CAPÍTULO I
El escritor italiano Giovanni Papini opinaba que la
biografía de un hombre famoso debía comenzar desde el día de su muerte, o desde
el momento de hacerse célebre y seguir la narración hacia atrás, hasta meterlo
en el vientre de la madre; esto para poder interesar al lector, ya que si
empieza por el nacimiento, en la niñez y primera juventud raras veces se trata
de algo transcendente. Yo como en los
setenta (70) años cumplidos no he podido hacer algo que pueda clasificarse de
extraordinario, al intentar escribir mis memorias, comenzaré, como
ordinariamente se estila, por el nacimiento.
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| A.J. bebe |
Nací en Montalbán, Estado Carabobo, República de
Venezuela, el 17 de agosto de 1911; hijo de Julio Torcuato Manzo Pérez y de
Natividad Núñez Tortolero; me bautizaron en la Iglesia Católica y conservo aún
la tarjeta que contiene una orla y un motivo floral, además de la siguiente
inscripción: “Recuerdo del bautizo de
Antonio Julio del Carmen. Padrinos:
Miguel María Manzo y Carmen Pérez de Manzo (mis abuelos paternos). Montalbán, Diciembre 11 de 1911”.
En el zodíaco me correspondió el signo de LEO, pero
seguramente fue porque JEBE no tiene señalada casa en este territorio del sol,
ni he hallado esta acepción al vocablo en el diccionario de la Lengua
Española. Pero estoy seguro que este
signo rige el destino de aquellas personas que, desde muy temprana edad, somos
llamados a luchar, afrontando responsabilidades, logrando con mucho esfuerzo lo
que a otros llega con facilidad, y siempre encorvados sobre el yunque, predestinación que el pueblo,
en algunos lugares lo llama “llevar jebe”.
Este ha sido mi signo!
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| Montalban, Estado Carabobo |
Soy el primogénito de una familia que trajo al mundo
once (11) hijos, vivos todos hasta la edad adulta y ninguno de nosotros se
presentó con la arepa bajo el brazo, como se suele decir en criollo a los que
se aventuran a cometer excesos en la procreación y la verdad es que a mis
padres les tocó enfrentar una dura lucha por la subsistencia de tantas bocas.
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| Tarjeta del ano en que nació A.J. |
Durante los primeros catorce años me tocó vivir en
aquel Montalbán rodeado de cafetales y un tanto deprimido en lo social y
económico, por efecto de calamidades que, según decían los de mayor edad,
comenzaron con una epidemia de fiebre amarilla que azotó a la población a fines
del siglo pasado e hizo que la gente emigrara a los pueblos vecinos; se
abandonaron los fundos, muchas casas se convirtieron en ruinas y disminuyó
notablemente la producción. Las guerras
primero y luego la dictadura fueron también causa de esa depresión. Sin embargo, hubo hombres que regresaron con
deseos de trabajar, después de aquel éxodo que motivó la epidemia; restauraron
sus propios fundos y algunos adquirieron otros que habían pasado a manos del
alto comercio de Valencia y de Puerto Cabello en pago de deudas y que se iban
acumulando cuando la producción no era suficiente para cancelar los
“suministros” de víveres y de otras mercancías que recibían los agricultores
para su propia subsistencia y para el pago de jornales a los peones que se
empleaban en la limpia de los plantíos y en la recolección y beneficio de las
cosechas.
Padres de A.J.
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| Natividad Nunez Tortolero |
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| Julio Torcuato Manzo Perez |
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| Josefina Manzo Perez Hermana de Julio T. Manzo Perez |
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| Miguel, Justina, Valle y Lourdes Manzo Nunez |
Mi padre fue uno de esos entusiastas restauradores y
no sólo se dedicó a reponer la hacienda que era de sus padres, sino que también
adquirió otros fundos, a los cuales distinguía con un nombre referencial al
apellido de sus antiguos dueños (costumbre muy practicada también en los llanos
y otras regiones de Venezuela) y por eso la finca donde nací se componía del
fundo de los abuelos, denominado Aragüita, y además de “El Pintero”, fundo que
perteneció a una familia de apellido Pinto, y por el mismo motivo, otros fundos
se denominaron “Los Bacalao”, “La Morenera”, “La Vega de Blohm” y otros nombres
con los cuales se distinguían las diferentes secciones del cafetal que rodeaba
la casa donde transcurrían los primeros años de mi vida, felices como los de
todo niño, pero en especial porque allí éramos una comunidad donde no existían
recelos ni envidia, ni menosprecio por nadie, porque así se comportaban mis
padres y lo exigían de caporales u otras personas con autoridad, en el
frecuente trato de los peones. Íbamos
con los hijos de éstos a la escuela, a menudo jugábamos en su compañía y no
existía gran diferencia en lo que comíamos.
Yo, particularmente, muchas veces dejé mi desayuno en la casa: pan,
huevos y mantequilla, para ir a comer una gran arepa, que se abría por el borde
y rociaban de ají picante, agregando (a veces) carne mechada. Éste era el desayuno que daban a los hijos de
Luis Jiménez, el mayordomo o encargado, como se le decía y de allí me iba con
ellos a la escuela.
Cuando digo que mi niñez fue feliz en aquel medio,
no es que pienso en un paraíso perdido.
El estado de abandono y de atraso en que se hallaba el país se hacía más
acentuado, como siempre, en el medio rural, donde la población y en especial la
infantil, estaba permanentemente atacada por parásitos como: lombrices,
anquilóstomos, piojos y niguas, además de las cángulas o chinches que se
alojaban en las camas y en los techos de las casas. Recuerdo compadecido a mi madre, por su
constante preocupación en librarnos de estas plagas; ella nos sentaba sobre una
mesa de planchar para sacarnos, con su aguja de coser, las niguas que se nos
alojaban en los pies; nos pasaba el peine sacapiojos (de ranuras muy finas) y
disponía, frecuentemente, sacar al patio las camas, para bañarlas de agua hirviendo,
con la cual se matan los chinches y sus huevos, alojados en largueros, copetes
y jergones.
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| Iglesia de la Inmaculada Concepción al fondo |
La falta de médico, frecuente en el pueblo,
generalizaba el uso de plantas y proporcionaba al boticario la oportunidad de
recetar sus propios preparados. En mi
casa había un libro donde se copiaban las recetas que dejaban los médicos,
cuando ocasionalmente nos visitaban y las que nos proporcionaban familiares y
amigos.
También era de consulta el libro del botánico Luis
Pompar, en el cual se especifican las plantas medicinales de Venezuela, su
aplicación y dosificación. Además había
en casa un botiquín con tinturas, ungüento, sativa que sustancias purgantes,
bermifugos y algunas medicinas de las que llamaban patentados, o sea productos
de laboratorios, casi siempre franceses, los cuales en aquel tiempo traían,
dentro de su envoltorio, un folleto u hoja ilustrativa que explicaba: los
ensayos previos, la composición, experiencia, males a los que combatía,
contraindicaciones y posología. Todo
esto ahora ha sido sustituido por la siguiente y breve leyenda: “Producto de
uso delicado que sólo debe ser administrado bajo prescripción facultativa”.
Este botiquín, al cual me he referido, no sólo
satisfacía las necesidades de la familia, porque era frecuente la llegada de
una persona que solicitaba a mi madre para pedirle desde “un poquito de aceite alcanforado pa’ Rosita que le duele la barriga”
(o para otra que “no pudo dormir con la
tos”) hasta reconstituyentes como la Emulsión de Scott o las gotas Cinco
Fluidos.
Mi padre era muy dado a recetar a auto medicarse, costumbre que lo puso al
borde de la muerte por los años 30, cuando vivíamos en Caracas: sintió un dolor
abdominal y supuso que era indigestión, por lo que resolvió tomar una sustancia
laxante. Horas después se retorcía con
fuertes dolores y cuando llegó el médico nos dijo que a este paciente se le
había estrangulado una hernia inglinal y que era necesario operar inmediatamente. La operación tuvo un resultado positivo, pero
el estado de gravedad se prolongó por varios días, debido a las complicaciones
intestinales que se derivaron de aquella medicación que él se hizo.
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| Julio Torcuato Manzo Perez |
Debo aclarar que mi padre era un hombre con mediana
ilustración, dedicado en aquel tiempo a la agricultura, pero sin perder de
vista la ciudad; asiduo lector de buenos libros y recibía constantemente prensa
de la Capital, donde también conservaba buenas amistades y relación comercial
con firmas como Arvelo y Phelps, del Bazar Americano, quienes traían productos
novedosos y fue mi padre quien llevó a Montalbán: el primer fonógrafo, la
primera pluma fuente y la primera linterna de pilas; por citar sólo tres cosas
que hasta entonces no se conocían en el pueblo.
Mi madre y mis tías le encargaban también, cada vez que viajaba, las
tarjetas postales que eran igualmente una novedad.
Vivíamos aún en la casa de campo cuando entré a la
escuela, a los siete años de edad y también ingresaron, en la misma
oportunidad, mis hermanos Sergio y Torcuato, quienes sólo tenían seis y cinco
años (no cumplidos éste último), edades en las que no se enviaban niños a la
escuela en ese tiempo; pero mediaba la
circunstancia de que el maestro era tío nuestro, esposo de una hermana de mi
padre. Esta escuela se hallaba en el
centro del pueblo, en la propia esquina de la torre o campanario del Templo
Parroquial, a una distancia de un kilómetro y medio aproximadamente de nuestra
casa y hacíamos este recorrido diariamente a pie.
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| Sergio y A.J. |
Francisco Narváez Correa era el nombre del tío
Pancho, como nosotros lo llamábamos; el maestro de escuela que, por muchos años
sirvió de faro y quía a la juventud montalbanera y en honor a él lleva su
nombre el grupo escolar edificado por el Ministerio de Educación en aquella
localidad. Este era un hombre de aspecto
imponente; fuerte, erguido, con grandes y retorcidos bigotes y semblante duro,
como en realidad era su carácter, muy de su época. Durante las horas de clase no aflojaba un reloj
de cuero crudo y abierto en cuatro tiras, el cual atravesaba sobre sus muslos,
mientras permanecía en una silleta de cuero de chivo, recostada de la pared, a
la puerta del salón de clases. Desde
allí él iba llamando a cada alumno para que,colocado de pie, a su derecha,
leyera la lección; mostrara la plana de escritura o respondiera las preguntas
que acostumbraba formular o para calibrar el aprovechamiento del alumno;
también solía hacer recorridos por los escaños, para ver quien agarraba mal la
pluma o el lápiz, estaba pintando muñecos, etc., faltas que eran inmediatamente
corregidas.
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| Casa de los Manzo Perez (blanca) |
En esta escuela no había distinción de grado y a
cada quien se le seguía el progreso, operándose una especie de promoción
individual, que arrancaba con los “palotes” y el alfabeto, culminando con
algunos ejercicios sobre materias que hoy mismo se ven en secundaria.
La instrucción que se recibía en aquel tiempo, en la
provincia al menos, que fue donde yo la recibí, estaba circunscrita a pocas
materias, pero se aprendían realmente; el maestro se cercioraba muy bien de que
el niño estaba aprendiendo, que comprendía
bien la lección en lo cual era insistente, así fuese con la rudeza de un
correazo o un tirón de oreja, acogiéndose al supuesto o tal vez axioma de que
la “letra con sangre entra”. Esto era realmente cruel, pero me consta que
tales procedimientos eran utilizados en esta escuela cuando el maestro
observaba distracción voluntaria o rebeldía en el alumno, pues por la
incomprensión solamente, había la paciencia necesaria para explicar, una y otra
vez, para que el niño entendiera.
Recuerdo el caso de un pequeño que estaba aprendiendo a deletrear (cosa
que ahora no se usa) y como el libro contenía además de la escritura –con la
palabra descompuesta en sílabas- una lámina o dibujo por objeto. En este caso causó risa a los que estábamos
cerca y el tío Pancho nos miró con severidad, haciéndonos callar y luego
siguió, con gran paciencia, tratando de sacar de su confusión al alumno.
Soy un lego en pedagogía, pero considero que los
métodos de enseñanza actuales, especialmente los aplicados al ciclo de
primaria, me parecen impropios y su resultado deficiente; pero cuando un padre
o representante se queja del rendimiento de su pupilo, el director del plantel
le recuerda que “es obligación suya
ayudar al alumno porque lo que imparte actualmente en los colegios es una
instrucción de masas”. Esto
quiere decir que el maestro sólo dicta cátedra verbalmente o desde el pizarrón,
para que los alumnos traten de copiar lo que puedan y vayan a preguntarle a sus
padres o representantes lo que deben entender de aquello. En muchos casos han copiado sólo parte del
dictado, o lo hacen en forma tan confusa que es necesario adivinar; pero no me
pregunte alguien cual será el rendimiento, el aprovechamiento o aprendizaje de
aquellos niños cuyos padres son analfabetas o que, sencillamente, no se
preocupan por ayudar en las tareas escolares a sus hijos.
En la realidad vemos frecuentemente, alumnos de
sexto grado y hasta profesionales
universitarios que no saben leer ni escribir “esto es conforme al buen uso, que
es de la gente educada”, como define Don Andrés Bello la lengua o lenguaje
gramatical; cosa que, por lo demás, no parece muy importante hoy día. La instrucción primaria que se impartió en mi
tiempo de escolar la considero mucho más formativa, o sea que era una verdadera
base para proseguir, a paso firme, hacia el bachillerato y los estudios
superiores; con la salvedad de que era poco lo que se veía de algunas materias
como biología y otras que no se consideraban cultura en el común de las gentes,
sino ciencias cuyo conocimiento era reservado a los que se adentraban a
ellas. Pero sin duda que en el silabario
estaban los primeros ejercicios de prosodia y de ortografía, para referirme
nuevamente a la gramática y en la misma forma progresiva, didáctica, se
enseñaba también aritmética, geografía e Historia de Venezuela y recuerdo que
en nuestro plantel fue texto de uso obligatorio también un libro llamado
“Lecciones de cosas”, el cual daba explicación escrita y contenía grabados o
láminas en colores, sobre: mineralogía, biología, física y otras ciencias; algo
muy rudimentario y que se tenía como una distracción, comparado con el rigor
con que se estudiaban las cuatro materias a que ya me referí.
Para cerrar este comentario en torno a la educación,
o a la instrucción propiamente dicho, voy a referir la siguiente anécdota:
recientemente decía yo en una reunión de familia que ahora era casi seguro que
un estudiante de bachillerato no sabría responder la pregunta de primer o
segundo grado: De cuántas partes se
compone la gramática?. Entonces dijo un
sobrino que estudiaba tercer año de ingeniería y ha sido estudiante
sobresaliente: “Yo tampoco lo sé, tío!”
No quisiera que se interprete o dicho como que estoy
afirmando algo así como que el conocimiento del hombre está en retroceso, pero
si da la impresión de que el individuo culto le está cediendo el paso, por
efectos de la masificación, a un autómata, con el cerebro alambrado para
ejecutar lo que dicta la moderna tecnología.
Dejo lo escrito sobre el tema y vuelvo a los días de
mi infancia, el año 1918, el año de mi ingreso a mi escuela y memorable
mundialmente por haberle correspondido al final de la gran guerra, iniciada en
1914 y para entonces la más cruenta y terrible en los tiempos modernos. Venezuela, además de los efectos negativos de
esa conflagración, se vio azotada por una epidemia de influenza denominada
Gripe Española, la cual causó millares de muertos. A Montalbán llegó esta enfermedad cuando ya
era conocida y había sido tratada en otros lugares de la República,
especialmente en la Capital y aunque afectó a casi toda la población, se
conocían métodos y medicamentos para combatirla. Uno de ellos era el aceite de Tártago,
empleado en tal cantidad que se había agotado en la farmacia; pero en nuestro
lar nativo abundaba mucho esta planta
algunas mujeres industriosas producían el aceite, tostando y exprimiendo
las semillas. El producto era en extremo
desagradable, por la manera tan burda como se producía, sin ningún grado de
refinación, pero muy eficaz y allí no fueron muchos los muertos. Recuerdo que una de las fabricantes del
aceite era Severiana Rodríguez, una mujer trabajadora y fuerte que tenía muchos
hijos y a todos les dio la gripe, pero sanaron; ella cogía con una mano la
cuchara, llena del líquido negro, espeso, nauseabundo que ella fabricaba y con
la otra mano enarbolaba una astilla de leña de las que utilizaba para el fogón
y le decía al muchacho: “o te tragas el
remedio o te rajo la cabeza” y como los hijos sabían lo ruda que era,
tragaban rápidamente.
En mi casa también afectó a todos la epidemia, sin
embargo, el único caso fatal fue el de mi abuelo paterno, ya nonagenario y
ciego, aunque se mantenía por lo demás sano, con la mente lúcida y estoy seguro
de que habría podido llegar al siglo de existencia, si no lo hubiese aquejado
aquel mal; él tenía una memoria muy buena y gustaba de la anécdota, de la
conversación amena, cuando atendía la visita de amigos y familiares o parientes
a quienes les gustaba oírlo y, además solían consultarle asuntos de negocios o
de política, dado que él tuvo una larga actuación en la época guzmancista y en
negocios a que se dedicó posteriormente, en el gobierno del Gral. Guzmán
Blanco, mi abuelo, cuyo nombre era Miguel María Manzo Ortega, fue senador de la
República y miembro del Consejo de Estado.
En este mismo año de 1918 nació la mayor de mis
hermanas, Carmen Justina, precedida de cinco varones: el que esto escribe,
Sergio, Torcuato, Rosario Augusto y Santiago; quienes nos llevamos un año y
piquito uno del otro, así que la búsqueda de esa niña era a marcha forzada y da
la impresión de que mis padres se acostumbraron a correr, porque después
vinieron cinco hijos más: Miguel María (para reponer el nombre del abuelo),
María del Valle, Jesús María, María de Lourdes, siendo el último hermano Óscar,
de quien soy 19 años mayor, al par que soy 17 años menor que mi madre, la cual
se casó de 16 años apenas.
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| Iglesia de la Inmaculada Concepción actualmene |
Mi padre dispuso que fuera yo el padrino de bautismo
de Carmen Justina, haciéndose previamente la consulta del caso al cura Párroco,
por cuanto mi edad era de sólo 7 años cumplidos; el sacerdote no puso
inconveniente y entonces mi madre quiso que la madrina fuera también una
contemporánea mía y escogió a María Bellera, de una familia muy amiga
nuestra. Este bautizo causó sensación en
el pueblo, puesto que los padrinos habían sido siempre personas adultas.
Lo del padrinazgo fue la primera manifestación de un
propósito que tenía mi padre, de crearme responsabilidades y vínculos casi
paternalistas con mis hermanos, aún cuando la diferencia de edad era tan corta
entre nosotros. Yo debía estar siempre
preocupado por ellos y tratando de hacerme obedecer, lo cual era notado y como
los cinco primeros éramos varones, o sea, en número igual a un pelotón de
soldados, me llamaban el sargento y este cognomento me lo aplican, hasta el día
de hoy, mis hermanos.
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| Interior Iglesia de la Inmaculada Concepcion |
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| Miguel Maria Manzo Ortega |
Para el año 1920, la edad de todos estos muchachos
varones oscilaba entre los 7 y los 14 años, asistíamos a la misma escuela,
participábamos en los mismos juegos, nos bañábamos en los pozos que, como
piscinas naturales, se formaban en el río, al pié del cerro, en especial dentro
de las haciendas “El recreo” y “Las Maticas”; cazábamos pájaros, correteábamos
burros realengos y, había dos más espigados se iniciaban en prácticas que, a
decir verdad, no formaban parte de La Doctrina de Ripalda, el texto de
catecismo que debíamos aprender. Era una
consustancialidad del medio en que nos estábamos criando, es hallarse en
permanente contacto con la naturaleza y ver, a cada instante, el comportamiento
de las especies; pero nos rodeaba también una recta conducta social, vigilados
y con el ejemplo, no sólo de nuestros padres, sino que cualquiera de aquellos
cabeza de familia se sentía con derecho y obligación de corregirlos si nos
veían haciendo algo impropio y no se diga el maestro de escuela, cuya autoridad
era plena, no sólo en el plantel sino en cualquier lugar y circunstancia. A esto se agregaba que la Policía Municipal
allí estaba casi siempre encabezada por Rafael o Isaac Álvarez, dos hermanos
descendientes de canarios, cuya corpulencia y severidad de rostro los hacían
temibles y no estaban en nuestra capacidad de entender la bondad que se
ocultaba bajo esa apariencia; la cuestión estaba en que, para aquel tiempo era
malo jugar trompo, o cualquier pasatiempo que mantuviera distraídos a los
muchachos en la calle y a veces caía Don Isaac sobre las “pichas, el trompo o
las chapas y nos hacía correr amenazando con el calabozo, el cual jamás conoció
muchacho alguno.
Rafael Álvarez se ocupaba también de hacer
extracciones dentales, era un saca muelas y lo hacía de manera brutal; guardaba
la dentuza en una bolsa de fibras (morral) y antes de cada extracción la pasaba
por la llama de una vela –decía que para desinfectarlo-; aquel instrumento
estaba negro, terrorífico al ser empuñado por la manaza de Rafael y aún
caliente lo introducía en la boca, apretaba la pieza y daba el tirón.
Los hijos de este hombre: Francisco y Modesto,
estaban con nosotros en la escuela y de este último no he podido olvidar un
gesto que tuvo con nosotros años después, cuando estábamos recién llegados a la
Parroquia El Valle, de Caracas, por el año 1932 aproximadamente. Allí se celebraban con entusiasmo los
carnavales y el martes era un frenesí, embadurnándose de azulillo, negrohumo y
toda clase de materias colorantes, así como abundaban las serpentinas y el
papelillo; pero fue el domingo en la mañana cuando mi hermano Torcuato y yo
paseábamos por la plaza en compañía de unas muchachas muy bonitas –tanto que una de ellas
fue Miss Venezuela y, por desgracias, tuvo un trágico fin-; estas muchachas
vivían frente a la plaza y eran blanco de todas las miradas, así que nosotros
estábamos en el ojo de la tormenta y pronto comenzaron las manifestaciones de
hostilidad contra nosotros los recién llegados, especialmente de parte de un
grupo de Valleros que también pasaban por allí; hasta que un tropiezo
intencionalmente a mi hermano y seguidamente le pegó un puñetazo por el
ojo. Ahí se armó la tángana y tuvimos
que defendernos a puñetazos, puntapiés y cabezazos, con marcada desventaja para
nosotros porque eran unos seis, por lo menos los que nos golpeaban. De pronto apareció Modesto Álvarez en el
campo de batalla, quien tenía –o tiene, porque creo que esté vivo- la misma
estatura y fortaleza de su padre y empezó a largar manotadas, arrollando a los
agresores, hasta que llegaron agentes de policía y los llevaron arrestados
hasta la Jefatura.
El Jefe Civil de El Valle, en aquel tiempo era Don
Esteban Ramón París, hombre de porte muy arrogante, a quien se le veía por las
noches con una capa negra, sombrero de alas anchas y bastón con empuñadura de
plata, su autoridad era la misma que tenían los agentes de la dictadura
gomecista, pero este señor no era un esbirro; era una persona que no empleaba
procedimientos tiránicos, aunque tenía sus modos de manifestar la admiración y
lo adicto que era a la causa del Benemérito, como le decían al General
Gómez. Recuerdo que en el sitio
denominado “La bandera”, pordonde iba la carretera y la línea de los tranvías
que comunicaban a El Valle conCaracas; en una verbera que allí había, estaba
colocado un gran cartel donde aparecía escrito lo siguiente:
“El General Gómez dice:
La tierra llora
Cuando no se le trabaja
Y devuelve generosa
El sudor de tu frente
Con abundantes frutos"
Esteban
Ramón París
Aquella tarde, cuando llegamos a su presencia, vio
que mi hermano tenía un ojo totalmente cerrado por la hinchazón, yo con un
chichón en la frente y otros aporreos, mientras que en el otro bando se veían
algunas narices sangrando, etc.; y nos dijo o menos, que al Gobierno no le
gustaban los revoltosos, sino que hubiera paz y trabajo (este era el lema
gomecista) y que ese trabajo bien podría ser con una escoba en la mano, porque
las calles de El Valle iban a quedar muy sucias cuando pasara el carnaval. Luego le indicó al sargento de policía, allí
presente, que nos encerrara separados para impedir que continuara nuestra
libertad y la de Modesto, quien nos había informado que trabajaba allí en una
línea de autobuses y que, por casualidad paseaba por la plaza y se acercó al
zaperoco, habiéndose reconocido de inmediato.
Intercalada esta anécdota, vuelvo con mis recuerdos
de la infancia a Montalbán, donde me faltan algunas cosas que anotar, para
hacer algo de menuda historia, la cual me ocuparé de narrar también, vivida en
muchos lugares de Venezuela por donde he pasado en mi ya larga vida.
Al comenzar la década de los años 20, Montalbán no
tenía alumbrado público, ni pavimento en las calles, ni acueductos; los burros
y el ganado vacuno deambulaban por las calles más céntricas y muchas veces
dormían en la plaza. Las familias
llevaban a sus hogares el agua, para beber y hacer los oficios más domésticos,
en barriles que llamaban “cuarentones” –su capacidad era de 40 botellas-;
montaban dos barriles en un burro ensillado, o a tracción humana, en latas
keroseneras, lo cual era un comercio que hacían mujeres (y unos pocos del sexo
masculino), llevando esa lata en la cabeza, desde el río hasta el lugar de
habitación del comprador y su precio era de un cuartillo (Bs. 0,12 y ½) por
lata. Circulaba para la época una moneda
de níquel de este valor que desapareció de la circulación hace pocos años.
Por las noches el poblado estaba en tinieblas, salvo
aquellas en que las alumbraba la luna y eran muy animadas, no sólo por los
enamorados, sino también con el retozar de los muchachos en las esquinas. Algunas familias acostumbraban colocar una
lámpara o farol en forma que alumbrara el frente de la casa.
Por aquel tiempo llegó de cura párroco a Montalbán,
el padre Benito Cordón, español; hombre entusiasta y progresista, preocupado
por sus feligreses no solo en cuestiones de culto, sino también por su
bienestar corporal y social. Pronto
comenzó a promover reuniones y a predicar sobre la necesidad de una
reconstrucción del templo, como es natural, pero también puso empeño por la
compra de una planta eléctrica para la iluminación del pueblo –cosa que aún era
novedosa- y en la casa parroquial hubo veladas culturales llegándose, en
algunas de ellas, a usar proyector y pantalla, para exhibir aquellas primitivas
películas del cine como Quo Vadis y La Destrucción de Pompeya.
Tras algunas reuniones entre los señores del pueblo,
se suscribió una colecta, para emprender las obras de reconstrucción del templo
parroquial y la instalación de una planta eléctrica; fue elegida una Junta
Administradora, de la cual resultó electo Presidente mi padre y Tesorero Don
Rafael Correa Marvez. La junta se
movilizó y poco tiempo después llegaba el ingeniero Leopoldo Sabater (de lo
mejor reputado y más representativo del gremio, a nivel nacional), para
ocuparse en lo relativo a la reconstrucción del templo, al par que aparecía por
allá un hombre de barba muy poblada y convincente al hablar, cuyo nombre era
Joaquín Avellán, invitado para hablar de la instalación de la planta eléctrica
y de inmediato se reunió con mi padre y los señores: Rafael Rodríguez, Tulio
Salvatierra, el cura Cordón y otros interesados en conocer el costo y demás
pormenores, para la instalación de la planta.
Las dos obras se llevaron a cabo en un tiempo
relativamente corto, a pesar de la crisis Económica que se vivía. No comprendo cómo ni de donde salieron estos
que la dineros, pero lo cierto es que a nuestras infantiles manos no llegaba
otra moneda que la “chiva”, nombre que se le da en nuestra región al centavo y
a veces nos encontrábamos con liberalidades como la del tío Pancho, quien
esperaba hallarnos en pareja para sacar del portamonedas la chiva y nos decía: “una para los dos”. Por supuesto que con un centavo podíamos
comprar ocho caramelos de papelón, o bien un aguacate y una lanza de casabe (así se le decía a
una quinta parte de una torta que medía algunos setenta centímetros de
diámetro) y en determinadas ocasiones hacíamos grupo de cinco o seis, para
llegar a la pulpería de Felipe Páez, quien acostumbraba llenar una galería (que
le servía de trastienda) de racimos de cambur, colgados de varas que tendía de
un extremo a otro y cuando se maduraban muchos racimos a la vez, dificultándose
la venta, nos decía: “a chiva el remenión muchachos”. Esto significaba que podíamos darle un
centavo y agarrar un racimo por el tallo, sacudirlo y llevarnos todos los
cambures que se desprendieran; por supuesto que uno le ponía el ojo a racimos
grandes y que estuvieran en plena madurez, para que el remenión provocara la
caída total y así nos llenábamos las manos todos los presentes, Felipe se reía
a carcajadas de vernos aprovechar hábilmente su oferta.
La verdad es que la gran falta de dinero que había
en el país, allí se compensaba con la abundancia de productos agrícolas,
fenómeno de la economía inverso al que estamos viviendo actualmente. Así se explica que en aquel tiempo el diario
de una casa de familia numerosa, no pasara de cinco bolívares (por lo general
estaba fijado en Bs. 3), porque el kilogramo de carne, o un pollo que pasaba de
ese peso, valía solamente real y medio (Bs. 0,75); los granos tales como
caraotas, frijoles, arroz, etc., no valían más de medio (Bs. 0,25) el kilogramo
e igual valor tenía un papelón, productos que pocas veces se vendía la unidad
completa, los pulperos lo fraccionaban en cinco partes: el cucurucho y cuatro
rajas, como se decía; cada pieza o parte valía un centavo y era suficiente para
endulzar el café del día. La manteca de
cerdo y el queso blanco se vendían en porciones de a locha (Bs. 12 y ½ cts.)
En cuanto al servicio doméstico, los empleados y
empleadas bien pagados, ganaban cada uno diez bolívares (Bs. 10,00) mensuales,
pero la mayoría (mujeres principalmente), se empleaban por menos. Al empleador muchas veces se le oía decir: “a esta muchacha la tenemos para ayudar a
fulana (la madre), ella sabe que aquí la consideramos mucho”. A veces esta consideración y ayuda llegaba
hasta proporcionarle un nieto a esa considerada madre.
Así era la Venezuela interiorana de los años veinte,
en su apogeo la dictadura de Juan Vicente Gómez, no sólo reprimiendo las
libertades públicas sino oprimiendo, además, de un modo inicuo la libertad
económica más importante de aquel tiempo era la agricultura: la recluta
retiraba, cada año, un contingente formado por los mejores trabajadores del
campo, so pretexto de que hicieran el servicio militar, pero en realidad a lo
que iban estos hombres era a trabajar en las haciendas del dictador y, además
de eso, existía una especie de impuesto que denominaban tareas, bajo la
suposición de que se trataba de una contribución que debían hacer los
hacendados para reparar los caminos y otras obras públicas de carácter local,
decían que se podía satisfacer la cantidad asignada a cada hacendado enviando
sus propios peones a trabajar en esas obras (de aquí el nombre de “tareas”),
sin embargo, la verdad es que tales obras nunca se hacían de esa manera y las
tareas las recolectaba el Jefe Civil del Distrito en efectivo y nada más.
Los caminos vecinales y las propias calles del
pueblo eran barrizales en la estación de las lluvias y terroneras polvorientas
en el verano. A los vecinos, por
humildes que fuesen, se les obligaba a podar las empalizadas y a mantener los
desagües; no había dispensario médico ni auxilio alguno a los
menesterosos. La única cosa que
recuerdo, macabra, por cierto, era un ataúd que llamaban “el vaya y vuelva”, porque en esta urna llevaban al cementerio los
muertos cuyos pariente no tenían recursos para comprar el ataúd; a éstos los
enterraban con su simple mortaja (si es que la tenían) y regresaban al vaya y
vuelva a su sitio, en el propio cementerio, hasta que se presentara otro muerto
en iguales condiciones.
Deporte y recreación eran términos desconocidos en
el léxico de nuestro tiempo, en el medio donde transcurrió mi infancia, en los
mayores no existía preocupación ni interés por buscar entretenimiento al niño,
todo era malo menos estudiar y trabajar.
Sin embargo, la energía infantil y juvenil buscan
siempre una espita (medida de longitud) y, en aquellos tiempos en que se
hablaba tanto de guerra, las playas del río, donde abundaban las guayabas
silvestres y las piñoneras que servían de cercas divisorias en los solares y
frentes de las casas de las orillas del pueblo, servían de material inagotable
de parque, para las guerrillas o avances cuyas municiones eran guayabas verdes
y semillas de piñón, también verdes y duras.
Así medían sus fuerzas los bandos de Punta Brava, Pueblo Nuevo y del
Centro; propinándose frutazos que a veces iban al rostro y partes más
sensibles, además de las manchas de piñón con que se cubría la ropa –orígenes
de reprimendas y hasta cuerizas de las madres, al descubrir el deterioro al
lavar la ropa-. Estas escaramuzas llegaban
a veces al cuerpo a cuerpo y se empleaban varas de “pasta de ratón” (árbol al
cual le dicen “rabo de ratón”), el cual abundaba también en las
empalizadas. Para este tipo de combate
me aleccionó un poco Circo, un viejo cuyo verdadero nombre era Circuncisión (no
recuerdo como era el apellido) y sirvió
mucho tiempo con mi abuelo Miguel, llegando a ser, por último, su lazarillo,
cuando quedó ciego. Circo era oriundo
del Estado Lara y parece que por los lados de donde él nació se practicaba
mucho la pelea al garrote y aunque yo estaba en los siete para ocho años cuando
él murió, me gustaba mucho oírle y poner cuidado a lo que él narraba o
explicaba; en la pelea al garrote, explicaba, con su forma de hablar, cómo
disponerse y actuar en estos lances: “Cuando
usté se encuentre frente al enemigo, toma el garrote con las dos manos, a
distancia que se calcula que quede una punta como de a cuarta pa’ un lao pal’ otro; entonces avanza, con los ojos
fijos en los del contrario, siendo muy bueno el golpe de la pata a la oreja; pero
si no logra pegarle al cuerpo y se siente cansao, vuelve ligero a agarrá su
garrote con lsa dos manos, como antes y espera el ataque, siempre mirándolo a
los ojos. Pendiente de podele pegá, con
una de las puntas del palo debajo de la quijá; por la boca del estómago, o más
abajo y cuando el hombre se frunza hacia adelante, le acomoda usté la vara
entre cacho y quijá y allí se acaba la fiesta, porque el cristiano debe quedá
largo a largo en el suelo”. Esto lo
explicaba Circo armándolo a uno de un buen palo y él tomaba el otro, haciéndose
tirar golpes que jamás llegaban a su cuerpo, viejo como estaba tenía la
agilidad y a su vez lo tocaba a uno, mara marcarle los golpes solamente y
repetía, riéndose: “Coma avispa
muchachito, porque yo ya lo tendría majao a golpes”.
Tales enseñanzas y la práctica frecuente de nuestras
escaramuzas infantiles, me sirvieron, años más tarde, cuando vivía en Valencia
y era un mocetón de pantalones largos.
Allí me vi en apuros algunas veces, porque en aquel tiempo se usó el
bastón entre los jóvenes –como toque de elegancia- se veía mucha “Caña de la
India” y otros tipos de bastones finos; pero también hubo quienes, a guisa de
bastón, empleaban una vara o un araguaney, garrotes éstos de maderas muy duras
y pesadas, los cuales no eran, propiamente un adorno y salían a relucir en
cualquier patio de bolas criollas, gallera, toros o bailes –especialmente los
que nuestras familias llamaban de orilla- hoy se llamaría “arroz” o fiesta de
barrio), y aún en las propia calles de la ciudad. Yo no era un guapo de barrio ni cosa
parecida, pero la verdad es que algunas veces me vi en trance de tener que
aplicar tales enseñanzas del viejo Circo.
La ocasión que mejor recuerdo fue una vez que
salimos juntos un vecino mío de nombre Carlos Figuera y yo, para el circo de
toros “Arenas de Valencia”, donde se iba a celebrar una corrida muy esperada
por la afición, él llevaba su vara, de la cual no se separaba nunca, cuidándose
de portarla legalizada, o sea que resistía la prueba a las que las autoridades
policiales sometían este garrote, para permitir su porte. Dicha prueba consistía en pasar la vara por
un aro, para así impedir el uso de las de mayor grosor.
A estas corridas de tronío asistían muchos gomeros
(así se les llamaba a los acólitos del dictador y a los choferes y
guardaespaldas que los acompañaban), venidos, en su mayoría, desde Maracay y a
estos personajes se les reconocía por ciertos detalles de su vestimenta: la chaqueta del cuello volteado –híbrido de
guerrera con liqui-liqui-; la protuberancia que hacía el revólver en el costado
y el chucho, como era llamada una fusta grande, hecha de nervio viril del toro,
cuero de Manatí u otro material duro el cual podía ser hasta una varilla de
hierro forrada en cuero.
Aquella tarde, a la altura del cuarto toro, estaba
el negro Julio Mendoza (diestro venezolano que para el momento se hallaba en el
apogeo de su gloria taurina), adornándose con los mejores pases del toreo y
detrás de mi amigo Carlos Figueroa estaba un esbirro gomero desgañitándose y
gesticulando como un loco, hasta que perdió el equilibrio sobre la grada y cayó
sobre mi acompañante, quien alzó el brazo amenazando con la vara; pero el gomero
fue más rápido y con un chuchazo en la muñeca desarmó a Carlos y comenzó a
darle golpes. Recogí del piso la vara y
el agresor y de inmediato se volvió hacia mí, descargando también una andanada
de chuchazos que cayeron todos sobre el garrote que sostenía yo con ambas
manos, haciéndolo girar por donde quiera que venían los golpes, hasta que llegó
el momento en que pude hundirle una punta de la vara debajo del esternón y
cuando se encorvó le asesté el garrotazo por la mandíbula, desplomándose el
esbirro, ante la mirada satisfecha de los pocos espectadores que habían seguido
el curso de la riña, porque la mayoría estaba atenta a lo que ocurría en el
ruedo. Así Carlos y yo pudimos salir,
inadvertidamente, del circo y ganar la calle, lamentando tener que perdernos el
resto de la corrida; pero era demasiado peligroso exponerse a una represalia
gomera.
Una vez más voy a regresar a Montalbán, con mi
memoria, situándome en el año 1925, después de haber pasado un tiempo en el
Seminario Diocesano de Valencia, donde me llevó mi padre con la esperanza de
que podría hacerme sacerdote –aspiración de su gran fe católica, apostólica y
romana= a pesar de algunas muestras que había dado ojo de no tener vocación
para ser eso; sin embargo, el Obispo Granadillo le decía que las vocaciones también se hacen y bajo esa premisa
ingresé al Seminario en la oportunidad en que también iniciaban sus estudios
algunos que han llegado a ser prelados de la iglesia: Monseñor Luis Eduardo Enríquez, Arzobispo de
Valencia, Monseñor Bernardo Heredia, Dignatario de la Curia Metropolitana de
Caracas y lo fue también el fallecido Presbiterio Simón Salvatierra, muy
conocido por su afición al deporte y porque, en una ocasión fue Capellán
General del Ejército Nacional. Yo apenas
llegue a declinaciones latinas, pero en ese tiempo el Seminario tenía muy
buenos profesores, como los doctores Alvarado Escorihuela, Sandoval, Caballero
y otros, que nos daban diversas materias.
Así que en ningún sentido perdí el tiempo allí.
Quiero acotar que antes de mi salida para el
Seminario me tocó ser padrino de bautizo de mi hermano Jesús, siendo éste mi
segundo ahijado entre mis hermanos: de regreso volví a la escuela de mi tío
Pancho y como había yo adelantado lo suficiente, según él, en las materias de
primaria, me puso unos ejercicios de aritmética comercial, historia y geografía
universales y otras enseñanzas más avanzadas siempre de lo que para aquel
tiempo se consideraban conocimientos útiles.
Para 1925 tenía yo 14 años de edad y la situación
económica iba de mal en peor por la sostenida baja en los precios del café,
principalmente, y debido a ello los agricultores se inclinaron hacia fórmulas
de medianería en la explotación de los fundos; habían hombres que se hacían
cargo de la siembra y el cuido de un determinado “tablón” (superficie que
contenía unos mil cafetos) y el dueño de la finca ayudaba con el 50% para los
gastos de recolección, beneficio y transporte del fruto. Esto reducía el número de asalariados porque
los medianeros y hasta los propios dueños se ocupaban, directamente, de las
labores que correspondían a caporales, listeros, etc. Deducidos los gastos, la ganancia se repartía por igual entre
el dueño de la tierra y el medianero.
Esto ocurrió en mi casa y así fue como me
correspondió ejercer el primer empleo, desempeñándome como listero en la
hacienda de mi padre, durante la recolección y beneficio del café; esto
significaba hacer la lista de trabajadores, anotar el tipo de jornal y si se
trataba de recolectores, colocarse junto a la romana (báscula), para recibir el
fruto recolectado por cada trabajador; anotar a cada quien por unidad de
capacidad –que era allí la canasta (cesta) y pero en kilogramos. La canasta usada allí es un recipiente de
amplia boca que se teje con raíces de una planta parásita que en la región es
denominada “Piragua” y se utilizaba esta cesta como medida convencional para re
numerar la colecta de granos, especialmente el café. Al final de cada semana se sumaban las
unidades recolectadas por cada persona y se pagaban el precio convenido.
Este trabajo de recolección lo hacían principalmente
mujeres, y por aquellos días se presentó entre las recolectoras una muchacha
buenamoza y sonriente, la cual puso a ladrar los canes de mi adolescencia y a
la tercera semana ella había estado entre las que recogieron el grano en el
fundo medianero que atendía Pascual Henríquez, quien personalmente ejercía las
funciones de caporal. El sábado, cuando
ya estaban presentes las mujeres que habían participado en la recolección,
Pascual me dijo que leyera la lista, indicando: el nombre de la recolectora, la
cantidad de canastas recolectadas y la paga que a cada una correspondía (este
hombre era –aunque no sé con seguridad si vive, lo vi por última vez hace
apenas dos o tres años- analfabeta), sin embargo, con mucha inteligencia
natural. Fui nombrando a cada persona,
con los demás detalles solicitados y cuando a la bella Eulalia, que así se
llamaba la joven a la que antes me referí, y dije la cantidad de canastas
recolectadas por ella, Pascual me miró severamente, diciéndome: “Mira niño, ni una de las recolectoras más
prácticas puede regogé esa candidá de café, contimás esa muchachita”; además,
el café no se recoge en los mogotes del río, que es aunde los he mirao pasá
buena parte del tiempo con usté y ella”.
Eulalia se tapó el rostro con las manos y emprendió veloz carrera por el
callejón, mientras que yo no hallaba palabra que decir; las mujeres me miraban
con picardía y algunas murmuraban por lo bajo. Repuesto de la sorpresa, nombré a la
trabajadora que seguía en la lista, hasta terminar y una vez aprobado por
Pascual, procedí a llamar de nuevo, como era costumbre, para que se acercaran a
recibir el pago, omitiendo en su turno a Eulalia, por supuesto y, cuando se
habían ido todas, Pascual volvió a la carga: “Antonio Julio, cuando se tiene juventú, esos favores no se pagan,
porque hasta pierden su sabor… y, además, a don Julio no le va a gustá, si lo
llega a sabé, que su hijo no es tan correcto como él pa’ las cuentas de sus
medianeros” y después de un escupitajo de tabaco en rama –como se le dice
por allá al de masticar- agregó: “por mí
no lo va a sabé y no creo que las mujeres estas se atrevan a decírselo” y
me miró de soslayo, casi sonriente.
Aquello me turbó muchísimo, recogí el libro y me fui
sin pronunciar palabra, pensando cómo iba a remediar el capote con la fulana
muchacha y también rumiaba la condición de tramposo que me había enrostrado
Pascual.
En aquellos días recibió mi padre un telegrama del
Presidente del Estado, informándole que había resultado electo Diputado a la
Legislatura, su representación del Distrito Montalbán y que el período de
sesiones se iniciaba el día dos de enero; yo estaba acostado leyendo en la
habitación vecina cuando mis padres comentaban el texto del telegrama; mi padre
expresó que nada le gustaba verse participando en un cuerpo deliberante
mediante una elección que todo el mundo sabía que era una farsa, pero mi madre
le hizo ver que renunciar era como declararse enemigo del gobierno e ir a la
cárcel. “Y qué habría hecho yo con esta
muchachera, en la situación económica por la cual estamos atravesando?”. Mi padre admitió y dijo que aprovecharía la
estada en Valencia para acercarse a la casa Blohm e ir a Puerto Cabello para
hablarcon don Ricardo Kolster, con el objeto de ver qué arreglo se podía hacer
con las deudas que habían contraído y tomado en consideración que ya el señor
Ramón Hidalgo había manifestado su deseo de adquirir la finca, tomando en
cuenta las deudas que pesaban sobre ella.
Mi madre asintió y le dijo que hablara con el antiguo Mayordomo, Luis
Jiménez, para que volviera a ocuparse de la hacienda mientras durara su
ausencia, o al menos hasta que terminara de beneficiar el café y era
transportado a Puerto Cabello.
Mi padre le respondió que ya yo era un hombrecito y
los trabajadores eran de confiar, en su mayoría; que yo podía tomar su lugar y
hacer que las cosas salieran bien. Luego
agregó ”Severiano León (un comerciante de
la localidad) suplirá el dinero y los víveres necesarios para los gastos de la
casa y el apunte –se le daba ese nombre a la relación de Jornales y otros
gastos de cada semana en la administración de un fondo- y si necesitas algo
extra, puedes pedírselo también”.
Horas más tarde, mi padre me daba también la noticia
o novedad del telegrama y la recomendación de actuar en su lugar, esta vez en
el transcurso de una ausencia que iba a ser más larga que la de sus viajes
anteriores, a que estábamos acostumbrados; repasó los detalles de lo que
faltaba por hacer para beneficiar el café y transportarlo a Puerto
Cabello: Había que terminar de secar el
café en los patios, trillarlo y escogerlo; luego se ensacaría y sería
transportado al puerto. De voltear el
café en el patio y trillarlo estaba encargado Chicote Henríquez (su nombre era
Francisco pero el remoquete cariñoso le venía por su elevada estatura y tamaño de sus pies y manos), Agapito Padrón
manejaba la venteadora y ya estaban habladas las escogedoras de siempre, para
la limpieza y selección del grano.
“Barretico vendrá por aquí dentro de unos días, para saber la fecha en
que vendrá a ensacar y cargar el primer arreo”.
Se refería a un señor de apellido Barreto al cual, a la inversa de
Chicote, lo nombraban en diminutivo por su baja estatura y era dueño de varios
arreos de burros que transportaban el café a través de las serranías de
Carabobo. Urama, hasta Puerto Cabello. “Esta es gente buena y de confianza, pero
hay que vigilarlos y facilitarles el cumplimiento de su deber”, me recalcó
mi padre, agregando: “confío mucho en ti
también y por eso me voy tranquilo. Haz
que Sergio te ayude porque ya él está grandecito
también y en la casa mucho respeto a tu mamá y te haces obedecer y respetar por
tus hermanos, porque para eso eres el mayor”.
De todo este discurso lo que más me preocupó fue lo
último, porque Sergio era apenas un año
y dos meses menor que yo, y el que le seguía: Torcuato, estaba en el seminario
(como segundo intento, también fallido, que hizo mi padre para que un hijo suyo
fuera sacerdote); el cuarto en la familia, Rosario Augusto era, como se dice,
el pasmo de los claveles. Mi padre le puso ese nombre porque nació el
siete de octubre, día del calendario en que también había nacido Sergio y como
los nombres del Santoral eran: San Sergio y la Virgen del Rosario, el propósito
paterno de bautizar a los hijos con el nombre del santo que aparecía en la
fecha de su nacimiento, no quedó alternativa; sin embargo, los muchachos y
hasta algunos adultos le decían a este hermano mío “Rosario sin Cruz”. Porque opinaban que parecía más bien un
diablo. Era de contextura fuerte y más
lo era de carácter, si bien demostró también ser bondadoso y afectivo, en
circunstancias para demostrarlo realmente.
Desde muy pequeño, mi madre tenía que hacerlo sujetar con un peón para
poderle dar un castigo y varios de estos hombres habían recibido tremendos
mordiscos, mientras lo sostenían. A la
sazón tenía nueve años y tanto mi madre como las tías paternas, de las cuales
Carmelita era su madrina, vivían quejándose de sus maldades –o digamos más bien
travesuras-; en más de una ocasión se le ocurrían cosas como ésta: las tías
eran muy escrupulosas en su aseo, especialmente Heriberta (asía la falda par
tomar cualquier cosa, como un vuelto en monedas de cobre o níquel, etc.);
Rosario Augusto vigilaba el momento en el que terminaban una torta, por
ejemplo, y esperaba la ocasión para colocarle encima un ala de cucaracha, para
provocar el asco y el propósito de botarla.
Allí él aparecía pidiéndola y corría a repartirla entre los que le
seguían. Una de las que hizo en aquellos días fue obligar a un hombre
–el cual sería tal vez, de algún retraso mental- que era empleado de la casa,
para cargar el agua y el pasto, bañar las bestias, etc., a que se pusiera en
cuclillas y él le iba montando encima canastas de recolectar café “a ver
cuántas aguantaba” y lo que pasó fue que el hombre no resistió el peso, cayó y
se quedó allí aprisionado y gritando, hasta que fue auxiliado. El pobre hombre se fue para su casa y
quedamos sin quien hiciera los trabajos que él hacía; cuando lo supe, agarré un
chaparro, grande y nudoso, de los llamados “manteco”, el cual había sido dejado
allí por un arriero y me enfrenté a Rosario diciéndole que por su culpa se
había ido el sirviente y que él iba a buscar el agua, de inmediato y que haría
también los demás oficios, o le daría yo una paliza. Parece que vio la resolución en mis ojos,
porque bajó los suyos y me dijo: “yo no
puedo con un barril cuarentón”, lo cual era cierto, pero le expliqué como
colocando los barriles vacíos sobre el burro, podía luego, con el apoyo de una
horqueta, llenar primero uno y luego el otro, utilizando también una jarra u
otra vasija adecuada y así lo hizo. El
anecdotario de este Rosario tiene cosas divertidas y espero narrar otras de sus
travesuras en paginas siguientes de este libro.
Todo me salió de maravilla en mi caracterización de
hacendado y de jefe de familia; los trabajadores respondieron con gran
facilidad y los muchachos se portaron relativamente bien. Así lo informaba mi madre en las cartas para
mi padre y él me escribió, haciéndomelo saber.
En los primeros días de marzo de 1926, recibió mi
madre una carta en la que su esposo le decía que había podido arreglar,
satisfactoriamente, las cosas para que el señor Hidalgo recibiera la finca, en
los límites que a él le pertenecía y que había quedado libe de gravamen lo que
era propiedad de sus hermanas; a quienes había que hacerles entrega, porque
nosotros nos mudaríamos a Valencia, ya que don Enrique Pérz Vera, un amigo
suyo, lo había asociado para que se hiciera cargo de uno de sus negocios. Este don Enrique era el hijo mayor del
escritor costumbrista Francisco de Sales Pérez, también industrial y fundador
de Telares de Caracas y Valencia, una empresa muy importante para la época.
Se cerraba un capítulo originado en los efectos que
había dejado la guerra mundial 1914-1918 y la débil estructura económica que se
había perpetuado en la agricultura venezolana; mi padre estaba ahora entre los
agricultores que volvieron a hipotecarse y a deber grandes sumas al comercio,
víctimas de la escasa o ninguna rentabilidad de la tierra, pasando los fundos, de
nuevo en menos de dos décadas, a manos de los comerciantes, para ser
posteriormente vendidos a aquellos que, como el señor Hidalgo, se prestaran a
nuevas aventuras, en una economía agrícola siempre dependiente de la
explotación comercial y teniendo, cada vez más, hacia el latifundismo y así
como mis padres no pudieron mantenerse con lo que, en otro tiempo, vivían: los
Pinto, los Bacalao, los Marvez y otras familias; tras de ellos sucumbieron
otros, hasta que en el pueblo quedaron cuatro o cinco hacendados en
poder de
quienes se concentró toda la tierra.
CAPÍTULO
II
Para 1926 habíamos perdido los bienes y abandonado
el lar nativo, estábamos en Valencia, bien situados en una casa cómoda y con un
estupendo vecindario: los Jiménez Torres y Jiménez Fumero; los Quintero
Uzcátegui, los Acevedo, los Zagargaza, la familia Berti –cuya casa era llamada
el jardín porque la habitaban bellas muchachas con nombres de flores; el Dr.
Diego B. Ortega, un médico paisano nuestro, digno émulo del Dr. José Gregorio
Hernández; el Colegio de los Hermanos Cristianos nos quedaba en frente de la
casa y algunos otros que dejo de nombrar, para no hacer muy larga la lista.
El esfuerzo era grande, el sueldo que ganaba mi
padre no era malo para la época, pero el tamaño de la familia (éramos nueve
hijos para ese entonces) lo hacía casi insignificante y con frecuencia lo vi
recabar préstamos de agiotistas, para satisfacer los gastos; habíamos cinco que
necesitábamos colegio y la forma de vestir era más exigente en la ciudad. Yo había planteado el deseo de echarme los
pantalones largos, lo cual era, para aquel tiempo, el ritual con que se pasaba
de niño a hombre y oí cuando mi padre se lo decía a mi madre, planteándole la
dificultad en que estaba de hacer más gastos, ya que lo de la mudanza e instalación
en la nueva casa lo había dejado como dios quiere a sus almas, limpio; recordó
que en u ropero estaban dos fluxes “casi nuevos”, que le quedaban estrechos y
tal vez una buena costurera, como una que conocía mi madre, podría adaptarlos a
mi cuerpo y, así fue; esos fueron mis primeros pantalones largos los reestrené con los bolsillos vacíos…
La situación para mí en la ciudad era penosa,
conociendo jóvenes, gente que le hacía a uno invitaciones que no se podían
retribuir, etc., y un día dije a mi padre que yo quería trabajar; discutimos
largamente el asunto, porque él prefería que estudiara. Hasta que lo convencí y
la primera gestión que hice fue con don Feliciano Pacannis, vecino nuestro, y
que en ese tiempo era Subgerente – Cajero de la sucursal del Banco de Venezuela
en Valencia y quien llegara a ser más tarde Presidente de ese Banco, a nivel
nacional y tuvo también una destacada figuración en las directivas de gremios
patronales y en asociaciones benéficas de Caracas, porque él era también un
altruista. Don Feliciano me dio una cita
para que asistiera a una prueba que me harían, para ver si podía desempeñar un
cargo que estaba vacante en el departamento de cobranzas; los resultados de la
prueba fueron satisfactorios, pues en lo único que fallé fue en la fórmula que
se aplicaba para convertir libras esterlinas a bolívares, pero con la
explicación que me dieron la entendí y allí mismo hice varios ejercicios, sin
equivocarme. Así pues que entré en el
Banco de Venezuela ganando sesenta bolívares (Bs. 60) mensuales y mi principal
labor era convertir a bolívares las divisas extranjeras que llegaban al cobro y
hacer la gestión de cobranza en el domicilio de los clientes, cuando fuese
necesario.
Mis amistades en aquel tiempo eran pocas y el
natural retraimiento en la persona que llega del campo a la ciudad, hacían que
buscase el pasatiempo en la lectura, pero a decir verdad, no era muy provechoso
el género de lecturas que prefería; me aficioné a esos folletines como Búfalo
Bill, los cuales se adquirían por entregas y, el dueño de
una pequeña librería que había cerca de mi casa,
cambiaba el que uno había leído por el siguiente, pagando una pequeña cantidad,
que creo era una locha. En repetidas
ocasiones se me recriminó por estas lecturas, aconsejándome una mejor manera de
emplear ese tiempo y así lo hice. Me
inscribí en el horario nocturno de una escuela donde se enseñaba contabilidad,
regentada por un doctor (creo que era abogado sin reválida) de apellido Cuevas
Báez, quien por cierto tenía dos hijas muy bellas y a una, de nombre Clorinda,
la miraba yo con ojos de cordero degollado; pero ella parece que había puesto
los suyos en alguien de más edad y más evolucionado que yo, por lo cual, claro,
no me hacía el menor caso.
Mis hermanos habían sido inscritos en el Colegio de
los Hermanos Cristianos, para asistir apenas cruzaban la calle y estaban
recibiendo una buena enseñanza; sin embargo, no tardó mucho en presentarse un
problema que dificultaba las cosas: un condiscípulo le preguntó en clase a mi
hermano Rosario Augusto si era una mujercita, porque el nombre Rosario es de
mujer e inmediatamente recibió el preguntón una bofetada tremenda. Acto seguido el Hermano que dictaba la clase
hizo que mi hermano se arrodillara frente a él, con los brazos en cruz y le
montó dos libros en cada mano, para luego sentarse y continuar la clase; así
permaneció Rosario breve tiempo para luego lanzarle los libros a la cara al
Hermano y levantarse para huir. El
maestro corrió hacia la puerta, para impedir esa escapada y agarró a Rosario,
pero éste estaba enfurecido y se le colgó de la pechera, arrancándole el
distintivo de la Congregación y propinándole también un puntapié, con lo cual
se liberó y fue a parar a la casa, llevando aun en la mano la pechera del
Hermano Cristiano. Por supuesto, aquel
suceso provocó la expulsión de Rosario Augusto del colegio, pero también dio
lugar a que, en nuestra casa, todos estuvimos de acuerdo en no llamarle más
Rosario, sino Augusto solamente y así fue en lo adelante.
Valencia no me entraba, la gente me parecía
presuntuosa; frecuentemente e sentía despreciado y esta lana que tardé un
tiempo en botar, me limitaba la actividad social, me hacía huraño. Entre los primeros amigos con quienes
cordialicé y me reunía con alguna frecuencia estaban: Francisco Bolaños y a
veces su hermano Pablo; José Antonio Delgado; José Domingo Nieves –oriundo de
Barinas- y algunos montalbaneros residentes en la ciudad, como Ángel D. Varela
y Rafael Manuel Ortega.
Los hermanos Bolaños eran muy aficionados a la
cacería y pertenecían a un grupo donde estaban sus primos, los hermanos
Groscors, Bernardo López ros más y otros más que organizaban partidas de caza
en los montes del sur de Valencia y en los llanos de Cojedes. Comencé a participar en esas excursiones, no
como un cazador más, propiamente, puesto que no poseía escopeta ni pertrecho y
carecía de práctica para participar en los lances; no obstante, lo hacía para
pasar el fin de semana en el campo, participar de la camaradería con que me
trataba esta gente y poco a poco fui teniendo oportunidad de probar puntería y
participar en algunos lances, con armas prestadas. Recuerdo que en una ocasión me prestó
Francisco Bolaños una escopeta y en el sitio que me la entregó me dijo que
esperara, alerta, porque estaba perreando a un venado y era posible que saliera
por donde yo estaba. Dicho esto se fue y
me quedé yo solo en un paraje muy soleado, estaba haciendo mucho calor y como
tenía rato esperando, resolví tirarme al fondo de un
zanjón que servía de desagüe a la Hacienda Palma Sola, propiedad del Dr. Luis
Felipe López y caminé unos pasos, hacia la sombra del árbol que estaba a la
orilla opuesta de esta hendidura. De
pronto oí el ladrido de unos perros y quise subir de nuevo a mi puesto, pero
con gran sorpresa vi que a unos cien metros de distancia de donde yo estaba,
caía al zanjón un venado, seguido de un perro y avanzaba velozmente hacia mí,
por lo que apenas tuve tiempo de ponerme en disposición de tiro y dispararle
cuando ya estaba a escasos veinte metros de mí.
La emoción fue muy grande cuando vi, con estertores de muerte, a un
hermoso animal con carama de siete puntas y muy buenas carnes; pero mi orgullo
se iba a desinflar un poco después, cuando llegaron los demás cazadores y
viendo las características del tiro me dijeron: “Muchacho, tú mataste a este
venado en defensa propia!” Esta fue la
comidilla durante varias excursiones y la verdad es que nunca llegué a
incorporarme al gremio como un profesional.
Con el tiempo, el círculo de mis amistades creció,
con la ilusión de algunos intelectuales que se iniciaban en la poesía, como
José Ramón Heredia, Otto De Sola, Felipe Herrera Vidal y viejos como el poeta
Manuel Alcázar y don Pedro Lizardo; no era una peña literaria ni cosa parecida,
sino tertulias las cuales yo frecuentaba en compañía de amigos comunes y los sitios
de reunión eran: la plaza Bolívar y sus alrededores; la cervecería de Kipper; bar el Águila
o la confitería de Villariño. Felipe
Herrera y yo estábamos fuera de grupo por nuestra corta edad y yo el menos
asimilado, por falta de dedicación a la actividad literaria. Pero este roce despertó en mí un gran deseo
de culturizarme y volví a tener, como el mejor pasatiempo, la lectura; no
obstante, esta vez tenía ya capacidad para elegir mejor los libros, porque
había oído hablar y comentar la obra de famosos autores, algunos de ellos con
un estilo que hace vibrar la sensibilidad del joven por lo heroico, por lo
romántico y por todos esos sentimientos que conforman la espiritualidad. Buscaba y leía todo lo que oía nombrar o que
figurara entre lo famoso; así fue como cayeron en mis manos el Ariel, de José
Enrique Rodó y Hombres de América, de el mismo autor; poemarios de Rubén Darío,
Amado Nervo y otros. De autores
nacionales: obras costumbristas, cuentos y novelas. Leí también Don quijote de la Mancha, La
Ilíada; Vidas Paralelas de
Plutarco, y otros.
Algunas de estas lecturas me impresionaron tanto que
a veces llegué a creerme con madera de escritor, de poeta; al estilo de quienes
me inspiraban, y así llegué a escribir algunos poemas, tratando de imitar,
algunas veces, a Rubén Darío, y en otras, al que de igual manera me tuviese
impresionado para aquel momento. Mi
hermano Jesús me sorprendió recientemente al recitar el siguiente de esos
poemas, el cual había encontrado en viejos papeles y se lo sabía de memoria:
Las Garzas
Las garzas han vuelto,
el árbol garcero
de punto al estero
se mira cubierto
y siguen llegando
en enormes bandadas
que sobre la pampa
se ciernen serenas;
descuelgan sus patas
bronceadas
y caen a centenas,
cual si sobre la verde
llanura
estuvieran lloviendo
azucenas
vivientes y aladas
a veces enfilan el vuelo
y su blanco plumaje
parece un encaje
prendido en el cielo.
Las garzas son nómadas,
son tribus errantes
de mansos beduinos
que no hacen maldades
ni asaltan caminos.
Huyendo al verano
Se fueron del llano
y han vuelto del Meta,
trayendo al llanero
su traje de armiño,
que vale un tesoro
y da sin fatiga
sustento al anciano
que sin fuerzas ya
para ser ganadero
colecta su pluma,
más cara que el oro
y las lluvias, las flores
y todas las galas
de la Primavera
a la que de nuevo
traen prisionera.
Entre estas imitaciones
que creía yo hacer, está otro poema que conservo copiado en una libreta
contentivo de mi escasa e inédita producción de este género literario. En esta otra ocasión me sentía del numen que
inspiró también nada menos que a don Luis de Góngora y Argote y escribí el
siguiente:
Nocturnal
Grávida la noche
en el silencio y la soledad
reposa,
el Sol ausente la fecunda en el
Ocaso
y destellos de púrpura
pregonaron su doncellez vencida.
Luego la vio el Crepúsculo
subir las montañas
e irse a pastorear luceros;
vagó por los mares
y se desmayó en el lago,
hastiada de plenitud.
Rumores de frívola algazara
parecen disipar su sueño
solloza y tiembla, conturbada
por pesadillas de luz
que salpican su ropaje
con fanales incandescentes.
Trémula hubo de escapar
Hacia lo profundo del silencio
y esperó embozada
hasta que sintió venir
de su propia entraña
un nuevo sol.
Confió a la Aurora
el recién nacido
y se alejó, plácidamente.
Apenas si pudo oír
el canto de los pájaros
que se traducía en adiós…
La verdad
es que siempre me ha gustado ejercitar el intelecto, y si hubiese nacido
siquiera medio siglo atrás es muy probable que me hubiera dedicado a la
producción literaria; pero me ha parecido que llegué atrasado y a medida que me
he interesado por comprender los valores del arte y de la literatura que se
encuentran hoy en día favorecidos por la crítica y preferidos en los cenáculos
de intelectuales consagrados, me doy cuenta de que carezco de inteligencia para
comprender las formas y expresiones de la cultura moderna. Por otra parte, meterse uno en los moldes
antiguos, me parece que es como ir por la calle vestido de casaca y chistera.
Alguna vez
pregunté a un crítico de literatura, de esos que ensalzan y glorifican las extravagancias
que se escriben hoy día; cuál es el mérito intrínseco de esta producción y con
aire magistral me respondió: “La originalidad!”
Agregando más o menos lo siguiente: “Qué ganas tú con estar repitiendo
metáforas y frases gastadas, tan abundantes en la literatura clásica? De eso está harto el mundo”. Al respecto me dio su parecer también un gran
escritor carabobeño, ya desaparecido. Según decía él, el mundo actual está
padeciendo un estragamiento en arte y en literatura, lo cual debía tomarse como
un signo de decadencia. Lamentablemente
y que tenía que ser pasajero, como ocurrió en el pasado con otras
culturas. Esto tiene que ser así, no
puede ser perdurable lo deformado, lo repugnante, lo grosero; como expresiones
de la intelectualidad, así veamos laureados hoy a escritores que han destinado
un sitio de honor a la palabra mierda.
En fin, mi
vida ha discurrido más bien en menesteres que me dieron una formación de hombre
de trabajo, en cuyo campo se puede buscar también la superación y hasta algunas
satisfacciones, por logros del intelecto; como espero poder referir algunos, a
lo largo de estas memorias.
Me agradaba mi trabajo en el Banco de Venezuela, sin
embargo, no así el sueldo, el cual, en más de un año allí seguía siendo el
mismo. Un día vi que en la cuadra siguiente
a la del Banco aparecía un nuevo establecimiento comercial con el nombre
“Tienda La Fortuna” –por la magnitud del local y otros detalles, parecía un
negocio importante- de Hermanos Muci Abraham- así se podía leer en el gran letrero,
adosado a la fachada del local, y me acerqué por allí a ver si habría
oportunidad de empleo (ya podía ofrecerme como tenedor de libros o auxiliar de
contabilidad, dados los conocimientos que había adquirido en la escuela del Dr.
Cuevas Báez). Los dueños de La Fortuna
eran José y Salomón Muci Abraham, unos libaneses que venían del estado Apure,
donde se establecieron años antes y habían hecho bastante dinero; logré
entrevistarme con ellos y me ofrecieron el cargo de vendedor y auxiliar de
Contabilidad, con un sueldo de ciento veinte bolívares (Bs. 120,00) mensuales,
o sea que iba a ganar el doble de lo que me estaba pagando el Banco. Acepté y tengo que agradecer a estos señores
sus manifestaciones de aprecio y el estímulo que recibí de ellos mientras fui
su empleado y la amistad con que siempre me distinguieron. Este José Muci Abraham era el padre del
abogado del mismo nombre que fue hace pocos años, Contralor de la República y es una cifra de
mucha valía en el Foro venezolano, así como columnista de fuste en la prensa de
Caracas.
La vida social en la Valencia de aquellos tiempos
discurría entre exclusivismo de la gente adinerada, la cual, a su vez, se
dividía en castas o grupos, con clubes separados y círculos de amistad en los
que sólo participaban aquellas familias que estaban identificadas con el
respectivo clan. El Club Centro de
Amigos era el de las familias más rancias, ubicado frente a la Plaza Bolívar y
a pocos metros de la Catedral; ese club parecía más bien un salón de lectura y
tertulias en voz baja, o un claustro conventual. Muy raras veces se oía allí música bulliciosa
o se celebraban fiestas de gran animación.
En otro frente de la misa plaza estaba el Club
Carabobo, más frecuentado por los hombres que les gustaba el juego y por
comerciantes que aún no habían calado el pergamino de la mejor sociedad. Los demás, principalmente los jóvenes,
teníamos nuestra diversión en organizar fiestas familiares, paseos; ir en el
Ferrocarril Inglés al balneario El Palito, cerca de Puerto Cabello y algunos
nos aventurábamos a participar también en fiestas de barrio, las cuales eran
más frecuentes, pero no estaban bien vistas por nuestros padres y se corría el
riesgo de verse envuelto en alguna riña, o mal enredado socialmente.
Siempre me ha gustado mucho bailar y cuando joven
sentía pasión por disfrutarlo, por lo que, naturalmente, me reunía con amigos a
quienes les gustaba la fiesta y nos la pasábamos buscando oportunidades, sin
importarnos mucho el nivel social; formose así un grupo que inicialmente fue de
siete: José Antonio Delgado, Ángel D. Varela, Francisco Bolaños, José Domingo Nieves, Rafael
Mendoza R., Rubén Darío Ramírez, y quien estas líneas escribe. Se nos veía siempre juntos, haciendo
diligencias para organizar las fiestas y comenzaron a llamarnos el “Club de los
Siete”, cuyo nombre adoptamos e hicimos confeccionar un botón o distintivo,
para llevarlo en la solapa; pero este nombre nos trajo problemas a veces, porque
algún tiempo antes existió en Valencia un grupo de pendencieros y guapetones
que se hacían llamar “Los siete niños”, seguramente que tratando de emular a
los legendarios Siete Niños de Ecila, aunque sin llegar a la categoría de
bandidos los valencianos.
El único del grupo de nosotros que se daba el lujo
de tener automóvil era José Antonio Delgado y en ese vehículo nos movilizábamos
a todas partes, en el maletero del carro teníamos, entre otras cosas, un rollo
de coleta que, en el momento necesario era una pista de baile. Prensábamos esta coleta sobre un patio de
tierra de esos bien barridos, y se le raspaba esperma encima, para poder
deslizarse con facilidad. Recuerdo una
ocasión en que habíamos encoletado el patio de una casa en el barrio El
Matadero, era un lugar escueto, separado de unos matorrales por una cerca de
apenas dos pelos de alambre de púas; sin embargo, se trataba de familia de buen
vivir y el dueño de la casa era respetado por allí, así que se esperaba orden y
as parejas habían sido escogidas por la misma gente de la casa. Habíamos bailado unas cuatro piezas cuando, en el receso, hablaba yo en medio del patio
con la muchacha que e tocó de pareja, cuando veo que pasa la cerca un mozo y
avanza rápidamente hacia nosotros, hala por el antebrazo a mi pareja y le
asesta dos cachetadas que la hacen tambalear, pero reacciona y emprende veloz
carrera, pasando por debajo de la cerca y lo mismo hace su agresor; perdiéndose
ambos en la oscuridad. Todo esto ocurrió
sin mediar una palabra y yo estaba paralizado por la sorpresa, cuando se me
acercó una de las muchachas de la casa y me dijo que el intruso era un hermano
de la niña, muy celoso y no le gustaba que ella asistiera sola a fiestas, y
menos si habían patiquines (nombre que se le daba –y aún se le da- a los
mocitos de sociedad). Pasado el
incidente y mientras afinaban sus instrumentos los señores del conjunto que
habíamos contratado, yo recorría con la vista la concurrencia y me estaba dando
cuenta que cada oveja tenía su pareja y temí verme en la necesidad de
sacar a una gorda que era la hija mayor del dueño de la casa y había
permanecido sentada; pero ella misma rehusó mi invitación, diciéndome que no
sabía bailar y quedé pidiendo palomitas –como se dice cuando pedimos a un
pareja que nos ceda el turno para terminar la pieza-. Así, unas veces viendo y en otras bailando,
disfrutaba de nuestra fiesta hasta pasada la media noche, cuando ante la alambrada se para un grupo de
seis u ocho hombres y uno pregunta: estentóreamente: “Dónde están los siete
guapos, amos de esta fiesta?” Y comienzan a pasar la cerca; vi para todos los
lados en busca de algo con que defenderme y sólo había una escoba de
fabricación casera –de esas que hacían con ramas de monte y un cabo de madera, algo
más grueso de los que comúnmente se emplean –di un salto y agarré la escoba,
cuando ya tenía frente a mí uno de los hombres, armado de garrote, pero antes
de que me agrediera le di un par de escobazos –o de trancazos- sobre las
clavículas, con tal fuerza que le hicieron doblar las rodillas y soltar el
garrote. Yo había reconocido a este
hombre, porque era un chofer de automóvil de alquiler, bastante conocido y a
quien llamaban por el diminutivo de su apellido y parece que se volvía
pendenciero cuando ingería licor; al punto de que un tiempo después de este
suceso, ultimó a un hombre, golpeándolo con una llave de las que se usan para
cambiar neumáticos y como consecuencia del hecho sufrió varios años de
presidio.
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| A.J. a los 16 |
Parece que aquella noche ese grupo había estado
libando y se aparecieron encamburados a terminar con nuestra fiesta, pero les
fue mal, porque entre otros castigos, el dueño de la casa se había armado con
un machete de los que llaman cola e’ gallo –que se utilizan para rozar- y
repartió planazos hasta que los intrusos pasaron la alambrada con más prisa de
la que pusieron para entrar; sin embargo, nosotros también abordamos el carro
de José Antonio casi inmediatamente y dejamos a coleta prensada en el patio y
cuenta pendiente con los músicos (lo cual no nos preocupaba porque éramos
conocidos) y durante el recorrido a nuestras casas, reflexionábamos y nos
hicimos el propósito de suprimir este tipo de fiestas, tan poco edificantes y
muy peligrosas. Promesas que no llegaron
a cumplirse cabalmente, pero sí fuimos más cautos de allí en adelante.
Vale hacer notar que en aquel tiempo era muy bajo el
índice de criminalidad y seguramente motivado, entre otras cosas, a que todos
estábamos desarmados – recuerdo a una tía mía, muy pacífica, quien solía decir:
“Las alas que van a llevar al General Gómez hasta el cielo (¡) serán la paz y
el desarme (ella había presenciado,
cuando joven, una época de inseguridad y miseria, a causa de las guerras).
El grupo de los siete se amplió después con otros
amigos entre los que recuerdo a Paco Machado, Horacio y Tobías Guédes Balda,
guanareños; Ricardo Iturriza y otros más.
El año 1928 había estado
convulsionado por los sucesos de la Semana del Estudiante. En Caracas y si en alguna porción de la
República se dejó sentir la represión desatada por la dictadura, fue en
Carabobo. La Presidencia del Estado, que
hasta aquel momento era ejercida por un hombre moderado y con vínculos
familiares y afectivos en Valencia, pasó a ser desempeñada por un general
tachirense y con fama de duro; rodeado por un equipo represivo, entre los que
destacaba un señor de nombre Víctor Romero, a quien apodaban “cara de Ángel”,
por lo feo y mal encarado. Este era el
Jefe de Policía en Valencia y pronto empezó a sentir la ciudadanía el flagelo
de un régimen aún más tiránico del que por si era el gomecismo y así continuó,
de mal en peor, porque a este general lo sustituyó Santos Mature Gómez, de
proceder amoral y ruin. Y permaneció en
la Presidencia del Estado hasta la muerte del dictador, Juan Vicente Gómez, su
allegado pariente (unos decían que era hermano del padre y otros que primo, lo
cierto es que parece haber sido fruto de esa promiscuidad en que vivía el
gamonal de La Mulera.
Por el centro de la ciudad y a
pleno día vimos pasar a los estudiantes montados en camiones y encadenados,
rumbo al Castillo de Puerto Cabello. Me
repugnaban sobre manera aquellos atropellos, pero
debo confesar que yo era un analfabeta en política, sin capacidad para
comprender la magnitud del sacrificio que estaban haciendo aquellos estudiantes
y menos aún la responsabilidad que todos teníamos en que se mantuviera ese
régimen de oprobio; pero la verdad es también que, al parecer, éramos la
inmensa mayoría de los venezolanos los que nos hallábamos en esa misma situación,
a juzgar por el comportamiento de entonces y la evolución posterior de algunas
personas con más edad y mayor preparación que la mía. Como ejemplo podría referir que en aquellos
días desempeñaba la jefatura civil del Distrito Valencia un joven andino, de
pobladas patillas, el cual portaba chucho y se hacía llamar coronel, sin poseer
este título y no obstante ser abogado; en una ocasión nos amenazó, mostrando el
chucho, porque no disolvíamos, con la celeridad que él ordenaba, un grupo que
estaba reunido en la Plaza Bolívar y en esos días no se permitían los grupos de
más de tres en público. Este señor, gran
escritor, fue después político destacado por sus convicciones democráticas y
así mismo me refirió un testigo presencial el gesto de un militar que, años
después en Caracas, reunido con amigos en un casino, se desbotonaba la guerrera
para mostrarles que debajo llevaba una camisa negra y así demostrarles sus
simpatías fascistas. Este mismo hombre,
encumbrado por la política, conquistó fama de gran demócrata y dejó
demostraciones de serlo. Podría citar
muchos ejemplos del confucionismo y la ignorancia en política que padecíamos
los venezolanos, a la muerte del dictador Gómez, yo particularmente por mi corta edad y por la falta de
adoctrinamiento, nada sabía de ideologías políticas modernas y actuantes. Para mí, la palabra “revolución” tenía un
solo significado: la guerrilla que se alzaba contra el Gobierno, con el ideal
de “comer donde ellos comen”; esa era la historia que nos contaban nuestros
mayores y por lo general un juicio era unánime: “ésta ha sido la causa de
nuestra ruina”, decían recordando el pasado.
En lo doméstico, mis recuerdos son de que en
nuestra casa las cosas no estaban muy bien; mi padre no había logrado
utilidades en el negocio y el sueldo no era suficiente para vivir, por lo que
resolvió retirarse de aquello y aceptar un cargo que le ofrecían en Caracas e
irse solo, mientras le buscaba acomodo a la familia. Mi hermano Sergio se había regresado a
Montalbán, para dedicarse a la agricultura, Torcuato permanecía en el Seminario
y los pequeños habían quedado con mi madre y conmigo en Valencia; entre esos
pequeños estaba Augusto, quien ya tenía trece años de edad, pero representando
dieciséis, corporal o físicamente, y poco evolucionado en cuando a conducta, si
bien se mantenía asistiendo al 4º colegio donde había sido admitido, desde que
llegamos a Valencia. Por esa época, llegué un medio día a la casa y encontré
que todos estaban en el segundo patio, donde se hallaban las dependencias de
servicio y estaba Augusto armado con un
listón de madera, conminando a salir del cuarto a la mujer que nos
cocinaba, mientras mi madre le recriminaba aquella actitud. Augusto, al verme avanzar hacia él se puso en
actitud de amago en contra mía y le dije que soltara inmediatamente ese palo,
pero se negó y tuve que forcejear con él, recibiendo uno o dos puntapiés,
mientras le quitaba el madero y logrado esto –ya enardecido- le di unos cuantos
toletazos y huyó a la calle.
La empleada salió del cuarto con las
pertenencias en la mano y seguida de un hijo que estaba con ella, diciéndole a
mi madre que ella se iba de inmediato.
El origen de lo que estaba ocurriendo fue
que mi hermano Santiago había golpeado al hijo de la mujer y ella hizo un amago
de defender al hijo, en momentos en que entraba Augusto éste se armó del listón, mientras que la
mujer corrió y se encerró en su cuarto.
Ese mismo día, cuando llegué del trabajo, ya
de noche, hallé consternada a mi madre, porque Augusto había regresado en la
tarde, hizo una maleta y le dijo a ella que se iba para el Dique Astillero de
Puerto Cabello, donde recibían jóvenes voluntarios que quisieran aprender
oficios relacionados con el astillero y que él no me aguantaba más. Mi madre quería que le avisara inmediatamente
a mi padre, porque le preocupaba mucho la determinación de ese muchacho;
traté de calmarla y le dije que era mejor esperar a que yo hiciera algunas
averiguaciones, porque no creía mucho en lo del Dique y, en efecto, fui a la
oficina del teléfono de doña Ana de Paredes, la dueña de una empresa que
prestaba este servicio entre Valencia y las poblaciones del occidente de
Carabobo y le pedí que me comunicara cuanto antes con una de mis tías,
preferiblemente con Carmelita Manzo, en Montalbán. Esperé un poco y atendió mi tía, antes de que
le preguntara me dijo: “Hace poco llegó Rosario –ella lo seguía llamando así-
en un automóvil de alquiler, con maleta y todo, diciéndome al bajarse: “Page
ese carro” y tuve que darle sesenta bolívares (Bs. 60) al chofer (eso era para
ella una fortuna) Qué pasa? Qué vamos a
hacer ahora?” terminó preguntándome y yo le pedí que lo dejara allí hasta que
mi padre lo llamara, cosa que le iba a pedir yo de inmediato.
Volví a la casa y le di la buena noticia a
mi madre, luego me puse a escribirle a mi padre, recomendándole que se llevara
a Augusto –después de contarle lo sucedido- y lo pusiera a trabajar, ya que los
intentos de hacerlo estudiar habían sido bastantes, así lo hizo y el muchacho
sentó cabeza, pues en lo adelante fue muy formal, buen hijo y buen hermano.
En mi trabajo no tenía dificultades, pro ya
abrigaba el propósito de trasladarme a la capital de la república y logré
empleo en un establecimiento que era sucursal de una firma en Caracas y al poco
tiempo obtuve el traslado a la casa principal.
Me trasladé a Caracas en el año 1930 y mis nuevos patrones eran hebreos,
los cuales me hacían trabajar muy duro –en aquel tiempo no había Ley del
Trabajo, ni otra protección para el trabajador- no obstante, debo reconocer que
apreciaban mis aptitudes y logré algunos progresos. Allí hice gran amistad con Samuel Salama,
cuñado del socio principal de la Firma y hombre que de su raza tenía (o tiene,
porque lo creo vivo) el nombre y el rasgo de su nariz ganchuda; era en aquel
tiempo fiestero, amante del teatro, de los toros, en fin, un buen camarada y
juntos disfrutábamos con frecuencia los espectáculos que entonces se veían en
caracas: La compañía de zarzuelas Santacruz (por cierto que con esa compañía
vino a Venezuela la actriz española Adelaida Torrentes, madre de la celebrada
luminaria de la televisión Carmen Julia Álvarez); el teatro de Antonio Saavedra
y de Rafael Guinand, -los famosos actores venezolanos cuya jocosidad era
inigualable-; los toros, cuando el apogeo de El Nuevo Circo, cuyos carteles
estaban siempre prestigiados por figuras de primera magnitud, tales como
Belmonte, El Gallo, Bienvenida, y otros tantos; también el boxeo, con la actuación de Armando Best, los Hermanos
Chafardet –Enri que y Héctor- y otros
campeones locales que atraían figuras del exterior, montándose buenos combates
en el Circo Metropolitano, el viejo coso que estaba entre las esquinas de
Miranda y Puerto Escondido, de la Parroquia San Juan. Recuerdo en especial dos sucesos, uno
relacionado con el boxeo, propiamente y el otro estaba también asociado a este
deporte: una noche figuraba como semifinal del programa el combate entre Chucho
Arriaga –boxeador zuliano; peleador que nunca llegó a las estelares- y un
norteamericano de nombre Stanley Shepard, más mediocre aún y el combate estaba
Fastidioso; de pronto Arriaga golpea la
mandíbula de su contendor, de abajo hacia arriba (lo que en el lenguaje
boxístico se llama upper) y Shepard se eleva, creo que más de un metro y cae
desmayado en la lona, allí se supone que oyó la cuenta reglamentaria, pero al
cabo de ésta no se levantó, por lo que subieron al cuadrilátero médico y
masajista, para reanimarlo y ya la gente se inquietaba creyéndolo muerto; hasta
que, al fin, reaccionó y bajó del ensogado, ayudado por sus asistentes.
El otro suceso consistió en que, asociado a
un programa de boxeo, en el mismo Metropolitano, hubo la representación de dos
japoneses que hicieron una exhibición de lucha, al estilo de su país, de la
cual apareció como vencedor el más pequeño, a quien el animador del evento dio
por nombre Beijiro Yasawa (para alguno de mis lectores, si es que los hubiere,
resultará conocido este nombre, porque se trata de un importante hombre de negocios
que desde esa vez, se quedó en Caracas y se hizo millonario con
representaciones de mercancías japonesas).
Este hombre que lucía tan pequeño, se paró en el centro del cuadrilátero
y el anunciador dijo que si alguien del público quería medir sus fuerzas con
él, lo manifestara; se puso de pie un muchacho gigantesco, a quien yo conocía
–de apellido Pazzanaro, hijo del dueño de un restaurante muy conocido- que
estaba en la esquina de Camejo. El
invitado subió al ring, quitándose la camisa y comenzó a girar despacio en
torno al japonés y de pronto saltó para abrazarlo, pero éste que parecía un
ratón acosado por el gato, se escurría y estuvo ridiculizando a Pazzanaro,
hasta que le metió una llave que lo hizo saltar en vilo, para luego caer
pesadamente a la lona, sin señales de vida.
Allí se armó un gran escándalo, rompieron sillas y querían linchar al
japonés, pero poco a poco el grandulón recuperó el sentido, comenzó a moverse y
luego, ayudado por los asistentes o personas que estaban sobre el ring pudo sentarse
y la gente se fue calmando y luego, al verlo de pie, lo que hubo fue risas y
pitos para el joven Pazzarano.
Anita y Mercedes eran compañeras de trabajo
con quienes salíamos a menudo Samuel y yo, frecuentemente asistíamos a fiestas
bailables que organizaban estas muchachas ente sus amistades, o éramos
invitados, y en los carnavales –con sus disfraces de negrita- nos aventurábamos
a bailar en el “Bar Fabarán” y en “El Atlánticso”, salones concurridos y
alborotosos que estaban ubicados al Oeste de la ciudad, en la gran barriada de
Catia.
En aquella época no siempre empleaba yo el
tiempo libre en divertirme, lo más frecuente era la atención a un curso de
contabilidad que siguiendo por correspondencia (lo más difícil de seguir que
hay) de la Universidad Las Salle, de Buenos Aires; y clases de inglés que
recibía del profesor Federico Franklin, un bohemio de vida extraña que un buen
día desapareció de la buhardilla en la cual vivía, en los altos de un edificio
situado entre las esquinas de Principal y El Conde. No quiero detenerme en relatar la vida
miserable de este hombre, en la época que lo conocí sólo tristeza me da
recordar que una persona que hablaba cinco idiomas y enseñaba admirablemente,
estuviese alcoholizado, casi andrajoso, pobrísimo.
Tampoco voy a extenderme en relatos de esta
época en la cual la mayor parte del tiempo la consumí en la rutina de un
trabajo sin relevancia.
CAPÍTULO
III
A la muerte del General Juan Vicente Gómez, ocurrida
en diciembre de 1935, llegaba a sus postrimerías el único régimen de gobierno
que yo había conocido y por el cual no sentí simpatías ni deseos de colaborar,
pero tampoco me inspiró el odio y repudio que llevó a muchos al sacrificio, a
sufrir torturas y vejámenes; simplemente, yo ignoraba lo que se suele llamar
política y lo que eran cierta funciones de la Administración Pública. En aquellos días, era tema obligado, en todas
partes, la necesidad de una renovación del personal del gobierno y cambios
profundos que significaran la iniciación de un nuevo régimen; así fue como una
noche oí en mi casa la conversación que sostenían algunos amigos con mi padre y
le hablaban de su amistad con el nuevo ministro de Hacienda y de la oportunidad
que se estaba presentando para el desempeño de ciertos cargos, entre los cuales
se daba mucha importancia a los relativos a las aduanas.
Hoy no sé si para mi mal, o si fue lo mejor que
podría haber hecho en mi vida, decirle a mi padre que estaba cansado de la
rutina de los empleos de comercio y que me gustaría ensayar algo distinto, como
eso de los empleos de aduana; a él le pareció bien y tras una breve gestión,
fui nombrado Guarda Almacén de la Aduana de Pampatar, en la Isla de
Margarita. Esta era una de las aduanas
más pobres, no obstante, para mí, una manera de comenzar. Y el 30 de diciembre embarcamos
por la Guajira en vapor holandés que creo recordar
se llamaba Van Rinsseler, el cual haría toques en Guanta y Cumaná. Allí se embarcaron también: el designado para
Administrador de la mencionada Aduana: el que iba a ser jefe de resguardo y
otros que ocuparían cargos menos importantes.
A ninguno de ellos conocía yo y era la primera vez en mi vida que me
embarcaba, sin embargo, no sentí mareo y pronto me relacioné y pude cordializar
con los que íbamos a ser compañeros de trabajo y a veces de aventuras.
A poco de llegar al puerto de Guanta, nos dijeron
que el Administrador quería vernos reunidos sobre cubierta, de inmediato,
acudimos allí y se presentó este señor, ceñudo, nervioso, y nos preguntó si
todos íbamos armados; fui uno de los que respondimos negativamente. Dijo entonces que buscaría la manera de proporcionarnos
revólver, antes del desembarco de Pampatar, porque parecía que el recibimiento
que nos esperaba no iba a ser con flores, según sus palabras; dijo que acababa
de recibir un aviso según el cual se preparaba una manifestación popular cuyo
propósito era no dejarnos desembarcar.
Todos nos vimos las caras, sorprendidos, llenos de preocupación y cuando
este señor se retiró, le comenté a un joven llamado Manuel Pérez (quien también
había respondido no llevar armas) que me parecía extraño aquello, porque la tal
manifestación tendría que ser combatida por la fuerza pública y no por
nosotros, en lo que estuvo de acuerdo y resolvimos hablar con el que iba a
desempeñarse como Jefe de Resguardo, para conocer su opinión. Le planteamos nuestro parecer y nos dijo que
estábamos en lo cierto y que él tenía el propósito de evitar ese enfrentamiento;
que confiaba en poder disuadir al jefe de esa idea. Supimos, por sus allegados, que el
administrador designado y al cual acompañábamos, había sido funcionario de
Hacienda en el régimen de Gómez, con actuación en el Estado Nueva Esparta y que
el repudio estaba dirigido a su persona, exclusivamente.
La noche del 31 fondeó el buque frente a las costas
de Araya, para celebrar la entrada del nuevo año. Lo hicieron a lo que supongo es la manera
holandesa de esta celebración: la tripulación estaba alborozada, colgando
bambalinas de colores por todas partes, calando vistosos gorros y tocaban
música muy alegre, algunos cantaban también.
Lo curioso para mí fue que a la media noche nos sirvieron vasos de vino
caliente, lo que resulta extraño en un clima tórrido como es el de esas costas.
La llegada a Pampatar fue tranquila. Se oyeron algunos gritos de protesta, pero
del barco a la Aduana pasamos entre la fila de celadores y dentro del edificio
aduanal ocupamos las dependencias que nos servían de alojamiento; nos recibió
el interventor, cuya conducta y honorabilidad hacían que conservara su cargo,
en tan difíciles momentos.
Al día siguiente, cuando se celebraba el acto de
toma de posesión de las nuevas autoridades aduanales, al cual concurrieron
altos funcionarios del Gobierno del Estado, se presentó un grupo grande de
manifestantes a la plaza que estaba frente a la Aduana, profiriendo gritos de
protesta contra el Administrador y algunos de ellos, que decíanse representantes
de la Cámara de Comercio de Porlamar y acompañados del Presbítero Manuel
Montaner, se presentaron a la Jefatura del Resguardo para manifestar deseos de
estar presentes en el acto que se estaba celebrando y consultado el caso, se
les permitió entrar. Allí uno de ellos,
comerciante de la mencionada localidad pronunció unas palabras, diciendo al
Administrador que era persona no grata en la Isla y que debía renunciar e irse,
porque de lo contrario sería el pueblo quien lo obligaría a hacerlo. La respuesta del Administrador no fue muy
diplomática y los hombres se fueron, dejando en boca de él la explicación de
que había hablado un resentido, víctima de una multa justificada y que la cosa
no revestía mayor importancia.
Llevaba yo varios días desempeñándome como guarda
Almacén, conforme a mi nombramiento y con escaso trabajo porque para la época
se importaba muy poco por ese puerto; el movimiento marítimo era de cabotaje,
principalmente, por el Puerto de Porlamar, la ciudad conde había más comercio.
Pampatar fue escogido para la Aduana por las
superiores condiciones con relación a las demás costas de la Isla y no he
podido explicarme porque la población y el comercio se incrementó más en
Porlamar que en Pampatar, además de las ventajas portuarias, tiene mejor clima
y más cercana comunicación con La Asunción, Capital del Estado.
Una mañana el administrador me llamó para informarme
que había resuelto nombrarme Jefe del Destacamento de Resguardo de Boca del
Río, un pequeño puerto pesquero situado al extremo opuesto de la Isla, en la
Península de Macanaos y que debía llevarme conmigo a los celadores que estaban
muy mal vistos en Pampatar, por lo que él quería transferirlos, para evitarles
inconvenientes que podrían ser fatales; la resolución me pareció rara e
inconveniente para mí, pero es posible que un poquitín de espíritu aventurero
me inclinó a aceptarla. Los mencionados
celadores eran: uno de nombre Gregorio Pardo, oriundo del Estado Falcón y más
conocido como “Goyo” que por su verdadero nombre y el otro era un margariteño
llamado Pragedes; averigüé cuales serían los motivos de esa repulsa de que se
me había hablado, coincidiendo los informantes en que ellos eran muy estrictos
en el cumplimiento de la ley y en ocasiones fueron muy rudos, al punto de que
Goyo, estando de guardia como celador de “Portalón”, alguien insistía en
penetrar a bordo sin la debida autorización o “pase” y al forcejear con él, lo
lanzó escaleras abajo. Y Pragedes se
había quitado gente de encima a culatazos de carabina, durante algunos
disturbios que se habían producido recientemente. Alguien que conocía hacía tiempo a estos
hombres me dijo: “ese Goyo es un criminal; en una ocasión en que le sacaba de
los bolsillos a un hombre pastillas de cocaína y éste le agredió a bofetadas,
Goyo le mando a guardar una daga en el intercostado izquierdo. En mi propia farmacia expiró, cuando le
prestaban auxilios”.
Así pues que, al día siguiente, me tocó embarcar en
un bote Guarda Costas de los llamados “Tres puños”, con este par de ángeles
custodios –Goyo y Pragedes- quienes me debían acompañar, para no ser linchado
en Pampatar. Durante el viaje estuve
conversando con ellos para conocerlos mejor y pude apreciar el alto grado en
que apreciaban el cumplimiento del deber y la lealtad, confirmando, además, los
medios persuasivos que eran capaces de emplear “para conservar el respeto al
hombre”, según ellos mismos decían. A
Goyo le pedí que me mostrara su revólver y luego como le observara que era
vieja el arma y tenía desajuste suficiente en la masa como para que, en un
momento dado pudiera no quemar el fulminante y verse él en apuros; pero me
respondió: “Hasta ahora no ha sucedido y por si acaso, aquí llevo también a la
madrina” y me enseñó una daga de más de treinta centímetros de largo.
En aquella época, Boca del Río era un pequeño
poblado donde funcionaban los llamados “trenes de pesquería”, o sea, empresas
de pesca que operan con grandes mallas o chinchorros, los cuales requieren de
cuarenta o más hombres para recogerlos, cuando aprisionan grandes cardúmenes de
carite –el pez que más abunda en aquellos mares= el cual era y creo que sigue
siendo utilizado para la industria de salazón y secado de pescado, de gran
consumo en el país.
La principal actividad del Destacamento de Resguardo
marítimo de Boca del Río era, precisamente, recibir y controlar, mediante el
repeso, los cargamentos de sal, procedentes de las Salinas de Araya y evitar
que por allí entrara contrabando de este mineral y de otros productos que,
frecuentemente trataban de introducir por esas costas, de muchas ensenadas y
que estaban deshabitadas en su mayor extensión.
La Oficina del Resguardo daba frente a la única
calle que tenía el poblado, la cual bordea la orilla del mar en forma de
castillo y en la misma casa estuve alojado durante el corto tiempo que
permanecí allí; sencilla y amablemente atendido por una muer a la que le decían
Marenga y su hija Sabás, cuyos rasgos corporales eran de india Guaiquirí,
favorecida con un mestizaje que se asomaba por sus grandes ojos negros de tipo
árabe.
La actividad del Puerto era muy escasa, pero en los
días que pasé allí se sucedieron hechos que se podían considerar como un buen
compendio de lo que era la vida en aquel lugar.
Una de las cosas curiosas que allí se observaban era que casi todos los
quehaceres, fuera de la navegación y la pesca los desempeñaban las mujeres,
incluyendo la caleta, o sea el transporte de los productos que embarcaban de el
lugar de su origen hasta embarcación y como lo que salía de ese puerto con más
frecuencia era: pescado salado y estiércol de chivo que se exportaba para
Aruba, Bonaire y otras Antillas –es de imaginarse el aroma que despedían estas
mujeres cuando, finalizando el trabajo, se acercaban al resguardo, para que les
confirmaran lo transportado-.
El arribo al puerto no podía efectuarse sino de día,
hasta las seis de la tarde, como es usual y no existía muelle o atracadero
artificial, sino un fondeadero natural y de allí a la costa se transportaban
las personas y la carga en pequeños lotes.
En el poblado tampoco había alumbrado público y las noches las pasaba
cada quien en su casa. La presencia de
una embarcación nocturna era motivo de alarma y los celadores del Resguardo
estaban provistos de linternas, para iluminar, en lo posible, el fondeadero al
oír el peculiar ruido que se escucha cuando están riando una vela. En aquellos días se recibían frecuentes
avisos de barcos que zarpaban de la Isla de Trinidad hacia costa venezolana,
con mercancías de contrabando; pero el más alarmante que nos tenía su matrícula
en Boca de Río y había salido de Trinidad con diez mil (10.000) cápsulas de
revolver camufladas en cajas de remaches de cobre. Esto nos puso alerta, y los cuatro celadores
con que contaba el Resguardo se mantuvieron en guardia, provistos de máuser y
sus linternas. A la noche siguiente al
aviso, aproximadamente a las diez, oímos el ruido que hace una vela grande
cuando la bate el viento en el momento de ser riada y salimos a la playa, en
medio de la oscuridad; cuando estábamos ya parapeteados detrás de unas pequeña
embarcaciones allí varadas, encendimos las linternas y pudimos apreciar –con
alivio- al costado de la embarcación el No. 25 con el cual se identificaba el
Guardacostas adscrito a la Aduana.
También se asomó a la borda el Cpitán, con la bandera de la falúa en la
mano.
A poco vinieron a tierra los tripulantes y me dijo
el Capitán que el jefe del resguardo le había ordenado patullar aquella costa,
en atención al denuncio de un contrabando de armas. En verdad, el buque denunciado no llegó a
recalar por esos lados.
Los días se me hacían tediosos, la mayoría de las
veces, sentado en la oficina del Resguardo atendiendo pequeñas cosas de rutina
y como la distracción más frecuente debía oír los relatos o anécdotas del viejo
Pragedes, cuando me tocaba hacer la guardia, sabía mil cosas de Margarita; sus
costumbres, sus creencias religiosas, el comportamiento o la trayectoria de
muchas personas; las triquiñuelas que se hacían en el servicio aduanero, para burlar
al Fisco y ayudarse sin ser descubierto.
En este último particular se mostraba insinuante, pero siempre terminaba
diciéndome: “Yo le cuento esto, pero se
que usté es incapaz de hacerlo.
Las creencias religiosas es algo muy curioso en el
pueblo margariteño y especialmente entre los pescadores; este mismo Pragedes me
decía que casi toda embarcación pesquera lleva a bordo una estampa de la virgen
del Valle –máxima representante del poder divino entre ellos- y que ésta debía
protegerlos contra el mal tiempo y para que la pesca sea abundante. Así que si durante la navegación se pone un
chubasco, una tempestad, el navegante le pide a su virgen que la aleje y le
hace la promesa de darle parte del producto de la pesca, especialmente cuando
era de perlas, o contribuir con limosnas a la Iglesia. Si el chubasco no cae, si la tempestad se
aleja, esta gente cumple fielmente lo prometido –y se sabe cuántas veces fue para
la virgen la mejor perla –pero si el aguacero cae y el mar se pica, voltean la
estampa de la virgen contra el fondo de la embarcación, la pisotean, escupen y
profieren contra ella verdaderos improperios.
Una tarde contaba Pragedes estas cosas y entre ellas me dijo que al
santo que él le tenía más miedo es el
Cristo del buen viaje, que está en el templo de Pampatar; porque lo había visto
hacer cosas como para que lo respeten.
Refirió que en una ocasión en que se celebraba la fiesta que anualmene
le hacían, con disparos de salva, utilizando un viejo cañón del Castillo de San
Carlos Borromeo; un borracho impertinente se burlaba de los fieles que estaban pagando promesas y
rezando. El hombre les decía tontos y
les preguntaba para que le pedían a un hombre que apenas tenía un guayuco con
que taparse y mire –decía Pragedes- en ese momento salió un disparo de cañón
que había sido rellenado con trapos y estopa “y al borracho le cayó un trapo
prendío, quemándole la ropa y lo dejó en carzoncillo, pa decí, con un guayuco
como el que tiene el Cristo”.
Esta manera de profesar la fe católica aquella gente
pude comprobarlo en el mismo pueblo de Boca del Río, porque, estando yo allá
llegó el cura de Pampatar, a quien también le correspondía atender las
poblaciones de Punta de Piedras, Boca del Río y Boca del Pozo; se presentó
acompañado de un señor de nacionalidad española y fueron a recibirlo vecinos
del pueblo, pensando que llegaba a celebrar algunos bautizos y a decir misa en
la capilla –que la mayor parte del tiempo permanecía cerrada-. Sin embargo, no era así, el cura manifestó
que llegaba en busca de la imagen de la Virgen del Carmen (única y solitaria en
el templo); porque dicha imagen no había sido pagada por el donante, a la casa de
Barcelona, en España, de donde se había importado y su acompañante era quien
representaba a esa casa en Venezuela.
Esto fue como acercar fuego a un reguero de pólvora, porque los que
oyeron se dispersaron por el pueblo gritando que el cura se llevaba a la Virgen
y pronto se aglomeró todo el pueblo frente a la capilla, diciéndole toda clase
de epítetos poco afables al sacerdote.
Un hombre a quien apodaban “El morocho” tenía un machete en la mano y le
dijo al cura y a su acompañante que si bajaban a la Virgen de su trono “la
parto en tres rolos”, agregando que la echaría al mar. En este pueblo había solo dos
autoridades: el jefe del Destacamento
Resguardo Marítimo, a quien llamaban “El Cabo” (tal vez en el pasado
desempeñaba este cargo un militar con ese rango) y el Comisario, como era
denominada la autoridad civil; pero la gente recurría más a El Cabo, porque lo
suponían con más autoridad, ya que tenía en los celadores cuatro subalternos,
mientras que el Comisario era solo. Así
que el padre Chiconardi –que así se llamaba el cura de Pampatar- recurrió a mí
para que lo apoyara, pero aquello a lo que él venía no me pareció justo, ni su
actitud prudente, puesto que los vecinos alegaban que habían contribuido con su
dinero para que “montaran esa Virgen donde está”, y aunque el cura explicaba
que esa contribución fue para la entronización, los vecinos se consideraban con
derecho a conservar la imagen y así fue, porque el padre Chiconardi y el
comerciante que lo acompañaba tuvieron que regresar sin la compañía de la
Virgen del Carmen.
El 15 de febrero de aquel año, llegó a mi oficina un
emisario del Administrador de la Aduana, con un mensaje donde se me ordenaba
dejar a un celador encargado del Destacamento y me trasladara de inmediato a
Pampatar, llevándome mis efectos personales: el emisario me explicó que podía
irme con él, en bote, hasta Chacachare, donde me esperaba un automóvil. Dejé al viejo Pragedes encargado de la
Jefatura del Destacamento y apresuradamente entré al interior de la casa a
recoger la ropa, el chinchorro, etc., y a despedirme de Marenga y Sabás, de
quien recibí una efusiva despedida, aun cuando les había dicho que posiblemente
regresaba. Zarpamos en el bote y por el
trayecto me informó mi compañero de viaje que las noticias eran que en Caracas
había rebulicio, y que el gobierno estaba casi caído y que quien estaba
mandando era Jovitico (así lo nombraban en Pampatar, de donde es oriundo, al entonces bachiller Jóvito Villalba, a la sazón
presidente de la Federación de Estudiantes).
Al llegar a Porlamar encontré mucha agitación y supe que se estaba
concentrado una manifestación que saldría para Pampatar con el objeto de
manifestar al Administrador de la Aduana; le dije al chofer que buscara una vía
despejada para llegar cuanto antes a Pampatar; antes de que llegara la
manifestación y así fue.
Al llegar me encontré con el Comandante del
Resguardo, quien agarrándome por un brazo, me llevó al interior de su despacho,
para contarme lo ocurrido en Caracas el día anterior; lo que deparaba a la isla
y, confidencialmente, la participación que, esa misma mañana le había hecho el
Comandante de la Guarnición Militar de Nueva Esparta al administrador de la
Aduana; en el sentido de que no podía prestarle protección, si las hostilidades
contra él llegaban a ser violentas.
Luego me comentó que todo el problema estaba en que el Administrador se
negaba a renunciar y el pueblo lo repudiaba, por haber sido funcionario del
régimen gomecista en aquella misma entidad, atribuyéndole, además, mal
comportamiento; razón por la cual, mi interlocutor era de opinión que el
personal de la Aduana hiciéramos de inmediato una reunión con el Administrador,
para hablarle claro y hacer que renunciara, antes de que se hiciera violenta la
manifestación que venía de Porlamar. Así
ocurrió, renunciando también el interventor y antes del anochecer ambos
salieron, a bordo de una balandra con rumbo al Puerto de Guanta, en el Estado
Anzoátegui y se encargó de la Administración de la aduana el Comandante del
Resguardo. Esto hizo que se aplacaran
los ánimos y se disolviera la manifestación, pudiendo regresar, al día
siguiente, los que vinimos de los destacamentos. A mí me notificó el encargado de la
Administración que pensaba promoverme a otro cargo, pero que regresara a Boca
del Río y esperara allí al que habría de reemplazarme.
El primero de marzo llegó a Boca del Río el Guarda
Costas del Servicio de Salinas, trayendo a bordo al hombre que me iba a
reemplazar, el cual me entregó dos oficios: uno en que se me notificaba la
designación de este señor para Jefe del Destacamento de Boca del Río y el otro
con el cual se me designaba Inspector de Salinas, en jurisdicción de la Aduana
de Pampatar, poniendo a mi disposición el Guarda Costas (embarcación de velas
tipo trespuños), con su tripulación y dos caladores que llegaron también en ese
barco; ordenándome hacer, de inmediato, un recorrido por las Salinas incluyendo
La Blanquilla, isla bastante distante; porque se tenía noticias de muchos robos
de sal.
Mi sustituto me preguntó si yo tenía inconveniente
para que se quedaran en Boca del Río los dos celadores que llegaron con él y me
llevará a Gregorio Pardo y a Pragedes Salazar, porque aquellos eran de más
confianza para él. Se veía a las claras
que la gente que conocía o había oído hablar de estos subalternos míos no les
agradaba mucho su compañía; pero yo en
cambio, estaba satisfecho de su comportamiento y acepté el trueque, zarpando
esa misma tarde. Íbamos a bordo: El capitán, dos marineros, el cocinero, dos
celadores (Goyo y Pragedes) y yo.
En ese recorrido por las salinas experimenté la
rudeza e incomodidad de navegar en un barco de velas pequeño y de equipamiento
completamente rudimentario, al punto de que en el viaje a La Blanquilla me
costó trabajo dormir, por la incomodidad del camarote y peor fue satisfacer
otras necesidades del cuerpo, las cuales había que hacerlas montado sobre la
borda, agarrándose de las jarcias o cordeles que sujetaban el mástil y con el
trasero colgando hacia el vacío; aquello, con el vaivén de las olas y la
impericia mía era casi imposible.
También pude darme cuenta de lo que frecuentemente
era llamado robo de sal y la represión que se empleaba para impedirlo, en estas
salinas. En Juan Griego conocí a un
hombre inútil, el cual recibió un tiro de máuser en una pierna porque robaba
una mara de sal; o sea, una cesta con capacidad para diez kilogramos, pero en
este caso son diez kilogramos de un barro negro que no
contenía más de un diez porciento del mineral, lo demás era arena e
impurezas. Así que este hombre perdió
una pierna porque se robaba, si acaso, un kilogramo de sal! Fue alborozo en los diferentes lugares el saber
que di instrucciones a los celadores que vigilaban para que no actuaran en
forma represiva con las personas del lugar que recogieran esas pequeñas
cantidades de sal, para su propio consumo.
En La Blanquilla si me encontré con algo que se
podía calificar de intento de contrabando de sal. Allí habían llegado once botes cuyos tripulantes
desarmaron al celador que había allí, que se ocupaba de la vigilancia,
quebraron su carabina y con el cañón de la misma pusieron al propio celador (un
trujillano de apellido Viloria) a escarbar y a llenar con sus manos maras de
sal que trasbordaban a sus botes, además de la que ellos mismos echaban; pero a
Viloria le obligaron a hacer esto, sin
descanso, por más de veinticuatro horas y este hombre había perdido casi toda
la piel de las plantas de sus manos y dedos.
Cuando nos vio llegar corrió hacia nosotros como enloquecido, llorando y
las manos le sangraban. El cocinero del
Guarda Costas se lo llevó a bordo para darle agua y prestarle algún otro
auxilio. Los demás llegamos con las
armas en las manos y le dije a los contrabandistas que devolvieran de inmediato
al mar la sal que tenían en los botes, porque lo que habían estado haciendo
estaba prohibido. Uno me respondió que
“Gómez se murió” y le repliqué que era cierto, pero que no se había llevado la
ley en su urna y agregué que esperaría tres minutos para que comenzaran a
vaciar los botes. Me puse a ver mi reloj
y ordené a mis acompañantes que pusieran el máuser o la carabina en posición de
tiro a cada bote, por debajo de la línea de flotación y si no se hundían
rápido, siguieran disparando hasta lograr ese propósito. Goyo Pardo ripostó: “Y porqué más bien no le
damos un tiro abajito del ombligo a cada carajo de estos pa’ que paguen lo que
le hicieron al negro Viloria?” Continué callado, mirando el reloj y pude notar
que los boteros caminaban en dirección a sus embarcaciones y una vez a bordo,
comenzaron a botar sal.
Concluida la operación le pedí a cada uno la
papelera de su barco –un estuche burdo donde cargan la matrícula y demás
papeles del barco= y navegáramos rumbo a Pampatar.
Cuando llegamos a la Aduana, encontré que había
llegado un nuevo Administrador, el Capitán retirado, Alejandro Fernández, un
militar que había sufrido prisión y torturas, por su rebeldía contra la
dictadura del Gral. Juan Vicente Gómez y supe también que el nuevo Presidente
del Estado Nueva Esparta era el Dr. Luis
Felipe Hernández, un abogado margariteño muy querido por su pueblo y ese día le
preparaban un recibimiento.
Me presenté a la Jefatura del Resguardo y di el
parte de lo actuado, especialmente sobre el caso de La Blanquilla; deposité las
papeleras y dije que los botes estaban fondeados frente a la Aduana. Dado el júbilo que reinaba en aquellos
momentos, a los boteros contrabandistas les dieron una breve reprimenda,
devolviéndole luego las papeleras. A Viloria
lo llevaron a una farmacia que había cerca de allí y le curaron y vendaron las
manos.
Días después fue renovado casi todo el personal de
la Aduana, con el ingreso de gente nueva en funciones de Gobierno; el
Administrador me llamó para saber cómo había ingresado yo y demás pormenores,
oportunidad que aproveché para significarle mi inconformidad con los constantes
cambios a que había estado sometido y en las labores para las cuales no estaba
acostumbrado. El pudo notar que la cara
y brazos míos eran unos tizones, por el sol que había soportado y accedió a mi
solicitud de que me reintegrara al cargo para el cual había sido designado por
el Ministro de Hacienda, o sea, como Guarda Almacén y allí permanecí, hasta mi
regreso.
Cuando acepté este cargo lo hice pensando que se
trataba de una labor de oficina, como cualquiera otra de esta naturaleza y en
efecto lo es; pero nunca me imaginé, ni remotamente, los azares y peripecias a
que me condujo este inicio en la carrera administrativa.
A mi regreso, al volver a mi casa, a dormir de nuevo
en una cama (allá en Margarita dormía en chinchorro y a veces en el camarote de
un barco) y a sentirme confiado de todo lo que me rodeaba, la estada en Nueva
Esparta me parecía una pesadilla o el haber estado en una guerrilla. La alegría del retorno se ensombreció tan
solo por hallar que dos de mis hermanos se habían visto afectados por serios
quebrantos de salud, a consecuencia de lo cual guardaban aún reposo y mis
padres lucían preocupados, pero nada me habían escrito sobre esto y me sentía
culpable de haberles acrecentado esa preocupación con mi ausencia y la poca
comunicación que tuve con ellos, precisamente por el trajín en que anduve entre
lugares prácticamente incomunicados.
CAPÍTULO IV
Pasados
los primeros días de mi retorno al hogar paterno, en los cuales estuve como
embriagado con el regreso y todas las emociones que eso conlleva, comencé a
solicitar trabajo: pero ya el morbo de la función pública. del servicio al
Estado. se me habla inoculado y como. por otra parte. en aquellos momentos era difícil
hallar empleo en la actividad privada. cuya remuneración pudiera acercarse a la
que yo podía estar en capacidad de obtener en cargo público. hizo que de nuevo
enganchara en esta última actividad. cuando me encontré un día en la calle con
don Pedro Bacalao Silva. quien para ese entonces era presidente del Estado
Carabobo, mi tierra natal y al decirle yo que estaba cesante, me expreso que le
gustaría mucho contarme entre sus colaboradores y de inmediato puso a escoger
entre los cargos de Inspector de Vehículos o inspector de Escuelas del Estado.
Yo le dije que prefería el de inspector de Escuelas del Estado, porque en ese
momento ignoraba que tal destino era una canonjía con la cual se favorecía a
algún estudiante de enseñanza medía o superior, o bien viejos educadores.
reiterados de las funciones docentes.
Cuando llegué a Valencia, a
tomar posesión del cargo, me encontré que el titular a quien iba a reemplazar
era el Bachiller Emilio Azumes y se habla venido a Caracas. para seguir
estudios y que. por otra parte. allí no había nada que entregar. Esto me sorprendió
y me apresure a comunicarlo a don Pedro Bacalao Y decirle que no quería
desempeñar cargos donde no hubiese una labor que cumplir: el me ratifico que en
realidad ese cargo había sido hasta el presente una, pero que, precisamente él
me había designado porque estaba próximo a implementarse un plan de comedores
escolares y se haría también una reorganización de los planteles educativos
estatales en general; me autorizo para buscar un local, muebles y útiles para
instalar debidamente la inspectoría y me puso en contacto con el Secretario de
Gobierno, para el cumplimiento de lo que me había prometido y para que me
enterara. con más detalles de todo lo relacionado con el
funcionamiento
de las escuelas. Supe que existía también el cargo de Segundo Inspector y que
estaba servido por un señor ya anciano que muy poco era lo que hacía.
Entre las
cosas de que primero me ocupe fue de instalar la inspectoría en un pequeño
local del Edificio de Gobierno que en Valencia se le llama El Capitolio, el
cual es asiento de los poderes del Estado. En este local guardaban trastos
viejos y ofrecía muy mal aspecto. pero logre que fuera arreglado y me suplieran
los muebles necesarios. Mantuvo conversaciones con el Segundo Inspector y me
entere de que había sido Maestro de primaria y conocía las funciones y deberes
del Magisterio, en esa rama de la educación; admitió que la Inspectoría nada
estaba haciendo, salvo presenciar los exámenes en algunos planteles. oír quejas
de que se quedaban "in pectore“. según sus palabras. porque a él no le hacían
caso Y alguna otra cosa sin importancia: pero me advirtió que se consideraba
apto para ocuparse de algunas cosas y, de común acuerdo. resolvimos que el llevaría
la estadística, a cuyo efecto haríamos imprimir algunas planillas e hicimos una
lista de cosas que hacían falta, así como una especie de cronograma de trabajo,
para poner en marcha el nuevo concepto de nuestras funciones.
Estaba yo
en Valencia. después de seis años de ausencia: allí habría de encontrar de nuevo
a mis amigos, aunque no a todos. porque J.D. Nieves había muerto y otros a la
alegre pandilla de adolescentes. casi en hombres con distintas responsabilidades.
He hospede en el hotel de una prima hermana mía y dispuesto a trabajar con gran
entusiasmo en las funciones del cargo para el cual había sido designado y el
cual lo consideraba yo de gran importancia. aunque no la hubiese tenido antes.
Me dedique. antes a otra cosa. a visitar, uno por uno,
a todos los planteles Que figuraban en el presupuesto de gastos del Estado Y
fui tomando nota de las deficiencias y anormalidades que observaba. las cuales
eran muchas y difícil de arreglar o corregir, en su mayoría. porque el problema
principal consistía en que la instrucción pública allí habla sido confundida
con la beneficencia, como capítulo presupuestario. Muchas de las escuelas que
figuraban en el presupuesto no existían como tales y entre los maestros
titulares encontré: ciegos, analfabetas, tuberculosos y también personas que podían
tener aptitudes. pero habían sido designados para regentar planteles que en la
realidad no existían. La situación de locales y mobiliario era critica. muchas
escuelas funcionaban en algún cuarto o corredor de la casa de habitación del
maestro. aun cuando. en muchos casos. el alquiler de esa casa era pagado por el
gobierno del Estado: a cada alumno se le exigía llevar a su casa la silla y escribían
sobre sus rodillas.
Dos casos me causaron estupor e hicieron que los patentizara
de tal modo ante el Presidente del Estado, que conseguí su apoyo para que todos
los maestros y alumnos de las Escuelas del Estado pasaran por un examen médico
que incluía radiografía de pulmones y prueba psiquiátrica; uno fue el de un
maestro. visiblemente afectado de tuberculosis, que daba las clases en su
propio cuarto de enfermo, tosiendo encima de los alumnos y con voz afónica: el
otro caso fue en una escuela rural del Distrito Guacara, la cual funcionaba debajo
de un viaducto, cercano al cementerio de allí, bajo ese mismo viaducto estaba
la urna donde llevaban al Campo Santo los muertos pobres de solemnidad y sobre
esta urna ponían sus sombreros el maestro y los alumnos de dicha escuela. Apenas
platique, brevemente con ese maestro. me di cuenta de su debilidad mental.
Este concepto de beneficencia para promover los cargos
destinados a la instrucción pública. iba desde estos infelices a que me he referido,
hasta las canonjías de que disfrutaban personas y hasta familias de buena posición
social.
Cuando comenzó a funcionar la estadística. tuve base
para que se fueran poniendo en evidencia los planteles que no presentaban inscripción,
ni asistencia y los que se valían de argucias para justificar el mínimo
requerido para que la escuela pudiera seguir funcionando. El caso de la Escuela
de Arte y Oficios de Valencia fue motivo aspaviento y quejas en mi contra,
porque esta escuela parece que había sido creada por iniciativa de una familia.
a la cual correspondieron los cargos de Directora y una o dos maestras más,
para las asignaturas de: piano, canto y declamación. No recuerdo si había
alguna otra materia que se enseñaba allí y en la estadística se totalizaba el
número de alumnos inscritos y asistentes, repitiendo los mismos nombres en las
tres asignaturas. Creo recordar que eran quince niñas que totalizaban cuarenta
y cinco alumnos.
Todas estas fallas y severas críticas contra ellas las
consigne en un informe (que lamento no poder transcribir) el cual fue incluido por
el Presidente del Estado en su Memoria y Cuenta, para la Legislatura y le sirvió
de apoyo para obtener mayores recursos para el capítulo de instrucción pública,
en el presupuesto del año siguiente.
La reorganización fue completa. El Segundo Inspector fue
sustituido por Julio Castillo Moreno. un joven muy competente que entro a
desempeñarse como Secretario y se hiso cargo de todo lo concerniente a
correspondencia, estadística; atendía solicitudes y toda la rutina de la
oficina. mientras yo me ocupaba, principalmente. de la instalación y selección
de personal para las escuelas-comedor. recientemente creadas y de reemplazar al
personal que carecía de aptitudes, a cuyo cargo, como antes dije, estaban
muchas escuelas.
La escuela-comedor era una innovación que introducía
el Gobierno del General López Contreras. iniciativa muy plausible, por cierto, ya
que le aseguraba los niños de los barrios e hijos de campesinos una comida diaria
(el almuerzo) abundante y nutritiva, dietéticamente balanceada. ya que el menú para
la semana era confeccionado por personas que conocían la materia y yo me
ocupaba de visitar y hasta do almorzar. con frecuencia y de improviso en una
escuela cualquiera. mobiliario La consecución de locales apropiados, de y de
enseres: de personal docente; de ecónomas y de proveedores para estas escuelas
fue algo verdaderamente afanoso. No me quedaba tiempo para otra cosa, porque a
toda hora me estaba solicitando alguien para un detalle relacionado con las
escuelas; el Presidente del Estado, cada vez que alguien iba a plantearle asunto
que tuviera algo que ver con este aspecto de su gestión le decía: "eso lo
tengo yo confiado al Inspector, hable con él".
No obstante, mi juventud y
mi escasa preparación en letras. Había logrado el aprecio y respeto del
Magisterio, del personal al servicio de las escuelas estadales; los maestros y
maestras me visitaban frecuentemente y planteaban sus necesidades y consultas, manteniéndome
a la vez informado de cualquier novedad que se presentara. Recuerdo que Concha
Nieto, una educadora de muchos años y altamente apreciada regentaba en una
escuela estadal, cargo que venía desempeñando después de haber sido' jubilada
por el Ministerio que hoy se llama de Educación y como ella se estaba dando
cuenta de que se venían revisando las credenciales de los maestros Y de que la inspectoría
estaba haciéndose sentir, vino a confesarme que estaba jubilada, pero que
necesitaba del
sueldo que le estaba pagando el Estado y que ella me podía
traer una recomendación del Doctor Enrique Tejera (Ministro en aquel tiempo),
quien era muy allegado a la familia de ella -cosa que se podía tomar como
cierta- le dije a Concha que no era necesaria tal recomendación. porque yo habría
de encontrar otras Jubiladas que tuvieran la lucidez y fortaleza de ella. para
confiarles más escuelas.
Estuve en el desempeño de este cargo de inspector de
Escuelas del Estado Carabobo hasta que mi paisano y amigo don Pedro Bacalao
Silva dejo la Presidencia del Estado y dicha estada me sirvió para conocer.
tanto físicamente. como un lo intelectual a mi Estado nativo ya que, en el
ejercicio del cargo, recorrí todo su territorio y tuve ocasión de tratar mucha
gente, de participar activamente en la vida social y también me brindo la
satisfacción de fraternizar de nuevo con mis amigos, de entre los cuales Ángel Delfín
Barela me demostró particular afecto, y nos hicimos compadres, porque me
designo padrino de bautizo de una de sus hijas Por sobre todo esto, fue también que cayó en
mi corazón la simiente de un gran amor, el cual, a su vez, me haría sentir en temprana
fecha, el suplicio de perder al ser amado. El tiempo había convertido en mujer
a una niñita rubia. de ojos verdes, que unos siete u ocho años antes veía
entrar yo en la escuela de la señorita Isabel María Ortega, en Montalbán y que
ahora se asomaba, furtivamente a la ventana de celosía, porque le dijeron que
yo había ponderado su belleza y me interesaba por ella. Poco después se había
casado mi hermano Torcuato con Carmen Filomena Henríquez, y ocupaba la casa que
estaba diagonal con la que celosamente guardaba a Emma Evelia Sánchez Barela.
nombre de mi admirada joven, pero familiarmente le decían Bebella y así preferí
llamarla yo siempre. Pronto habría yo traspasado el muro de su esquivo comportamiento,
para declararle el propósito de casarme con ella y no desperdiciar ocasión para
demostrarle mi afecto; nos reuníamos en su casa o en la de mi hermano y en toda
ocasión que me lo permitiera el recato y las limitaciones que se imponían a los
novios en aquella época. La casa de Margarita Castro una descendiente directa
del General Julián Castro y fina relacionista de la juventud, montalbanera que
flirteaba con buenos propósitos. era otro lugar donde nos veíamos Bebella y yo
por aquel tiempo.
El destino, lisonjero me halaba hacía el querido
terruño, pero comprendía que no estaba allí mi porvenir, como hombre que me había
interesado por actuar en un medio más evolucionado y, tome la resolución de
regresar a Caracas, sin romper los ligamentos afectivos que me embargaban. La Víspera
de venirme, encontré de paso por allí, a un paisano y amigo que se desempeñaba
como Perito en el Banco Agrícola y Pecuario, el cual me recordó que el
Director-Gerente de ese instituto era nuestro común amigo Leopoldo Baptista y
me animo a buscar un cargo por allí. Así lo hice y la menguada oferta que recibí
no podía hacerme pensar en que era el inicio de una dedicación al Instituto
donde pase el ciclo vital en que, generalmente, los hombres deciden sus
destinos y el mío ha sido de servir a los intereses de la Nación, sin buscar
prebendas Y beneficios que no fueran la remuneración que habría de percibir por
mi trabajo. Esto me enorgullece y es bueno dejarlo escrito para que lo sepa la
gente y lo recuerden mis hijos, porque sobran dedos de las manos para contar a
los que. habiendo desempeñado los cargos y ocupando las posiciones que ocupe,
no solo en el Banco Agrícola y Pecuario, sino en todo el ámbito de la Administración
Pública: los escasos bienes de fortuna que poseo soportan el más severo análisis
en cuanto a su presencia.
Decía pues que fue tan angosta la puerta que me abrió
Leopoldo Baptista al decirme que en el momento no habla cargo vacante que ofrecerme;
pero que la situación económica mía era muy apretada, lo que podía ofrecerme
era una pasantía como auxiliar de contabilidad, en el respectivo Departamento.
cuya remuneración era de trescientos bolívares mensuales. Acepté esta oferta,
en la cual yo veía un buen deseo de mantenerme cerca, en espera de una mejor
oportunidad y confiado en que podría demostrar competencia y lograr el ascenso
a mejores posiciones, como en efecto ocurrió. Durante once años consecutivos fui
escalando posiciones. Hasta llegar a ser Jefe de Operaciones, en 1947, cargo
que fue creado para unificar el mando y coordinar la acción de los diferentes Departamentos
en que se distribuía la gestión de Banco; su autoridad dependía, directamente.
de la Junta Administradora y tenía la responsabilidad de: dictar normas y vigilar
su cumplimiento; dirigir la auditoria interna y controlar la utilización de los
recursos financieros destinados a cada programa.
CAPÍTULO V
El primer nombramiento que se me expidió en el Banco Agrícola
y Pecuario fue con fecha 20 de diciembre de 1940, "para desempeñar, con carácter
provisional, el cargo de Empleado Especial, en el Departamento de Contabilidad.
con la asignación de Bs. 500.00 mensuales".
Fdo. Leopoldo Baptista
Director-Gerente
El Jefe del Departamento de Contabilidad era el señor
Martín Feo Calcuño, quien había desempeñado cargos relacionados con el
ejercicio de la contabilidad en bancos de los Estados Unidos de América y esta
experiencia le había permitido estructurar un sistema de registros contables
similar a los que se había acostumbrado a manejar bajo aquella avanzada técnica.
Yo tuve ocasión de ver y manejar, por primera vez, libros de hojas intercambiables,
denominados en inglés Binder; hojas volantes para redactar asientos de
contabilidad hechos con varias copias al carbón. para que varios tenedores de libros
pudieran asentar, simultáneamente, y con la misma redacción cada uno de esos asientos.
en los diferentes libros: el libro Diario Columnar y otras innovaciones de las
cuales apenas si tenía yo conocimiento por algunos modelos y referencias que me
llegaron entre el material que recibía durante el curso de contabilidad de la
Universidad La Salle. al cual estuve inscrito años antes.
En el B.A.P. encontré, así mismo, la buena orientación
y el aprecio de don Pedro Agustín Dupouy, un señor de vasta cultura, educado en
Alemania y quien tenía contabilidad también injerencia en la contabilidad y las
finanzas, como asesor que era del Director- Gerente, en estas materias.
La Junta administradora del Banco la formaban tres
miembros que a su vez desempeñaban los cargos ejecutivos de Director-Gerente,
Sub-Director y Secretario. En aquella oportunidad el Director- Gerente era el
señor Leopoldo Baptista. hombre criado viajando por las grandes capitales del
mundo, ya que era hijo del General Leopoldo Baptista. uno de los caudillos de
principios del siglo en la agitada vida política de este país y que tuvo que
mantenerse exiliado por muchos años. durante la dictadura de Gómez; el Sub-
director era el Dr. Cesar Espino. un abogado de aporte distinguido y el cargo
de secretario estaba desempeñado por otro abogado. El Dr. Horacio Rosales, muy meticuloso
en los asuntos que le concernían.
Llegaba yo al B.A.P. en
momentos en que se estaba esperando una transformación de sus viejas
estructuras y el Gobierno Nacional mismo hacía los primeros y tímidos ensayos
de administración descentralizada: se diversificaban los préstamos; se adquirían
frutos y ganados, para garantizar precios mínimos remuneradores a los
productores y se disponía de estos productos, en cumplimiento de una política
que se anunciaba como de fomento a la producción y protección al consumidor.
propósitos que. dicho sea de
paso, parecen aun inalcanzables en una medida que sea
realmente satisfactoria. En el aspecto funcional. existían ya decenas de
agencias en las ciudades y poblaciones más, importantes del interior de la República
y se daban también los primeros pasos para transformar algunas de esas anuncian
en sucursales que iban a tener mayor autonomía para el manejo de los préstamos,
cobranzas y demás operaciones que realizaba el Banco en las respectivas jurisdicciones.
Esta expansión daba lugar a que se utilizara personal
experimentado del Departamento de Contabilidad en las labores de inspección,
auditoria interna u organización en las agencias y sucursales en formación y también
para cargos administrativos en esas dependencias. Así salieron, a poco de estar
allí como "empleado especial"; Manuel Emilio González y Oscar Torres,
con cargos de Inspector y correspondieron los ascensos, para reemplazarlos,
Horacio Núñez García y a mí, correspondiéndome las siguientes funciones:
redactar los asientos de contabilidad, hacer su distribución por cuentas y
postear ese movimiento en el Libro Mayor, así como resolver las consultas que formulaban
los empleados auxiliares y cuando le participe esto a mi padre, a él le pareció
una audacia de mi parte; pero yo, aparte de que aprendí alguna teoría, siempre
me ha guiado un sexto sentido para comprender y aplicar los principios y la técnica
de la contabilidad. Con este nuevo cargo, aprobado y ya con ochocientos
bolívares de sueldo. resolví casarme y así fue que unimos nuestros destinos Emma
Evelia Sánchez y yo en febrero de 1942, habiendo sido celebrado el matrimonio
eclesiástico en Valencia y dado que la contrayente era sobrina-nieta del
Monseñor Francisco Antonio Granadillo, primer obispo de aquella diócesis y
nexos de amistad que nos unían a Monseñor Gregorio Adam, tuvimos el privilegio
de que se nos casara, durante la misa celebrada al efecto y con una bella
platica respecto a la santidad del matrimonio y a los deberes de los conyugues;
cosas estas que pareciera han perdido un poco su vigencia en el mundo de hoy.
Para nuestra residencia en Caracas, había tomado yo en
alquiler la parte alta de una casa que habitaba Micaela y María Teresa Toro.
situada entre las esquinas de Guanábano y Amadores, en la parroquia La Pastora.
Las Toro eran dos ancianitas muy distinguidas -tanto que descendían del Márquez
del Toro, del cual conservaban un retrato grande en la sala, pudiéndose
apreciar, a simple vista, el gran parecido que tenía con el María Teresa, lo
cual debe haber contribuido a su soltería, carentes de fortuna, pero
conservaban esa casa y con su edad les impedía estar subiendo y bajando las
escaleras, además de que la planta baja era suficiente para ellas vivir;
resolvieron alquilar la parte alta y llegué en ese preciso momento, recomendado
por el médico que las asistía.
Bebella considero que no había podido escoger yo algo
mejor para nuestra vivienda, 'porque su independencia en los altos era
absoluta, pero se sentía acompañada. sabiendo que en la parte baja de la casa
estaban dos personas que casi nunca salían de allí y que habían puesto tanto
cariño en ella que si guardaba silencio por un espacio prolongado (a ella le
gustaba cantar), una de las Toro preguntaba: “Bebella, estás bien?".
En el banco me desempeñaba
satisfactoriamente y había cultivado muy buena amistad con mis compañeros de
trabajo, no eran notorias intrigas, ni rivalidades que no fueran las de
esforzarse por hacer bien las cosas: sin embargo, recuerdo un hecho que, aparentemente,
se originó un día cuando entro al Departamento de Contabilidad el Señor Hermann
Nass, Jefe del Departamento de Créditos, con un papel en la mano y dijo a
Martin Feo, nuestro Jefe, que se estaba tramitando una transacción importante.
con esa firma empresarial domiciliada en Cumaná, cuyo
balance tenía el en la mano. y era necesario que alguien interpretara ese
balance, para saber el grado de solvencia que podía tener aquella empresa. Esto
resulto sorpresivo. porque no era usual esta clase de estudio para acordar préstamos
Agrícolas: así que Martin le dijo al Sr. Nass que dejara por ahí el papel y más
tarde me pregunto si yo podía ocuparme de esta interpretación del balance, lo
cual respondí afirmativamente. Presentado el trabajo volvió Nass por el
Departamento, días después, y le pregunto a Martin que quien había hecho el
estudio e interpretación del referido balance y al decirle que yo, se acercó
por mi escritorio y me felicito, porque le pareció muy técnica Y atinada mi opinión,
haciéndome saber que él había tenido buena experiencia como investigador de créditos
en el Banco de Venezuela y que no lo habría hecho mejor.
Cierta mañana, después de lo que he relatado, se acercó
a mi Simón Clavo, un joven de Valencia que tenía poco tiempo en el B.A.F., pero
que habíamos hecho buena amistad, me dijo: No te conviene exhibir muchos conocimientos
de contabilidad aquí. Le respondí que yo no los tenía y no podría hacerlo. pues
no le pregunte el motivo de su recomendación y aun hoy no sabría explicármelo,
dado el buen concepto en que siempre he tenido a los presuntos rivales o
recelosos que pudieran existir; pero lo extraño fue que poco tiempo después y
tras unos cambios que sucedieron en la Junta Administradora, el nuevo
Director-Gerente, Dr. Ángel Biaggini, me pregunto si aceptaría mi traslado para
San Cristóbal, Estado Táchira, con el cargo de Contador de la Sucursal del
Banco que se iba a inaugurar ahí y me advirtió que yo tendría cargo de Sub-
Gerente. El sueldo era de Bs. 1200 y me pagarían los gastos de traslado, así
que el cambio parecía favorable, porque me estaban aumentado en un 50% el
sueldo y adquiría mayor rango en el escalafón; pero de verdad era también que
me estaban alejando del Departamento de Contabilidad y de Caracas. Nada quiero
agregar, ni nada más quise averiguar de esto. `
El 12 de agosto de 1942 me fue expedido el
nombramiento de Contador de la Sucursal y me entregaron una cantidad que creo
eran Bs. 600,oo para viáticos, debiendo salir al día siguiente. Yo tenía todo
preparado, porque se había convenido la fecha con antelación y mi esposa y yo estábamos
en la casa de mis padres, de donde saldríamos a tempranas horas de la mañana.
acompañados de mis hermanos Justina Y Jesús, quienes se habían ofrecido para
acompañarnos y aprovechar de conocer Los Andes. El viaje lo haríamos en el
automóvil de Jesús y teniéndolo a el como chofer.
Al amanecer del día siguiente en que salíamos, al
despertar me di cuenta que pasaba hacía el zaguán de la casa una muchacha de servicio,
muy mañaneadora y luego la oí que dijo: "Aquí como que se volvieron locos anoche".
¿Por qué dices eso? le pregunte y ella
me respondió: "Todos los pantalones y ropa de ustedes están aquí en el
suelo". Corrí hacía el zaguán y pude darme cuenta de que nos habían
robado, incluyendo el dinero para los gastos del viaje. Así pues, que surgía un
inconveniente para nuestra partida, pero mi padre tenía un dinerito mejor
guardado que el nuestro y me lo dio, recomendándonos conformarnos con lo que había
y que nos limitáramos a lo más necesario y económico en el viaje.
La primera jornada fue
hasta Barquisimeto, por la única vía que había, o sea la carretera Valencia-Puerto
Cabello- San Felipe, la cual se hallaba con largos tramos sin pavimentar y
llegamos bastante retrasados y cansados, por lo que no podíamos apreciar mucho
la calidad ni la comodidad del alojamiento y recordando las recomendaciones del
viejo, pasamos la noche en un pequeño hotel y hospedaje que
se veía limpio y decente. La segunda jornada fue Valera, donde nos conformamos
también con lo que podíamos pagar para alojarnos y al tercer día. por la tarde,
llegamos a Mérida: allí se me ocurrió acercarme a la agencia del Banco, la cual
iba a depender de la Sucursal de San Cristóbal y me identifique con el Agente,
quien inmediatamente me dijo que había recibido un telegrama para mí y me lo
trajo. en seguida. Era mi padre que me avisaba la captura de los ladrones y de
la recuperación de nuestro dinero. Le mostré el telegrama al Agente y le
propuse que me adelantara la suma correspondiente a mis viáticos, con cargo a
la Sucursal, donde yo lo reintegraría. De la Agencia salimos para el Hotel La
Sierra, uno de los mejores hoteles que tenía Herida y de allí en adelante
proseguimos el viaje disfrutando de lo mejor que encontrábamos.
Ya muy cerca de San Cristóbal nos encontramos con las
ferias y fiestas de Táriba, el pueblo estaba alborozado, pasamos frente a la
Plaza, en cuyo centro lucía un corpulento Samán y estaba llena de ventorrillos,
juegos, jinetes en vistosos caballos de paso, la mayoría venidos de Colombia,
para negociar sus bestias.
En San Cristóbal llegamos al Hotel Gómez Cisneros, la
dueña era doña Cándida Bezara de Gómez, una señora a la que tuvimos gran estimación
y aprecio mi esposa y yo, después de haber permanecido allí varios meses y
poder darnos cuenta de su bondad y gentileza.
El trabajo que me esperaba en la Sucursal era múltiple
y arduo, mi cargo era el segundo en importancia allí y como el Gerente era una
persona sin experiencia en el B.A.P., muchas cosas las dejaba a mi cargo, sin
que con esto quiera decir que Luis Eloy Sansón. que así se llamaba. estuviera
evadiendo trabajo y responsabilidades; este era un hombre competente y amplio,
pero confiaba mucho en mí y en la experiencia que había adquirido en el instituto.
Sansón fue mi relacionista en los medios sociales y gubernamentales de San Cristóbal.
En estos años de 1942 y 43, el B.A.P., desplegaba una
gran actividad. no solo como órgano del Ejecutivo Nacional para cumplir políticas
relacionadas con la importación de productos que escaseaban, por efectos de la guerra
europea y con la exportación de frutos como el café y el cacao, cuya falta de
demanda y de medios exportados, como consecuencia de la misma guerra hizo que
el B.A.P., fuese el importador y distribuidor de las llantas y tripas para automóviles,
azúcar, granos, aceites y grasas, vehículos, etc., y que se convirtiera también
en el único comprador, prácticamente, de toda la cosecha de café de los Andes
en estos dos años y teníamos grandes depósitos, arrendados, precisamente a las firmas
comerciales más importantes de la región andina y de Maracaibo.
Todo esto se hacía en una etapa en que la Sucursal de
San Cristóbal, no había salido aun de la etapa de su instalación y organización,
los registros de contabilidad de numerosos préstamos que nos fueron traspasados
de la Central presentaban diferencias en las cifras que componían el balance y había
que cuadrarlas, como se dice en el argot de contabilidad y, por otra parte, no
se podía detener la cobranza; en fin, la cosa era, como se suele decir un
paquete.
El Presidente del estado Táchira era el Mayor Francisco
Angarita Arvelo, primo hermano del General Isaías Medina Angarita, Presidente
de la República: el Secretario de Gobierno era el Abogado Francisco Manuel Mármol
y la Dirección de Política estaba a Cargo de don Aurelio Ferrero, padre de una
distinguida familia a la cual pertenecen destacados profesionales. Con estas
personas experimente el orgullo de que me dispensaran distinción y aprecio. El
Mayor Angarita me incluyó entre los miembros del Consejo de Economía del Estado
(aún conservo el Oficio en el cual fue expedido este nombramiento), organismo
que representaba corporaciones o entidades representativas de la actividad económica,
tales como: el Presidente de la Cámara de Comercio. el Gerente de la Sucursal
del Banco de Venezuela, etc., y se reunían en el Palacio de Gobierno, con los
funcionarios antes nombrados, para intercambiar opiniones respecto a los
asuntos que le eran sometidos a consideración, por disposición del Presidente
del Estado.
Mi permanencia en San Cristóbal fue un continuo trabajar y no podría referirme a otra cosa, salvo la muy importante de que allí nació mi primer hijo. Para residencia había alquilado una casa en la Parroquia San Sebastián, a una cuadra escasa de la Catedral. situación que, al principio agrado mucho a Bebella. por la cercanía para oír misa y más adelante lo protestaba por la frecuencia con que se quemaban fuegos artificiales ensordecedores. Con nosotros se fue a vivir Carmen Barela, una tía de mi esposa que ayudó a criarla, porque ella quedo huérfana de padres estando pequeña aun y esta abnegada mujer cuando supo que Bebella estaba grávida, se fue desde Montalbán a acompañarla.
Mi permanencia en San Cristóbal fue un continuo trabajar y no podría referirme a otra cosa, salvo la muy importante de que allí nació mi primer hijo. Para residencia había alquilado una casa en la Parroquia San Sebastián, a una cuadra escasa de la Catedral. situación que, al principio agrado mucho a Bebella. por la cercanía para oír misa y más adelante lo protestaba por la frecuencia con que se quemaban fuegos artificiales ensordecedores. Con nosotros se fue a vivir Carmen Barela, una tía de mi esposa que ayudó a criarla, porque ella quedo huérfana de padres estando pequeña aun y esta abnegada mujer cuando supo que Bebella estaba grávida, se fue desde Montalbán a acompañarla.
El 2 de junio de 1943 nació mi hijo Ricardo, fecha que
sería fácil de recordar por cualquiera que hubiese vivido en San Cristóbal para
ese entonces, porque al día siguiente llovió de tal forma que el rio Torbes y
la quebrada Machirí se desbordaron, arrollando el gran puente ornamental que
une a Táriba con San Cristóbal, el cual fue posteriormente reconstruido y quedó
tal como era y como lo vemos hoy.
![]() |
| Ricardo con el tio Miguel |
Es de imaginarse la satisfacción y complacencia que me
causo el nacimiento de mi primer hijo, lleno de gozo se lo comunique por teléfono
a mis padres y ellos me dieron también la buena nueva de que mi hermano Miquel
acababa de graduarse de Doctor en Ciencias Físicas y Matemáticas (título que
daban entonces a los Ingenieros) en la Universidad Central.
Al recién nacido lo presente en la Jefatura Civil de
la Parroquia, llevando como testigos a Luis Eloy Sansón y a Marco Tulio
Villamizar, otro compañero de trabajo. El Jefe Civil, cuando me entrego la
boleta me dijo, con ese acento típico de la región: Alas señor Manzo, no estaría
en sus planes llevarse al regreso a un hijo chácharo! (así le decían aquí en
Caracas a los andinos que llegaron en las tropas de Castro y Gómez y que luego
Pelearon en cuerpos represivos de gran ferocidad, como "La Sagrada“).
![]() |
| Ricardo con su abuela, Natividad Nunez de Manzo |
Al año siguiente a fines de abril, se le presentaron
complicaciones a mi esposa, con un nuevo embarazo y tuvimos que viajar a
Caracas, con el propósito de consultar a un médico de vasta experiencia, como
era el doctor Leopoldo Aquerrevere y bajo sus cuidados quedo Bebella, pero,
fatalmente, no se pudo impedir el aborto y el día en que se presentó, no estaba
en la ciudad este médico y para desgracia nuestra fue atendida por otro cuyo
nombre no recuerdo, ni quiero recordar. Vi expirar junto a mí. a poco más de
dos años de casado, a la mujer que tanto ame y que se me iba dejando un hijo de
apenas once meses de edad. Aquel día fue el 17 de mayo de 1944, creí enloquecer
y tal vez no cometí un desatino porque entre las cosas que hizo ese médico, fue
extraerme creo que medio litro de sangre para una transfusión apresurada con
que creyó contrarrestar los efectos de la hemorragia interna que le diagnostico
a mi esposa.
El mundo se me vino abajo, no puedo describir lo que sentí
y salí a buscar el refugio que me dictó el subconsciente: renuncié a mi cargo
en el B.A.P., y me fui a Montalbán. con mi hijo y con Carmen Barela, mujer ésta
a quien creo que nunca supe retribuir, el comportamiento que tuvo conmigo y con
mi hijo.
Yo había comprado a mis tías Heriberta y Carmelita el
fundo Araguita, heredado de sus padres y el cual había formado parte de la
hacienda que administró mi padre y, justamente. en esta parte se hallaba la
casa donde nací. La adquirí en completo estado de abandono, pagando cuotas mensuales
de Bs. 200,00 que era el precio convenido: era administrada por mi hermano
Sergio, a quien admití como socio, en partes iguales, aprovechando así su dedicación
a las labores Agrícolas y el, a su vez, encontró como trabajar en algo propio,
dejando así una condición que era de jornalero.
Como Sergio ocupaba con su familia la casa de campo,
alquile otra en el pueblo, para dormir y pasaba todo el día junto a mi hermano,
dejando que el pensara por mí, buscando quehaceres físicos que no me dejaran
recordar mi tragedia y no quería ver llegar la noche, porque además de los
pensamientos. estaba mi hijo pequeño que llamaba a su madre y a veces se resistía
a dormir. No sé cómo pude resistir esta angustia y sobrevivir, seguramente la
formación cristiana que me dieron me impidió tomar una decisión desesperada.
Transcurridos los primeros meses fui serenándome y comencé
a buscarle ocupación a mi mente en lo que tenía más inmediato, que era la Administración
del fundo; este permanecía con sus plantaciones de café, bastante viejas y la producción
era escasa, pero en Montalbán existía aun el mito del café y apenas uno o dos
hacendados habían tenido el coraje de talar el cafetal y dedicar la tierra a
otros cultivos. Yo quise que fuéramos los terceros Y le propuse a Sergio
cambiarnos al cultivo de azúcar y de acuerdo ambos, lo primero que hice fue
negociar con comerciante en madera las especies que servían de sombra al cafetal;
allí había algunos árboles de caoba. cedro y algunas otras de las llamadas
maderas finas que se vendían a altos precios, pero eran pocos y la mayoría no
eran de esa calidad. Me enteré de que el comprador tenía entre sus negocios una
empresa funeraria y le hice ver la posibilidad de utilizar con gran provecho
para él, las otras maderas escogidas a Bs. l.600.oo el metro cúbico, finalmente
le pusimos precio al camión de madera, cortado y carreado por el (en aquel
tiempo solo había camiones pequeños con no más de tres toneladas de capacidad).
El precio por camión fue fijado en Bs. 20,oo y se había cambiado un poco más de
600 camiones cuando nuestro cliente abandono la explotación. quedando algunos árboles
de poco grosor, los cuales se derribaron por nuestra cuenta y junto con el
ramaje que había quedado sobre el terreno, se convirtieron en astillas que se
vendían para combustible y otros usos.
Así fue como tuvimos los primeros dineros para
preparar las tierras y me fui al Ministerio de Agricultura y Cría para hablar
con el Ministro, don Rodolfo Rojas, quien me distinguió con su amistad y le pedí
que me ayudara con alguna cantidad de semillas de caña, dado que mis recursos
eran escasos y el Ministerio facilitaba la propagación de buenas variedades que
se cultivaban 'en la Hacienda La Provincia, donde funcionaba la Escuela
Practica de Agricultura, en Maracay. Don Rodolfo mando a preparar un oficio,
para el Director de la Escuela, ordenándole entregarme 20 toneladas de semilla
de una variedad que, si mal no recuerdo, se denominaba P.O.J.2878.
Alquile un camión y me presente a la Escuela en
Maracay, para retirar la primera porción de esta semilla, con la desagradable
sorpresa de que el Director, al leer el oficio, se empino (porque era de más
baja estatura que la mía) y acercó la cara, casi hasta mi nariz, para decirme
que allí no se regalaba semilla. Sentí deseos de ponerlo sobre sus talones con
un buen coscorrón, pero me contuve. le dije, simplemente, que eso tenía que
decírselo al Ministro y que yo había llevado un camión. para comenzar a
transportar la semilla. Dijo otras cosas más y finalmente se acercó a unos
hombres que estaban por allí. les dijo algo y se alejó sin hablarme; dos de
esos hombres me indicaron hacía donde debíamos dirigir el camión y que ellos tenían
orden de cortar las cañas. La descortesía y la maldad de aquel Director llego a
disponer que llenaran el camión de caña vieja, casi totalmente inservible para
semilla y tuvimos que botar más del 50%. Así que en el segundo viaje volví a
hablar con él, le reclamé lo del viaje anterior, advirtiéndole que, en esta ocasión,
si me daba la misma basura, me iría con el camión para el Ministerio y pondría
la queja a mi amigo el Ministro y al fin accedió a suplirme la semilla como era
debido.
He sido prolijo en la narración de este incidente,
porque quiero referir también lo que ocurrió entre este tantas veces nombrado
Director y yo, años después.
En 1950 era yo Gerente de la Corporación Venezolana de
Fomento y un día me anunció el portero el nombre de aquel señor como el de una
persona que quería verme; también el Jefe del Departamento de Cobranzas lo vio
sentado en la sala de espera y vino a ponerme alerta, respecto a la morosidad
de este señor, como prestatario del organismo y me dejo en un papel el
respectivo estado de cuenta. Con estas armas en las manos, lo mandé a pasar y
cuando me tendió la mano y pronunció su nombre, le dije: si doctor, ya nos
conocemos, recordándole como y donde. Se turbo mucho y, desde luego, manifestó
no recordar el incidente, pero al preguntarle yo el motivo de su visita, no
hallaba por dónde empezar, hasta que dijo, más o menos. lo siguiente: "Yo pensé
que usted podría ayudarme a salir de una situación difícil en que estoy, como
consecuencia de las malas cosechas de arroz en los últimos años, cuyo producto
no alcanzaba para solventarme sin suministro". Esta explicación me pareció
inverosímil, pero ratificada su condición de moroso, con el agravante de haber
dispuesto de los frutos, los cuales, según el contrato de préstamo, constituían
garantía de Prenda Agraria a favor de la C.V.F., y él no podía disponer de
ellos: así se lo hice ver y asintió con la cabeza, mirando el piso. Finalmente,
le dije que nuevas prorrogas para cancelar el préstamo era algo que solo podría
acordarlo el Directorio. Pero que como debía también unas letras que le había
descontado la Gerencia yo le prometía que si entregaba el arroz que en ese
momento estaba cosechando y era suficiente para cancelar las letras, le volvería
aceptar las letras por el mismo monto, para que pudiera atender los gastos de
la nueva siembra y que fuera buscando un fiador. para que yo pudiera apoyar su
solicitud de prórroga ante el Directorio.
De allí se fue muy satisfecho mi entrevistante y como
las cosas se le resolvieron mejor de lo que él esperaba, parece haber quedado
agradecido, porque, como es absolutamente cierto que el mundo da muchas
vueltas, transcurrido cierto tiempo más. este mismo hombre fue designado
Director de Agricultura del H.A.C. Y lo era para la fecha en que recibí telegrama
de un sobrino. hijo de Sergio, en el cual me participaba que su papa había sido
detenido por la Guardia Nacional, acusado de haber represado el rio Araguita,
para regar un tabaco (esta era una práctica frecuente entre los ribereños del
rio, durante el verano: pero dejaba secos a los demás y la Guardia lo reprimía.
en caso de denuncias). Así que no hallando a quién recurrir, me fui al M.A.C.,
para establecer un nuevo eslabón en esta cadena de obligaciones pruebas entre
aquel señor y yo. Me atendió inmediatamente y tras advertirme, como yo sabía, que
el asunto no era de su competencia, se levantó del asiento y me invito a ir al
despacho del Director de Bosques y Aguas, a quien pidió resolver el asunto como
si se tratara de que fuese el mismo el afectado, lo cual surtió el efecto por
mi deseado. Hasta aquí la anécdota.
Transcurrían los meses de mi estada en Montalbán.
ocupándome, junto con mi hermano Sergio, de la transformación del fundo de nuestra
propiedad, cuando recibí, en los primeros días de diciembre de 1944, un
telegrama del doctor H.A. Palma Labastida, entonces Sub-Director del Banco Agrícola
y Pecuario, en el cual me participaba que el Director Gerente, Hermann Nass me ofrecía
el cargo de Jefe del Servicio de Inspección y que, en caso de aceptar, le
avisara por la misma vía telegráfica.
Yo estaba seguro de que, si continuaba ocupándome de
la finca Y de actividades para mi beneficio personal, iba a tener buen éxito y tal
vez hoy seria dueño de una importante empresa Agrícola o comercial; pero el
dinero no ha sido la más importante preocupación de mi vida y para el momento
en-que recibí la oferta de mi amigo H. Nass, intelectualmente me sentía un poco
deprimido, me empezaba a hacer falta una actividad más compleja, a la que ya
estaba acostumbrado; recordé en aquel momento, con el telegrama en la mano aun,
que el día antes me hallaba solo en el corredor de la casa de la hacienda y
llego un campesino a saludarme y a conversar conmigo, para provocar un dialogo
sobre cosas tan fuera de mi credibilidad como esta que no olvido: "Este
año el verano va a ser muy fuerte" y al preguntarle yo porque decía eso,
largo un escupitazo y respondió. señalando un pequeño charco “se están muriendo
las lombrices". La verdad es Que no he tratado de comprobar el fenómeno.
pero no era divertido oír este tipo de cosas y estar mucho tiempo apartado del
roce con otro tipo de personas cuando se tiene el espíritu aun lacerado por una
pena. A esto se agregaba que Sergio, en más de una ocasión, me pidió que dejara
más a cargo de él las relaciones de mando con los peones, porque ya varios de
ellos se habían quejado de mi trato con ellos. Es posible que tuvieran razón,
yo era un amargado y un inadaptado, porqué desde mi niñez había salido del medio
rural, así lo juzgué y respondí al Dr. Palma aceptando y agradeciendo la
oferta.
Para trasladarme a Caracas. dejé a mi hijo Ricardo y a
Carmen Barela en la casa de una hermana de ella. Amadora, casada con Manuel
Vicente Tortolero, padres de varios niños y yo estaba seguro de que allí
Ricardo iba a tener afecto y compañía, hasta que yo pudiera llevarlos conmigo.
CAPÍTULO VI
Al llegar al Banco Agrícola y Pecuario, en Caracas, me
fue entregado el siguiente Oficio:
Caracas, 9 de diciembre de 1944
Señor Antonio J. Manzo Núñez,
Presente.
En ejercicio de la facultad que me concede el Ordinal
7o. del Articulo 10 del Reglamento de la Ley del Banco Agrícola y Pecuario,
designo a usted para desempeñar el cargo de Jefe de Servicio del Departamento
de Inspección de esta Oficina Central, con la asignación mensual de un mil bolívares
(Bs. 1.000.00), cargo creado por la Junta Administradora.
En caso de aceptación, sírvase prestar el Juramento de
Ley ante el suscrito.
De Ud. atentamente
fdo. Hermann Nass
Reingresaba yo con doscientos bolívares menos de
sueldo, pero con la distinción de habérseme ofrecido este cargo, creado por la
Junta cuando me hallaba en un apartado lugar, desvinculado del Banco.
Hermann Nass era un hombre
exigente con el personal. duro en su trato; pero justo y ecuánime. En mi
primera entrevista con él me dijo: “no creas que me acorde de ti por tu bonita
cara, hay problemas y me tienes que ayudar”. Abrió una gaveta del escritorio y saco
un papel, agregando: "mira esta carta, hasta ganas tuve de personalmente a
poner remedio a esas cosas". Era una carta de un señor Monserratte, del
Territorio Delta Amacuro y con vinculaciones en toda la región del Orinoco; le
hablaba de Tucupita. Barrancas y Cutiapo cuestiones relacionadas con las
compras de arroz que efectuaba el B.A.F. y los créditos que estaba concediendo
a fondo perdido, a deudores imaginarios y de una cantidad de irregularidades
que podían tener conexiones o estar ocurriendo también en Ciudad Bolívar y
otros lugares. El que informaba era hombre de confianza de Nass y este me dijo:
"anda preparando lo necesario para iniciar en enero una gira de inspección por toda esa región, no se te olvide
meter bastante tabaco en la vejiga, porque quiero que no te falte.
El Jefe del Departamento de Inspección era Manuel
Emilio González. uno de los funcionarios con mayor antigüedad en el Banco, a
quien había conocido en el Departamento de Contabilidad y estuvimos también
algún tiempo juntos, cuando el utilizaba los detalles de la instalación y organización
de la Sucursal de San Cristóbal; tuve una larga conferencia con el respecto a
los deberes de mi cargo; al examen de cuentas de las Sucursales y Agencias, en
especial de aquellas que me tocarla Inspeccionar en fecha próxima y de lo
relativo al viaje. Con respecto a lo último me dijo que yo estaría asistido por
el Inspector Ramón H. Rojas, quien había examinado esas cuentas y me sería de
gran utilidad; agrego que me tocaría estrenar el avión que había adquirido
recientemente el B.A.P. y este iba a ser su vuelo de prueba (Este-avión
monomotor y con capacidad para cuatro personas, incluyendo al piloto, fue
comprado. de segunda mano, según decían, pero yo creo que había pasado yo por
muchas manos y hasta era posible que hubiese pertenecido a un circo o parque de
atracciones, pues antes de la última pintura debió lucir un ovalo con la figura
de Popeye, en ambos costados y este se traslucía visiblemente).
Llegó el día de la partida y a tempranas horas salimos
del Aeropuerto de Maiquetía, llevando como piloto al vendedor o intermediario
de la venta del avión: el copiloto era mi amigo Leopoldo Ferrero, quien quedaría
como piloto regular al servicio del Banco y como pasajeros: Ramón H. Rojas y
yo. Hicimos escalas en Barcelona y Maturín, llegando a Barrancas después del mediodía.
El aeropuerto allí era un claro en la sabana. con una pequeña caseta y distante
unos seis kilómetros del Doblado: tuvimos que esperar largo rato para que
llegara la camioneta que nos llevaría a destino.
Mi acompañante era un hombre joven. gordo y de trato
agradable, I era hijo único y nunca antes se había separado de su mama a
distancia mayor que entre La Victoria. Edo. Aragua, donde residían I y Caracas;
esto y cierta aprehensión que parecía tenerle a los aviones, lo hizo venir cabizbajo
y silencioso durante todo el viaje y no quiso probar ni agua en los puntos
intermedios. Allá, definitivamente en tierra y en ayunas, sintió el reclamo de
su corpulenta humanidad y le oí decir con voz queda y como hablando solo: ¡Que
hambre tengo! Busqué un bolso de provisiones que me habían recomendado llevar:
un perol de jugo y partí un trozo de queso y le recomendé entretenerse con eso.
hasta que llegáramos al hospedaje.
Al día siguiente visitamos al Agente del B.A.P., quien
atendía a la compra de arroz y demás actividades del cargo en su propio
establecimiento comercial y se mostró bastante nervioso cuando me identifique y
le presente a Rojas. Acto seguido procedimos a practicar lo que se denominó Arqueo
de Caja y el resultado fue que faltaba dinero, según los libros y la propia
confesión del responsable, quien dijo que había adelantado dinero, a vendedores
de arroz, sin exigirles recibo y otra porción se la había facilitado,
provisionalmente, al Agente del Banco en Tucupita, quien "había pasado
para los caños a cobrar" y le devolvería el dinero. Con versiones tan
peregrinas, yo le recomendé no dejar constancia de estas cosas en el Acta y que
tendría que aceptar que había un faltante y responder, él o su fiador por esa
suma, haciéndole firmar el Acta.
Por la noche se presentaron este hombre y su fiador a
la Pensión donde estábamos hospedados y muy exaltado el Agente comenzó por
decirme que le cuidara su nombre, porque él era un comerciante conocido como
hombre honrado y yo no le iba a echar por el suelo esa fama. Le respondí que
era el mismo el que podía cuidar su nombre, que yo no había ido allá para eso,
sino en representación del B.A.P. y obligado a cumplir con mi deber. Entonces
fue el fiador el que inquirió si yo estaba seguro de que su protegido se había
apropiado de algo, porque él no iba a pagar eso. sin antes taparse embargando
el negocio. Le recomendé a los dos que esperaran el resultado de la revisión que
nos proponíamos hacer de la contabilidad y el inventario de una gran cantidad
de arroz en concha, con lo cual estaba llena una de las casas más espaciosas de
Barrancas.
Al día siguiente hice un contacto con el agente de la
Compañía Venezolana de Navegación, Sr. Marcos Martino y luego con otras
personas representativas del lugar. entre ellas el Sr. Pedro Soto, dueño del
establecimiento comercial más importante de la localidad y le pregunté si
estaba dispuesto a servirle de fiador a un cuñado suyo que me había recomendado
Martino, para reemplazar al Agente del B.A.P., cosa que yo quería hacer de inmediato.
El inventario del arroz se inició también de inmediato. Ubicando arrumes que
aparecían bien estibados; contando sacos y pesando lotes escogidos al azar. Al
cabo de tres días llegamos a la conclusión de que podía haber también un
faltante y resolví poner un telegrama al Director Gerente, pidiéndole autorización
para suspender del cargo al Agente y encargar a la persona que me habían
recomendado. El arroz almacenado estaba infectándose de un insecto que llaman
Palometa y como la trilladora instalada en Tucupita había sido dañada por la
gran creciente del Orinoco el año de 1943. Estaba aún en reparación, solicite también
autorización para embarcar ese fruto hasta Puerto Cabello, con destino a la
trilladora que estaba instalada en La Encrucijada, Edo. Aragua; lo cual fue
aprobado. Marcos Martino se encargó de hacer llegar el vapor “Paparo”, unos días
después. cosa que se dificultaba porque era la estación de verano ya y el rio había
bajado un tanto su nivel.
Con la entrega de la Agencia, fue repuesto el dinero
faltante en Caja, pero surgieron denuncias sobre otras irregularidades, como
una retención que se hacía a los vendedores de arroz. Haciéndoles creer que
pagaban flete hasta Tucupita; deudores de préstamos que aparecían sin domicilio
ni dirección de cobro y a quienes nadie conocía y otras cosas en las cuales se
involucraba también el Agente del Banco en Tucupita. Así que mientras llegaba
el Paparo. que tardaría por lo menos una semana. confié las existencias de arroz
al Agente de la Compañía embarcadora. le di instrucciones al nuevo Agente del
B.A.P. para recabar algunas informaciones y resolví adelantar la visita a
Tucupita, a cuyo efecto. alquile una curiara (la pequeña embarcación indígena),
con motor fuera de borda y, muy de mañana embarcamos Rojas y yo.
El viaje hasta Tucupita, con este tipo de embarcación
se hacía en unas seis horas, pero teníamos que detenernos en la Isla de
Coporito, para visitar a los hermanos Dellán, unos comerciantes que servían como
de corresponsales del B.Q.P. en aquella Isla: efectuaban cobros, hacían
entregas de dinero a cuenta de préstamos. etc. Allí llegamos un poco después de
las nueve a.m. y nos sirvieron un opíparo desayuno, para luego ver, en poco
tiempo, lo sucedido después de su última rendición de cuentas: estos señores
eran muy correctos y sus cuentas aparecían claras. Antes del mediodía. seguimos
para Tucupita y Rojas, que tan asustado se vela en el avión iba confiado y feliz
en aquella canoa, tan angosta que uno sentado en el medio podía agarrarse los
costados y la maleta no cabía atravesada.
En la Agencia de Tucupita nos estaban esperando, la expresión
de los rostros indicaba que no estábamos llegando de sorpresa y hasta era
posible que lo supieran con días de anticipación. Practicamos el Arqueo de Caja
y resulto conforme, todo estaba en su puesto y a las preguntas que hice al
Agente, con relación a lo oído en Barrancas, se hizo el desentendido.
La ciudad estaba sufriendo aun las consecuencias de la
gran creciente del Orinoco en el año 1943. una de las más grandes que se
recordaban; estaban reponiendo la tubería de las cloacas. Las cuales habían
estallado con la presión del agua: el malecón estaba destruido y el Ingeniero Mandry,
del M.O.P. acopiaba piedras y otros materiales, para reconstruirlo (la piedra había
que llevarla de muy lejos), de modo que, por todas partes se observaban
estragos. Al hotel nos fue a visitar el Dr. Federico Núñez García, hermano de
un apreciado compañero nuestro en Caracas: él era médico y estaba al servicio
de una compañía que hacía exploraciones de petróleo en la zona; estaba alojado
en una casa flotante. en medio del caño. y nos recomendó tomar precauciones,
sobre todo con el agua y la comida de alimentos crudos, porque había muchos casos
de disentería amibiana. Nos regaló. a Rojas y a mí. sendos frascos de un producto
denominado Alazone, que contenía cloro. según creo; para que le pusiéramos una
pastilla al agua que íbamos a tomar y lo mismo para lavar las frutas y otros
vegetales crudos.
Rojas, quien a ratos se ponía nostálgico y taciturno,
desde que llegamos a Barrancas, con esta noticia se puso peor y llego un
momento en que me dijo: “Yo le hago mucha falta a mi viejita y será mejor que
renuncie y me vaya". Lo disuadí de esta idea y le aconsejé trabajar duro
en la revisión de las cuentas, para salir pronto de allí.
Al día siguiente me visito un señor Gómez que había
sido el Contador de la Agencia, hasta hacía poco. pero fue retirado por el
Agente porque no acepto entrar en componendas para adjudicarse préstamos con
nombres imaginarios, según él. Este hombre era yerno de un juez de la localidad
y posiblemente asesorado por su suegro, había acumulado unos cuantos indicios
de lo que estaba aseverando en contra del Agente. Sobre la marcha puse en jaque
a este hombre para que identificara y diera la dirección de prestatarios que aparecían
en los libros sin tales requisitos y de los cuales tampoco aparecía solicitud de
préstamo. lo cual era acostumbrado, invariablemente; salidas de Caja sin que
constara el destino que se daba al dinero e ingresos que tampoco se indicaba de
qué procedían, lo cual confirmaba la aseveración de que el Agente hacía
negocios. préstamos leoninos y otras cosas con los dineros del Banco. Ante los
hechos. puse un cable al Sr. Nass, recomendándole suspender también a este
Agente y ordenarle su traslado a Caracas, pero no recomendé sustituto, porque
para ese momento no conocía a alguien con aptitudes para el cargo.
Como respuesta, el Director-Gerente envió a un joven
de apellido Serrano, por avión y traía una carta para mí, en la cual me
ordenaba ponerlo en posesión del cargo y otra para el Agente, ordenándole
trasladarse a Caracas. Así se hizo y, además. nombre, sujeto a confirmación, al
Sr. Gómez como Contador de la Agencia, nuevamente, haciéndole ver a Serrano lo
útil que le seria aprovechar la experiencia de este empleado. Próxima como
estaba llegada la del vapor Páparo a Barrancas, regresamos Rojas y yo, para ocuparnos
de embarcar el arroz, cuya cantidad se aproximaba a medio millón de kilogramos.
Durante los tres o cuatro días que tardó en llegar el
barco. Nos ocupamos de contratar los obreros, unos veinte, para transportar los
sacos hasta el embarcadero y para que nos arreglaran una especie de balsa,
hecha con tres curiaras a las cuales se le atravesaron unas tablas y quedo como
una plataforma que flotaría a la orilla del embarcadero, para colocar los sacos
y ponerlos al alcance de la eslinga del vapor. El enganche del personal se hizo
dificultoso, porque la gente allí estaba palúdica y pocos se sentían capaces
para ese trabajo de caleta. Esto no alarmo y más aún una conversación que
tuvimos con el Cura Párroco. de apellido Rincón. quien resultó ser un viejo conocido
mío, pero lo había olvidado. porque él fue cura de Montalbán. mi terruño,
cuando yo estaba pequeño. Nos dijo que el año anterior y desde que bajo la
creciente del rio. los muertos fueron tantos que el Jefe Civil le prohibió los
dobles de campana, para no impresionar más a la gente, porque aquello era
seguido yo soy el único viejo que aquí". me dijo "y eso porque apenas
estoy desde hacen tres años y me cuido mucho", agrego. Por supuesto, nos
habilitamos con preventivos y desde muy tempranas horas de la noche no salíamos
del comedor de la Pensión, cuya puerta y ventanas tenían tela metálica anti
mosquito, y después de charlar o entretenernos con algún pasatiempo, íbamos a
la habitación y a meterse en la hamaca, bajo mosquitero. Luego hicimos amistad
con los jefes de la Estación de Pilotaje. Ttes. Palermo y Montero y nos
reuníamos siempre con ellos. Marcos Martino, Pedro Soto y otros, en lugares con
protección anti mosquito, para charlar y jugar domino.
Llego el Páparo y fondeo en medio del rio. lo que
significaba una distancia grande del embarcadero y suponía tener que
transportar el arroz en otras embarcaciones, de las cuales no se disponía. Ne
comunique con Marcos Martino. expresándole mi preocupación y juntos fuimos' en
una lancha a hablar con el Capitán del barco. Este resulto ser un altanero
señor de origen vasco, a quien no pudimos convencer de que acercara más la
nave, sin tener. porque había suficiente profundidad todavía. Regresamos a
tierra y me fui al Comando de Pilotaje, allí no estaba el Jefe, Teniente
Palermo, pero me atendió su segundo, el Teniente Narco Tulio Montero (Este
Oficial. muy joven entonces; llego a ser Comandante General de la Marina, años después);
le expuse el caso y me invito a volver al barco, en su chalana. Allí discutió
con el tozudo Capitán y finalmente lo obligo a maniobrar hasta ponerse a
distancia razonable y pudimos llevar a cabo las labores de embarque y todo salió
bien.
Teníamos ya sustanciado el expediente de todo lo
actuado, listo para redactar el informe y aprovechamos el toque de un avión de
la Línea Aeropostal Venezolana, para regresar a Caracas.
Los años de 1945 y 1946 fueron para mí de un continuo
viajar, sitios que recuerdo haber visitado son: Barrancas, Tucupita, Ciudad Bolívar.
Maracaibo. Puerto de Altagracia, Quisiro, Valera, Boconó, Barquisimeto, Carora,
El Tocuyo, San Felipe, San Juan de los Morros, Calabozo, San Fernando de Apure,
Barcelona, Cumaná, Maturín. Seria tedioso hacer continuo el relato de las
incidencias del trabajo, que fueron muchas y no sé porque, siempre hube de
afrontar cosas que no parecen de la vida diaria y podría pensarse que son
inventivas de mi imaginación; pero quiero ser enfático en decir que lo que aquí
escribo es rigurosamente histórico y hay todavía muchos testigos de lo que
relato. de la cronología para referir algunas anécdotas que dan idea de cómo
eran las condiciones de alojamiento y las divertidas peripecias que salpicaban
la vida de los viajeros, por aquel I tiempo
A Barcelona llegué un día muy caluroso. estaba lleno
de polvo, acalorado, cansado y solicite alojamiento en el Hotel Pan American,
situado a un extremo del puente sobre el río Neverí y me dieron una habitación
de las primeras que se hallaban a la entrada: al mismo llegar y en bata de baño
y suecos. salí al corredor, preguntando hacía qué lado estaba el cuarto de
baño. El dueño, un señor gordo con acento español me indico, desde el extremo
del corredor, donde estaba sentado en una silla recostada de la pared. hacía
donde debía dirigirme. La casa tenía un jardín interior con muchas palmeras y
helechos que hacían prácticamente un bosque; yo avanzaba por la orilla del
corredor, frente al jardín, cuando de pronto me salto un caimán. como de un
metro de largo, llegándome relativamente cerca con la tarascada y por supuesto brinqué,
me enredé en los suecos y caí. Esto lo celebro el hotelero con una carcajada y
yo, enfurecido, agarre un sueco y se lo lance con tal fuerza que. no di en el
blanco. pero el sueco pego en una pata de la silla y la partí. cayéndose el también.
De allí se paró diciéndome que "Josefina" estaba amarrada con una cadena
y que, además, solo era una juguetona, exclamando luego: "¡Caramba, usted
acaba de llegar y ya me estropeo una silla!" Lo y le dije que, si él tenía
otras diversiones como esa, no sabía que más podía yo romper.
El señor este resultó de muy buen humor y me apaciguó
de una forma que hasta pena me dio haberlo sacudido. El baño acabo de serenarme
y de regreso me detuve a conocer a Josefina, la cual estaba realmente atada con
una cadena que le impedía alcanzar más allá del sardinel.
Al Hotel Caracas, de Ciudad Bolívar. llegue en una ocasión
en que estaba con mucha gente y el viejo Silvio me dijo que tendría que
compartir con tres personas más uno de los cuartos largos que había en los
altos, con frente para el Paseo, el famoso boulevard del rio y que. en realidad,
eran muy ventilados. Aquellas tres personas eran: un joven alemán que
representaba a un laboratorio o fábrica de medicinas, su padre (recién llegado
de Alemania) Y otro agente viajero que creo vendía también medicinas. Durante
la cena me explico el alemancito que su padre era un gran admirador de Bolívar
el Libertador y que habla ido a conocer esa ciudad que llevaba el nombre del héroe.
Lucia este señor ser un hombre muy pulcro. vestido de blanco y cabeza rapada
muy brillante.
En el dormitorio, los alemanes ocuparon camas con
mosquitero y el otro señor, creo que de apellido Molina y yo, nos acomodamos en
chinchorros que colgaban cerca de las camas; hacía mucho calor y a media noche nuestro
acompañante del otro chinchorro se daba grandes mecidas y de pronto se soltó
una cabuyera, yendo a caer ' este hombre sobre el viejo alemán y este armo un
alboroto. Cuando encendimos la luz estaban los protagonistas enredados en el
mosquitero y la cama torcida hacía la pared; entre el joven alemán y yo
logramos poner a nuestros compañeros en pie y calmada la cosa nos dijo el
germancito, con candorosa ingenuidad: "Gracias a Dios que ustedes no
entienden alemán, porque mi padre ha dicho cosas muy feas y hasta a Bolívar lo
ha mandado a ... bueno, al carajo, como dirían ustedes.
Quisiro es una población zuliana que se halla en los límites
con al Estado Falcón y me dicen que ahora se llega a ella por carretera
asfaltada. pero para la época de mi relato se iba, desde los Puertos de Altagracia
a través de cujisales y salinetas, y por los días que estuve allá batía, constantemente,
una brisa, cargada de arenilla. la cual se hacía casi insoportable, al menos a
este forastero. El B.A.P. tenía allá una Agencia y una planta trilladora de
arroz, el titular de esta Dependencia era un señor de apellido Faria. ya anciano
y de aspecto imponente: corpulento y de larga y poblada barba.
Al llegar me entere de que la trilladora estaba
paralizada por una huelga que mantenían los obreros y como el motor de esa
Planta era el que movía también el equipo que daba alumbrado al pueblo, este se
mantendría a obscuras. Pedí información al respecto a los motivos de la huelga
y el Señor Faria me mostro un pliego en el que los obreros (unos doce o quince
en total) pedían: un filtro para el agua de tomar, mascarillas
"nariceras", para evitar el polvillo de la concha de arroz, el cual
es, realmente irritante, y no recuerdo que otra pequeñez cuyo valor total no
llegaba a quinientos bolívares (Bs. 500,00). Al imponerme de esto le dije al
Sr. Faria que el Banco accedía a estas peticiones y que dijera a los obreros
que podían reanudar sus labores de inmediato; pero este señor me dijo que mejor
se los dijera yo mismo. porque él prefería renunciar y me hizo saber que él había
sido educador en aquel pueblo. para formar hombres y no podía ahora propiciar
mariqueras. Me costó gran trabajo hacerle cambiar de actitud, haciéndole ver
que sus escrúpulos eran una cosa y los intereses del Banco eran otra y que tal
vez él estaba exagerando los resultados de aquella protección que pedían los
obreros y al fin mandó a llamar el líder del grupo. Entre tanto le pregunte al
viejo donde podía hospedarme y me contestó que en esa localidad no había hotel,
ni pensión, que podía guindar un Chinchorro en el mismo lugar de la Agencia y
que si no traía esta prenda, podía provechar la oportunidad de comprar uno muy
bueno, de guaralillo y premiado recientemente en una exposición de
manualidades, el cual estaba a la venta en casa de una familia Valle, donde
hablaría para ver si convenla en prepararme la comida también. "Es una
familia honorable", me advirtió y pude comprobar que realmente lo era`.
Los obreros se presentaron y les dije que todo estaba
solucionado y que enviarla a buscar los útiles que ellos pedían a Maracaibo,
porque en la localidad no se conseguían y que pegaran para que esa noche
tuviera luz el pueblo; pero me dijeron que esperaban para esa tarde, al Dr.
Jesús Paz Galarraga y según lo que les dijera, reanudarían o no el trabajo. Allí
conocí a este líder político de ya larga trayectoria, luchando por una causa
que él debe considerar la más justa.
En la reunión de la tarde, el Sr. Faria arremetió
contra los obreros, les dijo que se iban a ver muy bonitos con esas nariceras y
que pidieran también guantes y botas para esas patas, etc. "En maricos van
a parar todos ustedes" Dijo, por último. ante la tranquilidad y silencio
absoluto de los que estaban pidiendo los trabajadores y finalmente, se suspendió
la huelga.
Este hombre, tan autentico, me refirió que, entre sus
discípulos, en su larga trayectoria de maestro de escuela, contaba con Valmore Rodríguez
y a Isidro Valles. por destacar solo a dos personas que se destacaron en la
lucha contra la dictadura y el primero de ellos, con destacada figuración en
los cuadros de un partido político.
CAPÍTULO VII
El 18 de octubre de 1945 ocurrió el golpe
cívico-militar que se conoce como la Revolución de Octubre. un poco olvidado ya,
con el cual fue derrocado el Presidente Isaías Medina Angarita. Yo estaba en
Caracas y vivía en la Pensión Amelotti. ubicada entre las esquinas de Socarras
y Corazón de Jesús. en la misma cuadra que en marte ocupaba la Sede principal
del Banco Agrícola y Pecuario y en esta Pensión estaba hospedado también por
esos días. el Dr. Manuel Noriega Frigo. un médico zuliano vinculado a la Dirección
del Partido Acción Democrática. uno de los factores de suceso insurreccional.
Para mi familia. el año era luctuoso. porque había
muerto mi hermano Augusto y la salud de mi padre se deterioraba por lo que resultó
ser un cáncer pulmonar.
Al día siguiente de haber sido depuesto el Presidente
Medina. nos hallábamos en el Banco. a puerta cerrada, el Dr. M.A. Palma L.,
Subdirector y un grupo de funcionarios que tratábamos de ultimar detalles para
la virtualmente segura entrega de la Dirección, por cambios que vendrían de inmediato.
como consecuencia del golpe. Al parecer. se había presentado a la puerta un
señor que llevaba poco tiempo trabajando en el B.A.P., en el Departamento de Inspección.
precisamente. al lado mío Y se decía que había sido recomendado por el propio
Presidente Medina. tratándose de que había sido condiscípulo suyo en la Escuela
Militar -este señor era un poco raro. vestía a la usanza gomecista, con
liqui-liqui, sombrero de amplias alas y chucho- Ese día parece que el portero
no lo dejaba entrar y se fue a la casa del Partido A.D., ubicada a la media
cuadra. por la acera del frente y dijo allí. según se supo, que en aquellos
momentos estábamos un grupo de personas en el B.A.P. haciendo componendas en
los libros, para apropiarnos de los dineros del Banco. Lo cierto es que
llegaron de pronto unos civiles armados e hicieron abrir la puerta, penetrando
fusil en mano y conminaron al personal que se hallaba en la planta baja del
edificio a pararse contra la pared: yo estaba en la parte alta y no había sido
visto. por lo que pude correr al despacho del Director Gerente y llamé por teléfono
al Dr. Noriega Frigo, quien. por ser medio día. estaba almorzando y pude
encontrarlo a tiempo. Le explique rápidamente. lo que estaba ocurriendo y me
prometió salir enseguida para el Banco. Llego este que podía ser un mediador y después
de oír nuestras explicaciones, hizo que los milicianos se retiraran, no sin
obtener el una copia del balance de Caja del día anterior y otros recaudos que
se le suministraron.
Al siguiente día tomaron posesión de sus cargos los nuevos
miembros de la Junta Administradora: El Dr. German Herrera Umerez como Director
Gerente: el Dr. Antonio Pinto Salinas como Subdirector y el Sr. José Rafael
Iribarren. como Secretario. También presento, hacía el mediodía, el hombre que
nos había denunciado el día anterior. conforme a lo ya relatado, colgando el
sombrero y el chucho en el colgador de costumbre. He acerque a Manuel Emilio,
como Jefe del Departamento y le dije que esto no se podía tolerar y había que
echar a la calle a este calumniador. En ese momento subían de la planta baja: Aureliano
Guzmán, el Cajero y Luis H. Pacheco, Jefe de la Sección Caja de Ahorros, a
proponer también que sacáramos por la calle al tipo de marras; pero Manuel nos
hizo ver que era mejor hablar con el nuevo Director Gerente y así lo hicimos;
nos presentamos al Dr. Herrera y le planteamos el asunto, informándole los
antecedentes del empleado y nuestra opinión con respecto a su permanencia en el
Banco. Él nos dijo que regresáramos tranquilos, que iba a tomar la medida que
el caso requería. Poco después, el hombre fue llamado a la Dirección,
regresando en seguida a buscar el sombrero y el chucho y no volvimos a ver por
el Banco.
De momento, ningún otro funcionario o empleado del B.A.P.
fue removido de su cargo y los miembros de la Junta causaron buena impresión en
el personal. El Dr. Herrera muy afable, pero revelaba un temperamento nervioso,
inquieto; hacía muchas preguntas y le gustaba la prontitud en el actuar: fumaba
constantemente, pero en una ocasión en que le hice la observación de que tal
manera de fumar me parecía dañina, me advirtió que no aspiraba el humo. Todas
las mañanas le ponían sobre el escritorio cinco o seis cajetillas de "Capitolio",
un cigarrillo elaborado con tabaco negro. El Subdirector, Dr. Antonio Pinto
Salinas, por el contrario, lucia muy reposado, de trato suave y le gustaba oír
mucho. antes de Opinar; este era, realmente, el político de la junta, el
proselitismo lo procuraba muy discretamente y en ningún momento utilizaba el
apoyo de su partido para imponerse.
Fue un crimen verdaderamente horrendo el que este
hombre joven y bondadoso, fuera vilmente asesinado años después, por los
cuerpos represivos de la dictadura Pérezjimenizta.
El Secretario. José Rafael Iribarren, venía a
desempeñar actividades comerciales en el ramo de inmuebles, muy trabajador. un
poco impaciente y acostumbrado a las disciplinas con que se trabaja en empresas
particulares. A este señor le toco desempeñar, en lo sucesivo, todos los cargos
de la Junta y puso en mi persona gran confianza, demostrándome su aprecio y
amistad por el resto de su vida.
El cambio de gobierno trajo mayor actividad al EAP,
especialmente en materia de abastecimiento. dificultades como consecuencia de
las que motivaba al comercio la guerra europea: Tanto las importaciones de los más
diversos géneros. como la compra de frutos en el País se intensificaron y se introdujeron
al Banco prácticas como la frecuente apertura de cartas de crédito y otras transacciones
en las cuales se utilizaban bancos del exterior. principalmente norteamericanos.
No se por iniciativa de quien los registros y control de uso y de vencimiento
de cartas de crédito y de obligaciones con bancos del exterior estaban en el
Departamento de Inspección y no en el de Contabilidad. como era lo más lógico. De
esto se ocupaba, personalmente. el Jefe del Departamento y yo lo auxiliaba
cuando él me lo pedía.
Pienso que al Director Gerente le pareció necesario
emplear a un hombre con mayor experiencia bancaria, para que se ocupara de las
relaciones con los bancos del exterior, a la tramitación de cartas de crédito.
transferencias, etc. y creo el cargo Adjunto al Jefe del Departamento de Inspección
y designo para desempeñarlo al Sr. Ramón Armando Rodríguez. con muchos años de
experiencia en el Royal Bank of Canadá, de Caracas y que además de Contador.
Hablaba cinco idiomas; era literato e historiador, al punto de que fue autor de
una obra titulada Diccionario Biográfico y también tradujo del inglés la obra Gómez
Tirano de los Andes. escrito por Thomás Burke. Manuel Emilio, mi jefe, entendió
la jerarquía del nuevo cargo en la forma que dobla entenderse e hizo rodar mi
escritorio a mayor distancia del suyo. para colocar entre los dos el que
ocuparía el Sr. Rodríguez. cosa de la cual se dio cuenta el personal. Y yo estaba
a punto de renunciar: pero recordé un dicho que empleaba mi padre con alguna
frecuencia. Él decía: "Uno no es morocota para que todo el mundo lo
quiera; el aprecio y la confianza hay que ganárselo".
Y también tuve presente la experiencia y los méritos
del recién llegado. Así que me quede tranquilo y busque la manera de salir a
viajar. cosa que logre de inmediato. saliendo en comisión para Inspeccionar la
sucursal de Maracaibo y sus dependencias, para luego hacerle la suplencia al
gerente de la sucursal. Quien tomaría sus vacaciones.
La credencial para el cumplimiento de esa comisión fue
expedida el 11-11-45 y como la gira completa me tomarla no menos de cinco
meses, me llevé a Ricardo y Carmen nuevamente para Montalbán y seguí a Maracaibo,
donde permanecí hasta el 22 de diciembre, examinando comprobantes y libros de
contabilidad, así como otras actividades relacionadas con la inspección. La
estada me habría resultado muy tediosa si no hubiese encontrado. ocasionalmente
a unas muchachas de apellido Bosclán a quienes había conocido en Caracas.
cuando estuvieron en la Pensión Amelotti; ellas me invitaron a su casa y me
relacionaron con otras familias. de modo que hasta tuve oportunidad de asistir
a una fiesta bailable y de disfrutar de algunas noches de tertulia o de cine,
en agradable compañía. También dedicaba noches a la lectura. En aquel tiempo yo
leía mucho. especialmente de contabilidad y de organización o sistematización
de trabajo, disciplina esta última en la que me inicio mi amigo Augusto Cries,
un francés que trabajaba en el BAL y que era técnico superior en esta
especialidad. He regalo los folletos de un curso dictado por la Academia de
Artes y Ciencias de Francia, titulado: Organizativa Scientifique du Truvail, el
cual me hice traducir por una prima que había estudiado en colegio francés (en
la traducción de los vocablos técnicos la ayudaba el mismo Cries). También había
leído yo el libro "Dirección Industrial y General" de Henry Fayol y
en aquellos momentos me ocupaba de leer "Principios de Administración
Científica". Libro escrito por el famoso organizador norteamericano
Fredrick Winslow Taylor.
Como tenía autorización de pasar las navidades con mi
familia. El 22 de diciembre amanecí esperando la salida del ferry con otros
ocupantes de un automóvil que nos llevaría hasta Valencia y de allí pase a
Montalbán. a reunirme con mi hijo y también con mis padres y hermanos que de nuevo
estaban viviendo allá. Una navidad triste por el duelo reciente y por la
quebrantada salud de mi padre.
En los primeros días de
enero regresé a Maracaibo a concluir la revisión de los libros y para hacerle
la suplencia al Gerente: después seguí a Valera Y luego a Boconó. para Inspeccionar
estas agencias que estaban adscritas a la Sucursal de Maracaibo. A Boconó, era la primera vez que iba y me pareció una
encantadora ciudad donde el paisaje y la gente invitaban a quedarse y, por contraste
era donde menos tiempo debía permanecer yo, dado el escaso volumen de
operaciones que realizaba la Agencia. Una semana o die: días eran suficientes.
En mi breve estada en Boconó. oportunidad la víspera
del regreso tuve la de asistir a una fiesta. en la que pude apreciar la
cantidad de bellas y atractivas mujeres de la suciedad de Boconó y de un modo
muy especial me atrajo una señora. muy joven y bella. con la cual baile varias
piezas y me conto que estaba separada de su marido. en vías de divorcio. y que tenía
un hijo de tres años. Mis instintos estaban casi desbocados y me mantuve imprudentemente
asediándola toda la noche y hasta pensé que podía ser esta la mujer con quien podía
volverme a casar; pero en la conversación me dejo saber que al hombre con quien
se casó lo había conocido ocho días antes de la boda. lo cual me pareció por
demás apresurado. y como no parecía dispuesta a otro tipo de acercamiento.
mande a volar esos pajaritos del techo y me aleje. cerrando los ojos, de aquella
tan hermosa tentación.
Al día siguiente emprendí el regreso a Caracas y apenas rendido el informe correspondiente a esta inspección. se comisiono para efectuar lo que podría llamarse. una investigación. no una inspección. de denuncias relacionadas con la compra de ganado. su envió al Matadero Industrial de Maracay: ventas que se hacían a particulares y la proporción que tenían todas estas salidas con la cantidad _de reses compradas. Esto requirió un recorrido mío desde Maracay hasta San Fernando de Apure. con escalas en San Juan de los Morros. El Sombrero y Calabozo. además de algunas visitas que hice a los hatos que servían de depósito de reses pertenecientes al BAP.
Al día siguiente emprendí el regreso a Caracas y apenas rendido el informe correspondiente a esta inspección. se comisiono para efectuar lo que podría llamarse. una investigación. no una inspección. de denuncias relacionadas con la compra de ganado. su envió al Matadero Industrial de Maracay: ventas que se hacían a particulares y la proporción que tenían todas estas salidas con la cantidad _de reses compradas. Esto requirió un recorrido mío desde Maracay hasta San Fernando de Apure. con escalas en San Juan de los Morros. El Sombrero y Calabozo. además de algunas visitas que hice a los hatos que servían de depósito de reses pertenecientes al BAP.
Tras averiguar muchas cosas y oír opiniones de gente
que conocía ese negocio, pude comprobar ciertos manejos inescrupulosos que se
empleaban en el movimiento de entradas y salidas, de las Cuales el Banco nunca
obtenía el beneficio de engorde y eran muchas las reses con el hierro del BAP que
pasaban por las romanas de carretera. a pesar de que las ventas a particulares
eran muy pocas. Al rendir informe, formule recomendaciones, entre las cuales
resulto muy importante la de prohibir la venta de ganado en pie del BAP a particulares.
para así poder controlar la transportación de reses con el respectivo hierro en
las alcabalas y estaciones de peaje, pues en lo adelante estas debían ir
amparadas por una guía que indicara como único destino el Matadero Industrial
de Maracay. También elabore el formato para una hoja de control del movimiento
de reses en cada hato. con pesos de entrada y de salida, hierros de origen y
otros medios de identificar los lotes y las diferencias de peso. Esto ayudo a
impedir el abigeato y maniobras que pudieran emplear algunos funcionarios
inescrupulosos.
Reincorporado a mi trabajo, como Jefe de Servicio,
pude apreciar que en la Oficina Central se estaban enredando un poco las cosas:
las cuentas de los de Importaciones, de Ganadería y de frutos, presentaban
diferencias con las respectivas cuentas de Mayor de la Contabilidad Central y los
revisores de cuentas aducían aumento de volumen en las operaciones y que los
libros estaban siempre ocupados con el posteo de los asientos. Supe que en el
Puerto de La Guaira había una inmensa carga de maíz y de aceite de maní,
procedente de Argentina, la cual fue despachada en sacos y en envases metálicos
viejos, por lo que había regueros que iban a producir grandes mermas.
Una mañana me dijo González que me anunciara en la Dirección
porque el Dr. Herrera quería hablar conmigo; en efecto así lo hice y me mando a
pasar en seguida; durante la entrevista se mostró algo contrariado, porque no
estaba viendo mucha diligencia, ni eficacia en la acción, incluso por parte de
personas que el mismo había llevado para que lo ayudaran. Después tomo del
portafolio un papel que contenía lo siguiente:
C R E D E N C IA L
El Sr. A.J. Manzo, cuya firma autógrafa aparece al pie
de esta credencial. ejerce el cargo de Jefe de Servicio del Departamento de Inspección
de este Instituto y se agradece a las autoridades prestarle su apoyo,
especialmente a los Jefes de Oficinas de Correos y Telégrafos, para la
franquicia de su correspondencia oficial y a las Autoridades Aduaneras, para
informaciones relativas a las importaciones hechas por el Banco Agrícola y Pecuario.
siendo esta una Comisión que le ha confiado la Junta
Administradora del Instituto
(Fdo.) German Herrera Umerez
Director Gerente
Al entregarme la credencial me dijo: Quiero que mañana
mismo se traslade a La Guaira, acompañado por el Dr. Muñoz Rueda (ahogado
adscrito a la Consultoría Jurídica del EAP). para que Ud. se apersone de lo que
haya que hacer, asesorado por el Dr. Muñoz; hay que obtener la constancia o
certificados de avería con los cuales podamos reclamar al Seguro; hallar los
medios de trasladar el cargamento a los depósitos del BAP en Caracas y todo
eso, "en fin confió en Ud."
Al día siguiente, a las ocho de la mañana, estábamos
el Dr. Muñoz Rueda y yo en La Guaira, dispuestos a reunirnos con los
representantes del Seguro en la aduana, como era lo convenido; pero nos pareció
prudente tomar antes el desayuno y entramos a un restaurante bue se llamaba, si
mal no recuerdo. La Roja y allí el mesonero que nos atendió, dijo: les
recomiendo el pescado frito, porque está preparado con aceite nuevecito, de ese que trajo un barco que todavía
está en el Puerto. Esto nos sorprendió pregunte al mucho y mesonero como podía
estarse friendo pescado con ese aceite que aún no había sido desembarcado. a lo
que. riéndose, mes respondió: ahí hay muchos vivos que lo están sacando en
garrafas y agregó: le meten un puyón de sacar muestras de granos a los tambores
Y llenan las garrafas.
Con este relato salimos para la Aduana y sería muy
largo de las incidencias por las que pasamos para sacar esta mercancía del
Puerto, en condiciones aceptables y transportarlas hasta los depósitos de BQP
en Caracas; desde reensacar parte del maíz y llevar soldadores al muelle, para
reparar las averías en los tambores de aceite, hasta habilitar turnos de 24
horas para cargar estos productos. Desde entonces son una realidad los vicios
que persisten en el servicio portuario, por la mala conducta que observa una
buena parte de su personal.
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| Tulita, Lourdes, Yolanda, Natividad y Ricardo |
Aunque la memoria me lleva siempre a relatar las
incidencias de mi vida en el trabajo, por ser este el campo de batalla cotidiano,
recuerdo también, como algo muy importante y trascedente para mí, que por esos
mismos días resolví, sin motivo aparente, mudarme de la Pensión Amelotti, con
mi hijo Ricardo y Carmen Barela, e ingresamos como huéspedes a la casa de una familia
que nos habían recomendado. También se mudó para esta casa mi hermano Miguel. Allí
conocí a una joven de fino porte, alta, delgada; su trato era de mucha ponderación,
sin ser esquiva y debo confesar, sinceramente, que al presentármela no me sentí
cautivado por aquella espiguita, de nombre Yolanda Travieso, quien poco a poco
se me fue haciendo interesante. Cuando salíamos en grupo a fiestas, siempre hacíamos
pareja en el baile, o estábamos juntos en la excursión al campo o a la playa, y
ya mis amigos guasones comenzaban a preguntarme si le tenía miedo a la flaca,
cuando me negaba a participar en ciertos programas de fin de semana. Casi a diario
coincidíamos en la hora 'de ir al trabajo (ella se desempeñaba como taquimecanógrafa
en la Consultoría Jurídica del Ministerio de Agricultura y Cría) y recorríamos
una misma ruta varias cuadras.
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| Nuestro matrimonio |
Los frecuentes viajes, por temporadas a veces largas,
que me tocaba hacer y otras cosas circunstanciales, prolongaron lo que ya era
un noviazgo, hasta que hicimos realidad la unión de nuestros destinos Yolanda y
yo, celebrando matrimonio el 30 de abril de 1949 y unidos por ese vínculo hemos
afrontado el destino, a veces cruel, signado de fatalidad; pero también
dándonos pruebas de goce y de satisfacciones que aun disfrutamos.
Poco antes de nuestro matrimonio había muerto mi padre, tras una ' larga y penosa enfermedad, la cual soporto con entereza y resignación. arraigadas en su gran fe cristiana; mi hermana Justina, especialmente, le prodigo sus cuidados y, por voluntad propia.
Termino sus días en Montalbán, su tierra natal, donde estaban también sepultados los restos de sus padres. No le gustaba afligirnos más hablando de su muerte, casi no la menciono, pero un día lo encontré con un pequeño estuche de raso en la mano y me dijo: guarda tu eso que prometí conservar y es motivo de orgullo para nuestra familia. Me entrego una medalla en forma de estrella que por el frente lleva inscrito el nombre de Andrés Pérez y por el reverso la inscripción Libertador de Venezuela. Se trata de la condecoración que recibió mi bisabuelo como héroe de la primera batalla de Carabobo, otorgada por el Libertador a los que se distinguieron en aquella acción, no tan famosa como la librada el 24 de junio de 1921, en este mismo lugar.
***Mi memoria vuelve al B.A.P., para recordar que, entre las incidencias de esos días, en la trayectoria me toco cumplir en este Instituto, recibí copia de una comunicación emanada del Banco Central de Venezuela y dirigida al Director-Gerente del B.A.P., en la cual se hacía un análisis de la situación financiera de este organismo de crédito Agrícola que circunstancialmente, se había convertido también en agente abastecedor, y de la política de subsidio que desarrollaba el Gobierno Nacional. Había en la referida comunicación conceptos muy negativos, mencionándose hasta un virtual estado de quiebra, y realmente, el B.A.P., había distraído muchos de sus fondos en importaciones de variados productos y en compras de frutos del País, lo cual ocasionaba cuantiosas pérdidas, si se pueden llamar así el mantenimiento de precios mínimos' de compra de frutos del País y la venta inferior al costo de productos importados de primera necesidad; porque en realidad se trataba de subsidios cuya erogación debía correr a cargo del Tesoro Nacional (y así lo expuse cuando nube de Iconsignar mi opinión al respecto). Otra causa de desequilibrio financiero en que había caído el B.A.P. fue, que, con el cambio, de Gobierno se acentuó la morosidad en el pago de los préstamos que adeudaban agricultores y campesinos.
*** Esta condecoración, lamentablemente, ya no se encuentra en la familia, pues algunos de sus miembros (hermanos y sobrinos de mi padre) decidieron donarla. Lo cual es incomprensible. Fui testigo de que prestamos la joya para ser fotografiada y bien, gracias. Eglee Manzo Travieso
En nuestra
unión procreamos cuatro hijos: Julio, Eglee, Olga y Carlos, orgullo de cualquier
padre y madre, por sus dotes físicas e intelectuales; pero quiso un trágico
destino arrebatarnos la vida de los hijos varones, lo cual nos ha convertido en
seres' tristes, aunque consolados por la dulzura y cariño de nuestras hijas y
el afecto y las gracias de los nietos. Hijos y nietos le mantienen a uno la ilusión
de vivir.
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| La familia completa: Ricardo, Yolanda, Olga, Julio, A.J. y Eglee |
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| Justina Manzo Nunez |
Poco antes de nuestro matrimonio había muerto mi padre, tras una ' larga y penosa enfermedad, la cual soporto con entereza y resignación. arraigadas en su gran fe cristiana; mi hermana Justina, especialmente, le prodigo sus cuidados y, por voluntad propia.
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| Julio Torcuato Manzo Perez |
Termino sus días en Montalbán, su tierra natal, donde estaban también sepultados los restos de sus padres. No le gustaba afligirnos más hablando de su muerte, casi no la menciono, pero un día lo encontré con un pequeño estuche de raso en la mano y me dijo: guarda tu eso que prometí conservar y es motivo de orgullo para nuestra familia. Me entrego una medalla en forma de estrella que por el frente lleva inscrito el nombre de Andrés Pérez y por el reverso la inscripción Libertador de Venezuela. Se trata de la condecoración que recibió mi bisabuelo como héroe de la primera batalla de Carabobo, otorgada por el Libertador a los que se distinguieron en aquella acción, no tan famosa como la librada el 24 de junio de 1921, en este mismo lugar.
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| Orden al Libertador otorgada a Andres Perez Blanco (Frente) |
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| Orden al Libertador (respaldo) |
***Mi memoria vuelve al B.A.P., para recordar que, entre las incidencias de esos días, en la trayectoria me toco cumplir en este Instituto, recibí copia de una comunicación emanada del Banco Central de Venezuela y dirigida al Director-Gerente del B.A.P., en la cual se hacía un análisis de la situación financiera de este organismo de crédito Agrícola que circunstancialmente, se había convertido también en agente abastecedor, y de la política de subsidio que desarrollaba el Gobierno Nacional. Había en la referida comunicación conceptos muy negativos, mencionándose hasta un virtual estado de quiebra, y realmente, el B.A.P., había distraído muchos de sus fondos en importaciones de variados productos y en compras de frutos del País, lo cual ocasionaba cuantiosas pérdidas, si se pueden llamar así el mantenimiento de precios mínimos' de compra de frutos del País y la venta inferior al costo de productos importados de primera necesidad; porque en realidad se trataba de subsidios cuya erogación debía correr a cargo del Tesoro Nacional (y así lo expuse cuando nube de Iconsignar mi opinión al respecto). Otra causa de desequilibrio financiero en que había caído el B.A.P. fue, que, con el cambio, de Gobierno se acentuó la morosidad en el pago de los préstamos que adeudaban agricultores y campesinos.
*** Esta condecoración, lamentablemente, ya no se encuentra en la familia, pues algunos de sus miembros (hermanos y sobrinos de mi padre) decidieron donarla. Lo cual es incomprensible. Fui testigo de que prestamos la joya para ser fotografiada y bien, gracias. Eglee Manzo Travieso
A los dos o tres días de estar en mi poder la
susodicha copia, fui llamado a la Dirección y allí estaba también: Martin Feo.
Jefe del Departamento de Contabilidad; Manuel E. González y Ramón Armando Rodríguez,
Jefe y Adjunto del Departamento de inspección. El Director-Gerente nos dijo que
había repartido estas copias de la comunicación del Banco Central para que,
enterados de su contenido, le diésemos nuestra opinión, con respecto a lo que allí pero les dije que otro no estaba dispuesto a recibirlos.
y se fueron a Departamento cuyo titular era Jefe de la Fracción del Partido del
Banco.
Este se presentó con ellos y me preguntó con qué
autoridad despedía yo gente del Banco y le respondí que a nadie había despedido.
pero que esos dos señores no me entraban más al Departamento. Este incidente
tuvo varias instancias y peripecias. pero finalmente el Director-Gerente ordeno
la destitución de los susodichos empleados y hasta lo oí que asumía toda la responsabilidad
ante la insistencia que hacía por teléfono uno de los jerarcas del Partido.
Aunque Martin Feo había sido un magnifico jefe de
contabilidad. la forma precipitada en que cambio o se modificó la gestión del
B.A.P. en el nuevo régimen de Gobierno y el hecho de tener el ya tantos años desempeñándose
en ese cargo, el sistema de contabilidad y especialmente la estructura del
balance no lo hacía suficientemente explícito como para reflejar con claridad
el significado de cada rubro. máximo cuando se estaba administrando muchos
fondos en fideicomiso: algunos de ellos destinados a programas que al Gobierno
le interesaba vigilar y destacar. Este fue. en cierto grado, el motivo de que
el Banco Central hubiese confundido un moco la interpretación de este balance y
se suscitase el comentario a que me referí anteriormente.
Así pues, que puse gran empeño en reestructurar el código
de cuentas y periódicamente producía un balance consolidado. reagrupando por
ejemplo los saldos que a diario aparecían bajo denominaciones que no reflejaban
la materialidad de la respectiva inversión; caso típico era el de la cuenta de
Sucursales y Agencias. donde aparecían generalmente un saldo de veinte o
treinta millones de bolívares y no se sabía en que estaba representada esa
apreciable suma de dinero, cosa que si era fácil comprender cuando aparecía incorporada
en las cuentas de inversión. tales como préstamos. existencias de frutos. etc.
En este cargo tuve oportunidad de relacionarme con personas
que ocupaban altos cargos, tanto en el Ministerio de Agricultura y Cría como en
el Banco Central de Venezuela: en la recién fundada Corporación Venezolana de
Fomento y en otras entidades del Sector Público y de la banca: cosa que llego a
propiciar el hecho de que poco tiempo después me tocó desempeñar misiones especiales
como auditor del Instituto de Inmigración y Colonización (precursor del
Instituto Agrario Nacional) y en la Comisión Nacional de Abastecimiento. desaparecida
años después.
Por esta época se había fundado la asociación de Contadores
Públicos de Venezuela. llamada también Colegio Nacional de Técnicos en
Contabilidad: era el primer ensayo de esta naturaleza que se hacía para agremiar
esta profesión y se logró por iniciativa de hombres nacidos y educados en el
exterior. los más entusiastas. y nativos que también se habían preparado fuera
en una disciplina que. en nuestro País casi no había salido de la categoría de teneduría
de libros. Ramón Armando Rodríguez era ya uno de sus miembros y me entusiasmo a
inscribirme como miembro activo. lo que hice sin vacilación.
En el seno de esta asociación hice grandes amigos y
tuve significativos triunfos profesionales y gremiales, de los cuales conservo
testimonios y gratos recuerdos. Allí conocí, desde el primer momento, al
Contador Público de origen puertorriqueño. Manuel López Aneiro, en cuya casa de
habitación se celebró la primera Asamblea del Colegio, presidida por el y fue
elegida la Primera Junta Directiva. cuya presidencia correspondió al Sr. John
Smallpage, un inglés que era Jefe de Contabilidad de la Cía. de Tranvías Eléctricos
de Caracas.
A poco de haber ingresado a la asociación. me
pidieron colocación para la Revista del Colegio Nacional de Técnicos de Contabilidad que era
el órgano divulgativo de trabajos que se relacionaran con la disciplina
contable y publique uno que titule; Reservas para Depreciación, Contingencias y
Seguro Propio, aparecido en el volumen No. 5 de esta Revista.
En el Banco Agrícola y Pecuario, el Dr. Herrera estaba
preocupado por la expansión tan violenta que había experimentado el Instituto y
la normativa para manejarlo no había pasado del Reglamento de la Ley que lo
regia por lo que, aprovechando su amistad con el Sr. Amos B. Foym Vice
Presidente del Chemical Bank & Trust Company de New York y el gran volumen
de operaciones que se hacían a través de ese Banco, logró el envió de una misión.
integrada por dos señores cuyos apellidos eran: Roth y Carroll, para que estudiara
una reestructuración funcional del BAP. dentro de las limitaciones que imponía
el texto de la respectiva Ley.
Estos señores llegaron en octubre de 1947 y tras
habernos sido presentados a los Jefes de Departamento, manifestaron su deseo de
hacer un recorrido por las oficinas y de celebrar entrevistas con todos
nosotros (ambos hablaban bien el español). Así lo hicieron y repetidas veces
pasaron a preguntarme cosas que les parecía no les había sido suficiente o
satisfactoriamente explicadas (Carroll. quien parecía tener vena humorística me
dijo al regreso de una entrevista: "He parece más fácil arrancar con los
dedos las muelas de un tigre que comprender lo que este señor me ha
explicado").
Luego de cumplir esa primera fase de análisis que les
tocaba hacer, se reunieron con los miembros de la Junta Administradora. para
exponer sus impresiones y esbozar un plan de trabajo. Supe que una de las cosas
que me dijeron fue que necesitarían que les fuera asignada una persona que
estuviera en capacidad para discutir con ellos los detalles de la reestructuración
funcional que sería recomendada profundizar y que también les sirviera de
enlace para visitas más sus contactos con el personal, incluyendo algunas a
dependencias que funcionaban en el interior de la República. Hicieron hincapié
en que esa persona debía tener suficiente conocimiento de las funciones y
operaciones de todos los departamentos del Banco. como también ser versado en
leves bancarias y comerciales aplicables. Los señores de la Junta respondieron
que tratarían de hallar a esa persona, pero Roth y Carroll les hicieron saber
que ya ellos la habían encontrado Y que solicitaban que esa designación
recayera en "el Sr. Manzo, Jefe del Departamento de Contabilidad". Así
fue y con fecha 27 de diciembre de 1947 presentaron un informe del copio los
siguientes párrafos:
"Se ha considerado que,
debido a la falta de un control centralizado, muchas veces se, adoptan sistemas,
métodos y formularios, cambiando y enmendando estos sin el conocimiento y aprobación
previa de la Administración. Con el fin de evitar estos hechos que en el futuro
y para obtener la máxima eficiencia de los varios sistemas y métodos en uso,
como también para eliminar duplicaciones innecesarias, doble trabajo y gastos,
se recomienda nombrar un Jefe de Operaciones. Este funcionario debe hacerse
responsable por los propios procedimientos operativos del Banco. implantando y
sugiriendo mejoras, empleando nuevos sistemas y formas, autorizando la compra
de nuevas máquinas después de un detenido estudio, tomando en consideración los
varios tipos en uso ahora, con el fin de que se reduzca al mínimo el número de
diferentes marcas. Todos los formularios y cambios sugeridos al efecto deben
ser sometidos a dicho funcionario para su estudio y autorrealización antes de que
sean pedidos o comprados.
Ningún cambio en el procedimiento operativo debe ser
permitido sin su autorización. Siendo necesario que tal funcionario tenga una
clara comprensión de las funciones y operaciones de todos los departamentos del
Banco, como también estar bien versado en las leyes bancarias. y comerciales
que gobiernan las operaciones de esta índole, se puede recomendar al Sr. Manzo
con toda confianza, por considerar a este funcionario apto para desempeñar tal
labor. Habiendo discutido con los encargados de los departamentos y específicamente
con el Sr. Manzo, los susodichos cambios. no creemos que será necesario entrar aquí
en una explicación detallada".
Así fue como llegué al más alto peldaño de los cargos que
figuraron en la nómina del personal del Banco Agrícola y Pecuario, exceptuando
a los miembros de la Junta Administradora los cuales eran eminentemente políticos
y yo no los alcanzaría por los medios a que se llega generalmente a esas posiciones,
o sea a través del proselitismo.
Cuando el Chemical Bank remitió este informe, ya el
Dr. German Herrera había sido designado Contralor General de la Nación y correspondió
al Dr. José Antonio Mayobre, como nuevo Director Gerente del BAP extenderme el
nombramiento de Jefe de Operaciones, iniciándose el año de 1948. y desde dicho
cargo emprendí una labor de sistematización y control de las operaciones del
Instituto. contando siempre con el apoyo de los miembros de la Junta
Administradora, y en la cual puse una voluntad y un empeño que nada se hacía,
en materia de normas y procedimientos, sin que tuviera la aprobación previa del
Jefe de Operaciones, y sus comisionados tenían amplias facultades para
intervenir cualquier gestión administrativa, porque a la Jefatura de
Operaciones le fue adscrito el Departamento de Inspección.
La política se había tornado inestable en Venezuela, y
en aquel mismo año de 1948 había sido elegido Presidente Constitucional Don Rómulo
Gallegos y depuesto por un golpe militar encabezado por su propio Ministro de
Defensa Teniente Coronel Carlos Delgado Chalbaud. Para gobernar se formó una
Junta que integraban el prenombrado militar y los mayores Marcos Pérez Jiménez
y Luis Felipe Llovera Páez. Con esta Junta Militar de Gobierno volvió al BAP,
esta vez como Director Gerente, el Sr. José Rafael Iribarren de Secretario como
lo informe en páginas anteriores. Él me había demostrado aprecio en su actuación
pasada y en esta ocasión me hizo su principal asistente para todo lo
relacionado con las finanzas, las normas y procedimientos administrativos y la vigilancia
y control de las operaciones y, debo agregar que lo hizo de una manera franca y
generosa, porque en muchas ocasiones que le habría convenido hacer suyas mis
ideas y ejecutorias. prefirió destacar la colaboración que había recibido de
Darte mía. y en más de una oportunidad dispuso que yo lo acompañara a reuniones
de muy alto nivel para que expusiera mis puntos de vista con relación a la
materia que se discutía. Esto me proporcionó un conocimiento de temas de
importancia Nacional y una relación con personas de renombre en la política, en
la banca y en otros sectores de la dirigencia gubernamental y empresarial, como
tendré ya larga vida
La honestidad y el
temperamento de este señor Iribarren le inducían a ser muy franco y hasta
imprudente en sus intervenciones y escritos. sobre todo, por la tendencia de
citar nombres propios sin importarle la gravedad del asunto en que se hallara
involucrado el individuo y lo innecesarios de emplear el nombre. Cuando yo escribía
algún informe o carta para su firma, frecuentemente el los ampliaba, agregando
nombres y detalles que lo comprometían y eran, en cierto modo innecesario para
el fin que se perseguía. En más de una oportunidad lo convencí de llegar al
texto original, pero en otras, me recordaba que la responsabilidad era de él y que
"no estaría tranquilo si dejaba de nombrar a ese vagabundo", o cosas
por el estilo.
La gestión del BAP seguía siendo la múltiple y heterogénea
que la habían impuesto la Junta Revolucionaria de Gobierno y la situación de
escasez y dificultades Instituto provocadas por la guerra mundial: el
continuaba siendo responsable por el establecimiento de una serie de productos que
se importaban: ejecutor de la política de precios mínimos para los frutos y
otros productos Nacionales: exportador de café y cacao y, naturalmente, el
organismo financiero del sector agropecuario.
Interesante se hacía, a veces, el papel que
desempeñaba el BAP en la orientación de la política. para marcar rumbos en la producción
y evitar especulaciones del sector privado que, en ocasiones, podían llegar a
ser hasta antipatrióticas. Recuerdo la discusión que tuvo lugar en el Despacho
del Ministro de Fomento, por aquel tiempo, respecto a la conveniencia de seguir
importando azúcar moscabada y venderla a bajo precio, a los centrales Nacionales.
para que la refinaran, ofreciéndola luego al consumo. La cuestión fue discutida
previamente por nosotros en el BAP y teníamos datos confiables con respecto a
las ganancias que obtendrían las empresas de centrales y hasta el dato concreto
de la solicitud que había formulado una de esas empresas a la Corporación
Venezolana de Fomento. como prestataria, para que le permitiera cambiar el
destino de un crédito solicitado para sembrar caña, por la importación de
vientres y sementales bovinos, o sea, que en algunas mentes estaba ya el propósito
de reducir los campos' de caña. tal vez hasta su extinción. para refinar azúcar
importada, lo cual era más cómodo y lucrativo, pero a la postre convertiría la
industria azucarera en algo ficticio. El señor Iribarren expuso este criterio,
refutado naturalmente, por la mayoría de los presentes y al final propuso que
se fijara a cada central un cupo de moscabada, proporcional a la propia producción,
creando así un estímulo que impediría la desaparición de los cultivos y podía,
en cambio, estimularlos.
En lo personal, se estaba cultivando una amistad entre
José Rafael Iribarren y yo, que habría de conservarse hasta su muerte. Frecuentemente
me invitaba a su casa. y la distinción con que me trataban su esposa e hijos
era una demostración de las referencias que el hacía de mí. Doña María Luisa
Soublette Saluzzo de Iribarren es una dama de radiante personalidad y fue un
gran complemento para su marido. Gratísimos recuerdos guardo de las ocasiones
en las que me toco compartir viajes y giras con esta pareja. Recuerdo, de un
modo especial. la oportunidad en que el Sr. Iribarren y yo debíamos hacer una inspección
relacionada con la intervención del BAP en la pesca y comercialización de las
perlas en Margarita y otros asuntos que se relacionaban con la Agencia del
Banco en Cumaná. Se acercaba la Semana Santa de 1909 y yo había fijado la fecha
de mi matrimonio para el 30 de abril. para lo cual faltaba solamente un mes, así
que Iribarren -estando yo de visita en su casa- dijo a María Luisa: "No voy
a demorar más mi viaje a Oriente, vamos a llevarnos a este hombre a Margarita, para
que coma bastante pescado fresco y tome mucho caldo de chipi-chipe, lo cual será
un buen tratamiento prenupcial". Nos reímos mucho y al día siguiente estábamos
comunicándonos con el agente del BAP en Porlamar para que nos hiciera las reservaciones
de hotel. etc.
Aquella fue una gira para mi inolvidable. recibimos
del Agente del Banco. Sr. Vásquez las mayores atenciones y el mismo día de la
llegada (día sábado) fuimos presentados a unas cuantas personas que se
esmeraron en hacernos grata la estada. El general Chemara - José María Velásquez-
era el Comisionado del Ministerio de Agricultura y Cría en Nueva Esparta. para
todo lo relacionado con la pesca de perlas y con quien, desde luego, teníamos
que tratar: el Br. Fuentes Figueroa, educador a quien se trataba casi con
veneración en la isla; los hermanos Aguilera, unos comerciantes muy serviciales
y alegres, emparentados con un apreciado funcionario del BAP en Caracas, los
cuales tenían una importante casa de comercio en Porlamar y decía, entre
chanzas y veras que una de sus mercancías habían pasado por la Aduana y otras
no; pero se les apreciaba bastante y con nosotros fueron muy atentos; resulta difícil
a mi memoria, al par que prolijo, mencionar a otros que se reunieron con
nosotros aquel día.
Recuerdo que el día siguiente fuimos invitados por el
General Chemara -un nativo típico de la Isla que debía pasar un poco de los
sesenta años, pero estaba fuerte y ágil- nos invitó a dar un paseo en su lancha
"Nueva Esparta", y aquello fue un recorrido de lo más animado con
músicos y cantantes a bordo: recorrimos la costa desde Pampatar hasta la Laguna
de "Restinga". Allí tomamos el baño y, nos divertimos lo increíble,
sorbiendo de paso mis primeras dosis de caldo de chipi-chipe. entre testimonios
y ponderaciones de su efecto afrodisiaco que no podemos asentar aquí.
Aparte de las sesiones de trabajo. los días pasaron
tan entretenidos. tanto en Margarita como en Cumaná. que nos resultaron brevísimos.
Como mera acotación, quizás hasta risible en esta
Venezuela que inicia la de los años ochenta en medio de un derroche de dinero.
notorio en el gasto público. voy a tomar de una copia que involuntariamente
conservo de la relación de gastos de aquella gira:
“Relación de gastos que presentan los señores José
Rafael Iribarren. Director Gerente y Antonio J. Manzo, Jefe de Operaciones de
este Instituto: ocurridos con motivo de su gira por los estados Sucre y Nueva
Esparta. inspeccionando las dependencias del BAP en dicha jurisdicción:
GASTOS DE TRASLADO Y ESTADIA
2 Pasajes aéreos Caracas-Porlamar Bs. 200.00
Pagado al Capitán de la lancha que nos condujo de
Porlamar a Cumana Bs. 100.00
Viáticos del Sr. Iribarren en 6 días a Bs. 70,00 diarios
Bs. 420.00
Viáticos del Sr. A.J. Manzo en 6 días a Bs. 60 Bs.
360.00
Total Bs. 1.080.00
Reintegro del remanente de Bs. 2.000,00 recibidos
920.00
Nota: Los pasajes de regreso Cumaná-Caracas fueron pagados
por la Sec. del BAP en aquella localidad y por tal motivo no se incluye en esta
relación.
Caracas, 26 de abril de 1949
(Fdo.) José Rafael Iribarren (Fdo.) A.J. Manzo N
Cuando regresamos.
Iribarren hallo en su escritorio una carpeta con el informe de la Asamblea de
la Flota Mercante Grancolombiana y otra correspondencia que se relacionaba con esta Empresa. Ordenó que me la pasaran
y apenas le di una lectura pude comprender que se trataba de algo importante. así
que las puse en archivo de espera. con el presentimiento de que estaba frente a
un asunto que podría resultar de una gran trascendencia, como en efecto lo fue,
según lo veremos más adelante.
Yolanda y yo habíamos escogido para nuestra luna de
miel un pueblo del Estado Trujillo, en la región fría. no muy distante del
Páramo de Mucuchíes, cuyo nombre es la Mesa de Esnujaque: así que después de la
primera noche nupcial en el hotel Miramar de Macuto, fuimos a Montalbán, a
visitar a mi madre y luego emprendimos el viaje a Los Andes. De paso por
Barquisimeto entramos en la sucursal del BAP. cuyo Gerente era mi buen amigo
Roberto Velasco Troconis. quien al saber que yo iba manejando nuestro automóvil
y en cuenta de lo malas que estaban las carreteras en aquel tiempo, se empeñó en
que llevara un chofer de nombre Jóvito. quien estaría a nuestra disposición
hasta que quisiéramos. Este hombre parece que estaba acostumbrado a manejar camiones
y conducía de manera rara. sobre todo, estaba siempre montándose sobre
escombros de pavimento, caía en huecos y, en fin, opté por devolverlo de Valera
y seguí manejando hasta la Mesa de Esnujaque. Al llegar al hotel estacione el
carro bajo un cobertizo y note que estaba inclinado hacia un lado, Io que
resultó ser un resorte partido (cuando lo examino un mecánico en Mérida). Llegamos
al Hotel Europa, donde habíamos reservado una cabañita. Este hotel era de
alemanes y estaba ubicado en un bello paraje, con muchos árboles y le pasaba un
riachuelo muy cerca de la casa. Con nosotros llegaron también las lluvias y
pasamos tres días sin ver escampar y aunque razones teníamos para ser un tanto
indiferentes al estado del tiempo, resolvimos seguir hacía Mérida, San
Cristóbal y Cúcuta. lugares que Yolanda no conocía. El carro se notaba escorao.
Como dicen los margariteños. y cuando llegamos a Mérida lo hice revisar en un
taller mecánico, donde me dijeron que tenía partido un resorte. pero no había
el repuesto de la marca y modelo del automóvil. así que le instalaron el que más
se acercaba en características con la recomendación de prudencia en la marcha
porque el resorte instalado era un poco más fuerte que el otro. Después de
visitar algunos lugares de Mérida. continuamos el viaje a San Cristóbal y me pareció
interminable el camino especialmente el tramo para llegar a Tovar; eso que
llaman las Galeras de San Pablo, una sucesión interminable de curvas que
bordean el Río Chama. En Tovar pasamos la noche y al día siguiente, también de
noche, llegamos a San Cristóbal. Habíamos tenido inconvenientes leves. pero
incómodos en el camino, pues subiendo hacía el Páramo de la Negra se desinflo
un neumático y tuve que reponerlo bajo una lluvia de poca intensidad, pero muy fría,
y más adelante fue la correa del ventilador la que se reventó. teniendo por
fortuna el repuesto.
El recorrido de unos mil kilómetros
que habíamos hecho hasta San Cristóbal. por carreteras en pésimo estado de conservación
y los inconvenientes con el automóvil me traían deseos de deshacerme de él y regresarnos
por avión. pero no fue así. Estuvimos en Cúcuta y visitamos amigos que yo tenían
en San Cristóbal. atendimos invitaciones y unos cuatro días después emprendimos
el regreso de cuyas peripecias con aquel pavoso carro me voy a referir solo a
la última acaecida llegando ya a Puerto Cabello. Precisamente de la carretera habían
formado una pila de arena. seguramente los encargados de arreglar ese tramo de
la vía y justo en el momento en que entraba mi carro en el espacio angosto que había
quedado libre, llegaba en sentido contrario una camioneta colectiva, llena de
pasajeros y aunque ambos conductores tratamos de esquivar el choque, el
parachoque trasero del carro mío se engarzo con el parafango delantero de la camioneta y le rasgo todo un costado;
no hubo personas lesionadas, pero el chofer de la camioneta pretendía que yo
pagara los daños y era evidente que no había culpa de mi parte. Tuvimos que
llegar hasta Puerto Cabello y permanecer allí hasta el día siguiente para
arreglar este asunto en la Inspectoría de Vehículos.
Los prodigios del amor hicieron que el viaje nos
pareciera encantador y el ultimo día. en Valencia, lamentábamos que al día
siguiente debía estar yo de nuevo en el BAP y esta fue la causa de que, ya de
noche. tuviéramos que hacer el último recorrido de carretera. llena de huecos y
baches. como todas en aquel tiempo, y a media noche estábamos en el tramo Los
Teques-Caracas por la carreterita vieja y sus curvas de "Sebastopol".
Allí trataba de dominarme el sueño y llegué rozar con una de las defensas de la
carretera. lo cual causó pánico a mi mujer y desde ese momento hasta Caracas
vino buscándome conversación y cantando para ahuyentar el sueño.
A mi hijo Ricardo le trajimos un cachorro de raza
mucuchíes legítimo y otras cosas para él y para Carmen Barela; a quienes
hallamos dormidos en la madrugada cuando arribamos a nuestra casa.
Al llegar a la Oficina y tras ser informado por Ramón
Armando Rodríguez y otros asistentes que habían suplido mi ausencia, respecto a
todos los asuntos tramitados Y todo lo ocurrido en la rutina diaria durante mis
vacaciones: busqué y me puse a estudiar la documentación recibida de la Flota
Mercante Grancolombiana. S.A., cuyas piezas más importantes eran: el Informe y Balance
presentados en la Asamblea (celebrada en el mes de marro de aquel año) y una carta
dirigida al Director-Gerente. Dr. Iribarren, por el Dr. Alberto Lossada Casanova,
a la sazón Presidente de dicha Empresa.
La Flota Mercante Grancolombiana es una Sociedad anónima
constituida conforme a las leyes de la República de Colombia y con domicilio en
la ciudad de Bogotá. capital de la mencionada Nación. la cual es también asiento
de su oficina principal, naturalmente: un objeto fundamental es explotar los
servicios de navegación marítima para el transporte de carga entre el exterior
de los puertos habilitados de las tres Repúblicas de Colombia. Ecuador y Venezuela;
el capital autorizado (para aquella fecha) era de treinta y cinco millones de
pesos colombianos (35.000.000,00), dividido en tres millones quinientas mil acciones
(3.500.000) nominativas de a diez pesos ($10) cada una. De estas, tres millones
ciento cincuenta mil (3.150.000) pertenecían a la clase "A" y
trescientos cincuenta mil (350.000) a la clase "B".
Las acciones clase "A" tenían que ser
suscritas, exclusivamente. por entidades oficiales y semioficiales de las tres
Repúblicas en la forma siguiente: un millón cuatrocientas diecisiete mil quinientas
(1.417.500) por entidades oficiales colombianas; un millón cuatrocientas diecisiete
mil quinientas (1.417.500) por entidades oficiales venezolanas y trescientas
quince mil (315.000) por entidades oficiales ecuatorianas. Este capital fue
suscrito en la siguiente forma: por la Federación de Cafeteros de Colombia. un
millón cuatrocientos doce mil (1.412.000) acciones: por la Compañía Nacional de
Navegación (de Colombia). cinco mil (5.000) acciones; por el Banco Agrícola y Pecuario
(de Venezuela), un millón cuatrocientas diecisiete mil (1.417.000) acciones y
por el Banco Nacional de Fomento (de Ecuador) trescientas quince mil (315.000)
Las acciones de la clase "B" fueron suscritas por particulares de las
tres Repúblicas. pudiéndose notar que. para aquel momento. la mayoría habían
sido suscritas por ciudadanos colombianos.
Hago este recuerdo. un tanto minucioso, para que
puedan entender los alcances y significación que habrían de tener los informes
y la participación que nos correspondió en adelante y hasta que Venezuela se separó
de esta Sociedad.
El Banco Agrícola y Pecuario. si había tenido con
anterioridad alguna información e injerencia en los asuntos de esta compañía.
Administradora; pero este era el primer informe y balance de la lo fue en forma
esporádica y para el solo conocimiento de la Junta empresa que llegaba a mis manos
y cuyo análisis como de 1 U l informado en la carta del Dr. Lossada Casanova,
puse en conocimiento al Director Gerente. Sr. Iribarren y este dispuso que
entre ambos elaboráramos un informe que deseaba consignar en las propias manos
del Tte. Cnel. Carlos Delgado Chalbaud, Presidente de la Junta Militar de
Gobierno. El informe en sí mismo, si hubiese sido transcrito aquí. daría cabal
idea de todas las averiguaciones y detalles interesantes que habíamos acopiado,
principalmente por parte del Sr. Iribarren, cuyas relaciones eran importantes y
el empeño que ponía en esclarecer ciertas cosas lo hacían incansable: pero el extravió
de la copia que conservaba de este informe me hace imposible su transcripción.
Este escrito llego rápidamente a destino y el
Presidente de la Junta lo paso al Ministro de Relaciones Exteriores. Dr. Luis
Smilio Gómez Ruiz. quien días después llamó al Sr. Iribarren Dara decirle que
deseaba discutir con amplitud los diferentes puntos del referido informe y a
tal efecto lo convoco a una reunión en el Ministerio. a la cual quiso el Sr.
Iribarren que yo asistiera también y el Ministro no puso inconveniente. Allí
pudimos apreciar el interés que había despertado en estos personeros del
Gobierno la cuestión que habíamos planteado y se notaba que por otras fuentes
no había sido informada una situación que debió ser advertida desde el inicio
mismo-de las actividades o de la constitución de la Empresa.
La conclusión a que llegamos en la reunión fue que
algunos aspectos del negocio, llamémoslo así tenían que ser revisados y lograr
importantes rectificaciones, entre ellas: la modificación de Estatutos; composición
accionaria del capital: número de miembros de la Junta Directiva: política de Administración
en materia de contabilidad y de la prestación del servicio naviero. etc. Pero
estos planteamientos había que hacerlos en Asamblea y la próxima estaba casi a
un año por venir. Así que se resolvió continuar acopiando datos y esperar la
oportunidad.
En el ínterin se produjeron importantes comunicaciones
entre el Director Gerente del BAP y el Presidente de la Flota. así como
información que suministraban otros representantes de Venezuela que estaban en
los cargos directivos, técnicos y de control de la Empresa, especialmente los
residentes en Bogotá.
Aquel año de 1949 fue para mí muy activo no solo por
los muchos y variados asuntos que me toco manejar como funcionario del BAP, mi ocupación
cotidiana, sino que había sido electo Director Principal de la Junta Directiva
del Colegio Nacional de Técnicos en Contabilidad (Asociación de Contadores de
Venezuela) y miembro de la Comisión Redactora de la Revista (órgano
publicitario de ese colegio). Esta asociación fue fundada con el propósito de
dignificar la profesión del Contador en Venezuela y procurar su elevación a la categoría
de profesión universitaria. como se logró años después y me toco ser de los
pioneros de este asunto.
En cuanto a mi labor en el
BHP. en el citado año, considero lo más importante. lo actuado con relación a
la Flota Mercante Grancolombiana, lo cual fue el inicio de lo que narrare más adelante y un estudio que hice del Plan de
Inversiones de la Corporación Venezolana de Fomento, para el Ejercicio Económico
1949-1950 y el informe presentado al Director Gerente del BAP. A continuación, inserto
dicho informe ya que en él está expresado mi criterio en relación a la
proliferación de institutos autónomos y Empresas del Estado. que tanto
dispendio y tan escasos rendimientos han proporcionado a la Nación:
MEMORANDUM PARA EL SR. JOSÉ RAFAEL IRIBARREN. DIRECTOR
GERENTE DEL BANCO AGRÍCOLA Y PECUARIO, RELATIVO AL PLAN DE INVERSIONES DE LA CORPORACIÓN
VENEZOLANA DE FOMENTO PARA 1949-1950. -
Conforme a sus deseos, he leído con el debido interés
y detenimiento el Plan de Inversiones de la Corporación Venezolana de Fomento
para 1949-1950 y respecto al cual me permito formular las siguientes
consideraciones:
Comprende dicho plan dos tipos de inversiones, a
saber: las que se destinan a la concesión de préstamos a los particulares y las
llamadas "Inversiones Directas de la Corporación" por ello voy a
dividir también en dos partes este comentario para referirme por separado a los
dos tipos de inversión.
CONCESION DE CRÉDITOS
El cuadro No. 8 que aparece anexo a la exposición del
referido plan trae un resumen de las partidas destinadas a cada una de las ramas
de la producción Agrícola. pecuaria e industrial. Cuyo fomento se propone
apoyar la Corporación y, no quiero entrar a formular consideraciones respecto a
la distribución y proporciones en que se planea prestar ese apoyo, por estimar
que las cifras consignadas sean el fruto de maduros estudios y, además. porque
no estoy en capacidad de hacer esta crítica: pero si quiero observar que en
este plan de inversiones como en los anteriores de la CVF. se ha marginado por
completo. el fomento a los cultivos de café y cacao. pues no figura partida
alguna con este fin. a pesar de que como todos sabemos. estos dos frutos siguen
siendo los únicos que llevan el nombre de Venezuela a la concurrencia de los
mercados mundiales y por si esto fuese poco. también está al alcance de
mentalidades de mediana inteligencia que la defensa de estos dos cultivos se
liga al destino de la Nación misma. por cuanto son ellos los grandes aliados de
la forestación y conservación de los suelos. cualidad que resulta por demás
estimable. en este país donde está siendo motivo de gran preocupación el panorama
de sequía y tierras erosionadas que ya se contempla en muchas regiones.
No se podrá aducir que tal protección la ejerce el BAP
porque también sabemos que los limitados recursos de este Instituto apenas
alcanzan para la conexión de préstamos para suministros y dentro de estos los
relativos al café y al cacao son de simple mantenimiento de las plantaciones existentes.
A cincuenta y un millones quinientos
cincuenta mil bolívares (51.550.000.00) asciende la cantidad acordada para la conexión
de créditos y más o menos igual suma se colocaría en inversiones directas de la
Corporación. en un año. según el plan de inversiones a que vengo refiriéndome.
Con el aporte de capital del presente año fiscal se elevará a más de doscientos
cincuenta millones de bolívares (250.000.000.00) el patrimonio de la CVF y una
de sus finalidades primordiales es la concesión de créditos o préstamos Agrícolas
y pecuarios y, por ello considero oportuno comentar aquí, que, en este aspecto,
la CVF ejerce las mismas funciones que desde veinte años atrás
han venido siendo ejercidas por el BAP, o sea, por otro instituto autónomo de capital
Nacional o del Estado que por su antigüedad tiene acumulada una experiencia que
si bien ha sido aprovechada, en parte: primero por la extinta Junta para el
fomento de la Producción Nacional y después por su sucesora. la CVF; para la orientación
y tramitación de sus préstamos. habría Podido ser más valiosa y con menos dispendio
la colocación de esos dineros del Estado si hubiese ingresado como patrimonio
del BAP.
Esta experiencia de la que hablo se traduce. principalmente
en la existencia de un archivo en el cual figura, con su expediente formado casi
todo agricultor o criador de cualquier región del país; en cuyo expediente aparecen
todos los datos o referencias respecto a posesiones. cultivos. trabajos realizados.
record de pagos. etc., y, por otra parte, la organización lograda que comprende
el establecimiento de una extensa red de sucursales y agencias en las capitales
de los Estados y principales centros poblados de la República.
Por esta razón la CVF se ha visto servicios precisada
a utilizar los del EGP para poder realizar casi todas las fases de la
tramitación de sus créditos: información. agentes. mediadores para las entregas
del dinero. recaudación. etc. Como compensación por todo el trabajo y los
riesgos que implica la realización de todas estas gestiones y mantener fuertes
cantidades de dinero en las cajas de sus dependencias. el PAP solo recibe de la
CVF una comisión del 1/10% del valor de los intereses que se recauden de
lo" préstamos acordados por esta última cuyo reembolso se obtenga por mediación
del BAP; asignación esta que. como es de suponerlo. nunca llega a cubrir el porcentaje
de gastos que ocasiona el Banco a la referida intervención. Con ello se ha
asegurado la CVF una manera económica y eficiente de desarrollar sus
actividades con magníficos rendimientos: pero el PGP. por el contrario. soporta
un presupuesto de gastos cada vez más crecido y, en lo que atañe al respecto
crediticio. resultados deficitarios.
Se puede afirmar que las relaciones del BAP con la
CVF. o más bien dicho. la coexistencia de ambos institutos ha dado por resultado.
de una parte, la diseminación del crédito oficial que trae como consecuencia
una falta de cohesión en esta importante función del Estado y por la otra. un
desequilibrio económico-financiero para el BAP. ya que. como dije antes. tiene que
servir de agente mediador de la CVF bajo condiciones onerosas y, además -que
resulta ser de lo peor- esta última ha asumido la concesión de los préstamos de
mayor cuantía. o sea, los que producen mejores créditos y aquel ha quedado prácticamente
relegado a conceder pequeños préstamos. que resultarían onerosos para la CVF.
como lo afirmara la misma Corporación en su memoria correspondiente al año 1947,
pag. 16 donde dice:
Con el fin de no interferir con el programa de créditos
pequeños, en cuya ejecución trabaja con resultados satisfactorios el BAP y cuyo
manejo hubiese resultado oneroso. por otra parte. para la CVF. se fijó un límite
inferior de Bs. 25.000.00 a los créditos que hubieran de ser concedidos por
esta".
La diseminación del crédito
oficial para la producción de una misma rama de la economía Nacional en varios
institutos u organismos. a que me réferi. es una política que no parece
acertada y que nació. tal vez. de un error de apreciación en los que pensaron
que los organismos existentes carecían de mentalidad u organización adecuadas para
impulsar el fomento de la reproducción Nacional. olvidando
seguramente ellos que las instituciones no tienen
mentalidad y que su organización es susceptible de adecuarla. que una y otra
cosa dependen. exclusivamente del elemento humano en cuyas manos se ponga la dirección
y Administración de tales institutos y que. finalmente. estos serán de la
mentalidad y de la capacidad que quiera que sean el Ente mismo que crea nuevos
organismos.
INVERSIONES DIRECTAS DE LA CVF
Esta actividad resulta ser. a mi juicio, la fundación más
propia de una corporación de fomento y no es de dudar que haya sido predominante
al concebirse la creación de la CVF. Ahora bien. Como que dentro de un
organismo semejante caben diversas orientaciones y muchas formas de actuar. no estaría
reñida su existencia con cualquier régimen político que quiera auspiciar el
fomento y desarrollo de determinadas empresas, pero pensando dentro de una concepción
liberal me parece que la participación de la CVF en empresas tales como:
centrales azucareros, telares, fábricas de aceite y otras por el estilo. a las
cuales se destina la mayor parte de los cincuenta y un millones asignados al
plan de inversiones que motilla este comentario. es invadir un campo que debía
estar reservado a la inversión del capital privado (salvo la ayuda crediticia)
y que irrumpir en ese campo es, sencillamente, labor de socialización que esta
vez resultaría realizada por un I organismo en que forma parte de la
administración de un Estado de tradición liberal que parece estar interesado en
conservar su forma tradicional.
Tal vez los señores dirigentes de la CVF no miren
dichas inversiones desde ese punto de vista, sino que. Sencillamente, estén aplicando
a este instituto oficial una política que podría llevarlo a la condición de una
corporación o empresa de carácter privado y degenerar en ello a la postre o disolverse,
pero lo cierto es que, generalmente, la acción oficial. cuando no está
inspirada en una idea socializante. suele interesarse solamente en empresas de
servicios públicos o que propendan a crear la llamada industria madre. las
cuales por lo general requieren de grandes capitales y son utilizables por
otras empresas y por el público en general.
De este tipo son el aprovechamiento hidroeléctrico del
Río Caroní y alguna otra de las mencionadas en el plan de inversiones Que ha
presentado la CVF y hacía ese campo es que debía desplazarse el capital de esta
Corporación, abriendo perspectivas, verdaderamente nuevas a la participación
del capital privado y dejando a su vez a este las empresas de la índole
primeramente referidas.
Concibo la suprema utilidad de la CVF como un
organismo técnico que se ocupara, principalmente. de estudiar nuestros
verdaderos recursos potenciales y planificar su fomento, ofreciendo siempre la
primera opción a la iniciativa privada y sirviendo de gran coordinador de la acción
oficial a través de los otros institutos autónomos, como principales ejecutores;
el BAP, el Banco Obrero y un banco industrial y minero (que debía existir
también como instituto autónomo de capital Nacional). En esta forma quedaría
coordinada la acción crediticia oficial en bancos que actuarían cada uno en un
radio diferente.
Caracas, 13 de agosto de 1949
(Fdo.) A.J. Manzo
Núñez
Jefe de Operaciones
En febrero de 1950 llego a mis manos el balance e
informe de la Flota Mercante Grancolombiana. con los resultados del ejercicio económico
terminado en diciembre de 1949. Esto se agregaba a los recaudos que formaron
expediente de las cuestiones que se habían de plantear en la Asamblea próxima a
realizarse en Bogotá y en la cual fueron piezas de gran valor una serie de comunicaciones
recibidas del nuevo Presidente de la Flota. Dr. Héctor Cuenca, a quien me
atrevo a calificar de eminente venezolano.
Hice un análisis del balance y sus anexos. precisando
algunas cuestiones que era necesario aclarar con vista de libros y documentos
que estaban en Bogotá; así lo hice saber al Director Gerente del Banco y este
dispuso que yo debía estar en la capital colombiana siete días antes. por lo
menos. a la celebración de la Asamblea. lo cual fue acatado.
A mi llegada tuve una larga conferencia con el Dr.
Cuenca. a quien le parecieron interesantes. pero delicadas las objeciones o
reparos que hacía yo al balance y a la Administración de la compañía y me
pregunto si estaba confiado. seguro de mi capacidad para discutir el tema.
porque los adversarios eran de la gente más respetada de Colombia y a la ligera
me hizo el currículo vitae de cada uno de ellos. Le respondí que si estaba
confiado y seguro porque conocía la materia sobre la cual debía versar la
discusión y él se mostró complacido de oírme decir eso.
En el transcurso de la revisión que practique obtuve explicación
satisfactoria de algunas cosas. pero hubo otras, que yo recomendaría ser planteadas
en la Asamblea. entre ellas recuerdo:
1a.- Existía. según balance y evidentemente
comprobado. Gran acumulación de pesos en los bancos colombianos y no parecía
prudente, ya que, aunque el signo monetario colombiano era una moneda fuerte
(un peso y 80 centavos por dólar) recientemente había sido publicado el informe
de una misión técnica norteamericana que recomendaba la devaluación del peso:
como en efecto ocurrió al poco tiempo, estableciéndose el cambio a dos pesos
con cincuenta centavos por dólar.
2a.- En el rubro del balance "Acciones Suscritas
por Pagar" aparecía la Federación de Cafeteros de Colombia pendiente de
pago del tercer instalamento o abono a cuenta de acciones, mientras que el
Banco Agrícola y Pecuario y el Banco Central de Ecuador lo habían pagado,
atendiendo a requerimiento de la Junta Directiva de la Flota.
3a.- En el rubro "Depreciaciones de Activo
Fijo" se observó que estaban aplicando una rata muy elevada en la depreciación
de los buques, lo cual, entre otros efectos, disminuía la utilidad liquida y
repartible (esta política de depreciación dio más tarde la impresión de que era
calculada con otros fines ulteriores. Por la forma como se valoraron los buques
al producirse la separación de Venezuela del seno de la Flota).
Estas cuestiones fueron debatidas. con antelación a la
Asamblea. en sesión de la Junta Directiva de la Flota. del día 23-3-50 y en la
minuta del acta No. 255 se lee: "Don Manuel Mejía y el resto de los directores.
después de algunas explicaciones al respecto se manifestaron en un todo de
acuerdo con las razones expuestas por el Sr. Manzo. Pedida la opinión del Revisor
Fiscal manifestó estar de acuerdo". Se lograba así el propósito del Dr.
Cuenca de discutir esto en Junta Directiva. para evitar, si era posible, la
discusión en la Asamblea. rectificando previamente lo que fuere posible.
Las otras cuestiones en que estábamos interesados se logró
también resolverlas por acuerdos previos, para evitar controversias en la asamblea.
Entre estas otras cuestiones recuerdo:
1a.- La eliminación del representante de las acciones
clase "B" en la Junta Directiva. con lo cual se evitaba que Colombia
(cuyos Nacionales eran dueños de la mayoría de esas acciones) tuviera un
representante más en ese cuerpo directivo.
2a.- Que el Banco Agrícola y Pecuario pudiera vender
parte de sus acciones a la Corporación Venezolana de Fomento, para equipararse así
a Colombia que tenía dos accionistas (la Federación de Cafeteros y C.A.
Colombiana de Navegación) y esto le daba derecho a ejercer mayor número de
votos en la Asamblea, porque la Flota ha sido siempre una compañía anónima
colombiana y la Ley que las rige contiene la siguiente disposición:
"Ningún accionista. sea cual sea el número de acciones
que posee o represente. tendrá en las deliberaciones de la Sociedad. ni por si
ni por interpuesta persona. más del 25% de la totalidad de los votos de las acciones
representadas".
Así pues, que la Asamblea se desarrolló en un ambiente
de cordialidad y fluidez. lo que nos dejó tiempo para conocer mejor la bella
ciudad. además de algunos agasajos. entre ellos una recepción con que nos
distinguió la Embajada de Venezuela. la cual había enviado como oyente de la Asamblea
de la Flota a su Agregado Comercial. Sr. Enrique Tarchetti. una persona de
trato muy cordial. por cierto.
Retardé un poco en llegar a la Embajada aquella noche,
porque la recepción era en traje de etiqueta y en mi equipaje no había frac;
tuve que alquilarlo y los ajustes a mi talla demoraron un tanto.
Al entrar. estaba el Embajador. Don Mario Briceño
Iragorri, en el vestíbulo. rodeado por varios de los funcionarios que laboraban
allí: recuerdo entre ellos a los doctores Miquel Angel Burelli Rivas, Walter
Brandt, Lo acompañaban también el Dr. Héctor Cuenca y el Sr. J. R. Iribarren.
Al verme don Mario exclamó: venga que le apretado, voy
a dar un abrazo bien porque ya me contaron lo ocurrido en la Flota y le 'digo
que "es usted el primer venezolano que le gana una a los colombianos. después
de la independencia". Todos los presentes celebramos el chiste y pasamos
una noche muy agradable.
De regreso a Caracas, a pocos días fui designado
miembro de la Junta Directiva de la Flota Mercante Grancolobiana. Seccional
Venezuela y el 11 de octubre del mismo año me eligieron como su Presidente,
cargo que desempeñe hasta pocos meses antes de que se produjera la separación
de Venezuela de esa Empresa, en el año 1953. Estas funciones me correspondió cumplirlas
paralelamente al cargo de Jefe de Operaciones del Banco Agrícola y Pecuario.
primero y luego como Gerente de la Corporación Venezolana de Fomento.
Apasionado con el tema de
la FMG no había apuntado que en este año de 1750 ocurrió un hecho de
significación en mi vida; el 16 de marzo nació mi primer hijo. en el matrimonio
con Yolanda. al cual dejé recién nacido cuando salí para Bogotá. Lo hicimos
bautizar con el nombre de Julio para reponer el de mi padre, muerto dos años
antes y Heriberto porque le toco ese nombre en el santoral del almanaque,
cumpliéndose así
una coincidencia que fue la siguiente: mi tía
Heriberta. a quien ya he mencionado en capítulos anteriores muy gentil y muy
querida por nosotros, llevaba ese nombre que a mi esposa le parecía feo y me
dijo en una ocasión que no se me fuera ocurrir llamar así a una hija nuestra.
si es que Dios nos las daba: le respondí que el nombre bello o feo es según la
persona que lo llevé y que si alguna hija nuestra nacía el día de ese santo. yo
desearía ponerle ese nombre. Así que fue un varón el que vino a sacarme de una
posible controversia.
A mediados del mes de marzo de 1951 recibí una llamada
telefónica del Dr. Francisco Morillo Romero. destacado dirigente empresarial
del Estado Zulia: me informó que estaba llamándome desde el Hotel en Nacional
de Caracas -este fue un gran hotel que desapareció tiempo después y su edificio
sede fue demolido para dar paso a la avenida Bolívar. como ocurrió también con
el Hotel Majestic. De esa grata recordación para sus asiduos taberneros- y me
dijo el Dr. Morillo que, aunque no me conocía. deseaba tener una entrevista
conmigo sobre algo que podía interesarme y agrego que habla tenido referencias
de mi persona por los doctores José Joaquín González Gorrondona y José Antonio
Mayobre. Al día siguiente nos entrevistamos y me participo que él había sido
designado Presidente de la Corporación Venezolana de Fomento y que aun cuando
estuvo pensando en otra persona para el cargo de Gerente de dicho Organismo.
los ya mencionados doctores le aconsejaron poner dicho cargo en manos de una
persona experimentada y con las aptitudes que ellos me atribuían. Acepté en
principio la oferta y prometí hablarlo con el Dr. Iribarren. Dora actuar de
manera consecuente con el amigo y con el Banco. Al cual había dedicado once
años de servicios: le advertí, además, al Dr. Morillo, que estaba yo en
vísperas de salir para Bogotá a representar al BAP en la Asamblea de la Flota
Mercante Grancolombiana. a celebrarse el día 26 del mes en curso. lo cual no le
pareció inconveniente al Dr. Morillo. siempre que mi regreso fuese inmediato, después
de celebrarse la Asamblea.
En principio, mi buen amigo Iribarren trato de
disuadirme de aceptar el nuevo cargo, pero luego de razones que expuse a él y a
los demás miembros de la Junta Administradora. recibí una carta que conservo.
en la cual me decía el Sr. Juan José Pérez Laue. Secretario Ejecutivo de dicha
Junta, en uno de sus párrafos; "La Junta Administradora en vista de los
motivos justificados que lo obligan a separarse del Banco, ha resuelto,
sintiéndolo mucho, aceptarle. con esta misma fecha. la renuncia del cargo de
Jefe de Operaciones del Instituto. no sin antes expresarle su justo reconocimiento
por la eficaz, honesta y activa colaboración que presto usted a este Organismo
durante once años".
Así las cosas. el Sr. Iribarren me dijo que había
resuelto ir el mismo. como representante del BAP a la Asamblea de la FMG; que
por la CVF se acordó también que asistiría el Dr. Félix Miralles. Uno de los
directores recién designados y que yo concurriría con el carácter de asesor de
ambos delegados, pudiendo así regresar a fin de mes a tomar posesión de mi nuevo
cargo de Gerente de la CVF. sin que me lo pudiera impedir cualquier retardo en
la celebración de la Asamblea. Concluyó diciéndome el Sr. Iribarren que
alistara mi salida para tener tiempo de enterarme bien de todo.
En esta ocasión me acompañó
en el viaje mi esposa, quien no conocía a Bogotá y se entusiasmó con la descripción
y comentarios que en varias oportunidades había hecho yo de la capital
colombiana y le fue muy grata la estada porque tuvimos ocasión de conocer
también lugares aledaños muy interesantes, como la mina de sal de Zipaquirá.
el Salto Tequendama y otros: así como los actos
sociales a que concurrimos. oportunidades que nos permitieron conocer a muchas
personas, de las cuales conservamos gratos recuerdos.
En cuanto a los resultados de mi actuación como asesor
de los representantes de Venezuela a la Asamblea de la Flota. me limito a
transcribir el capítulo correspondiente del informe que presentara el Sr. José
Rafael Iribarren. Director Gerente del Banco Agrícola y Pecuario al ciudadano
Ministro de Comunicaciones. con fecha 5 de mayo de 1951:
“ANÁLISIS DEL BALANCE"
"El análisis del Balance estuvo a cargo del señor
Antonio Julio Manzo Núñez. ex funcionario de este instituto y actual gerente de
la Corporación Venezolana de Fomento. quien se trasladó a Bogotá. en su carácter
de Asesor de los Representantes de los Accionistas Clase "A" de
Venezuela ante dicha rendido Asamblea y cuya gestión ha rendido un informe. que
me permito acompañar a éste. queriendo destacar de ese informe algunos puntos
importantes que contiene. referente a la intervención de Venezuela en el aspecto
contable de la Administración de dicha Sociedad:
1) Se observa que el activo circulante arroja un total
de $ col. 15.960.564.11 contra un pasivo exigible que es solo de $ col.
3.013.048.61 y si se toma en cuenta que en la contabilidad de la Compañía se han
previsto reservas para todos los pasivos diferidos y contingencia que puedan preverse.
al compararlos, se llega a la conclusión de que la Empresa tiene exceso de
circulante.
Por otra parte, se puede observar que en poder de la Federación
Nacional de Cafeteros de Colombia y en calidad de depósitos a término en el
país (Colombia) se encuentran la suma de $ col. 846.391.66 que corresponde a un
remanente de $ col. 1.964.166.66 que dicha institución tenía aun por pagar del
instalamento solicitado por la junta Directiva a principios del año 1949 y que
se ha reducido como resultado de la intervención de los representantes de
Venezuela a la Asamblea celebrada en marzo del año próximo pasado, según consta
en el informe que al efecto se elaboró en aquella oportunidad y del cual me permito
acompañarle una copia.
El exceso de circulante a que me refiero será
invertido en aumentar el equipo flotante. habiéndolo informado así a la Junta Directiva
y al Gerente General, pues está próximo a celebrarse un contrato con la Canadian
Vickers of Limited para la construcción de 4 nuevas unidades que elevarían a 15
el número de barcos propiedad de la Sociedad.
Como consecuencia de las restricciones impuestas por
el Control de Cambios. la Empresa ha sufrido grave perjuicio. puesto que al
entrar en vigencia un nuevo tipo de cambio con que desvalorizo el peso colombiano
en 54 puntos con respecto al dólar. los depósitos en efectivo en ese País. que están
destinados principalmente a financiar el programa de construcción de
embarcaciones fuera de Colombia y a cubrir gastos de operaciones en el Exterior
al disminuir su contravalor representan una considerable elevación de los
costos.
Con respecto al activo
fijo. este registra un costo de $ col. 31.275.142,61: una depreciación de $
col. 8.632.085,42 y un valor en libros de $ col. 22.643.057.19; observándose
que su principal renglón es el equipo flotante que está representado por 13
buques propiedad de la Compañía. de los cuales 11 están en servicio y 2 en
construcción. próximos a entrar en navegación. Estas
cifras demuestran que la depreciación representa un 27.6% del costo. Cuyo porcentaje
se estima, según el informe. sumamente elevado por cuanto a la Empresa solo lleva
operando 4 años y medio: únicamente 8 buques han trabajado durante ese tiempo y
se trata de activos cuya vida probable se les estima de 10 a 20 años.
incluyendo el factor obsolescencia.
Observa el asesor contable A.J. Manzo Núñez que esta
depreciación tan exagerada tiene su origen en que, además de aplicar los
coeficientes normales para una depreciación extraordinaria que, por una darte, hacían
desaparecer el superávit y por la otra. queden considerarse como una ocultación
del activo. Además. vendría a incidir también esta depreciación en una menor revaloración
de las acciones".
Mi opinión. así expuesta en la asamblea. provoco un estallido
de cólera en uno de los delegados colombianos, quien golpeo fuertemente la mesa
y dijo que ellos no tenían intención de ocultar nada: yo le respondí que no me habían
llegado allí a juzgar intenciones y que solo me estaba refiriendo a un hecho y empleando
la terminología propia de la contabilidad. Generalmente aceptada. Inmediatamente
intervino don Manuel Mejías. uno de los más respetados señores que estaban allí
y pidió excusas por el gesto de aquel delegado, afirmando que yo tenía razón,
pero que ellos en verdad no habían querido ocultar nada. sino. que. Por ignorancia
de las cosas que yo invocaba, pensaron que lo más sano era llevar los buques a
un peso lo más pronto posible; además. Me dio las gracias por haberlos
ilustrado. procedimiento este propio de los hombres cultos e inteligentes de aquel
país.
El informe del señor Iribarren. en este mismo capítulo
continuo así:
"Esta práctica también fue objetada por el señor
Manzo Núñez en la Asamblea de marzo del año próximo pasado y quedo resuelto
aplicar la mayor darte del superávit ganado. además de haberse obtenido mayor distribución
de utilidades correspondientes al año 1949. para una reserva titulada
"Incremento Futuro de la Compañía", habiéndose destinado en aquella
oportunidad la suma de $ col. 3.971.737.49 a dicho rubro. De las utilidades del
ejercicio 1950 se aplicaron a esta cuenta $ col. 4.000.000.00. con lo que se eleva
el saldo de esta reserva a $ col. 7.971.737.49.
Se observan. además. del análisis contable que se
comenta, que no obstante las observaciones e intervenciones anteriores y lo
logrado en este sentido. que durante el ejercicio de 1950 se aplicó una partida
de $ col. 400.000.00 a depreciación extraordinaria del equipo flotante que Nuevamente
el ejercicio de 1950 se aplicó una partida de $ col. 400.000.00 a depreciación
extraordinaria del equipo flotante que Nuevamente fue objetada por el Asesor
Contable de los Representantes de Venezuela y, aunque se convino en que no era
aconsejable reversar este último asiento, quedo establecido contabilizar en
forma definitiva la prohibición de contabilizar este tipo de depreciaciones.
En cuanto al activo, se podrá observar en el informe
del asesor que aquel alcanza a la suma de $ col. 43.901.768.29, que equivale a
un 185% del capital pagado y considerado que el pasivo alcanza solo a $ col.
3.013.048.61, el superávit ganado es igual a $ col. 17.157.979.68. deducidas
las depreciaciones, que se consideran extremadamente conservadoras.
Además, se lograron otras ratificaciones, de las
cuales se citan algunas en el informe del Asesor Manzo N., como así una
racional y equitativa distribución de las utilidades".
Hasta aquí la transcripción textual del Capítulo
"Análisis del Balance" del informe presentado por el Director Gerente
del Banco Agrícola y Pecuario al Ministerio de Comunicaciones, con fecha 5-
5-51.
En este mismo informe hay otras consideraciones que
revelan la forma calculada y hábil con que el otro socio mayoritario de la
Compañía a que nos hemos venido refiriendo. preparo una eventual liquidación de
la Sociedad con grandes ventajas para el País sede como trataré de seguir demostrándolo
cuando más adelante me refiera a la separación de Venezuela de la F.N.G.
El día 14 de abril de 1951 fui nombrado Gerente de la Corporación
Venezolana de Fomento y tomé posesión del cargo al día siguiente.
Esta Corporación fue creada por Decreto No. 319 del 29
de mayo de 1946. de la Junta Revolucionaria de Gobierno que presidía Rómulo Betancourt.
y su creación estaba inspirada en Corporaciones de similar naturaleza
existentes en otras Naciones del Continente. especialmente la Corporación de
Fomento de Chile. En Venezuela el germen de esta Corporación estaba ya
planteado en el periodo de gobierno del General Isaías Medina Angarita, con la creación
de la Junta Nacional para el Fomento de la Producción. cuyos fondos habían
estado manejados por la Junta Administradora del Banco Agrícola y Pecuario y
sus activos pasaron luego al patrimonio de la CVF.
La organización administrativa y funcional de la Corporación
era de corte más empresarial que la de los demás institutos autónomos. creados
con anterioridad; La Administración tenía como órgano supremo el Consejo
General, formado por numerosos miembros. Entre los que figuraban ocho ministros
y el Gabinete Ejecutivo. los Presidentes de las Cámaras del Congreso Nacional:
cuatro miembros del Consejo de Economía y otros representantes de los diversos
institutos. especialmente gubernamentales. Este Consejo era como la Asamblea de
una compañía anónima. y se reunía ordinariamente una vez al año. en el mes de
marzo. La Administración Directiva e inmediata del organismo esta (aun hoy es así)
a cargo del Directorio Ejecutivo compuesto de cinco miembros, de los cuales
cuatro los elige el Consejo General y uno lo designa el Presidente de la
República. Su gestión diaria está a cargo de un Gerente auxiliado por dos
subgerentes: uno de Servicios Técnicos y otro de Administración y Banca.
Al frente de la Gerencia me correspondió luchar un
poco para erradicar ciertas prácticas que le restaban coherencia y agilidad a
esta gestión. Entre las de mayor importancia recuerdo el hecho de que algunos
miembros del Directorio eran dados a tomar decisiones ejecutivas y dictar
ordenes que correspondían a la gestión diaria. atribuida al Gerente y esto anarquizaba
un tanto la línea ejecutiva. Por otra parte. los subgerentes (fueron
ratificados ambos) parecían acostumbrados a una práctica según la cual se
concentrada en la persona del Gerente la decisión de muchas cuestiones de
simple trámite que eran de la competencia de ellos.
Así fue que hice todo lo posible para corregir ambas
tendencias y darle mayor cohesión y agilidad a la gestión que me correspondía
desempeñar para lo cual tuve el más decidido apoyo del Presidente. así como de
la mayoría de los directores.
El Directorio estaba compuesto de las siguientes
personas:
Dr. Francisco Morillo Romero. Presidente
Sr. Pedro Mancera. Vocal
Dr. Félix Miralles. Vocal
Dr. Víctor Silva Bermúdez. Vocal
Dr. Luis Pacheco Vivas. Vocal
Los subgerentes eran:
Dr. Ricardo De Sola, de Servicios Técnicos
Sr. Alirio Cairo. de Administración y Banca
De los directores el único que había sido ratificado
al operarse el cambio fue Don Pedro Mancera. Este hombre era un incansable
propulsor del desarrollo Agrícola tecnificado a pesar de que no era poseedor de
título profesional alguno. pero su inteligencia e intuición lo llevaron a
liderizar programas como el Plan ganadero de la región del Rio Capanaparo en el
Edo. Apure. Siempre que se habla del desarrollo Agrícola alcanzado por los Llanos
Occidentales y estoy presente. opino que Acarigua le debe una estatua a Don
Pedro Mancera. porque fue el quien no puso oídos al decir que "en esas
sabanas no se da ni cardoncillo“ y se empeñó en el plan arrocero con el cual se
transformaron los dilatados campos de cultivo y fue el comienzo de la
mecanización. Asistencia técnica. semilla seleccionada. fertilizantes, etc.,
que se empleó luego en los campos de Cojedes y Barinas. Sin embargo. Don Pedro
como le llamábamos. no era trabajar un hombre disciplinado. hecho Dara llevó.
en equipo, con sentido de organización gerencial. Esto lo a veces al fracaso y
a comprometer a la CVF en hechos cumplidos que forzaron decisiones del
Directorio anteriormente. O que estaban allí como situaciones de hecho. pero
sin la formalidad necesaria para que la Gerencia pudiera actuar y aliviar la
presión que los afectados ejercían sobre este Directorio. Uno de esos casos fue
el "Plan Maicero de Canoabito" un ensayo de Don Pedro en el Edo.
Carabobo. en tierras de una dama vinculada familiarmente con altos personeros
del Gobierno: allí se empleó maquinaria pesada para la deforestación: se
desestimó. según oí decir. el valor de la madera: no fue posible la aplicación
de maquinarias para cultivar y los grandes tractores empleados en la deforestación
quedaron atascados en el lodazal. entre ramazones y raíces que dificultaban
saber dónde estaban. Por supuesto. Esta dama que, al parecer, era muy
temperamental, le llegaba con frecuencia a Don Pedro. para saber cuál iba a ser
la salida de su situación y el me llamaba para que explicase lo que se
adelantaba en inspección ocular del terreno. estudios. etc., para llevar el
caso al Directorio. ella se ofuscaba. decía cosas intrasmisibles aquí y
comenzaba a buscar su cajetilla de cigarrillos en el fondo de una voluminosa
cartera, para lo cual. sacaba su revólver y lo colocaba sobre el escritorio de
don Pedro (frente a ella) y después. otras tantas cosas. hasta que hallaba los
cigarrillos y los fósforos. Nuestro apreciado Director Miraba. con visible preocupación.
a su interlocutora y le decía: "Guarda ese revolver, Está Cargado7" y
ella lo dejaba allí mientras profería amenazas y recordaba al Sr. Mancera que él
era el único culpable de lo que estaba pasando.
Durante nuestra actuación se tuvo mucho cuidado de
seguir los canales regulares, para la tramitación de cualquier asunto. Por
urgente que pareciese y de manera tal que el Directorio ejerció a plenitud sus
funciones, y la Gerencia no hallo cortapisa alguna para desempeñarse, en el
marco de sus atribuciones.
Para el año de 1951 la Corporación Venezolana de
Fomento tenía apenas 5 años de fundada. pero el hecho de haberse transferido a
su Patrimonio bienes de la Nación que incluían medianas y hasta grandes
empresas; fondos de fideicomiso, acreencias y planes de fomento ya en marcha, hacían
bastante compleja la gestión.
Entre las empresas transferidas por lo que se llamó Administración
de Bienes de la Nación (este organismo se fundó para administrar los bienes
"restituidos" que pertenecieron al General J.V. Gómez) figuraban,
entre otras de menor importancia, las siguientes:
1- Central Tacarigua. con un capital contable al
30-6-49 de Bs. 12.064.000,00. Esta empresa había sido fundada como Compañía Anónima.
por accionistas privados y fue adquirida por el Gral. Gómez en el año 1922. Es
un ingenio azucarero que para aquella época tenía una producción anual de
13.500 toneladas de azúcar. aproximadamente y laboraban allí alrededor de 1.800
trabajadores entre el campo y la factoría.
2- La Electricidad de Maracay. cuyo capital inicial
fue de Bs.12.000.000 y fue elevado a Bs.40.000.000. para atender la demanda de energía
eléctrica de la capital y otras poblaciones del Estado Aragua.
3- C.A. Telares de Maracay, fundada en 1915. Capital
Social Bs 6.000.000 y productora de telas. paños. frazadas y alguna otra producción
de textiles. Fue de gran beneficio social durante los periodos de crisis de importaciones.
provocados por las dos guerras mundiales ocurridas desde su fundación.
4- C.A. Fabricas de Aceites de Maracay. fundada en
1915, como industria integrada a los Telares de Maracay con el propósito de
utilizar la semilla de algodón. uno de los desperdicios más importantes de la
industria textil ya citada. Su capital era de Bs. 1.200.000, al ser constituida
en compañía anónima en 1947.
Entre estas importantes empresas transferidas a la CVF
se incluyó al Banco Industrial de Venezuela. C.A. instituto bancario autónomo.
fundado creado por la Ley de 23 de junio de 1937, como una empresa de capital
mixto en la cual el Gobierno Nacional suscribió la mitad de las acciones. por
un monto de Bs. 5.000.000 y la otra mitad fue ofrecida a accionistas particulares.
Además de este importante conjunto de empresas, la
CVF, para 1951 había fundado. entre otras las siguientes: -
1- Sindicato de la Leche. S.A. constituida en el año
1946 y su objeto fue el abastecimiento de Caracas y zonas colindantes, de leche
natural pasteurizada. Para su formación adquirió la CVF una serie de instalaciones
de particulares que explotaban el ramo.
2- C.A. Agro-Pecuaria "El Cenizo". con
capital de Bs. 4.000.000, suscrito casi en su totalidad por la CVF. El objeto
de esa compañía era el fomento de la Cría de ganado en una extensión cercana a
las 2.000 hectáreas. ubicada en el Estado Trujillo.
3- Compañía Venezolana del Diamante. S.A. empresa
fundada con la participación de la C.A Mineral y Comercial, la cual se ocupaba
ya de la exploración y explotación del Diamante en el Estado Bolívar.
La CVF adopto la política de participar minoritariamente
en adquisición de acciones ordinarias de estas compañías y su inversión
principal la hacía en acciones preferidas, sin derecho a participar en la Administración;
pero mantenía al Departamento de Control de Empresa que le permitía vigilar la
gestión y los resultados de estas empresas. que llegaron a más dos decenas.
Empleando dicha política la Venezuela CVF fundo
algunas empresas asociadas a la Venezuela Basic Economy Corp., empresa
identificada con el magnate norteamericano Nelson Rockefeller, entre estas
estaban las siguientes:
1-Productora Agropecuaria C.A., con capital de Bs.
10.000.000 y cuyo objeto era: la producción Agrícola. pecuaria y avícola. con
propiedades en los Estados Carabobo, Portuguesa, Zulia y Miranda.
2-Pesquerlas Caribe C.A., cuyo objeto era todo lo
relativo a la pesca. alimentos congelados, transporte y almacenaje de dichos
productos, etc.
3-Frigorífica Venezolana C.A., con capital de Bs. 10.000.000
constituida para la construcción y adquisición de frigoríficos o almacenes
destinados a la conservación de Alimentos.
Además de éstas existían otras empresas, en las cuales
también tenía participación la CVF y cuyos nombres y detalles para
identificarlas de memoria no me es posible: por otra parte. mis muy limitados
recursos de espacio y equipo le han impuesto reducciones forzadas a mi archivo.
Sin embargo, no puedo olvidar una (1) red de centrales azucareros que se estaban
instalando en los Estados Lara, Sucre. Táchira y Trujillo: así como el gran
estudio que se hacía del sistema hidroeléctrico de El Caroní, en el Estado Bolívar
y de un canal de riego que llevaría agua del Rio Orinoco a través de los llanos
sur-orientales, hasta la desembocadura del Rio Unare. Se tenía como meta el
regadío de más de seiscientas mil hectáreas.
Creo que fácil es imaginarse lo compleja y voluminosa
que era la tarea de gerenciar este monstruo que entonces era la CVF. sobre todo,
si se quería que las cosas marcharan satisfactoriamente. como se estaba
logrando en aquellos días y una de las consecuencias que esto tenía era el no poder
atender cualquier otra cosa que exigiera mi separación temporal de la gestión diaria
a que se referían los Estatutos de la Corporación. Conservo una comunicación que
me dirigiera el Presidente del Colegio de Técnicos en Contabilidad. fechada el
29-1O-51. en la cual me participaba la designación de mi persona como Delegado
de dicho Colegio a la Segunda Conferencia Interamericana de Contabilidad. que sería
celebrada en la ciudad de México. durante los días comprendidos entre el 10 y el
16 de noviembre del mismo año: haciéndome saber. además. que la representación
de nuestro País en dicho evento estaba formando parte de comisiones técnicas
que requerían de nuestra presencia en labores previas a la instalación de la
Conferencia (esta institución había sido fundada en San Juan de Puerto Rico dos
años antes. con la participación de 5 países - Cuba. Estados Unidos de América.
México; Puerto Rico y Venezuela- y su propósito era agrupar a las instituciones
gremiales de los contadores de todos los Países de América en una especie de
asamblea bianual donde se tratarían temas relacionados con los avances de la
técnica y unificación de la terminología. aplicadas a la contabilidad). Mi interés
de participar en aquella reunión era obvio, pero en el primer sondeo que hice
ante el Directorio de la CVF me quitaron toda esperanza de poder ausentarme.
Haciéndome ver que, precisamente en esos días tendríamos la instalación del
Banco Regional de Fomento de Oriente. con sede en Cumaná y la presencia de unos
técnicos cubanos que venían a estudiar una ampliación y modernización de las instalaciones
del Central Tacarigua.
A
G R A D E C I M I E N T O S
Quiero
agradecer muy especialmente a mi sobrino Ricardo J. Manzo Manzo porque se
sintió motivado por el libro “Bajo el
Signo del Jebe” (que escribió su abuelo paterno, mi padre), y por las
investigaciones sobre la familia Manzo por parte de su otro ilustre abuelo:
Torcuato Manzo Nunez, a ahondar más
sobre los orígenes de nuestra familia y creo una interesante página en
Facebook. De este modo, al publicar la segunda edición del libro “Bajo el Signo…”
agregue valiosa información proveniente de esa página y así se enlaza esa
información con el libro.
También
quiero acotar que, al igual que en la primera edición, Ricardo J colaboro en
esta segunda edición con tiempo empleado en distintos e importantes menesteres.
Así
mismo, vaya una palabra de agradecimiento a mi primo segundo Torcuato Manzo
Reveron, ya que he tomado prestadas las maravillosas fotos de Montalbán que él
ha publicado en Facebook y las incluí en el libro.
Agradezco
también a cualquier otro familiar que haya publicado fotos de la familia en las
redes pues también las utilice.
Eglee
Manzo Travieso
![]() |
| Antonio Julio abuelo, en su cumpleanos con su nieta Emiliana |
![]() |
| Hermanos Manzo Nunez: Oscar, Jesus, Maria del Valle, Antonio Julio Miguel, Torcuato y Santiago En esta imagen A.J. esta cumpliendo 70 y es el mayor de todos sus hermanos |






























Magnífico gesto de tu parte este blog en honor a mi admirado tío, tu padre, a quien querías mucho. Me da orgullo que hayas utilizado fotografías que atesoraba mi madre, a quien le profesabas especial cariño.
ResponderEliminarSolamente una pequeña observación: cuando dices en el capítulo VII que... "Esta condecoración, lamentablemente, ya no se encuentra en la familia, pues algunos de sus miembros (hermanos y sobrinos de mi padre) decidieron donarla. Lo cual es incomprensible. Fui testigo de que prestamos la joya para ser fotografiada y bien, gracias.".
Debo decirte que la decisión de donarla fue solamente de una sola persona. No tomamos parte en eso ninguno de sus hermanos ni de sus sobrinos. Los familiares que estuvieron presentes en ese acto en la Academia de la Historia, al cual por cierto yo no fui, lo hicieron por el mismo orgullo que pudieras sentir tú al saberte descendiente de tan insigne antepasado, por más nada.
Espero que esta sincera aclaratoria sirva para liberarte de esas molestias que sé que sientes debido a la creencia de lo que afirmas allí.
Recibe un sincero abrazo.
Durabio.