Aguas, a quien pidió resolver el asunto como si se tratara de que fuese el mismo el afectado, lo cual surtió el efecto por mi deseado. Hasta aquí la anécdota.

Transcurrían los meses de mi estada en Montalbán. ocupándome, junto con mi hermano Sergio, de la transformación del fundo de nuestra propiedad, cuando recibí, en los primeros días de diciembre de 1944, un telegrama del doctor H.A. Palma Labastida, entonces Sub-Director del Banco Agrícola y Pecuario, en el cual me participaba que el Director Gerente, Hermann Nass me ofrecía el cargo de Jefe del Servicio de Inspección y que, en caso de aceptar, le avisara por la misma vía telegráfica.

Yo estaba seguro de que, si continuaba ocupándome de la finca Y de actividades para mi beneficio personal, iba a tener buen éxito y tal vez hoy seria dueño de una importante empresa Agrícola o comercial; pero el dinero no ha sido la más importante preocupación de mi vida y para el momento en-que recibí la oferta de mi amigo H. Nass, intelectualmente me sentía un poco deprimido, me empezaba a hacer falta una actividad más compleja, a la que ya estaba acostumbrado; recordé en aquel momento, con el telegrama en la mano aun, que el día antes me hallaba solo en el corredor de la casa de la hacienda y llego un campesino a saludarme y a conversar conmigo, para provocar un dialogo sobre cosas tan fuera de mi credibilidad como esta que no olvido: "Este año el verano va a ser muy fuerte" y al preguntarle yo porque decía eso, largo un escupitazo y respondió. señalando un pequeño charco “se están muriendo las lombrices". La verdad es Que no he tratado de comprobar el fenómeno. pero no era divertido oír este tipo de cosas y estar mucho tiempo apartado del roce con otro tipo de personas cuando se tiene el espíritu aun lacerado por una pena. A esto se agregaba que Sergio, en más de una ocasión, me pidió que dejara más a cargo de él las relaciones de mando con los peones, porque ya varios de ellos se habían quejado de mi trato con ellos. Es posible que tuvieran razón, yo era un amargado y un inadaptado, porqué desde mi niñez había salido del medio rural, así lo juzgué y respondí al Dr. Palma aceptando y agradeciendo la oferta.

Para trasladarme a Caracas. dejé a mi hijo Ricardo y a Carmen Barela en la casa de una hermana de ella. Amadora, casada con Manuel Vicente Tortolero, padres de varios niños y yo estaba seguro de que allí Ricardo iba a tener afecto y compañía, hasta que yo pudiera llevarlos conmigo.



CAPÍTULO VI

Al llegar al Banco Agrícola y Pecuario, en Caracas, me fue entregado el siguiente Oficio:
Caracas, 9 de diciembre de 1944
Señor Antonio J. Manzo Núñez,
Presente.

En ejercicio de la facultad que me concede el Ordinal 7o. del Articulo 10 del Reglamento de la Ley del Banco Agrícola y Pecuario, designo a usted para desempeñar el cargo de Jefe de Servicio del Departamento de Inspección de esta Oficina Central, con la asignación mensual de un mil bolívares (Bs. 1.000.00), cargo creado por la Junta Administradora.
En caso de aceptación, sírvase prestar el Juramento de Ley ante el suscrito.
De Ud. atentamente
fdo. Hermann Nass

Reingresaba yo con doscientos bolívares menos de sueldo, pero con la distinción de habérseme ofrecido este cargo, creado por la Junta cuando me hallaba en un apartado lugar, desvinculado del Banco.

Hermann Nass era un hombre exigente con el personal. duro en su trato; pero justo y ecuánime. En mi primera entrevista con él me dijo: “no creas que me acorde de ti por tu bonita cara, hay problemas y me tienes que ayudar”. Abrió una gaveta del escritorio y saco un papel, agregando: "mira esta carta, hasta ganas tuve de personalmente a poner remedio a esas cosas". Era una carta de un señor Monserratte, del Territorio Delta Amacuro y con vinculaciones en toda la región del Orinoco; le hablaba de Tucupita. Barrancas y Cutiapo cuestiones relacionadas con las compras de arroz que efectuaba el B.A.F. y los créditos que estaba concediendo a fondo perdido, a deudores imaginarios y de una cantidad de irregularidades que podían tener conexiones o estar ocurriendo también en Ciudad Bolívar y otros lugares. El que informaba era hombre de confianza de Nass y este me dijo: "anda preparando lo necesario para iniciar en enero una gira de inspección por toda esa región, no se te olvide meter bastante tabaco en la vejiga, porque quiero que no te falte.

El Jefe del Departamento de Inspección era Manuel Emilio González. uno de los funcionarios con mayor antigüedad en el Banco, a quien había conocido en el Departamento de Contabilidad y estuvimos también algún tiempo juntos, cuando el utilizaba los detalles de la instalación y organización de la Sucursal de San Cristóbal; tuve una larga conferencia con el respecto a los deberes de mi cargo; al examen de cuentas de las Sucursales y Agencias, en especial de aquellas que me tocarla Inspeccionar en fecha próxima y de lo relativo al viaje. Con respecto a lo último me dijo que yo estaría asistido por el Inspector Ramón H. Rojas, quien había examinado esas cuentas y me sería de gran utilidad; agrego que me tocaría estrenar el avión que había adquirido recientemente el B.A.P. y este iba a ser su vuelo de prueba (Este-avión monomotor y con capacidad para cuatro personas, incluyendo al piloto, fue comprado. de segunda mano, según decían, pero yo creo que había pasado yo por muchas manos y hasta era posible que hubiese pertenecido a un circo o parque de atracciones, pues antes de la última pintura debió lucir un ovalo con la figura de Popeye, en ambos costados y este se traslucía visiblemente).

Llegó el día de la partida y a tempranas horas salimos del Aeropuerto de Maiquetía, llevando como piloto al vendedor o intermediario de la venta del avión: el copiloto era mi amigo Leopoldo Ferrero, quien quedaría como piloto regular al servicio del Banco y como pasajeros: Ramón H. Rojas y yo. Hicimos escalas en Barcelona y Maturín, llegando a Barrancas después del mediodía. El aeropuerto allí era un claro en la sabana. con una pequeña caseta y distante unos seis kilómetros del Doblado: tuvimos que esperar largo rato para que llegara la camioneta que nos llevaría a destino.

Mi acompañante era un hombre joven. gordo y de trato agradable, I era hijo único y nunca antes se había separado de su mama a distancia mayor que entre La Victoria. Edo. Aragua, donde residían I y Caracas; esto y cierta aprehensión que parecía tenerle a los aviones, lo hizo venir cabizbajo y silencioso durante todo el viaje y no quiso probar ni agua en los puntos intermedios. Allá, definitivamente en tierra y en ayunas, sintió el reclamo de su corpulenta humanidad y le oí decir con voz queda y como hablando solo: ¡Que hambre tengo! Busqué un bolso de provisiones que me habían recomendado llevar: un perol de jugo y partí un trozo de queso y le recomendé entretenerse con eso. hasta que llegáramos al hospedaje.

Al día siguiente visitamos al Agente del B.A.P., quien atendía a la compra de arroz y demás actividades del cargo en su propio establecimiento comercial y se mostró bastante nervioso cuando me identifique y le presente a Rojas. Acto seguido procedimos a practicar lo que se denominó Arqueo de Caja y el resultado fue que faltaba dinero, según los libros y la propia confesión del responsable, quien dijo que había adelantado dinero, a vendedores de arroz, sin exigirles recibo y otra porción se la había facilitado, provisionalmente, al Agente del Banco en Tucupita, quien "había pasado para los caños a cobrar" y le devolvería el dinero. Con versiones tan peregrinas, yo le recomendé no dejar constancia de estas cosas en el Acta y que tendría que aceptar que había un faltante y responder, él o su fiador por esa suma, haciéndole firmar el Acta.

Por la noche se presentaron este hombre y su fiador a la Pensión donde estábamos hospedados y muy exaltado el Agente comenzó por decirme que le cuidara su nombre, porque él era un comerciante conocido como hombre honrado y yo no le iba a echar por el suelo esa fama. Le respondí que era el mismo el que podía cuidar su nombre, que yo no había ido allá para eso, sino en representación del B.A.P. y obligado a cumplir con mi deber. Entonces fue el fiador el que inquirió si yo estaba seguro de que su protegido se había apropiado de algo, porque él no iba a pagar eso. sin antes taparse embargando el negocio. Le recomendé a los dos que esperaran el resultado de la revisión que nos proponíamos hacer de la contabilidad y el inventario de una gran cantidad de arroz en concha, con lo cual estaba llena una de las casas más espaciosas de Barrancas.

Al día siguiente hice un contacto con el agente de la Compañía Venezolana de Navegación, Sr. Marcos Martino y luego con otras personas representativas del lugar. entre ellas el Sr. Pedro Soto, dueño del establecimiento comercial más importante de la localidad y le pregunté si estaba dispuesto a servirle de fiador a un cuñado suyo que me había recomendado Martino, para reemplazar al Agente del B.A.P., cosa que yo quería hacer de inmediato. El inventario del arroz se inició también de inmediato. Ubicando arrumes que aparecían bien estibados; contando sacos y pesando lotes escogidos al azar. Al cabo de tres días llegamos a la conclusión de que podía haber también un faltante y resolví poner un telegrama al Director Gerente, pidiéndole autorización para suspender del cargo al Agente y encargar a la persona que me habían recomendado. El arroz almacenado estaba infectándose de un insecto que llaman Palometa y como la trilladora instalada en Tucupita había sido dañada por la gran creciente del Orinoco el año de 1943. Estaba aún en reparación, solicite también autorización para embarcar ese fruto hasta Puerto Cabello, con destino a la trilladora que estaba instalada en La Encrucijada, Edo. Aragua; lo cual fue aprobado. Marcos Martino se encargó de hacer llegar el vapor “Paparo”, unos días después. cosa que se dificultaba porque era la estación de verano ya y el rio había bajado un tanto su nivel.

Con la entrega de la Agencia, fue repuesto el dinero faltante en Caja, pero surgieron denuncias sobre otras irregularidades, como una retención que se hacía a los vendedores de arroz. Haciéndoles creer que pagaban flete hasta Tucupita; deudores de préstamos que aparecían sin domicilio ni dirección de cobro y a quienes nadie conocía y otras cosas en las cuales se involucraba también el Agente del Banco en Tucupita. Así que mientras llegaba el Paparo. que tardaría por lo menos una semana. confié las existencias de arroz al Agente de la Compañía embarcadora. le di instrucciones al nuevo Agente del B.A.P. para recabar algunas informaciones y resolví adelantar la visita a Tucupita, a cuyo efecto. alquile una curiara (la pequeña embarcación indígena), con motor fuera de borda y, muy de mañana embarcamos Rojas y yo.

El viaje hasta Tucupita, con este tipo de embarcación se hacía en unas seis horas, pero teníamos que detenernos en la Isla de Coporito, para visitar a los hermanos Dellán, unos comerciantes que servían como de corresponsales del B.Q.P. en aquella Isla: efectuaban cobros, hacían entregas de dinero a cuenta de préstamos. etc. Allí llegamos un poco después de las nueve a.m. y nos sirvieron un opíparo desayuno, para luego ver, en poco tiempo, lo sucedido después de su última rendición de cuentas: estos señores eran muy correctos y sus cuentas aparecían claras. Antes del mediodía. seguimos para Tucupita y Rojas, que tan asustado se vela en el avión iba confiado y feliz en aquella canoa, tan angosta que uno sentado en el medio podía agarrarse los costados y la maleta no cabía atravesada.

En la Agencia de Tucupita nos estaban esperando, la expresión de los rostros indicaba que no estábamos llegando de sorpresa y hasta era posible que lo supieran con días de anticipación. Practicamos el Arqueo de Caja y resulto conforme, todo estaba en su puesto y a las preguntas que hice al Agente, con relación a lo oído en Barrancas, se hizo el desentendido.

La ciudad estaba sufriendo aun las consecuencias de la gran creciente del Orinoco en el año 1943. una de las más grandes que se recordaban; estaban reponiendo la tubería de las cloacas. Las cuales habían estallado con la presión del agua: el malecón estaba destruido y el Ingeniero Mandry, del M.O.P. acopiaba piedras y otros materiales, para reconstruirlo (la piedra había que llevarla de muy lejos), de modo que, por todas partes se observaban estragos. Al hotel nos fue a visitar el Dr. Federico Núñez García, hermano de un apreciado compañero nuestro en Caracas: él era médico y estaba al servicio de una compañía que hacía exploraciones de petróleo en la zona; estaba alojado en una casa flotante. en medio del caño. y nos recomendó tomar precauciones, sobre todo con el agua y la comida de alimentos crudos, porque había muchos casos de disentería amibiana. Nos regaló. a Rojas y a mí. sendos frascos de un producto denominado Alazone, que contenía cloro. según creo; para que le pusiéramos una pastilla al agua que íbamos a tomar y lo mismo para lavar las frutas y otros vegetales crudos.

Rojas, quien a ratos se ponía nostálgico y taciturno, desde que llegamos a Barrancas, con esta noticia se puso peor y llego un momento en que me dijo: “Yo le hago mucha falta a mi viejita y será mejor que renuncie y me vaya". Lo disuadí de esta idea y le aconsejé trabajar duro en la revisión de las cuentas, para salir pronto de allí.

Al día siguiente me visito un señor Gómez que había sido el Contador de la Agencia, hasta hacía poco. pero fue retirado por el Agente porque no acepto entrar en componendas para adjudicarse préstamos con nombres imaginarios, según él. Este hombre era yerno de un juez de la localidad y posiblemente asesorado por su suegro, había acumulado unos cuantos indicios de lo que estaba aseverando en contra del Agente. Sobre la marcha puse en jaque a este hombre para que identificara y diera la dirección de prestatarios que aparecían en los libros sin tales requisitos y de los cuales tampoco aparecía solicitud de préstamo. lo cual era acostumbrado, invariablemente; salidas de Caja sin que constara el destino que se daba al dinero e ingresos que tampoco se indicaba de qué procedían, lo cual confirmaba la aseveración de que el Agente hacía negocios. préstamos leoninos y otras cosas con los dineros del Banco. Ante los hechos. puse un cable al Sr. Nass, recomendándole suspender también a este Agente y ordenarle su traslado a Caracas, pero no recomendé sustituto, porque para ese momento no conocía a alguien con aptitudes para el cargo.

Como respuesta, el Director-Gerente envió a un joven de apellido Serrano, por avión y traía una carta para mí, en la cual me ordenaba ponerlo en posesión del cargo y otra para el Agente, ordenándole trasladarse a Caracas. Así se hizo y, además. nombre, sujeto a confirmación, al Sr. Gómez como Contador de la Agencia, nuevamente, haciéndole ver a Serrano lo útil que le seria aprovechar la experiencia de este empleado. Próxima como estaba llegada la del vapor Páparo a Barrancas, regresamos Rojas y yo, para ocuparnos de embarcar el arroz, cuya cantidad se aproximaba a medio millón de kilogramos.
Durante los tres o cuatro días que tardó en llegar el barco. Nos ocupamos de contratar los obreros, unos veinte, para transportar los sacos hasta el embarcadero y para que nos arreglaran una especie de balsa, hecha con tres curiaras a las cuales se le atravesaron unas tablas y quedo como una plataforma que flotaría a la orilla del embarcadero, para colocar los sacos y ponerlos al alcance de la eslinga del vapor. El enganche del personal se hizo dificultoso, porque la gente allí estaba palúdica y pocos se sentían capaces para ese trabajo de caleta. Esto no alarmo y más aún una conversación que tuvimos con el Cura Párroco. de apellido Rincón. quien resultó ser un viejo conocido mío, pero lo había olvidado. porque él fue cura de Montalbán. mi terruño, cuando yo estaba pequeño. Nos dijo que el año anterior y desde que bajo la creciente del rio. los muertos fueron tantos que el Jefe Civil le prohibió los dobles de campana, para no impresionar más a la gente, porque aquello era seguido yo soy el único viejo que aquí". me dijo "y eso porque apenas estoy desde hacen tres años y me cuido mucho", agrego. Por supuesto, nos habilitamos con preventivos y desde muy tempranas horas de la noche no salíamos del comedor de la Pensión, cuya puerta y ventanas tenían tela metálica anti mosquito, y después de charlar o entretenernos con algún pasatiempo, íbamos a la habitación y a meterse en la hamaca, bajo mosquitero. Luego hicimos amistad con los jefes de la Estación de Pilotaje. Ttes. Palermo y Montero y nos reuníamos siempre con ellos. Marcos Martino, Pedro Soto y otros, en lugares con protección anti mosquito, para charlar y jugar domino.

Llego el Páparo y fondeo en medio del rio. lo que significaba una distancia grande del embarcadero y suponía tener que transportar el arroz en otras embarcaciones, de las cuales no se disponía. Ne comunique con Marcos Martino. expresándole mi preocupación y juntos fuimos' en una lancha a hablar con el Capitán del barco. Este resulto ser un altanero señor de origen vasco, a quien no pudimos convencer de que acercara más la nave, sin tener. porque había suficiente profundidad todavía. Regresamos a tierra y me fui al Comando de Pilotaje, allí no estaba el Jefe, Teniente Palermo, pero me atendió su segundo, el Teniente Narco Tulio Montero (Este Oficial. muy joven entonces; llego a ser Comandante General de la Marina, años después); le expuse el caso y me invito a volver al barco, en su chalana. Allí discutió con el tozudo Capitán y finalmente lo obligo a maniobrar hasta ponerse a distancia razonable y pudimos llevar a cabo las labores de embarque y todo salió bien.

Teníamos ya sustanciado el expediente de todo lo actuado, listo para redactar el informe y aprovechamos el toque de un avión de la Línea Aeropostal Venezolana, para regresar a Caracas.

Los años de 1945 y 1946 fueron para mí de un continuo viajar, sitios que recuerdo haber visitado son: Barrancas, Tucupita, Ciudad Bolívar. Maracaibo. Puerto de Altagracia, Quisiro, Valera, Boconó, Barquisimeto, Carora, El Tocuyo, San Felipe, San Juan de los Morros, Calabozo, San Fernando de Apure, Barcelona, Cumaná, Maturín. Seria tedioso hacer continuo el relato de las incidencias del trabajo, que fueron muchas y no sé porque, siempre hube de afrontar cosas que no parecen de la vida diaria y podría pensarse que son inventivas de mi imaginación; pero quiero ser enfático en decir que lo que aquí escribo es rigurosamente histórico y hay todavía muchos testigos de lo que relato. de la cronología para referir algunas anécdotas que dan idea de cómo eran las condiciones de alojamiento y las divertidas peripecias que salpicaban la vida de los viajeros, por aquel I tiempo

A Barcelona llegué un día muy caluroso. estaba lleno de polvo, acalorado, cansado y solicite alojamiento en el Hotel Pan American, situado a un extremo del puente sobre el río Neverí y me dieron una habitación de las primeras que se hallaban a la entrada: al mismo llegar y en bata de baño y suecos. salí al corredor, preguntando hacía qué lado estaba el cuarto de baño. El dueño, un señor gordo con acento español me indico, desde el extremo del corredor, donde estaba sentado en una silla recostada de la pared. hacía donde debía dirigirme. La casa tenía un jardín interior con muchas palmeras y helechos que hacían prácticamente un bosque; yo avanzaba por la orilla del corredor, frente al jardín, cuando de pronto me salto un caimán. como de un metro de largo, llegándome relativamente cerca con la tarascada y por supuesto brinqué, me enredé en los suecos y caí. Esto lo celebro el hotelero con una carcajada y yo, enfurecido, agarre un sueco y se lo lance con tal fuerza que. no di en el blanco. pero el sueco pego en una pata de la silla y la partí. cayéndose el también. De allí se paró diciéndome que "Josefina" estaba amarrada con una cadena y que, además, solo era una juguetona, exclamando luego: "¡Caramba, usted acaba de llegar y ya me estropeo una silla!" Lo y le dije que, si él tenía otras diversiones como esa, no sabía que más podía yo romper.

El señor este resultó de muy buen humor y me apaciguó de una forma que hasta pena me dio haberlo sacudido. El baño acabo de serenarme y de regreso me detuve a conocer a Josefina, la cual estaba realmente atada con una cadena que le impedía alcanzar más allá del sardinel.

Al Hotel Caracas, de Ciudad Bolívar. llegue en una ocasión en que estaba con mucha gente y el viejo Silvio me dijo que tendría que compartir con tres personas más uno de los cuartos largos que había en los altos, con frente para el Paseo, el famoso boulevard del rio y que. en realidad, eran muy ventilados. Aquellas tres personas eran: un joven alemán que representaba a un laboratorio o fábrica de medicinas, su padre (recién llegado de Alemania) Y otro agente viajero que creo vendía también medicinas. Durante la cena me explico el alemancito que su padre era un gran admirador de Bolívar el Libertador y que habla ido a conocer esa ciudad que llevaba el nombre del héroe. Lucia este señor ser un hombre muy pulcro. vestido de blanco y cabeza rapada muy brillante.

En el dormitorio, los alemanes ocuparon camas con mosquitero y el otro señor, creo que de apellido Molina y yo, nos acomodamos en chinchorros que colgaban cerca de las camas; hacía mucho calor y a media noche nuestro acompañante del otro chinchorro se daba grandes mecidas y de pronto se soltó una cabuyera, yendo a caer ' este hombre sobre el viejo alemán y este armo un alboroto. Cuando encendimos la luz estaban los protagonistas enredados en el mosquitero y la cama torcida hacía la pared; entre el joven alemán y yo logramos poner a nuestros compañeros en pie y calmada la cosa nos dijo el germancito, con candorosa ingenuidad: "Gracias a Dios que ustedes no entienden alemán, porque mi padre ha dicho cosas muy feas y hasta a Bolívar lo ha mandado a ... bueno, al carajo, como dirían ustedes.

Quisiro es una población zuliana que se halla en los límites con al Estado Falcón y me dicen que ahora se llega a ella por carretera asfaltada. pero para la época de mi relato se iba, desde los Puertos de Altagracia a través de cujisales y salinetas, y por los días que estuve allá batía, constantemente, una brisa, cargada de arenilla. la cual se hacía casi insoportable, al menos a este forastero. El B.A.P. tenía allá una Agencia y una planta trilladora de arroz, el titular de esta Dependencia era un señor de apellido Faria. ya anciano y de aspecto imponente: corpulento y de larga y poblada barba.

Al llegar me entere de que la trilladora estaba paralizada por una huelga que mantenían los obreros y como el motor de esa Planta era el que movía también el equipo que daba alumbrado al pueblo, este se mantendría a obscuras. Pedí información al respecto a los motivos de la huelga y el Señor Faria me mostro un pliego en el que los obreros (unos doce o quince en total) pedían: un filtro para el agua de tomar, mascarillas "nariceras", para evitar el polvillo de la concha de arroz, el cual es, realmente irritante, y no recuerdo que otra pequeñez cuyo valor total no llegaba a quinientos bolívares (Bs. 500,00). Al imponerme de esto le dije al Sr. Faria que el Banco accedía a estas peticiones y que dijera a los obreros que podían reanudar sus labores de inmediato; pero este señor me dijo que mejor se los dijera yo mismo. porque él prefería renunciar y me hizo saber que él había sido educador en aquel pueblo. para formar hombres y no podía ahora propiciar mariqueras. Me costó gran trabajo hacerle cambiar de actitud, haciéndole ver que sus escrúpulos eran una cosa y los intereses del Banco eran otra y que tal vez él estaba exagerando los resultados de aquella protección que pedían los obreros y al fin mandó a llamar el líder del grupo. Entre tanto le pregunte al viejo donde podía hospedarme y me contestó que en esa localidad no había hotel, ni pensión, que podía guindar un Chinchorro en el mismo lugar de la Agencia y que si no traía esta prenda, podía provechar la oportunidad de comprar uno muy bueno, de guaralillo y premiado recientemente en una exposición de manualidades, el cual estaba a la venta en casa de una familia Valle, donde hablaría para ver si convenla en prepararme la comida también. "Es una familia honorable", me advirtió y pude comprobar que realmente lo era`.

Los obreros se presentaron y les dije que todo estaba solucionado y que enviarla a buscar los útiles que ellos pedían a Maracaibo, porque en la localidad no se conseguían y que pegaran para que esa noche tuviera luz el pueblo; pero me dijeron que esperaban para esa tarde, al Dr. Jesús Paz Galarraga y según lo que les dijera, reanudarían o no el trabajo. Allí conocí a este líder político de ya larga trayectoria, luchando por una causa que él debe considerar la más justa.

En la reunión de la tarde, el Sr. Faria arremetió contra los obreros, les dijo que se iban a ver muy bonitos con esas nariceras y que pidieran también guantes y botas para esas patas, etc. "En maricos van a parar todos ustedes" Dijo, por último. ante la tranquilidad y silencio absoluto de los que estaban pidiendo los trabajadores y finalmente, se suspendió la huelga.

Este hombre, tan autentico, me refirió que, entre sus discípulos, en su larga trayectoria de maestro de escuela, contaba con Valmore Rodríguez y a Isidro Valles. por destacar solo a dos personas que se destacaron en la lucha contra la dictadura y el primero de ellos, con destacada figuración en los cuadros de un partido político.

CAPÍTULO VII

El 18 de octubre de 1945 ocurrió el golpe cívico-militar que se conoce como la Revolución de Octubre. un poco olvidado ya, con el cual fue derrocado el Presidente Isaías Medina Angarita. Yo estaba en Caracas y vivía en la Pensión Amelotti. ubicada entre las esquinas de Socarras y Corazón de Jesús. en la misma cuadra que en marte ocupaba la Sede principal del Banco Agrícola y Pecuario y en esta Pensión estaba hospedado también por esos días. el Dr. Manuel Noriega Frigo. un médico zuliano vinculado a la Dirección del Partido Acción Democrática. uno de los factores de suceso insurreccional.

Para mi familia. el año era luctuoso. porque había muerto mi hermano Augusto y la salud de mi padre se deterioraba por lo que resultó ser un cáncer pulmonar.

Al día siguiente de haber sido depuesto el Presidente Medina. nos hallábamos en el Banco. a puerta cerrada, el Dr. M.A. Palma L., Subdirector y un grupo de funcionarios que tratábamos de ultimar detalles para la virtualmente segura entrega de la Dirección, por cambios que vendrían de inmediato. como consecuencia del golpe. Al parecer. se había presentado a la puerta un señor que llevaba poco tiempo trabajando en el B.A.P., en el Departamento de Inspección. precisamente. al lado mío Y se decía que había sido recomendado por el propio Presidente Medina. tratándose de que había sido condiscípulo suyo en la Escuela Militar -este señor era un poco raro. vestía a la usanza gomecista, con liqui-liqui, sombrero de amplias alas y chucho- Ese día parece que el portero no lo dejaba entrar y se fue a la casa del Partido A.D., ubicada a la media cuadra. por la acera del frente y dijo allí. según se supo, que en aquellos momentos estábamos un grupo de personas en el B.A.P. haciendo componendas en los libros, para apropiarnos de los dineros del Banco. Lo cierto es que llegaron de pronto unos civiles armados e hicieron abrir la puerta, penetrando fusil en mano y conminaron al personal que se hallaba en la planta baja del edificio a pararse contra la pared: yo estaba en la parte alta y no había sido visto. por lo que pude correr al despacho del Director Gerente y llamé por teléfono al Dr. Noriega Frigo, quien. por ser medio día. estaba almorzando y pude encontrarlo a tiempo. Le explique rápidamente. lo que estaba ocurriendo y me prometió salir enseguida para el Banco. Llego este que podía ser un mediador y después de oír nuestras explicaciones, hizo que los milicianos se retiraran, no sin obtener el una copia del balance de Caja del día anterior y otros recaudos que se le suministraron. 

Al siguiente día tomaron posesión de sus cargos los nuevos miembros de la Junta Administradora: El Dr. German Herrera Umerez como Director Gerente: el Dr. Antonio Pinto Salinas como Subdirector y el Sr. José Rafael Iribarren. como Secretario. También presento, hacía el mediodía, el hombre que nos había denunciado el día anterior. conforme a lo ya relatado, colgando el sombrero y el chucho en el colgador de costumbre. He acerque a Manuel Emilio, como Jefe del Departamento y le dije que esto no se podía tolerar y había que echar a la calle a este calumniador. En ese momento subían de la planta baja: Aureliano Guzmán, el Cajero y Luis H. Pacheco, Jefe de la Sección Caja de Ahorros, a proponer también que sacáramos por la calle al tipo de marras; pero Manuel nos hizo ver que era mejor hablar con el nuevo Director Gerente y así lo hicimos; nos presentamos al Dr. Herrera y le planteamos el asunto, informándole los antecedentes del empleado y nuestra opinión con respecto a su permanencia en el Banco. Él nos dijo que regresáramos tranquilos, que iba a tomar la medida que el caso requería. Poco después, el hombre fue llamado a la Dirección, regresando en seguida a buscar el sombrero y el chucho y no volvimos a ver por el Banco.

De momento, ningún otro funcionario o empleado del B.A.P. fue removido de su cargo y los miembros de la Junta causaron buena impresión en el personal. El Dr. Herrera muy afable, pero revelaba un temperamento nervioso, inquieto; hacía muchas preguntas y le gustaba la prontitud en el actuar: fumaba constantemente, pero en una ocasión en que le hice la observación de que tal manera de fumar me parecía dañina, me advirtió que no aspiraba el humo. Todas las mañanas le ponían sobre el escritorio cinco o seis cajetillas de "Capitolio", un cigarrillo elaborado con tabaco negro. El Subdirector, Dr. Antonio Pinto Salinas, por el contrario, lucia muy reposado, de trato suave y le gustaba oír mucho. antes de Opinar; este era, realmente, el político de la junta, el proselitismo lo procuraba muy discretamente y en ningún momento utilizaba el apoyo de su partido para imponerse.
Fue un crimen verdaderamente horrendo el que este hombre joven y bondadoso, fuera vilmente asesinado años después, por los cuerpos represivos de la dictadura Pérezjimenizta.

El Secretario. José Rafael Iribarren, venía a desempeñar actividades comerciales en el ramo de inmuebles, muy trabajador. un poco impaciente y acostumbrado a las disciplinas con que se trabaja en empresas particulares. A este señor le toco desempeñar, en lo sucesivo, todos los cargos de la Junta y puso en mi persona gran confianza, demostrándome su aprecio y amistad por el resto de su vida.

El cambio de gobierno trajo mayor actividad al EAP, especialmente en materia de abastecimiento. dificultades como consecuencia de las que motivaba al comercio la guerra europea: Tanto las importaciones de los más diversos géneros. como la compra de frutos en el País se intensificaron y se introdujeron al Banco prácticas como la frecuente apertura de cartas de crédito y otras transacciones en las cuales se utilizaban bancos del exterior. principalmente norteamericanos. No se por iniciativa de quien los registros y control de uso y de vencimiento de cartas de crédito y de obligaciones con bancos del exterior estaban en el Departamento de Inspección y no en el de Contabilidad. como era lo más lógico. De esto se ocupaba, personalmente. el Jefe del Departamento y yo lo auxiliaba cuando él me lo pedía. 

Pienso que al Director Gerente le pareció necesario emplear a un hombre con mayor experiencia bancaria, para que se ocupara de las relaciones con los bancos del exterior, a la tramitación de cartas de crédito. transferencias, etc. y creo el cargo Adjunto al Jefe del Departamento de Inspección y designo para desempeñarlo al Sr. Ramón Armando Rodríguez. con muchos años de experiencia en el Royal Bank of Canadá, de Caracas y que además de Contador. Hablaba cinco idiomas; era literato e historiador, al punto de que fue autor de una obra titulada Diccionario Biográfico y también tradujo del inglés la obra Gómez Tirano de los Andes. escrito por Thomás Burke. Manuel Emilio, mi jefe, entendió la jerarquía del nuevo cargo en la forma que dobla entenderse e hizo rodar mi escritorio a mayor distancia del suyo. para colocar entre los dos el que ocuparía el Sr. Rodríguez. cosa de la cual se dio cuenta el personal. Y yo estaba a punto de renunciar: pero recordé un dicho que empleaba mi padre con alguna frecuencia. Él decía: "Uno no es morocota para que todo el mundo lo quiera; el aprecio y la confianza hay que ganárselo".

Y también tuve presente la experiencia y los méritos del recién llegado. Así que me quede tranquilo y busque la manera de salir a viajar. cosa que logre de inmediato. saliendo en comisión para Inspeccionar la sucursal de Maracaibo y sus dependencias, para luego hacerle la suplencia al gerente de la sucursal. Quien tomaría sus vacaciones.
La credencial para el cumplimiento de esa comisión fue expedida el 11-11-45 y como la gira completa me tomarla no menos de cinco meses, me llevé a Ricardo y Carmen nuevamente para Montalbán y seguí a Maracaibo, donde permanecí hasta el 22 de diciembre, examinando comprobantes y libros de contabilidad, así como otras actividades relacionadas con la inspección. La estada me habría resultado muy tediosa si no hubiese encontrado. ocasionalmente a unas muchachas de apellido Bosclán a quienes había conocido en Caracas. cuando estuvieron en la Pensión Amelotti; ellas me invitaron a su casa y me relacionaron con otras familias. de modo que hasta tuve oportunidad de asistir a una fiesta bailable y de disfrutar de algunas noches de tertulia o de cine, en agradable compañía. También dedicaba noches a la lectura. En aquel tiempo yo leía mucho. especialmente de contabilidad y de organización o sistematización de trabajo, disciplina esta última en la que me inicio mi amigo Augusto Cries, un francés que trabajaba en el BAL y que era técnico superior en esta especialidad. He regalo los folletos de un curso dictado por la Academia de Artes y Ciencias de Francia, titulado: Organizativa Scientifique du Truvail, el cual me hice traducir por una prima que había estudiado en colegio francés (en la traducción de los vocablos técnicos la ayudaba el mismo Cries). También había leído yo el libro "Dirección Industrial y General" de Henry Fayol y en aquellos momentos me ocupaba de leer "Principios de Administración Científica". Libro escrito por el famoso organizador norteamericano Fredrick Winslow Taylor.

Como tenía autorización de pasar las navidades con mi familia. El 22 de diciembre amanecí esperando la salida del ferry con otros ocupantes de un automóvil que nos llevaría hasta Valencia y de allí pase a Montalbán. a reunirme con mi hijo y también con mis padres y hermanos que de nuevo estaban viviendo allá. Una navidad triste por el duelo reciente y por la quebrantada salud de mi padre.

En los primeros días de enero regresé a Maracaibo a concluir la revisión de los libros y para hacerle la suplencia al Gerente: después seguí a Valera Y luego a Boconó. para Inspeccionar estas agencias que estaban adscritas a la Sucursal de Maracaibo. A Boconó, era la primera vez que iba y me pareció una encantadora ciudad donde el paisaje y la gente invitaban a quedarse y, por contraste era donde menos tiempo debía permanecer yo, dado el escaso volumen de operaciones que realizaba la Agencia. Una semana o die: días eran suficientes.

En mi breve estada en Boconó. oportunidad la víspera del regreso tuve la de asistir a una fiesta. en la que pude apreciar la cantidad de bellas y atractivas mujeres de la suciedad de Boconó y de un modo muy especial me atrajo una señora. muy joven y bella. con la cual baile varias piezas y me conto que estaba separada de su marido. en vías de divorcio. y que tenía un hijo de tres años. Mis instintos estaban casi desbocados y me mantuve imprudentemente asediándola toda la noche y hasta pensé que podía ser esta la mujer con quien podía volverme a casar; pero en la conversación me dejo saber que al hombre con quien se casó lo había conocido ocho días antes de la boda. lo cual me pareció por demás apresurado. y como no parecía dispuesta a otro tipo de acercamiento. mande a volar esos pajaritos del techo y me aleje. cerrando los ojos, de aquella tan hermosa tentación.


Al día siguiente emprendí el regreso a Caracas y apenas rendido el informe correspondiente a esta inspección. se comisiono para efectuar lo que podría llamarse. una investigación. no una inspección. de denuncias relacionadas con la compra de ganado. su envió al Matadero Industrial de Maracay: ventas que se hacían a particulares y la proporción que tenían todas estas salidas con la cantidad _de reses compradas. Esto requirió un recorrido mío desde Maracay hasta San Fernando de Apure. con escalas en San Juan de los Morros. El Sombrero y Calabozo. además de algunas visitas que hice a los hatos que servían de depósito de reses pertenecientes al BAP.

Tras averiguar muchas cosas y oír opiniones de gente que conocía ese negocio, pude comprobar ciertos manejos inescrupulosos que se empleaban en el movimiento de entradas y salidas, de las Cuales el Banco nunca obtenía el beneficio de engorde y eran muchas las reses con el hierro del BAP que pasaban por las romanas de carretera. a pesar de que las ventas a particulares eran muy pocas. Al rendir informe, formule recomendaciones, entre las cuales resulto muy importante la de prohibir la venta de ganado en pie del BAP a particulares. para así poder controlar la transportación de reses con el respectivo hierro en las alcabalas y estaciones de peaje, pues en lo adelante estas debían ir amparadas por una guía que indicara como único destino el Matadero Industrial de Maracay. También elabore el formato para una hoja de control del movimiento de reses en cada hato. con pesos de entrada y de salida, hierros de origen y otros medios de identificar los lotes y las diferencias de peso. Esto ayudo a impedir el abigeato y maniobras que pudieran emplear algunos funcionarios inescrupulosos.

Reincorporado a mi trabajo, como Jefe de Servicio, pude apreciar que en la Oficina Central se estaban enredando un poco las cosas: las cuentas de los de Importaciones, de Ganadería y de frutos, presentaban diferencias con las respectivas cuentas de Mayor de la Contabilidad Central y los revisores de cuentas aducían aumento de volumen en las operaciones y que los libros estaban siempre ocupados con el posteo de los asientos. Supe que en el Puerto de La Guaira había una inmensa carga de maíz y de aceite de maní, procedente de Argentina, la cual fue despachada en sacos y en envases metálicos viejos, por lo que había regueros que iban a producir grandes mermas.

Una mañana me dijo González que me anunciara en la Dirección porque el Dr. Herrera quería hablar conmigo; en efecto así lo hice y me mando a pasar en seguida; durante la entrevista se mostró algo contrariado, porque no estaba viendo mucha diligencia, ni eficacia en la acción, incluso por parte de personas que el mismo había llevado para que lo ayudaran. Después tomo del portafolio un papel que contenía lo siguiente:

C R E D E N C IA L
El Sr. A.J. Manzo, cuya firma autógrafa aparece al pie de esta credencial. ejerce el cargo de Jefe de Servicio del Departamento de Inspección de este Instituto y se agradece a las autoridades prestarle su apoyo, especialmente a los Jefes de Oficinas de Correos y Telégrafos, para la franquicia de su correspondencia oficial y a las Autoridades Aduaneras, para informaciones relativas a las importaciones hechas por el Banco Agrícola y Pecuario. siendo esta una Comisión que le ha confiado la Junta
Administradora del Instituto
(Fdo.) German Herrera Umerez
Director Gerente

Al entregarme la credencial me dijo: Quiero que mañana mismo se traslade a La Guaira, acompañado por el Dr. Muñoz Rueda (ahogado adscrito a la Consultoría Jurídica del EAP). para que Ud. se apersone de lo que haya que hacer, asesorado por el Dr. Muñoz; hay que obtener la constancia o certificados de avería con los cuales podamos reclamar al Seguro; hallar los medios de trasladar el cargamento a los depósitos del BAP en Caracas y todo eso, "en fin confió en Ud."

Al día siguiente, a las ocho de la mañana, estábamos el Dr. Muñoz Rueda y yo en La Guaira, dispuestos a reunirnos con los representantes del Seguro en la aduana, como era lo convenido; pero nos pareció prudente tomar antes el desayuno y entramos a un restaurante bue se llamaba, si mal no recuerdo. La Roja y allí el mesonero que nos atendió, dijo: les recomiendo el pescado frito, porque está preparado con aceite nuevecito, de ese que trajo un barco que todavía está en el Puerto. Esto nos sorprendió pregunte al mucho y mesonero como podía estarse friendo pescado con ese aceite que aún no había sido desembarcado. a lo que. riéndose, mes respondió: ahí hay muchos vivos que lo están sacando en garrafas y agregó: le meten un puyón de sacar muestras de granos a los tambores Y llenan las garrafas.

Con este relato salimos para la Aduana y sería muy largo de las incidencias por las que pasamos para sacar esta mercancía del Puerto, en condiciones aceptables y transportarlas hasta los depósitos de BQP en Caracas; desde reensacar parte del maíz y llevar soldadores al muelle, para reparar las averías en los tambores de aceite, hasta habilitar turnos de 24 horas para cargar estos productos. Desde entonces son una realidad los vicios que persisten en el servicio portuario, por la mala conducta que observa una buena parte de su personal.



Tulita, Lourdes, Yolanda, Natividad y Ricardo




Yolanda Travieso Caballero
Aunque la memoria me lleva siempre a relatar las incidencias de mi vida en el trabajo, por ser este el campo de batalla cotidiano, recuerdo también, como algo muy importante y trascedente para mí, que por esos mismos días resolví, sin motivo aparente, mudarme de la Pensión Amelotti, con mi hijo Ricardo y Carmen Barela, e ingresamos como huéspedes a la casa de una familia que nos habían recomendado. También se mudó para esta casa mi hermano Miguel. Allí conocí a una joven de fino porte, alta, delgada; su trato era de mucha ponderación, sin ser esquiva y debo confesar, sinceramente, que al presentármela no me sentí cautivado por aquella espiguita, de nombre Yolanda Travieso, quien poco a poco se me fue haciendo interesante. Cuando salíamos en grupo a fiestas, siempre hacíamos pareja en el baile, o estábamos juntos en la excursión al campo o a la playa, y ya mis amigos guasones comenzaban a preguntarme si le tenía miedo a la flaca, cuando me negaba a participar en ciertos programas de fin de semana. Casi a diario coincidíamos en la hora 'de ir al trabajo (ella se desempeñaba como taquimecanógrafa en la Consultoría Jurídica del Ministerio de Agricultura y Cría) y recorríamos una misma ruta varias cuadras.


Nuestro matrimonio

Los frecuentes viajes, por temporadas a veces largas, que me tocaba hacer y otras cosas circunstanciales, prolongaron lo que ya era un noviazgo, hasta que hicimos realidad la unión de nuestros destinos Yolanda y yo, celebrando matrimonio el 30 de abril de 1949 y unidos por ese vínculo hemos afrontado el destino, a veces cruel, signado de fatalidad; pero también dándonos pruebas de goce y de satisfacciones que aun disfrutamos. 

En nuestra unión procreamos cuatro hijos: Julio, Eglee, Olga y Carlos, orgullo de cualquier padre y madre, por sus dotes físicas e intelectuales; pero quiso un trágico destino arrebatarnos la vida de los hijos varones, lo cual nos ha convertido en seres' tristes, aunque consolados por la dulzura y cariño de nuestras hijas y el afecto y las gracias de los nietos. Hijos y nietos le mantienen a uno la ilusión de vivir.

La familia completa: Ricardo, Yolanda, Olga, Julio, A.J. y Eglee


Justina Manzo Nunez



Poco antes de nuestro matrimonio había muerto mi padre, tras una ' larga y penosa enfermedad, la cual soporto con entereza y resignación. arraigadas en su gran fe cristiana; mi hermana Justina, especialmente, le prodigo sus cuidados y, por voluntad propia. 
Julio Torcuato Manzo Perez





Termino sus días en Montalbán, su tierra natal, donde estaban también sepultados los restos de sus padres. No le gustaba afligirnos más hablando de su muerte, casi no la menciono, pero un día lo encontré con un pequeño estuche de raso en la mano y me dijo: guarda tu eso que prometí conservar y es motivo de orgullo para nuestra familia. Me entrego una medalla en forma de estrella que por el frente lleva inscrito el nombre de Andrés Pérez y por el reverso la inscripción Libertador de Venezuela. Se trata de la condecoración que recibió mi bisabuelo como héroe de la primera batalla de Carabobo, otorgada por el Libertador a los que se distinguieron en aquella acción, no tan famosa como la librada el 24 de junio de 1921, en este mismo lugar.


Orden al Libertador otorgada a Andres Perez Blanco
(Frente)

Orden al Libertador (respaldo)





***Mi memoria vuelve al B.A.P., para recordar que, entre las incidencias de esos días, en la trayectoria me toco cumplir en este Instituto, recibí copia de una comunicación emanada del Banco Central de Venezuela y dirigida al Director-Gerente del B.A.P., en la cual se hacía un análisis de la situación financiera de este organismo de crédito Agrícola que circunstancialmente, se había convertido también en agente abastecedor, y de la política de subsidio que desarrollaba el Gobierno Nacional. Había en la referida comunicación conceptos muy negativos, mencionándose hasta un virtual estado de quiebra, y realmente, el B.A.P., había distraído muchos de sus fondos en importaciones de variados productos y en compras de frutos del País, lo cual ocasionaba cuantiosas pérdidas, si se pueden llamar así el mantenimiento de precios mínimos' de compra de frutos del País y la venta inferior al costo de productos importados de primera necesidad; porque en realidad se trataba de subsidios cuya erogación debía correr a cargo del Tesoro Nacional (y así lo expuse cuando nube de Iconsignar mi opinión al respecto). Otra causa de desequilibrio financiero en que había caído el B.A.P. fue, que, con el cambio, de Gobierno se acentuó la morosidad en el pago de los préstamos que adeudaban agricultores y campesinos.

*** Esta condecoración, lamentablemente, ya no se encuentra en la familia, pues algunos de sus miembros (hermanos y sobrinos de mi padre) decidieron donarla. Lo cual es incomprensible. Fui testigo de que prestamos la joya para ser fotografiada y bien, gracias. Eglee Manzo Travieso


A los dos o tres días de estar en mi poder la susodicha copia, fui llamado a la Dirección y allí estaba también: Martin Feo. Jefe del Departamento de Contabilidad; Manuel E. González y Ramón Armando Rodríguez, Jefe y Adjunto del Departamento de inspección. El Director-Gerente nos dijo que había repartido estas copias de la comunicación del Banco Central para que, enterados de su contenido, le diésemos nuestra opinión, con respecto a lo que allí pero les dije que otro no estaba dispuesto a recibirlos. y se fueron a Departamento cuyo titular era Jefe de la Fracción del Partido del Banco.

Este se presentó con ellos y me preguntó con qué autoridad despedía yo gente del Banco y le respondí que a nadie había despedido. pero que esos dos señores no me entraban más al Departamento. Este incidente tuvo varias instancias y peripecias. pero finalmente el Director-Gerente ordeno la destitución de los susodichos empleados y hasta lo oí que asumía toda la responsabilidad ante la insistencia que hacía por teléfono uno de los jerarcas del Partido.

Aunque Martin Feo había sido un magnifico jefe de contabilidad. la forma precipitada en que cambio o se modificó la gestión del B.A.P. en el nuevo régimen de Gobierno y el hecho de tener el ya tantos años desempeñándose en ese cargo, el sistema de contabilidad y especialmente la estructura del balance no lo hacía suficientemente explícito como para reflejar con claridad el significado de cada rubro. máximo cuando se estaba administrando muchos fondos en fideicomiso: algunos de ellos destinados a programas que al Gobierno le interesaba vigilar y destacar. Este fue. en cierto grado, el motivo de que el Banco Central hubiese confundido un moco la interpretación de este balance y se suscitase el comentario a que me referí anteriormente.

Así pues, que puse gran empeño en reestructurar el código de cuentas y periódicamente producía un balance consolidado. reagrupando por ejemplo los saldos que a diario aparecían bajo denominaciones que no reflejaban la materialidad de la respectiva inversión; caso típico era el de la cuenta de Sucursales y Agencias. donde aparecían generalmente un saldo de veinte o treinta millones de bolívares y no se sabía en que estaba representada esa apreciable suma de dinero, cosa que si era fácil comprender cuando aparecía incorporada en las cuentas de inversión. tales como préstamos. existencias de frutos. etc.

En este cargo tuve oportunidad de relacionarme con personas que ocupaban altos cargos, tanto en el Ministerio de Agricultura y Cría como en el Banco Central de Venezuela: en la recién fundada Corporación Venezolana de Fomento y en otras entidades del Sector Público y de la banca: cosa que llego a propiciar el hecho de que poco tiempo después me tocó desempeñar misiones especiales como auditor del Instituto de Inmigración y Colonización (precursor del Instituto Agrario Nacional) y en la Comisión Nacional de Abastecimiento. desaparecida años después.

Por esta época se había fundado la asociación de Contadores Públicos de Venezuela. llamada también Colegio Nacional de Técnicos en Contabilidad: era el primer ensayo de esta naturaleza que se hacía para agremiar esta profesión y se logró por iniciativa de hombres nacidos y educados en el exterior. los más entusiastas. y nativos que también se habían preparado fuera en una disciplina que. en nuestro País casi no había salido de la categoría de teneduría de libros. Ramón Armando Rodríguez era ya uno de sus miembros y me entusiasmo a inscribirme como miembro activo. lo que hice sin vacilación.

En el seno de esta asociación hice grandes amigos y tuve significativos triunfos profesionales y gremiales, de los cuales conservo testimonios y gratos recuerdos. Allí conocí, desde el primer momento, al Contador Público de origen puertorriqueño. Manuel López Aneiro, en cuya casa de habitación se celebró la primera Asamblea del Colegio, presidida por el y fue elegida la Primera Junta Directiva. cuya presidencia correspondió al Sr. John Smallpage, un inglés que era Jefe de Contabilidad de la Cía. de Tranvías Eléctricos de Caracas.

A poco de haber ingresado a la asociación. me pidieron colocación para la Revista del Colegio Nacional de Técnicos de Contabilidad que era el órgano divulgativo de trabajos que se relacionaran con la disciplina contable y publique uno que titule; Reservas para Depreciación, Contingencias y Seguro Propio, aparecido en el volumen No. 5 de esta Revista.

En el Banco Agrícola y Pecuario, el Dr. Herrera estaba preocupado por la expansión tan violenta que había experimentado el Instituto y la normativa para manejarlo no había pasado del Reglamento de la Ley que lo regia por lo que, aprovechando su amistad con el Sr. Amos B. Foym Vice Presidente del Chemical Bank & Trust Company de New York y el gran volumen de operaciones que se hacían a través de ese Banco, logró el envió de una misión. integrada por dos señores cuyos apellidos eran: Roth y Carroll, para que estudiara una reestructuración funcional del BAP. dentro de las limitaciones que imponía el texto de la respectiva Ley.

Estos señores llegaron en octubre de 1947 y tras habernos sido presentados a los Jefes de Departamento, manifestaron su deseo de hacer un recorrido por las oficinas y de celebrar entrevistas con todos nosotros (ambos hablaban bien el español). Así lo hicieron y repetidas veces pasaron a preguntarme cosas que les parecía no les había sido suficiente o satisfactoriamente explicadas (Carroll. quien parecía tener vena humorística me dijo al regreso de una entrevista: "He parece más fácil arrancar con los dedos las muelas de un tigre que comprender lo que este señor me ha explicado").

Luego de cumplir esa primera fase de análisis que les tocaba hacer, se reunieron con los miembros de la Junta Administradora. para exponer sus impresiones y esbozar un plan de trabajo. Supe que una de las cosas que me dijeron fue que necesitarían que les fuera asignada una persona que estuviera en capacidad para discutir con ellos los detalles de la reestructuración funcional que sería recomendada profundizar y que también les sirviera de enlace para visitas más sus contactos con el personal, incluyendo algunas a dependencias que funcionaban en el interior de la República. Hicieron hincapié en que esa persona debía tener suficiente conocimiento de las funciones y operaciones de todos los departamentos del Banco. como también ser versado en leves bancarias y comerciales aplicables. Los señores de la Junta respondieron que tratarían de hallar a esa persona, pero Roth y Carroll les hicieron saber que ya ellos la habían encontrado Y que solicitaban que esa designación recayera en "el Sr. Manzo, Jefe del Departamento de Contabilidad". Así fue y con fecha 27 de diciembre de 1947 presentaron un informe del copio los siguientes párrafos:

"Se ha considerado que, debido a la falta de un control centralizado, muchas veces se, adoptan sistemas, métodos y formularios, cambiando y enmendando estos sin el conocimiento y aprobación previa de la Administración. Con el fin de evitar estos hechos que en el futuro y para obtener la máxima eficiencia de los varios sistemas y métodos en uso, como también para eliminar duplicaciones innecesarias, doble trabajo y gastos, se recomienda nombrar un Jefe de Operaciones. Este funcionario debe hacerse responsable por los propios procedimientos operativos del Banco. implantando y sugiriendo mejoras, empleando nuevos sistemas y formas, autorizando la compra de nuevas máquinas después de un detenido estudio, tomando en consideración los varios tipos en uso ahora, con el fin de que se reduzca al mínimo el número de diferentes marcas. Todos los formularios y cambios sugeridos al efecto deben ser sometidos a dicho funcionario para su estudio y autorrealización antes de que sean pedidos o comprados. 

Ningún cambio en el procedimiento operativo debe ser permitido sin su autorización. Siendo necesario que tal funcionario tenga una clara comprensión de las funciones y operaciones de todos los departamentos del Banco, como también estar bien versado en las leyes bancarias. y comerciales que gobiernan las operaciones de esta índole, se puede recomendar al Sr. Manzo con toda confianza, por considerar a este funcionario apto para desempeñar tal labor. Habiendo discutido con los encargados de los departamentos y específicamente con el Sr. Manzo, los susodichos cambios. no creemos que será necesario entrar aquí en una explicación detallada".

Así fue como llegué al más alto peldaño de los cargos que figuraron en la nómina del personal del Banco Agrícola y Pecuario, exceptuando a los miembros de la Junta Administradora los cuales eran eminentemente políticos y yo no los alcanzaría por los medios a que se llega generalmente a esas posiciones, o sea a través del proselitismo.
Cuando el Chemical Bank remitió este informe, ya el Dr. German Herrera había sido designado Contralor General de la Nación y correspondió al Dr. José Antonio Mayobre, como nuevo Director Gerente del BAP extenderme el nombramiento de Jefe de Operaciones, iniciándose el año de 1948. y desde dicho cargo emprendí una labor de sistematización y control de las operaciones del Instituto. contando siempre con el apoyo de los miembros de la Junta Administradora, y en la cual puse una voluntad y un empeño que nada se hacía, en materia de normas y procedimientos, sin que tuviera la aprobación previa del Jefe de Operaciones, y sus comisionados tenían amplias facultades para intervenir cualquier gestión administrativa, porque a la Jefatura de Operaciones le fue adscrito el Departamento de Inspección.

La política se había tornado inestable en Venezuela, y en aquel mismo año de 1948 había sido elegido Presidente Constitucional Don Rómulo Gallegos y depuesto por un golpe militar encabezado por su propio Ministro de Defensa Teniente Coronel Carlos Delgado Chalbaud. Para gobernar se formó una Junta que integraban el prenombrado militar y los mayores Marcos Pérez Jiménez y Luis Felipe Llovera Páez. Con esta Junta Militar de Gobierno volvió al BAP, esta vez como Director Gerente, el Sr. José Rafael Iribarren de Secretario como lo informe en páginas anteriores. Él me había demostrado aprecio en su actuación pasada y en esta ocasión me hizo su principal asistente para todo lo relacionado con las finanzas, las normas y procedimientos administrativos y la vigilancia y control de las operaciones y, debo agregar que lo hizo de una manera franca y generosa, porque en muchas ocasiones que le habría convenido hacer suyas mis ideas y ejecutorias. prefirió destacar la colaboración que había recibido de Darte mía. y en más de una oportunidad dispuso que yo lo acompañara a reuniones de muy alto nivel para que expusiera mis puntos de vista con relación a la materia que se discutía. Esto me proporcionó un conocimiento de temas de importancia Nacional y una relación con personas de renombre en la política, en la banca y en otros sectores de la dirigencia gubernamental y empresarial, como tendré ya larga vida

La honestidad y el temperamento de este señor Iribarren le inducían a ser muy franco y hasta imprudente en sus intervenciones y escritos. sobre todo, por la tendencia de citar nombres propios sin importarle la gravedad del asunto en que se hallara involucrado el individuo y lo innecesarios de emplear el nombre. Cuando yo escribía algún informe o carta para su firma, frecuentemente el los ampliaba, agregando nombres y detalles que lo comprometían y eran, en cierto modo innecesario para el fin que se perseguía. En más de una oportunidad lo convencí de llegar al texto original, pero en otras, me recordaba que la responsabilidad era de él y que "no estaría tranquilo si dejaba de nombrar a ese vagabundo", o cosas por el estilo.

La gestión del BAP seguía siendo la múltiple y heterogénea que la habían impuesto la Junta Revolucionaria de Gobierno y la situación de escasez y dificultades Instituto provocadas por la guerra mundial: el continuaba siendo responsable por el establecimiento de una serie de productos que se importaban: ejecutor de la política de precios mínimos para los frutos y otros productos Nacionales: exportador de café y cacao y, naturalmente, el organismo financiero del sector agropecuario.

Interesante se hacía, a veces, el papel que desempeñaba el BAP en la orientación de la política. para marcar rumbos en la producción y evitar especulaciones del sector privado que, en ocasiones, podían llegar a ser hasta antipatrióticas. Recuerdo la discusión que tuvo lugar en el Despacho del Ministro de Fomento, por aquel tiempo, respecto a la conveniencia de seguir importando azúcar moscabada y venderla a bajo precio, a los centrales Nacionales. para que la refinaran, ofreciéndola luego al consumo. La cuestión fue discutida previamente por nosotros en el BAP y teníamos datos confiables con respecto a las ganancias que obtendrían las empresas de centrales y hasta el dato concreto de la solicitud que había formulado una de esas empresas a la Corporación Venezolana de Fomento. como prestataria, para que le permitiera cambiar el destino de un crédito solicitado para sembrar caña, por la importación de vientres y sementales bovinos, o sea, que en algunas mentes estaba ya el propósito de reducir los campos' de caña. tal vez hasta su extinción. para refinar azúcar importada, lo cual era más cómodo y lucrativo, pero a la postre convertiría la industria azucarera en algo ficticio. El señor Iribarren expuso este criterio, refutado naturalmente, por la mayoría de los presentes y al final propuso que se fijara a cada central un cupo de moscabada, proporcional a la propia producción, creando así un estímulo que impediría la desaparición de los cultivos y podía, en cambio, estimularlos.

En lo personal, se estaba cultivando una amistad entre José Rafael Iribarren y yo, que habría de conservarse hasta su muerte. Frecuentemente me invitaba a su casa. y la distinción con que me trataban su esposa e hijos era una demostración de las referencias que el hacía de mí. Doña María Luisa Soublette Saluzzo de Iribarren es una dama de radiante personalidad y fue un gran complemento para su marido. Gratísimos recuerdos guardo de las ocasiones en las que me toco compartir viajes y giras con esta pareja. Recuerdo, de un modo especial. la oportunidad en que el Sr. Iribarren y yo debíamos hacer una inspección relacionada con la intervención del BAP en la pesca y comercialización de las perlas en Margarita y otros asuntos que se relacionaban con la Agencia del Banco en Cumaná. Se acercaba la Semana Santa de 1909 y yo había fijado la fecha de mi matrimonio para el 30 de abril. para lo cual faltaba solamente un mes, así que Iribarren -estando yo de visita en su casa- dijo a María Luisa: "No voy a demorar más mi viaje a Oriente, vamos a llevarnos a este hombre a Margarita, para que coma bastante pescado fresco y tome mucho caldo de chipi-chipe, lo cual será un buen tratamiento prenupcial". Nos reímos mucho y al día siguiente estábamos comunicándonos con el agente del BAP en Porlamar para que nos hiciera las reservaciones de hotel. etc.

Aquella fue una gira para mi inolvidable. recibimos del Agente del Banco. Sr. Vásquez las mayores atenciones y el mismo día de la llegada (día sábado) fuimos presentados a unas cuantas personas que se esmeraron en hacernos grata la estada. El general Chemara - José María Velásquez- era el Comisionado del Ministerio de Agricultura y Cría en Nueva Esparta. para todo lo relacionado con la pesca de perlas y con quien, desde luego, teníamos que tratar: el Br. Fuentes Figueroa, educador a quien se trataba casi con veneración en la isla; los hermanos Aguilera, unos comerciantes muy serviciales y alegres, emparentados con un apreciado funcionario del BAP en Caracas, los cuales tenían una importante casa de comercio en Porlamar y decía, entre chanzas y veras que una de sus mercancías habían pasado por la Aduana y otras no; pero se les apreciaba bastante y con nosotros fueron muy atentos; resulta difícil a mi memoria, al par que prolijo, mencionar a otros que se reunieron con nosotros aquel día.

Recuerdo que el día siguiente fuimos invitados por el General Chemara -un nativo típico de la Isla que debía pasar un poco de los sesenta años, pero estaba fuerte y ágil- nos invitó a dar un paseo en su lancha "Nueva Esparta", y aquello fue un recorrido de lo más animado con músicos y cantantes a bordo: recorrimos la costa desde Pampatar hasta la Laguna de "Restinga". Allí tomamos el baño y, nos divertimos lo increíble, sorbiendo de paso mis primeras dosis de caldo de chipi-chipe. entre testimonios y ponderaciones de su efecto afrodisiaco que no podemos asentar aquí.

Aparte de las sesiones de trabajo. los días pasaron tan entretenidos. tanto en Margarita como en Cumaná. que nos resultaron brevísimos.

Como mera acotación, quizás hasta risible en esta Venezuela que inicia la de los años ochenta en medio de un derroche de dinero. notorio en el gasto público. voy a tomar de una copia que involuntariamente conservo de la relación de gastos de aquella gira:
“Relación de gastos que presentan los señores José Rafael Iribarren. Director Gerente y Antonio J. Manzo, Jefe de Operaciones de este Instituto: ocurridos con motivo de su gira por los estados Sucre y Nueva Esparta. inspeccionando las dependencias del BAP en dicha jurisdicción:

GASTOS DE TRASLADO Y ESTADIA
2 Pasajes aéreos Caracas-Porlamar Bs. 200.00
Pagado al Capitán de la lancha que nos condujo de Porlamar a Cumana Bs. 100.00
Viáticos del Sr. Iribarren en 6 días a Bs. 70,00 diarios Bs. 420.00
Viáticos del Sr. A.J. Manzo en 6 días a Bs. 60 Bs. 360.00
Total Bs. 1.080.00
Reintegro del remanente de Bs. 2.000,00 recibidos 920.00
Nota: Los pasajes de regreso Cumaná-Caracas fueron pagados por la Sec. del BAP en aquella localidad y por tal motivo no se incluye en esta relación.

Caracas, 26 de abril de 1949
(Fdo.) José Rafael Iribarren (Fdo.) A.J. Manzo N
Cuando regresamos. Iribarren hallo en su escritorio una carpeta con el informe de la Asamblea de la Flota Mercante Grancolombiana y otra correspondencia que se relacionaba con esta Empresa. Ordenó que me la pasaran y apenas le di una lectura pude comprender que se trataba de algo importante. así que las puse en archivo de espera. con el presentimiento de que estaba frente a un asunto que podría resultar de una gran trascendencia, como en efecto lo fue, según lo veremos más adelante.

Yolanda y yo habíamos escogido para nuestra luna de miel un pueblo del Estado Trujillo, en la región fría. no muy distante del Páramo de Mucuchíes, cuyo nombre es la Mesa de Esnujaque: así que después de la primera noche nupcial en el hotel Miramar de Macuto, fuimos a Montalbán, a visitar a mi madre y luego emprendimos el viaje a Los Andes. De paso por Barquisimeto entramos en la sucursal del BAP. cuyo Gerente era mi buen amigo Roberto Velasco Troconis. quien al saber que yo iba manejando nuestro automóvil y en cuenta de lo malas que estaban las carreteras en aquel tiempo, se empeñó en que llevara un chofer de nombre Jóvito. quien estaría a nuestra disposición hasta que quisiéramos. Este hombre parece que estaba acostumbrado a manejar camiones y conducía de manera rara. sobre todo, estaba siempre montándose sobre escombros de pavimento, caía en huecos y, en fin, opté por devolverlo de Valera y seguí manejando hasta la Mesa de Esnujaque. Al llegar al hotel estacione el carro bajo un cobertizo y note que estaba inclinado hacia un lado, Io que resultó ser un resorte partido (cuando lo examino un mecánico en Mérida). Llegamos al Hotel Europa, donde habíamos reservado una cabañita. Este hotel era de alemanes y estaba ubicado en un bello paraje, con muchos árboles y le pasaba un riachuelo muy cerca de la casa. Con nosotros llegaron también las lluvias y pasamos tres días sin ver escampar y aunque razones teníamos para ser un tanto indiferentes al estado del tiempo, resolvimos seguir hacía Mérida, San Cristóbal y Cúcuta. lugares que Yolanda no conocía. El carro se notaba escorao. Como dicen los margariteños. y cuando llegamos a Mérida lo hice revisar en un taller mecánico, donde me dijeron que tenía partido un resorte. pero no había el repuesto de la marca y modelo del automóvil. así que le instalaron el que más se acercaba en características con la recomendación de prudencia en la marcha porque el resorte instalado era un poco más fuerte que el otro. Después de visitar algunos lugares de Mérida. continuamos el viaje a San Cristóbal y me pareció interminable el camino especialmente el tramo para llegar a Tovar; eso que llaman las Galeras de San Pablo, una sucesión interminable de curvas que bordean el Río Chama. En Tovar pasamos la noche y al día siguiente, también de noche, llegamos a San Cristóbal. Habíamos tenido inconvenientes leves. pero incómodos en el camino, pues subiendo hacía el Páramo de la Negra se desinflo un neumático y tuve que reponerlo bajo una lluvia de poca intensidad, pero muy fría, y más adelante fue la correa del ventilador la que se reventó. teniendo por fortuna el repuesto.

El recorrido de unos mil kilómetros que habíamos hecho hasta San Cristóbal. por carreteras en pésimo estado de conservación y los inconvenientes con el automóvil me traían deseos de deshacerme de él y regresarnos por avión. pero no fue así. Estuvimos en Cúcuta y visitamos amigos que yo tenían en San Cristóbal. atendimos invitaciones y unos cuatro días después emprendimos el regreso de cuyas peripecias con aquel pavoso carro me voy a referir solo a la última acaecida llegando ya a Puerto Cabello. Precisamente de la carretera habían formado una pila de arena. seguramente los encargados de arreglar ese tramo de la vía y justo en el momento en que entraba mi carro en el espacio angosto que había quedado libre, llegaba en sentido contrario una camioneta colectiva, llena de pasajeros y aunque ambos conductores tratamos de esquivar el choque, el parachoque trasero del carro mío se engarzo con el parafango delantero de la camioneta y le rasgo todo un costado; no hubo personas lesionadas, pero el chofer de la camioneta pretendía que yo pagara los daños y era evidente que no había culpa de mi parte. Tuvimos que llegar hasta Puerto Cabello y permanecer allí hasta el día siguiente para arreglar este asunto en la Inspectoría de Vehículos.

Los prodigios del amor hicieron que el viaje nos pareciera encantador y el ultimo día. en Valencia, lamentábamos que al día siguiente debía estar yo de nuevo en el BAP y esta fue la causa de que, ya de noche. tuviéramos que hacer el último recorrido de carretera. llena de huecos y baches. como todas en aquel tiempo, y a media noche estábamos en el tramo Los Teques-Caracas por la carreterita vieja y sus curvas de "Sebastopol". Allí trataba de dominarme el sueño y llegué rozar con una de las defensas de la carretera. lo cual causó pánico a mi mujer y desde ese momento hasta Caracas vino buscándome conversación y cantando para ahuyentar el sueño.

A mi hijo Ricardo le trajimos un cachorro de raza mucuchíes legítimo y otras cosas para él y para Carmen Barela; a quienes hallamos dormidos en la madrugada cuando arribamos a nuestra casa.

Al llegar a la Oficina y tras ser informado por Ramón Armando Rodríguez y otros asistentes que habían suplido mi ausencia, respecto a todos los asuntos tramitados Y todo lo ocurrido en la rutina diaria durante mis vacaciones: busqué y me puse a estudiar la documentación recibida de la Flota Mercante Grancolombiana. S.A., cuyas piezas más importantes eran: el Informe y Balance presentados en la Asamblea (celebrada en el mes de marro de aquel año) y una carta dirigida al Director-Gerente. Dr. Iribarren, por el Dr. Alberto Lossada Casanova, a la sazón Presidente de dicha Empresa.

La Flota Mercante Grancolombiana es una Sociedad anónima constituida conforme a las leyes de la República de Colombia y con domicilio en la ciudad de Bogotá. capital de la mencionada Nación. la cual es también asiento de su oficina principal, naturalmente: un objeto fundamental es explotar los servicios de navegación marítima para el transporte de carga entre el exterior de los puertos habilitados de las tres Repúblicas de Colombia. Ecuador y Venezuela; el capital autorizado (para aquella fecha) era de treinta y cinco millones de pesos colombianos (35.000.000,00), dividido en tres millones quinientas mil acciones (3.500.000) nominativas de a diez pesos ($10) cada una. De estas, tres millones ciento cincuenta mil (3.150.000) pertenecían a la clase "A" y trescientos cincuenta mil (350.000) a la clase "B".

Las acciones clase "A" tenían que ser suscritas, exclusivamente. por entidades oficiales y semioficiales de las tres Repúblicas en la forma siguiente: un millón cuatrocientas diecisiete mil quinientas (1.417.500) por entidades oficiales colombianas; un millón cuatrocientas diecisiete mil quinientas (1.417.500) por entidades oficiales venezolanas y trescientas quince mil (315.000) por entidades oficiales ecuatorianas. Este capital fue suscrito en la siguiente forma: por la Federación de Cafeteros de Colombia. un millón cuatrocientos doce mil (1.412.000) acciones: por la Compañía Nacional de Navegación (de Colombia). cinco mil (5.000) acciones; por el Banco Agrícola y Pecuario (de Venezuela), un millón cuatrocientas diecisiete mil (1.417.000) acciones y por el Banco Nacional de Fomento (de Ecuador) trescientas quince mil (315.000) Las acciones de la clase "B" fueron suscritas por particulares de las tres Repúblicas. pudiéndose notar que. para aquel momento. la mayoría habían sido suscritas por ciudadanos colombianos.

Hago este recuerdo. un tanto minucioso, para que puedan entender los alcances y significación que habrían de tener los informes y la participación que nos correspondió en adelante y hasta que Venezuela se separó de esta Sociedad.

El Banco Agrícola y Pecuario. si había tenido con anterioridad alguna información e injerencia en los asuntos de esta compañía. Administradora; pero este era el primer informe y balance de la lo fue en forma esporádica y para el solo conocimiento de la Junta empresa que llegaba a mis manos y cuyo análisis como de 1 U l informado en la carta del Dr. Lossada Casanova, puse en conocimiento al Director Gerente. Sr. Iribarren y este dispuso que entre ambos elaboráramos un informe que deseaba consignar en las propias manos del Tte. Cnel. Carlos Delgado Chalbaud, Presidente de la Junta Militar de Gobierno. El informe en sí mismo, si hubiese sido transcrito aquí. daría cabal idea de todas las averiguaciones y detalles interesantes que habíamos acopiado, principalmente por parte del Sr. Iribarren, cuyas relaciones eran importantes y el empeño que ponía en esclarecer ciertas cosas lo hacían incansable: pero el extravió de la copia que conservaba de este informe me hace imposible su transcripción.

Este escrito llego rápidamente a destino y el Presidente de la Junta lo paso al Ministro de Relaciones Exteriores. Dr. Luis Smilio Gómez Ruiz. quien días después llamó al Sr. Iribarren Dara decirle que deseaba discutir con amplitud los diferentes puntos del referido informe y a tal efecto lo convoco a una reunión en el Ministerio. a la cual quiso el Sr. Iribarren que yo asistiera también y el Ministro no puso inconveniente. Allí pudimos apreciar el interés que había despertado en estos personeros del Gobierno la cuestión que habíamos planteado y se notaba que por otras fuentes no había sido informada una situación que debió ser advertida desde el inicio mismo-de las actividades o de la constitución de la Empresa.

La conclusión a que llegamos en la reunión fue que algunos aspectos del negocio, llamémoslo así tenían que ser revisados y lograr importantes rectificaciones, entre ellas: la modificación de Estatutos; composición accionaria del capital: número de miembros de la Junta Directiva: política de Administración en materia de contabilidad y de la prestación del servicio naviero. etc. Pero estos planteamientos había que hacerlos en Asamblea y la próxima estaba casi a un año por venir. Así que se resolvió continuar acopiando datos y esperar la oportunidad.

En el ínterin se produjeron importantes comunicaciones entre el Director Gerente del BAP y el Presidente de la Flota. así como información que suministraban otros representantes de Venezuela que estaban en los cargos directivos, técnicos y de control de la Empresa, especialmente los residentes en Bogotá.

Aquel año de 1949 fue para mí muy activo no solo por los muchos y variados asuntos que me toco manejar como funcionario del BAP, mi ocupación cotidiana, sino que había sido electo Director Principal de la Junta Directiva del Colegio Nacional de Técnicos en Contabilidad (Asociación de Contadores de Venezuela) y miembro de la Comisión Redactora de la Revista (órgano publicitario de ese colegio). Esta asociación fue fundada con el propósito de dignificar la profesión del Contador en Venezuela y procurar su elevación a la categoría de profesión universitaria. como se logró años después y me toco ser de los pioneros de este asunto.

En cuanto a mi labor en el BHP. en el citado año, considero lo más importante. lo actuado con relación a la Flota Mercante Grancolombiana, lo cual fue el inicio de lo que narrare más adelante y un estudio que hice del Plan de Inversiones de la Corporación Venezolana de Fomento, para el Ejercicio Económico 1949-1950 y el informe presentado al Director Gerente del BAP. A continuación, inserto dicho informe ya que en él está expresado mi criterio en relación a la proliferación de institutos autónomos y Empresas del Estado. que tanto dispendio y tan escasos rendimientos han proporcionado a la Nación:

MEMORANDUM PARA EL SR. JOSÉ RAFAEL IRIBARREN. DIRECTOR GERENTE DEL BANCO AGRÍCOLA Y PECUARIO, RELATIVO AL PLAN DE INVERSIONES DE LA CORPORACIÓN VENEZOLANA DE FOMENTO PARA 1949-1950. -

Conforme a sus deseos, he leído con el debido interés y detenimiento el Plan de Inversiones de la Corporación Venezolana de Fomento para 1949-1950 y respecto al cual me permito formular las siguientes consideraciones:
Comprende dicho plan dos tipos de inversiones, a saber: las que se destinan a la concesión de préstamos a los particulares y las llamadas "Inversiones Directas de la Corporación" por ello voy a dividir también en dos partes este comentario para referirme por separado a los dos tipos de inversión.

CONCESION DE CRÉDITOS
El cuadro No. 8 que aparece anexo a la exposición del referido plan trae un resumen de las partidas destinadas a cada una de las ramas de la producción Agrícola. pecuaria e industrial. Cuyo fomento se propone apoyar la Corporación y, no quiero entrar a formular consideraciones respecto a la distribución y proporciones en que se planea prestar ese apoyo, por estimar que las cifras consignadas sean el fruto de maduros estudios y, además. porque no estoy en capacidad de hacer esta crítica: pero si quiero observar que en este plan de inversiones como en los anteriores de la CVF. se ha marginado por completo. el fomento a los cultivos de café y cacao. pues no figura partida alguna con este fin. a pesar de que como todos sabemos. estos dos frutos siguen siendo los únicos que llevan el nombre de Venezuela a la concurrencia de los mercados mundiales y por si esto fuese poco. también está al alcance de mentalidades de mediana inteligencia que la defensa de estos dos cultivos se liga al destino de la Nación misma. por cuanto son ellos los grandes aliados de la forestación y conservación de los suelos. cualidad que resulta por demás estimable. en este país donde está siendo motivo de gran preocupación el panorama de sequía y tierras erosionadas que ya se contempla en muchas regiones.

No se podrá aducir que tal protección la ejerce el BAP porque también sabemos que los limitados recursos de este Instituto apenas alcanzan para la conexión de préstamos para suministros y dentro de estos los relativos al café y al cacao son de simple mantenimiento de las plantaciones existentes.

A cincuenta y un millones quinientos cincuenta mil bolívares (51.550.000.00) asciende la cantidad acordada para la conexión de créditos y más o menos igual suma se colocaría en inversiones directas de la Corporación. en un año. según el plan de inversiones a que vengo refiriéndome. Con el aporte de capital del presente año fiscal se elevará a más de doscientos cincuenta millones de bolívares (250.000.000.00) el patrimonio de la CVF y una de sus finalidades primordiales es la concesión de créditos o préstamos Agrícolas y pecuarios y, por ello considero oportuno comentar aquí, que, en este aspecto, la CVF ejerce las mismas funciones que desde veinte años atrás han venido siendo ejercidas por el BAP, o sea, por otro instituto autónomo de capital Nacional o del Estado que por su antigüedad tiene acumulada una experiencia que si bien ha sido aprovechada, en parte: primero por la extinta Junta para el fomento de la Producción Nacional y después por su sucesora. la CVF; para la orientación y tramitación de sus préstamos. habría Podido ser más valiosa y con menos dispendio la colocación de esos dineros del Estado si hubiese ingresado como patrimonio del BAP.

Esta experiencia de la que hablo se traduce. principalmente en la existencia de un archivo en el cual figura, con su expediente formado casi todo agricultor o criador de cualquier región del país; en cuyo expediente aparecen todos los datos o referencias respecto a posesiones. cultivos. trabajos realizados. record de pagos. etc., y, por otra parte, la organización lograda que comprende el establecimiento de una extensa red de sucursales y agencias en las capitales de los Estados y principales centros poblados de la República.
Por esta razón la CVF se ha visto servicios precisada a utilizar los del EGP para poder realizar casi todas las fases de la tramitación de sus créditos: información. agentes. mediadores para las entregas del dinero. recaudación. etc. Como compensación por todo el trabajo y los riesgos que implica la realización de todas estas gestiones y mantener fuertes cantidades de dinero en las cajas de sus dependencias. el PAP solo recibe de la CVF una comisión del 1/10% del valor de los intereses que se recauden de lo" préstamos acordados por esta última cuyo reembolso se obtenga por mediación del BAP; asignación esta que. como es de suponerlo. nunca llega a cubrir el porcentaje de gastos que ocasiona el Banco a la referida intervención. Con ello se ha asegurado la CVF una manera económica y eficiente de desarrollar sus actividades con magníficos rendimientos: pero el PGP. por el contrario. soporta un presupuesto de gastos cada vez más crecido y, en lo que atañe al respecto crediticio. resultados deficitarios.

Se puede afirmar que las relaciones del BAP con la CVF. o más bien dicho. la coexistencia de ambos institutos ha dado por resultado. de una parte, la diseminación del crédito oficial que trae como consecuencia una falta de cohesión en esta importante función del Estado y por la otra. un desequilibrio económico-financiero para el BAP. ya que. como dije antes. tiene que servir de agente mediador de la CVF bajo condiciones onerosas y, además -que resulta ser de lo peor- esta última ha asumido la concesión de los préstamos de mayor cuantía. o sea, los que producen mejores créditos y aquel ha quedado prácticamente relegado a conceder pequeños préstamos. que resultarían onerosos para la CVF. como lo afirmara la misma Corporación en su memoria correspondiente al año 1947, pag. 16 donde dice:

Con el fin de no interferir con el programa de créditos pequeños, en cuya ejecución trabaja con resultados satisfactorios el BAP y cuyo manejo hubiese resultado oneroso. por otra parte. para la CVF. se fijó un límite inferior de Bs. 25.000.00 a los créditos que hubieran de ser concedidos por esta".

La diseminación del crédito oficial para la producción de una misma rama de la economía Nacional en varios institutos u organismos. a que me réferi. es una política que no parece acertada y que nació. tal vez. de un error de apreciación en los que pensaron que los organismos existentes carecían de mentalidad u organización adecuadas para impulsar el fomento de la reproducción Nacional. olvidando 

seguramente ellos que las instituciones no tienen mentalidad y que su organización es susceptible de adecuarla. que una y otra cosa dependen. exclusivamente del elemento humano en cuyas manos se ponga la dirección y Administración de tales institutos y que. finalmente. estos serán de la mentalidad y de la capacidad que quiera que sean el Ente mismo que crea nuevos organismos.

INVERSIONES DIRECTAS DE LA CVF
Esta actividad resulta ser. a mi juicio, la fundación más propia de una corporación de fomento y no es de dudar que haya sido predominante al concebirse la creación de la CVF. Ahora bien. Como que dentro de un organismo semejante caben diversas orientaciones y muchas formas de actuar. no estaría reñida su existencia con cualquier régimen político que quiera auspiciar el fomento y desarrollo de determinadas empresas, pero pensando dentro de una concepción liberal me parece que la participación de la CVF en empresas tales como: centrales azucareros, telares, fábricas de aceite y otras por el estilo. a las cuales se destina la mayor parte de los cincuenta y un millones asignados al plan de inversiones que motilla este comentario. es invadir un campo que debía estar reservado a la inversión del capital privado (salvo la ayuda crediticia) y que irrumpir en ese campo es, sencillamente, labor de socialización que esta vez resultaría realizada por un I organismo en que forma parte de la administración de un Estado de tradición liberal que parece estar interesado en conservar su forma tradicional.

Tal vez los señores dirigentes de la CVF no miren dichas inversiones desde ese punto de vista, sino que. Sencillamente, estén aplicando a este instituto oficial una política que podría llevarlo a la condición de una corporación o empresa de carácter privado y degenerar en ello a la postre o disolverse, pero lo cierto es que, generalmente, la acción oficial. cuando no está inspirada en una idea socializante. suele interesarse solamente en empresas de servicios públicos o que propendan a crear la llamada industria madre. las cuales por lo general requieren de grandes capitales y son utilizables por otras empresas y por el público en general.

De este tipo son el aprovechamiento hidroeléctrico del Río Caroní y alguna otra de las mencionadas en el plan de inversiones Que ha presentado la CVF y hacía ese campo es que debía desplazarse el capital de esta Corporación, abriendo perspectivas, verdaderamente nuevas a la participación del capital privado y dejando a su vez a este las empresas de la índole primeramente referidas.

Concibo la suprema utilidad de la CVF como un organismo técnico que se ocupara, principalmente. de estudiar nuestros verdaderos recursos potenciales y planificar su fomento, ofreciendo siempre la primera opción a la iniciativa privada y sirviendo de gran coordinador de la acción oficial a través de los otros institutos autónomos, como principales ejecutores; el BAP, el Banco Obrero y un banco industrial y minero (que debía existir también como instituto autónomo de capital Nacional). En esta forma quedaría coordinada la acción crediticia oficial en bancos que actuarían cada uno en un radio diferente.

Caracas, 13 de agosto de 1949
 (Fdo.) A.J. Manzo Núñez

Jefe de Operaciones
En febrero de 1950 llego a mis manos el balance e informe de la Flota Mercante Grancolombiana. con los resultados del ejercicio económico terminado en diciembre de 1949. Esto se agregaba a los recaudos que formaron expediente de las cuestiones que se habían de plantear en la Asamblea próxima a realizarse en Bogotá y en la cual fueron piezas de gran valor una serie de comunicaciones recibidas del nuevo Presidente de la Flota. Dr. Héctor Cuenca, a quien me atrevo a calificar de eminente venezolano.

Hice un análisis del balance y sus anexos. precisando algunas cuestiones que era necesario aclarar con vista de libros y documentos que estaban en Bogotá; así lo hice saber al Director Gerente del Banco y este dispuso que yo debía estar en la capital colombiana siete días antes. por lo menos. a la celebración de la Asamblea. lo cual fue acatado.

A mi llegada tuve una larga conferencia con el Dr. Cuenca. a quien le parecieron interesantes. pero delicadas las objeciones o reparos que hacía yo al balance y a la Administración de la compañía y me pregunto si estaba confiado. seguro de mi capacidad para discutir el tema. porque los adversarios eran de la gente más respetada de Colombia y a la ligera me hizo el currículo vitae de cada uno de ellos. Le respondí que si estaba confiado y seguro porque conocía la materia sobre la cual debía versar la discusión y él se mostró complacido de oírme decir eso.

En el transcurso de la revisión que practique obtuve explicación satisfactoria de algunas cosas. pero hubo otras, que yo recomendaría ser planteadas en la Asamblea. entre ellas recuerdo:

1a.- Existía. según balance y evidentemente comprobado. Gran acumulación de pesos en los bancos colombianos y no parecía prudente, ya que, aunque el signo monetario colombiano era una moneda fuerte (un peso y 80 centavos por dólar) recientemente había sido publicado el informe de una misión técnica norteamericana que recomendaba la devaluación del peso: como en efecto ocurrió al poco tiempo, estableciéndose el cambio a dos pesos con cincuenta centavos por dólar.

2a.- En el rubro del balance "Acciones Suscritas por Pagar" aparecía la Federación de Cafeteros de Colombia pendiente de pago del tercer instalamento o abono a cuenta de acciones, mientras que el Banco Agrícola y Pecuario y el Banco Central de Ecuador lo habían pagado, atendiendo a requerimiento de la Junta Directiva de la Flota.

3a.- En el rubro "Depreciaciones de Activo Fijo" se observó que estaban aplicando una rata muy elevada en la depreciación de los buques, lo cual, entre otros efectos, disminuía la utilidad liquida y repartible (esta política de depreciación dio más tarde la impresión de que era calculada con otros fines ulteriores. Por la forma como se valoraron los buques al producirse la separación de Venezuela del seno de la Flota).

Estas cuestiones fueron debatidas. con antelación a la Asamblea. en sesión de la Junta Directiva de la Flota. del día 23-3-50 y en la minuta del acta No. 255 se lee: "Don Manuel Mejía y el resto de los directores. después de algunas explicaciones al respecto se manifestaron en un todo de acuerdo con las razones expuestas por el Sr. Manzo. Pedida la opinión del Revisor Fiscal manifestó estar de acuerdo". Se lograba así el propósito del Dr. Cuenca de discutir esto en Junta Directiva. para evitar, si era posible, la discusión en la Asamblea. rectificando previamente lo que fuere posible.

Las otras cuestiones en que estábamos interesados se logró también resolverlas por acuerdos previos, para evitar controversias en la asamblea. Entre estas otras cuestiones recuerdo:

1a.- La eliminación del representante de las acciones clase "B" en la Junta Directiva. con lo cual se evitaba que Colombia (cuyos Nacionales eran dueños de la mayoría de esas acciones) tuviera un representante más en ese cuerpo directivo.

2a.- Que el Banco Agrícola y Pecuario pudiera vender parte de sus acciones a la Corporación Venezolana de Fomento, para equipararse así a Colombia que tenía dos accionistas (la Federación de Cafeteros y C.A. Colombiana de Navegación) y esto le daba derecho a ejercer mayor número de votos en la Asamblea, porque la Flota ha sido siempre una compañía anónima colombiana y la Ley que las rige contiene la siguiente disposición:
"Ningún accionista. sea cual sea el número de acciones que posee o represente. tendrá en las deliberaciones de la Sociedad. ni por si ni por interpuesta persona. más del 25% de la totalidad de los votos de las acciones representadas".

Así pues, que la Asamblea se desarrolló en un ambiente de cordialidad y fluidez. lo que nos dejó tiempo para conocer mejor la bella ciudad. además de algunos agasajos. entre ellos una recepción con que nos distinguió la Embajada de Venezuela. la cual había enviado como oyente de la Asamblea de la Flota a su Agregado Comercial. Sr. Enrique Tarchetti. una persona de trato muy cordial. por cierto.

Retardé un poco en llegar a la Embajada aquella noche, porque la recepción era en traje de etiqueta y en mi equipaje no había frac; tuve que alquilarlo y los ajustes a mi talla demoraron un tanto.

Al entrar. estaba el Embajador. Don Mario Briceño Iragorri, en el vestíbulo. rodeado por varios de los funcionarios que laboraban allí: recuerdo entre ellos a los doctores Miquel Angel Burelli Rivas, Walter Brandt, Lo acompañaban también el Dr. Héctor Cuenca y el Sr. J. R. Iribarren.

Al verme don Mario exclamó: venga que le apretado, voy a dar un abrazo bien porque ya me contaron lo ocurrido en la Flota y le 'digo que "es usted el primer venezolano que le gana una a los colombianos. después de la independencia". Todos los presentes celebramos el chiste y pasamos una noche muy agradable.

De regreso a Caracas, a pocos días fui designado miembro de la Junta Directiva de la Flota Mercante Grancolobiana. Seccional Venezuela y el 11 de octubre del mismo año me eligieron como su Presidente, cargo que desempeñe hasta pocos meses antes de que se produjera la separación de Venezuela de esa Empresa, en el año 1953. Estas funciones me correspondió cumplirlas paralelamente al cargo de Jefe de Operaciones del Banco Agrícola y Pecuario. primero y luego como Gerente de la Corporación Venezolana de Fomento.

Apasionado con el tema de la FMG no había apuntado que en este año de 1750 ocurrió un hecho de significación en mi vida; el 16 de marzo nació mi primer hijo. en el matrimonio con Yolanda. al cual dejé recién nacido cuando salí para Bogotá. Lo hicimos bautizar con el nombre de Julio para reponer el de mi padre, muerto dos años antes y Heriberto porque le toco ese nombre en el santoral del almanaque, cumpliéndose así 

una coincidencia que fue la siguiente: mi tía Heriberta. a quien ya he mencionado en capítulos anteriores muy gentil y muy querida por nosotros, llevaba ese nombre que a mi esposa le parecía feo y me dijo en una ocasión que no se me fuera ocurrir llamar así a una hija nuestra. si es que Dios nos las daba: le respondí que el nombre bello o feo es según la persona que lo llevé y que si alguna hija nuestra nacía el día de ese santo. yo desearía ponerle ese nombre. Así que fue un varón el que vino a sacarme de una posible controversia.

A mediados del mes de marzo de 1951 recibí una llamada telefónica del Dr. Francisco Morillo Romero. destacado dirigente empresarial del Estado Zulia: me informó que estaba llamándome desde el Hotel en Nacional de Caracas -este fue un gran hotel que desapareció tiempo después y su edificio sede fue demolido para dar paso a la avenida Bolívar. como ocurrió también con el Hotel Majestic. De esa grata recordación para sus asiduos taberneros- y me dijo el Dr. Morillo que, aunque no me conocía. deseaba tener una entrevista conmigo sobre algo que podía interesarme y agrego que habla tenido referencias de mi persona por los doctores José Joaquín González Gorrondona y José Antonio Mayobre. Al día siguiente nos entrevistamos y me participo que él había sido designado Presidente de la Corporación Venezolana de Fomento y que aun cuando estuvo pensando en otra persona para el cargo de Gerente de dicho Organismo. los ya mencionados doctores le aconsejaron poner dicho cargo en manos de una persona experimentada y con las aptitudes que ellos me atribuían. Acepté en principio la oferta y prometí hablarlo con el Dr. Iribarren. Dora actuar de manera consecuente con el amigo y con el Banco. Al cual había dedicado once años de servicios: le advertí, además, al Dr. Morillo, que estaba yo en vísperas de salir para Bogotá a representar al BAP en la Asamblea de la Flota Mercante Grancolombiana. a celebrarse el día 26 del mes en curso. lo cual no le pareció inconveniente al Dr. Morillo. siempre que mi regreso fuese inmediato, después de celebrarse la Asamblea.

En principio, mi buen amigo Iribarren trato de disuadirme de aceptar el nuevo cargo, pero luego de razones que expuse a él y a los demás miembros de la Junta Administradora. recibí una carta que conservo. en la cual me decía el Sr. Juan José Pérez Laue. Secretario Ejecutivo de dicha Junta, en uno de sus párrafos; "La Junta Administradora en vista de los motivos justificados que lo obligan a separarse del Banco, ha resuelto, sintiéndolo mucho, aceptarle. con esta misma fecha. la renuncia del cargo de Jefe de Operaciones del Instituto. no sin antes expresarle su justo reconocimiento por la eficaz, honesta y activa colaboración que presto usted a este Organismo durante once años".

Así las cosas. el Sr. Iribarren me dijo que había resuelto ir el mismo. como representante del BAP a la Asamblea de la FMG; que por la CVF se acordó también que asistiría el Dr. Félix Miralles. Uno de los directores recién designados y que yo concurriría con el carácter de asesor de ambos delegados, pudiendo así regresar a fin de mes a tomar posesión de mi nuevo cargo de Gerente de la CVF. sin que me lo pudiera impedir cualquier retardo en la celebración de la Asamblea. Concluyó diciéndome el Sr. Iribarren que alistara mi salida para tener tiempo de enterarme bien de todo.

En esta ocasión me acompañó en el viaje mi esposa, quien no conocía a Bogotá y se entusiasmó con la descripción y comentarios que en varias oportunidades había hecho yo de la capital colombiana y le fue muy grata la estada porque tuvimos ocasión de conocer también lugares aledaños muy interesantes, como la mina de sal de Zipaquirá. 

el Salto Tequendama y otros: así como los actos sociales a que concurrimos. oportunidades que nos permitieron conocer a muchas personas, de las cuales conservamos gratos recuerdos.

En cuanto a los resultados de mi actuación como asesor de los representantes de Venezuela a la Asamblea de la Flota. me limito a transcribir el capítulo correspondiente del informe que presentara el Sr. José Rafael Iribarren. Director Gerente del Banco Agrícola y Pecuario al ciudadano Ministro de Comunicaciones. con fecha 5 de mayo de 1951:

“ANÁLISIS DEL BALANCE"
"El análisis del Balance estuvo a cargo del señor Antonio Julio Manzo Núñez. ex funcionario de este instituto y actual gerente de la Corporación Venezolana de Fomento. quien se trasladó a Bogotá. en su carácter de Asesor de los Representantes de los Accionistas Clase "A" de Venezuela ante dicha rendido Asamblea y cuya gestión ha rendido un informe. que me permito acompañar a éste. queriendo destacar de ese informe algunos puntos importantes que contiene. referente a la intervención de Venezuela en el aspecto contable de la Administración de dicha Sociedad:

1) Se observa que el activo circulante arroja un total de $ col. 15.960.564.11 contra un pasivo exigible que es solo de $ col. 3.013.048.61 y si se toma en cuenta que en la contabilidad de la Compañía se han previsto reservas para todos los pasivos diferidos y contingencia que puedan preverse. al compararlos, se llega a la conclusión de que la Empresa tiene exceso de circulante.

Por otra parte, se puede observar que en poder de la Federación Nacional de Cafeteros de Colombia y en calidad de depósitos a término en el país (Colombia) se encuentran la suma de $ col. 846.391.66 que corresponde a un remanente de $ col. 1.964.166.66 que dicha institución tenía aun por pagar del instalamento solicitado por la junta Directiva a principios del año 1949 y que se ha reducido como resultado de la intervención de los representantes de Venezuela a la Asamblea celebrada en marzo del año próximo pasado, según consta en el informe que al efecto se elaboró en aquella oportunidad y del cual me permito acompañarle una copia.

El exceso de circulante a que me refiero será invertido en aumentar el equipo flotante. habiéndolo informado así a la Junta Directiva y al Gerente General, pues está próximo a celebrarse un contrato con la Canadian Vickers of Limited para la construcción de 4 nuevas unidades que elevarían a 15 el número de barcos propiedad de la Sociedad.

Como consecuencia de las restricciones impuestas por el Control de Cambios. la Empresa ha sufrido grave perjuicio. puesto que al entrar en vigencia un nuevo tipo de cambio con que desvalorizo el peso colombiano en 54 puntos con respecto al dólar. los depósitos en efectivo en ese País. que están destinados principalmente a financiar el programa de construcción de embarcaciones fuera de Colombia y a cubrir gastos de operaciones en el Exterior al disminuir su contravalor representan una considerable elevación de los costos.
Con respecto al activo fijo. este registra un costo de $ col. 31.275.142,61: una depreciación de $ col. 8.632.085,42 y un valor en libros de $ col. 22.643.057.19; observándose que su principal renglón es el equipo flotante que está representado por 13 buques propiedad de la Compañía. de los cuales 11 están en servicio y 2 en 

construcción. próximos a entrar en navegación. Estas cifras demuestran que la depreciación representa un 27.6% del costo. Cuyo porcentaje se estima, según el informe. sumamente elevado por cuanto a la Empresa solo lleva operando 4 años y medio: únicamente 8 buques han trabajado durante ese tiempo y se trata de activos cuya vida probable se les estima de 10 a 20 años. incluyendo el factor obsolescencia.

Observa el asesor contable A.J. Manzo Núñez que esta depreciación tan exagerada tiene su origen en que, además de aplicar los coeficientes normales para una depreciación extraordinaria que, por una darte, hacían desaparecer el superávit y por la otra. queden considerarse como una ocultación del activo. Además. vendría a incidir también esta depreciación en una menor revaloración de las acciones".

Mi opinión. así expuesta en la asamblea. provoco un estallido de cólera en uno de los delegados colombianos, quien golpeo fuertemente la mesa y dijo que ellos no tenían intención de ocultar nada: yo le respondí que no me habían llegado allí a juzgar intenciones y que solo me estaba refiriendo a un hecho y empleando la terminología propia de la contabilidad. Generalmente aceptada. Inmediatamente intervino don Manuel Mejías. uno de los más respetados señores que estaban allí y pidió excusas por el gesto de aquel delegado, afirmando que yo tenía razón, pero que ellos en verdad no habían querido ocultar nada. sino. que. Por ignorancia de las cosas que yo invocaba, pensaron que lo más sano era llevar los buques a un peso lo más pronto posible; además. Me dio las gracias por haberlos ilustrado. procedimiento este propio de los hombres cultos e inteligentes de aquel país.

El informe del señor Iribarren. en este mismo capítulo continuo así:
"Esta práctica también fue objetada por el señor Manzo Núñez en la Asamblea de marzo del año próximo pasado y quedo resuelto aplicar la mayor darte del superávit ganado. además de haberse obtenido mayor distribución de utilidades correspondientes al año 1949. para una reserva titulada "Incremento Futuro de la Compañía", habiéndose destinado en aquella oportunidad la suma de $ col. 3.971.737.49 a dicho rubro. De las utilidades del ejercicio 1950 se aplicaron a esta cuenta $ col. 4.000.000.00. con lo que se eleva el saldo de esta reserva a $ col. 7.971.737.49.

Se observan. además. del análisis contable que se comenta, que no obstante las observaciones e intervenciones anteriores y lo logrado en este sentido. que durante el ejercicio de 1950 se aplicó una partida de $ col. 400.000.00 a depreciación extraordinaria del equipo flotante que Nuevamente el ejercicio de 1950 se aplicó una partida de $ col. 400.000.00 a depreciación extraordinaria del equipo flotante que Nuevamente fue objetada por el Asesor Contable de los Representantes de Venezuela y, aunque se convino en que no era aconsejable reversar este último asiento, quedo establecido contabilizar en forma definitiva la prohibición de contabilizar este tipo de depreciaciones.

En cuanto al activo, se podrá observar en el informe del asesor que aquel alcanza a la suma de $ col. 43.901.768.29, que equivale a un 185% del capital pagado y considerado que el pasivo alcanza solo a $ col. 3.013.048.61, el superávit ganado es igual a $ col. 17.157.979.68. deducidas las depreciaciones, que se consideran extremadamente conservadoras.

Además, se lograron otras ratificaciones, de las cuales se citan algunas en el informe del Asesor Manzo N., como así una racional y equitativa distribución de las utilidades".
Hasta aquí la transcripción textual del Capítulo "Análisis del Balance" del informe presentado por el Director Gerente del Banco Agrícola y Pecuario al Ministerio de Comunicaciones, con fecha 5- 5-51.

En este mismo informe hay otras consideraciones que revelan la forma calculada y hábil con que el otro socio mayoritario de la Compañía a que nos hemos venido refiriendo. preparo una eventual liquidación de la Sociedad con grandes ventajas para el País sede como trataré de seguir demostrándolo cuando más adelante me refiera a la separación de Venezuela de la F.N.G.

El día 14 de abril de 1951 fui nombrado Gerente de la Corporación Venezolana de Fomento y tomé posesión del cargo al día siguiente.

Esta Corporación fue creada por Decreto No. 319 del 29 de mayo de 1946. de la Junta Revolucionaria de Gobierno que presidía Rómulo Betancourt. y su creación estaba inspirada en Corporaciones de similar naturaleza existentes en otras Naciones del Continente. especialmente la Corporación de Fomento de Chile. En Venezuela el germen de esta Corporación estaba ya planteado en el periodo de gobierno del General Isaías Medina Angarita, con la creación de la Junta Nacional para el Fomento de la Producción. cuyos fondos habían estado manejados por la Junta Administradora del Banco Agrícola y Pecuario y sus activos pasaron luego al patrimonio de la CVF.

La organización administrativa y funcional de la Corporación era de corte más empresarial que la de los demás institutos autónomos. creados con anterioridad; La Administración tenía como órgano supremo el Consejo General, formado por numerosos miembros. Entre los que figuraban ocho ministros y el Gabinete Ejecutivo. los Presidentes de las Cámaras del Congreso Nacional: cuatro miembros del Consejo de Economía y otros representantes de los diversos institutos. especialmente gubernamentales. Este Consejo era como la Asamblea de una compañía anónima. y se reunía ordinariamente una vez al año. en el mes de marzo. La Administración Directiva e inmediata del organismo esta (aun hoy es así) a cargo del Directorio Ejecutivo compuesto de cinco miembros, de los cuales cuatro los elige el Consejo General y uno lo designa el Presidente de la República. Su gestión diaria está a cargo de un Gerente auxiliado por dos subgerentes: uno de Servicios Técnicos y otro de Administración y Banca.

Al frente de la Gerencia me correspondió luchar un poco para erradicar ciertas prácticas que le restaban coherencia y agilidad a esta gestión. Entre las de mayor importancia recuerdo el hecho de que algunos miembros del Directorio eran dados a tomar decisiones ejecutivas y dictar ordenes que correspondían a la gestión diaria. atribuida al Gerente y esto anarquizaba un tanto la línea ejecutiva. Por otra parte. los subgerentes (fueron ratificados ambos) parecían acostumbrados a una práctica según la cual se concentrada en la persona del Gerente la decisión de muchas cuestiones de simple trámite que eran de la competencia de ellos.

Así fue que hice todo lo posible para corregir ambas tendencias y darle mayor cohesión y agilidad a la gestión que me correspondía desempeñar para lo cual tuve el más decidido apoyo del Presidente. así como de la mayoría de los directores.

El Directorio estaba compuesto de las siguientes personas:
Dr. Francisco Morillo Romero. Presidente
Sr. Pedro Mancera. Vocal
Dr. Félix Miralles. Vocal
Dr. Víctor Silva Bermúdez. Vocal
Dr. Luis Pacheco Vivas. Vocal
Los subgerentes eran:
Dr. Ricardo De Sola, de Servicios Técnicos
Sr. Alirio Cairo. de Administración y Banca
De los directores el único que había sido ratificado al operarse el cambio fue Don Pedro Mancera. Este hombre era un incansable propulsor del desarrollo Agrícola tecnificado a pesar de que no era poseedor de título profesional alguno. pero su inteligencia e intuición lo llevaron a liderizar programas como el Plan ganadero de la región del Rio Capanaparo en el Edo. Apure. Siempre que se habla del desarrollo Agrícola alcanzado por los Llanos Occidentales y estoy presente. opino que Acarigua le debe una estatua a Don Pedro Mancera. porque fue el quien no puso oídos al decir que "en esas sabanas no se da ni cardoncillo“ y se empeñó en el plan arrocero con el cual se transformaron los dilatados campos de cultivo y fue el comienzo de la mecanización. Asistencia técnica. semilla seleccionada. fertilizantes, etc., que se empleó luego en los campos de Cojedes y Barinas. Sin embargo. Don Pedro como le llamábamos. no era trabajar un hombre disciplinado. hecho Dara llevó. en equipo, con sentido de organización gerencial. Esto lo a veces al fracaso y a comprometer a la CVF en hechos cumplidos que forzaron decisiones del Directorio anteriormente. O que estaban allí como situaciones de hecho. pero sin la formalidad necesaria para que la Gerencia pudiera actuar y aliviar la presión que los afectados ejercían sobre este Directorio. Uno de esos casos fue el "Plan Maicero de Canoabito" un ensayo de Don Pedro en el Edo. Carabobo. en tierras de una dama vinculada familiarmente con altos personeros del Gobierno: allí se empleó maquinaria pesada para la deforestación: se desestimó. según oí decir. el valor de la madera: no fue posible la aplicación de maquinarias para cultivar y los grandes tractores empleados en la deforestación quedaron atascados en el lodazal. entre ramazones y raíces que dificultaban saber dónde estaban. Por supuesto. Esta dama que, al parecer, era muy temperamental, le llegaba con frecuencia a Don Pedro. para saber cuál iba a ser la salida de su situación y el me llamaba para que explicase lo que se adelantaba en inspección ocular del terreno. estudios. etc., para llevar el caso al Directorio. ella se ofuscaba. decía cosas intrasmisibles aquí y comenzaba a buscar su cajetilla de cigarrillos en el fondo de una voluminosa cartera, para lo cual. sacaba su revólver y lo colocaba sobre el escritorio de don Pedro (frente a ella) y después. otras tantas cosas. hasta que hallaba los cigarrillos y los fósforos. Nuestro apreciado Director Miraba. con visible preocupación. a su interlocutora y le decía: "Guarda ese revolver, Está Cargado7" y ella lo dejaba allí mientras profería amenazas y recordaba al Sr. Mancera que él era el único culpable de lo que estaba pasando.

Durante nuestra actuación se tuvo mucho cuidado de seguir los canales regulares, para la tramitación de cualquier asunto. Por urgente que pareciese y de manera tal que el Directorio ejerció a plenitud sus funciones, y la Gerencia no hallo cortapisa alguna para desempeñarse, en el marco de sus atribuciones.
Para el año de 1951 la Corporación Venezolana de Fomento tenía apenas 5 años de fundada. pero el hecho de haberse transferido a su Patrimonio bienes de la Nación que incluían medianas y hasta grandes empresas; fondos de fideicomiso, acreencias y planes de fomento ya en marcha, hacían bastante compleja la gestión.
Entre las empresas transferidas por lo que se llamó Administración de Bienes de la Nación (este organismo se fundó para administrar los bienes "restituidos" que pertenecieron al General J.V. Gómez) figuraban, entre otras de menor importancia, las siguientes:
1- Central Tacarigua. con un capital contable al 30-6-49 de Bs. 12.064.000,00. Esta empresa había sido fundada como Compañía Anónima. por accionistas privados y fue adquirida por el Gral. Gómez en el año 1922. Es un ingenio azucarero que para aquella época tenía una producción anual de 13.500 toneladas de azúcar. aproximadamente y laboraban allí alrededor de 1.800 trabajadores entre el campo y la factoría.
2- La Electricidad de Maracay. cuyo capital inicial fue de Bs.12.000.000 y fue elevado a Bs.40.000.000. para atender la demanda de energía eléctrica de la capital y otras poblaciones del Estado Aragua.
3- C.A. Telares de Maracay, fundada en 1915. Capital Social Bs 6.000.000 y productora de telas. paños. frazadas y alguna otra producción de textiles. Fue de gran beneficio social durante los periodos de crisis de importaciones. provocados por las dos guerras mundiales ocurridas desde su fundación.
4- C.A. Fabricas de Aceites de Maracay. fundada en 1915, como industria integrada a los Telares de Maracay con el propósito de utilizar la semilla de algodón. uno de los desperdicios más importantes de la industria textil ya citada. Su capital era de Bs. 1.200.000, al ser constituida en compañía anónima en 1947.
Entre estas importantes empresas transferidas a la CVF se incluyó al Banco Industrial de Venezuela. C.A. instituto bancario autónomo. fundado creado por la Ley de 23 de junio de 1937, como una empresa de capital mixto en la cual el Gobierno Nacional suscribió la mitad de las acciones. por un monto de Bs. 5.000.000 y la otra mitad fue ofrecida a accionistas particulares.
Además de este importante conjunto de empresas, la CVF, para 1951 había fundado. entre otras las siguientes: -
1- Sindicato de la Leche. S.A. constituida en el año 1946 y su objeto fue el abastecimiento de Caracas y zonas colindantes, de leche natural pasteurizada. Para su formación adquirió la CVF una serie de instalaciones de particulares que explotaban el ramo.
2- C.A. Agro-Pecuaria "El Cenizo". con capital de Bs. 4.000.000, suscrito casi en su totalidad por la CVF. El objeto de esa compañía era el fomento de la Cría de ganado en una extensión cercana a las 2.000 hectáreas. ubicada en el Estado Trujillo.

3- Compañía Venezolana del Diamante. S.A. empresa fundada con la participación de la C.A Mineral y Comercial, la cual se ocupaba ya de la exploración y explotación del Diamante en el Estado Bolívar.
La CVF adopto la política de participar minoritariamente en adquisición de acciones ordinarias de estas compañías y su inversión principal la hacía en acciones preferidas, sin derecho a participar en la Administración; pero mantenía al Departamento de Control de Empresa que le permitía vigilar la gestión y los resultados de estas empresas. que llegaron a más dos decenas.
Empleando dicha política la Venezuela CVF fundo algunas empresas asociadas a la Venezuela Basic Economy Corp., empresa identificada con el magnate norteamericano Nelson Rockefeller, entre estas estaban las siguientes:
1-Productora Agropecuaria C.A., con capital de Bs. 10.000.000 y cuyo objeto era: la producción Agrícola. pecuaria y avícola. con propiedades en los Estados Carabobo, Portuguesa, Zulia y Miranda.
2-Pesquerlas Caribe C.A., cuyo objeto era todo lo relativo a la pesca. alimentos congelados, transporte y almacenaje de dichos productos, etc.
3-Frigorífica Venezolana C.A., con capital de Bs. 10.000.000 constituida para la construcción y adquisición de frigoríficos o almacenes destinados a la conservación de Alimentos.

Además de éstas existían otras empresas, en las cuales también tenía participación la CVF y cuyos nombres y detalles para identificarlas de memoria no me es posible: por otra parte. mis muy limitados recursos de espacio y equipo le han impuesto reducciones forzadas a mi archivo. Sin embargo, no puedo olvidar una (1) red de centrales azucareros que se estaban instalando en los Estados Lara, Sucre. Táchira y Trujillo: así como el gran estudio que se hacía del sistema hidroeléctrico de El Caroní, en el Estado Bolívar y de un canal de riego que llevaría agua del Rio Orinoco a través de los llanos sur-orientales, hasta la desembocadura del Rio Unare. Se tenía como meta el regadío de más de seiscientas mil hectáreas.


Creo que fácil es imaginarse lo compleja y voluminosa que era la tarea de gerenciar este monstruo que entonces era la CVF. sobre todo, si se quería que las cosas marcharan satisfactoriamente. como se estaba logrando en aquellos días y una de las consecuencias que esto tenía era el no poder atender cualquier otra cosa que exigiera mi separación temporal de la gestión diaria a que se referían los Estatutos de la Corporación. Conservo una comunicación que me dirigiera el Presidente del Colegio de Técnicos en Contabilidad. fechada el 29-1O-51. en la cual me participaba la designación de mi persona como Delegado de dicho Colegio a la Segunda Conferencia Interamericana de Contabilidad. que sería celebrada en la ciudad de México. durante los días comprendidos entre el 10 y el 16 de noviembre del mismo año: haciéndome saber. además. que la representación de nuestro País en dicho evento estaba formando parte de comisiones técnicas que requerían de nuestra presencia en labores previas a la instalación de la Conferencia (esta institución había sido fundada en San Juan de Puerto Rico dos años antes. con la participación de 5 países - Cuba. Estados Unidos de América. México; Puerto Rico y Venezuela- y su propósito era agrupar a las instituciones gremiales de los contadores de todos los Países de América en una especie de asamblea bianual donde se tratarían temas relacionados con los avances de la técnica y unificación de la terminología. aplicadas a la contabilidad). Mi interés de participar en aquella reunión era obvio, pero en el primer sondeo que hice ante el Directorio de la CVF me quitaron toda esperanza de poder ausentarme. Haciéndome ver que, precisamente en esos días tendríamos la instalación del Banco Regional de Fomento de Oriente. con sede en Cumaná y la presencia de unos técnicos cubanos que venían a estudiar una ampliación y modernización de las instalaciones del Central Tacarigua.




A G R A D E C I M I E N T O S

Quiero agradecer muy especialmente a mi sobrino Ricardo J. Manzo Manzo porque se sintió motivado por el libro “Bajo el Signo del Jebe” (que escribió su abuelo paterno, mi padre), y por las investigaciones sobre la familia Manzo por parte de su otro ilustre abuelo: Torcuato Manzo Nunez,  a ahondar más sobre los orígenes de nuestra familia y creo una interesante página en Facebook. De este modo, al publicar la segunda edición del libro “Bajo el Signo…” agregue valiosa información proveniente de esa página y así se enlaza esa información con el libro.
También quiero acotar que, al igual que en la primera edición, Ricardo J colaboro en esta segunda edición con tiempo empleado en distintos e importantes menesteres.
Así mismo, vaya una palabra de agradecimiento a mi primo segundo Torcuato Manzo Reveron, ya que he tomado prestadas las maravillosas fotos de Montalbán que él ha publicado en Facebook y las incluí en el libro.
Agradezco también a cualquier otro familiar que haya publicado fotos de la familia en las redes pues también las utilice.

Eglee Manzo Travieso
Antonio Julio abuelo, en su cumpleanos
 con su nieta Emiliana



Hermanos Manzo Nunez: Oscar, Jesus, Maria del Valle, Antonio Julio
Miguel, Torcuato y Santiago
En esta imagen A.J. esta cumpliendo 70 y es el mayor de todos sus hermanos